Yamsa

Y A M S A

Fernando López Alanís

Era un hermosa serpiente de cascabel de 12 años. Ojos duros y agudos, de lengua sensible en extremo; casi ninguna otra serpiente o víbora poseía radar tan perfecto en la lengua como ella. Se llamaba Yamsa, y la conocían como “el cazador”.

En la colonia era tan temida como buscada, por un extraño calor de su cuerpo lustroso, su capacidad para engendrar, y su facilidad para comunicarse con la lluvia. No era la más fuerte ni la más grande, pero sí la más ligera y de movimientos más precisos lo mismo para matar que para defenderse. Sabía que eso se debía al funcionamiento exacto de su cerebro.

Por eso Yamsa no conocía la derrota ni el fracaso. Los profundos surcos de su cerebro procesaban la información de su lengua con una velocidad y certeza casi totales, de manera que sus movimientos coordinados resultaban elegantes y mortales para los animales que serían su comida, o que alguna vez intentaron molestarla. Y porque además de lanzar su cabeza al lugar indicado y a una velocidad sorprendente, sus agudos y blanquísimos colmillos inyectaban el veneno instantáneamente. Yamsa agradecía al Dios de las Serpientes aquellos dones, y porque sólo usaba de ellos cuando los necesitaba

Vivía en ese territorio misterioso y bello entre los últimos matorrales del bosque húmedo y la sequedad del desierto arenoso. Cazaba por igual en uno y otro mundo, siempre con éxito, porque nada de la tierra le era ajeno.

Y es que conocía todo lo que había que conocer de las hierbas, de los otros animales y del suelo, su gran amigo y maestro: cuanto sabía, más     que el común de las otras sus serpientes, lo había aprendido de la tierra y de la arena, siguiendo siempre la guía de sus primeros maestros, las serpientes que eran viejas cuando ella era joven.

Últimamente tampoco temía a las aves, sus mortales enemigas. Una águila joven había intentado atraparla, pero Yamsa presintió el ataque e hizo un movimiento lateral que la salvó, y el águila cometió el error de aterrizar para volver a atacar. La tierra era el elemento de Yamsa, y en instantes se lanzó contra la cabeza del águila. Sus colmillos rozaron el duro pico, sin causar daño; pero el águila, que apenas había alcanzado a medio evitar el golpe, levantó el vuelo desconcertada.

Yamsa no había pensado en el contrataque; simplemente reaccionó, y antes de darse cuenta ya el águila volaba. Al sentirla en el aire, Yamsa buscó refugio entre los matorrales, y una y otra volvieron a lo suyo. Pero las dos en esos instantes aprendieron más que en muchos días y noches. Yamsa agradeció ahora como nunca al Dios de las Serpientes el haberle permitido desarrollar los dones recibidos.

No había odios ni rencores en Yamsa. Había matado para comer, porque así era la ley. Jamás atacó a nadie sin motivo, y comprendió que las águilas hacían lo mismo. Aquello no era violencia mala, porque no había ira; era una violencia natural, cumpliendo simplemente la ley.

Oculta en el matorral, cubierta por breñales espinosos, todavía en tensión, Yamsa recordó sin saber por qué la vieja leyenda contada desde el principio de los tiempos, y que Yamsa escuchó de las serpientes viejas cuando ella era joven: algunas serpientes al llegar a su cascabel número 12 desaparecían. Nada quedaba de ellas. Desaparecían sin dejar siquiera el zurrón de su cambio de piel; en cambio la mayoría de las que llegaban al cascabel número 13 morían por si solas o comidas por algún depredador.

Y era el tiempo del cambio de piel. Yamsa se separó de todo y de todos, y escogió como refugio inicial el pedregal al pie de una montaña rocosa. Las piedras eran pequeñas y  filosas, y las rocas muy grandes y casi pegadas entre sí. Resultaba difícil ser atacado, y tenía la ventaja de con facilidad conservar el calor, o pasar del sol a la sombra, y también había comida cercana para cuando despertara.

