Nuestra Ignorancia de La Revolución (2 de 3)

 Una de nuestras dos grandes preocupaciones es que los jóvenes no pierdan sus raíces revolucionarias, ni las olviden los viejos, identificadas en manifestaciones culturales, no en cuestiones políticas partidarias y llenas de prejucios, ni en la ignorancia histórica y cívica tan extendida.

Es bueno que muchos nombres y lugares, que importantes acontecimientos de La Revolución se recuerden en nombres de calles y mercados, pero es mejor que se tenga siempre presente también lo que La Revolución hizo progresar a la Nación en educación y en la buena estima de sí misma, en las ciencias y en las artes, y en cuanto nos sea posible evitar que no se la contamine con mentiras o medias verdades, o la tergiversen por ignorancia o por intereses bastardos. Por ejemplo, están a punto de perderse los testimonios muy reales y concretos de la Literatura: los grandes poemas a Zapata, las novelas alrededor de la figura de Villa, los ensayos sobre Cárdenas y el Cardenismo, los corridos sobre las batallas de Zacatecas, de Celaya o de la invasión norteamericana.

Todo eso va cayendo en el olvido y demerirando nuestro aprecio, como también a los grandes muralistas de la Revolución y sus ideales: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco. Y lo mismo está sucediendo con la música de la Revolución, no sólo de los corridos, también de la música para concierto, como la de Silvestre Revueltas, Carlos Chávez o Eduardo H. Moncada.

Paradójicamente para nuestros jóvenes la Revolución parece estar muy lejos, cuando en realidad viven con ella en su mente. Parece que no estamos concientes de que la Revolución es todavía nuestra imagen ante nosotros mismos y de nosotros como pueblo ante el mundo. En nuestra conciencia colectiva, mantenida por las referencias laudatorias o denigratorias de la ignorancia y de la mala fe, por el cine y los desfiles alegóricos, viven las imágenes de Emiliano Zapata, de Francisco Villa, de Madero y de Carranza, de los rifles 30-30 y las cargas de caballería, los trenes y de las soldaderas, cada día más admirables.

Pero ¡cuidado! no ha desparecido la pobreza, y ha evolucionado la figura del hacendado explotador, existen todavía los mexicanos entreguistas a los intereses económicos del extranjero, y seguios padeciendo las influencias nefastas del embajador de Estados Unidos, o de los obispos y del Vaticano, como en los tiempos previos a La Revolución. Desaparecieron “la administración y el progreso” para unos cuantos, pero no se ha logrado la igualdad de oportunidades para todos, como lo plantearon los Revolucionarios.

Contemos todos con un vínculo que fortalezca nuestras raíces culturales, fomentemos la memoria histórica y descubramos muchos de los rasgos que nos identifican como pueblo. Personalmente admiro la forma como están expresados los Valores de un sano nacionalismo, y de la exposición, orgullosa pero sin pretensiones, de la Nacionalidad Mexicana en el proyecto de país que los padres revolucionarios nos dejaron en la Constitución política de 1917. No fueron ellos quienes fallaron, sino por lo menos las últimas tres generaciones.

No olvidemos aquella fracesita, que muy bien viene al caso por aquello de las tres grandes transformaciones de la sociedad mexicana en dos siglos: “la historia la escriben los vencedores”, pero dice sólo la mitad de la verdad, porque la historia la escriben también los vencidos. Y mientras los vencedores elogian su triunfo y lo legitiman o no por los resultados, los vencidos justifican su derrota denigrando a los vencedores y explicando su derrota de manera que les prepare el camino para la revancha. No lo olvidemos, y tengamos siempre presente que los Valores de La Revolución perviven en nosotros, listos para ayudarnos en las circunstancias presentes. Que así sea.

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