Melchor Ocampo Teatro en un Acto

EL DIOS DE LAS NACIONES (Melchor Ocampo)

Melchor Ocampo Teatro en un Acto, de Fernando López Alanís

 

 Personajes:

Melchor Ocampo

Josefa Ocampo

Obispo

Lindoro Cajiga

Clara Campos

Leonardo Márquez

Manuel

Hombres 1 y 2

 

Hacienda de Pomoca, 1861.

 

      ACTO ÚNICO

Sala estudio de Melchor Ocampo, en Pomoca.  Un librero, con todos sus estantes ocupados por libros muy bien ordenados. Una mesa de trabajo, llena de papeles y libros en desorden; hay en ella además dos o tres instrumentos científicos, entre los que sobresale un microscopio nuevo, y se encuentra una maceta con un cactus floreado. Tres sillas y una mesa de centro de madera labrada. La sala tiene dos entradas; la Puerta 1 da al exterior, la Puerta 2 comunica al interior de la casa. Es el caluroso mes de junio, pasado el medio día, casi la hora de comer.

 Escena 1

 (Josefa: De pie, abajo izquierda. Ocampo: De pie, abajo derecha, con la mano derecha en el pecho, a la altura del corazón)

Josefa: Estoy de visita en casa de mi padre. He tenido la oportunidad de venir a visitarlo, pues mi esposo, el doctor José María Mata, fue nombrado por el presidente Juárez para otra de sus aventuras diplomáticas, y yo he venido a despedirme de mi padre. Por eso me ha tocado vivir lo que aquí sucederá. Sin embargo, debo advertir que las cosas no ocurrieron como se presentan ahora, pues porque no fueron así; sin embargo todas ellas acontecieron verdaderamente, aunque de otro modo, en la vida de mi padre y de mi familia, y de nuestra nación.

Ocampo: Si para salvar los principio y llegar a magníficos fines es forzoso atravesar pruebas  y graves peligros sin vacilar, los liberales debemos hacer ambas sin dudar, todos y cada uno de nosotros.

Josefa: (Yendo hacia el escritorio) Qué hermosas flores, lástima que duren sólo un día. ¿Por qué tiene que ser así?

Ocampo: (Despertando de su abstracción, y yendo hacia ella) Ya la monja de Nepantla nos descubrió el secreto en su soneto “A una rosa”: “En cuyo ser unió naturaleza la cuna alegre y triste sepultura”. Así o más la belleza de la flor del cactus, de blancura extrema, o de suaves colores que adornan lo mismo un cielo brillante que cualquier suelo, como el caso de la biznaga.

Josefa: Me parece tan contradictorio: el cactus vive cientos de años, pero da flores hermosas de un solo día.

Ocampo: Y perfumadas. Olor y color irresistibles para los insectos, y un regalo para los humanos. Además de estructuras internas fuertes y resistentes a la falta de agua, su arquitectura externa está diseñada para los climas y terrenos donde naturalmente vive.

Josefa: ¿Sabes? Te siento más mi padre estudiando en tu laboratorio y haciendo producir los surcos de estas tierras, que metido en la política.

Ocampo: Es el único medio que tenemos de llevar a la práctica las ideas que tenemos de cómo sacar a nuestra amada patria de la miseria material y moral en que estamos empantanados.

Josefa: Y el  único medio por el que has sido amenazado, perseguido, desterrado… y, bueno, admirado también.

Ocampo: Los cactus nos enseñan también política. Los cactus nos dan comida con su blanda carne, medicinas, como el nopal, permanecen de pie en las condiciones más difíciles, y sólo los que no saben encontrar la belleza de su estado se pudren o se secan y hacen mucho daño, pues las espinas que debieron ayudarles para defenderse y captar el sol, permanecen afiladas y se encajan donde tocan.

Josefa: Tus palabras dicen lo que piensas, y yo te comprendo; lo que no entiendo es la política, que tantos males nos ha traído.

Ocampo: Las cosas buenas aparecerán, Josefa, está segura de que resplanderán las cosas buenas que hemos hecho, y con la belleza que les corresponde.