Pero no durmió. Recordó nuevamente la leyenda y decidió seguir sus enseñanzas. Se dispuso a lo que fuera para conocer el misterio de la desaparición de las cascabeles de 12 años. Se concentró en sí misma. Vio el largo aprendizaje desde que salió del cascaron y respiró por primera vez, hasta su lucha con el águila. Amigos y enemigos, las serpientes abuelo, amores, las tierras húmedas y las arenas secas, las cuevas y los vientos, las más pequeñas vibraciones diferenciadas por sus escamas de bellos blancos y grises y por el radar de su lengua. El triunfo, los peligros superados, los riesgos admitidos, y ser conocida  entre las cazadoras como El Cazador.

Una máquina perfecta de vida, de astucia, de uso de la inteligencia para saber y conocer. Agradecía al sol y a la lluvia, y guardaba un sentimiento indefinido ante el azul del cielo y las estrellas, por las cuales, sin saber por qué, se sentía atraída. Si pudiera, alguna vez ese azul sería su territorio, y le encantaría cazar estrellas. Con el largo recuerdo y el agrado que le causaba, por primera vez tomó conciencia de que cuando se abandonaba de esa manera, parecía que toda ella se fundía con el entorno y sentía muy adentro al Dios de las Serpientes, que era el de todas las cosas: era al mismo tiempo las hierbas, las hojas secas, las piedras, el viento y los oros animales. Un sentir grato, de bienestar, que se expandía y expandía.

Así se sentía ahora, y con humildad se aprestó a cumplir con el rito de la leyenda. Estaba lista.

Fue lo primero destruir los colmillos, su arma preciada, y lanzó terribles ataques contra las piedras. El dolor era intenso, casi insoportable. Comprendía que quedaría casi indefensa e imposibilitada para la cacería, pero no se detuvo. En seguida fue la lengua, su orgullo, y con el hocico todavía sangrando sacó la lengua sobre el filo de una piedra y jaló hacia atrás. Quedó atontada por el dolor y permaneció unas horas quieta, esperando que se detuviera la sangre y pasara el sufrimiento, pero éste no cesó; entonces decidió anestesiarse y con un movimiento veloz de su cuerpo perfecto se arrojó de frente, la nariz por delante, contra una roca, de manera que el golpe la atontara y dejara de sentir dolor. Se preguntó entonces por qué estaba haciendo aquello, y se contestó que por ambición.

La leyenda decía que las serpientes de cascabel que desaparecían, pasaban momentos muy dolorosos de purificación como los que ella estaba sufriendo, pero que después se fundían con un vientecillo agradable primero, de intensa felicidad después. Las serpientes que lo lograban, no conocían más ninguna necesidad, convertidas en viento. Ella ambicionaba esa felicidad, y la lograría, y porque además el viento podría llevarla al azul lejano y quizás a cazar estrellas.

Por efecto del golpe en la nariz la vista se le nubló, y de su corazón llegó el mensaje: era necesario sacrificar también los ojos. Se detuvo asustada. Sangraba del hocico y de la nariz y el dolor estaba ahí. Pero su valentía le dijo que ya no era momento para vacilaciones, y azotó de lado y lado la cabeza contra las filosas piedras, hasta que le sangraron los ojos y quedó ciega.

El cerebro parecía estallar registrando el dolor, así que con un esfuerzo muy grande adivinó el rumbo hacia una sombra donde reposaría mientras pasaba el dolor. Con muchos trabajos comenzó a moverse. Estaba muy débil y el dolor abarcaba toda la cabeza ensangrentada. Al tercer esfuerzo se le atascó el cascabel. Intentó levantarlo para continuar, pero la orden ni siquiera salió del cerebro, por lo que fue imposible elevar un poco siquiera la cola. Entonces, sin saber cómo, por instinto dio un jalón tan fuerte que le arrancó aquel cascabel hermoso, grande y sonoro. Ahora el dolor abarcaba todo el cuerpo, pero, contrariamente a lo temido, su cerebro estaba ahora muy claro, sorprendentemente claro, por lo que diferenció muy bien que la orden siguiente venía del corazón: “trepa las rocas hasta arriba”.

Creyó entender de qué se trataba: estaba ciega, desarmada y con el cuerpo casi deshecho, expuesta ante cualquier depredador, indefensa hasta de las hormigas; así que la muerte era lo único que le quedaba, y lo mejor sería buscársela ella misma arrojándose desde una altura cualquiera. Sin embargo, algo le decía que subir era una especie de salvación. Por lo que fuera, decidió subir.

Y comenzó el ascenso. Yamsa no había conocido el sufrimiento, y ahora que lo experimentaba intensamente, sólo su enorme voluntad y una energía desconocida le permitieron sobreponerse al sufrimiento y no desesperar ni quejarse. Si este era el precio por conocer el secreto y descubrir el misterio, lo estaba pagando. Por eso era Yamsa, El Cazador, que ahora cazaba.

Abajo quedaban los amigos, los hijos, los amores, los escondrijos de caza, la tierra y la arena, y todo lo que había aprendido. Arriba sólo dolor, misterio, y muerte. Había que ir por los tres, sin perder la fe en la leyenda, ni la esperanza.

Y llegó, cansada y adolorida, casi sin otro ánimo que descansar. Supo que había llegado porque el viento era diferente: más claro, fresco, limpio. Yamsa no conocía el miedo y ahora lo conoció. Estaba en las alturas, en rocas al descubierto, sin lengua ni ojos, y sin saber dónde realmente se encontraba. Sintió miedo, y supo lo que era el miedo. Por un momento se paralizó; pero había vencido al sufrimiento y al dolor, al orgullo y a la desesperanza, así que vencería también al miedo, y avanzó.

Avanzó hacia el abismo. Sabía que era el abismo porque atrás quedaba la sensación de refugio y adelante sólo percibía la nada. Entonces el corazón le ordenó saltar, y aunque el cerebro se lo impedía, comprendió que había llegado hasta ahí precisamente para saltar, y saltó.

Mientras caía, a la misma velocidad se fue trasformando. De la raíz de los colmillos brotó un pico fuerte y curvo; los ojos se abrieron enormes y penetrantes, ahora con párpados; de donde estaba la lengua salió la contraparte del pico y abrió la garganta para lanzar un graznido imponente que abarcó montañas y barrancas, los aires y las más escondidas cuevas. Las escamas se convirtieron en plumas, y el dolor del cascabel arrancado subió por los costados, de donde brotaron alas enormes y perfectas. Antes de llegar a cualquier superficie de choque, Yamsa “El Cazador” estaba convertida en águila.

¡En águila, la enemiga mortal! En cualquier cosa, menos en águila; pero el asombro no le permitió pensar más, y entonces levantó el vuelo hacia la roca de donde se había precipitado. Supo que era ésa por instinto del corazón. Y se posó en ella. Yamsa era un águila que contemplaba horizontes inmensos, mientras el viento acariciaba sus plumas, y admiraba las montañas y los colores que no había imaginado siquiera, y le emocionaba de manera especial el azul todavía lejano, pero ya más cerca.

Yamsa estaba feliz. La leyenda era cierta. Ahora conocía el misterio. Sin embargo, ella no comería serpientes, y menos de cascabel. Es más, ante aquella belleza El Cazador se dijo que no quería cazar más. Se estremeció, y dijo al Dios de las Serpientes y de las Águilas y de todas las cosas, que Yamsa “El Cazador” no cazaría más. Al decirlo el azul del cielo y todos los colores del inmenso paisaje brillaron de manera especial y los rayos del sol fueron dorados.

Entonces miró hacia arriba, y su sorpresa fue muy grande al descubrir que podía ver al sol de frente. Su instinto de cazador le dijo que le faltaba una última pieza. Yamsa brincó, extendió las poderosas alas, y enfiló rumbo al sol.

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