Josefa: Esto me recuerda que vinieron en días pasados tus amigos de Maravatío a visitarte, seguramente a darte las gracias por la casa que donaste para escuela…

Ocampo: No, sino a advertirme de las gavillas de ladrones que andan por toda la región. Me pidieron que me fuera a Maravatio mientras pasan los peligros. Se lo agradecí; pero aun tengo cosas que hacer aquí, en los canales de riego.

Josefa: A propósito: estuve revisando los papeles que me encargaste y haciendo una lista (busca unos papeles entre el desorden del escritorio). “Remedio contra la rabia”, “Rectificación sobre jardines antiguos mexicanos”, “Idiotismos hispanoamericanos”, “Rectificación del curso del río Lerma”, que te gano ser socio correspondiente de no sé que institución francesa, “Memoria sobre el cuercus mellifera”… ¿Qué es eso?

Ocampo: La encina que da miel, ¿la recuerdas?

Josefa: ¡Ah, sí! ¡Y que te hicieron muy poco caso!

Ocampo: Hasta para eso hace falta educación, interés científico… Si nuestro pueblo mexicano estuviera educado, sería uno de los primeros del mundo: estoy seguro de que lo vamos a lograr.

Josefa: En el camino venía pensando en decirte que empaques y te vayas a Europa, a un viaje de estudios como el que hiciste cuando joven, ahora con más experiencia y mejores medios. Aléjate de todo esto, donde todos sentimos para ti grandes peligros.

 Ocampo: Yo también lo he pensado, pero presiento que algo me falta por hacer, además de obras hidráulicas, y deberé hacerlo. En fin. De pronto he sentido también el deseo de tener en orden esos papeles, publicados o no…

Josefa: Y en todo, por lo visto: has extremado el cuidado y limpieza de tus aparatos científicos. ¿Sabes…? Me siento celosa de este microscopio, por ejemplo, ¡le pones más cuidado que a mí! ¡Pasas más tiempo con él que con tus hijas!

Ocampo: No, no, Josefita, no lo mires así. ¿Qué puede haber para mí superior a ti y a tus hermanas, que son el brillo de mis ojos?

Josefa: Pues esto, un microscopio; y esto, tus investigaciones y tus escritos… ¡Y tus pobres! ¡La mitad de tus bienes la has invertido en tus pobres, en los presos, en los enfermos… pero ¿sabes? Por eso te aman tantos que ni siquiera te conocen… ¿Qué ruidos son esos…? Voy a ver. (Sale por la Puerta 1)

 Escena 2

Ocampo: (Retoma su posición inicial) No, padre Domingo Morales, no necesito de sus auxilios, gracias. Yo estoy bien con Dios, y Él está bien conmigo; puede creerlo.

  Escena 3

         (Entran Josefa y el Obispo)

Josefa: En seguida vendrá el señor Ocampo, excelencia.

Obispo: Dios te bendiga. Muchas gracias por tu hospitalidad.

Ocampo: (Yendo hacia ellos) Después de cuanto ha sucedido, es una sorpresa que visites esta casa. Bienvenido.

Obispo: Mis deberes pastorales me lo exigen. Aunque no lo creas, es un gusto volver a verte..

Ocampo: Gracias.

Obispo: Vaya, vaya. Mira cuántas cosas tenemos aquí. Qué flor más bella. Ni en la biblioteca de mi seminario hay tantos libros como aquí. “De la societé premiere et de ses lois”, de Lamennais; “Les lois de l’ordre social”, de Bonnet; “Instruction pour le peuple, Cent traités”; “Relaciones entre la siqué y la moral del hombre”, de Cabanis”… ¿Hablas muy bien el francés?

Ocampo: Sí. Lo practiqué bastante en Francia.

Obispo: “Systema naturae”, y “Genera plantarum”, de Lynneus. Y mira esto: tu afición por la jardinera: “L’art de composer et décorer les jardins”, de Boitard. Seguramente hablas también el italiano, ¿no? ¿Y cómo andas en el inglés?

Ocampo: Bastante bien: lo practiqué mucho cuando Santa Anna me desterró a los Estados Unidos.

Obispo: Días terribles, ¿no? Por lo visto lees también en sus originales a Alejandro Dumas y Walter Scott… Sorpresa: un “Manuel d’Astronomie”. Interesante, tu biblioteca.

Ocampo: Gracias. ¿No gustas sentarte? Debes estar con sed después de un camino largo con estos calores de junio. ¿Gustas una agua de frutas? ¿Quizás un juego de toronjas de mi huerto? ¿O una copa de vino?

Obispo: ¿Estaría bien un vino?

Ocampo: Josefita, por favor, si eres tan amable.

Josefa: Con su permiso, excelencia. (Sale por la Puerta 2)

  Escena 4

Ocampo: ¿Deberes pastorales?

Obispo: Melchor, no estás seguro aquí; en realidad no estás seguro en ninguna parte. Sería preferible que te refugiaras en Morelia, o quizás mejor en la ciudad de México.

Ocampo: ¿Qué puedo temer? Tres atentados hubo antes contra mí: dos en el cincuenta y tres, y uno en el cincuenta y siete, sin éxito alguno. Ni tú ni yo sabemos cómo habremos de morir.

Obispo: No, claro; pero tampoco tenemos por qué exponernos, si podemos evitarlo.

Ocampo: He dejado la política y toda injerencia en los asuntos públicos. Estoy retirado, dedicado al cultivo de mis tierras. Ya no soy ningún peligro para nadie, así que ¿qué puedo temer?

Obispo: El resultado de tus actos: has ofendido a Dios y a sus ministros. Sacrílegamente has destruido la propiedad de la Santa Iglesia, y has degradado la dignidad del ejército. Eso debes temer.

Ocampo: Pues no es así. No niego mi participación en la reforma social, política y económica del país; pero no fui yo solo. Tampoco fuimos los quince o veinte más nombrados, desde el señor presidente Benito Juárez hasta mí mismo. Tampoco fueron los saldados del señor general Degollado, un sacristán que fue de tu catedral que ha mucho debió dejar de ser vallisoletana, ni los broncos soldados del señor general González Ortega, un meritorio de despacho de abogados.

Obispo: Soldados inocentes, que murieron engañados.

Ocampo: Engañados, ¿por quién?

Obispo: Y que seguramente pagarán su pecado en el infierno, por toda la eternidad.

Ocampo: ¿Cuál pecado?

Obispo: Haber levantado la mano y sus armas contra la Iglesia Santa de Jesucristo. Y tú, Melchor, y todos esos liberales del demonio, no tendrán descanso ni aquí en la tierra ni en la eternidad.

Ocampo: ¡Qué terribles palabras! ¿Es cierto lo que dices, excelentísimo señor? Yo no lo creo. ¿Cómo explicas que un pueblo pobre, sucio y moralmente miserable, desde los abismos de su postración se haya levantado contra sus explotadores, los ricos terratenientes, las levas del ejército, los abusos de tu iglesia, que de Jesucristo no tiene nada, y menos que nada la pobreza. ¿Cómo? ¿Porque se lo dijimos nosotros?

Obispo: Sí, por sus palabras engañosas, sobre todo las tuyas, Melchor. Ahora me lo puedes decir a mí, abierta y francamente; ¿qué veneno, qué ponzoña llevó a los liberales a declararle la guerra a Dios, a engañar al pueblo llevándolo contra sus sagrados ministros, a provocar la ruina de la Santa Iglesia? Dímelo.

Ocampo: El veneno que nos inyectaron tú, tus hermanos obispos, tus curas explotadores.

Obispo: No más sacrilegios…

Ocampo: La ponzoña de tu riqueza improductiva, de tus millones de pesos que afrentan a los millones de mexicanos miserables, que tienes sometidos e idiotizados con la amenaza del infierno. Pero eso se acabó.

Obispo: ¿Los liberaste, o los enviaste a la condenación eterna?

Ocampo: Los liberales nunca hubiéramos triunfado si tu iglesia y tus riquezas fueran realmente conforme a las enseñanzas de Jesucristo, no conforme a tus doctrinas de explotación del pobre y excelsitud del rico, de la vergonzosa alianza con el traidor Santa Anna, ni con el ejército invasor de los Estados Unidos.

Obispo: Resumes odio, Melchor.

Ocampo: Simplemente expongo lo que son hechos a la vista de todos, que contestan tu pregunta. No fuimos nosotros lo que engañamos, sino ustedes los sagrados pastores.

Obispo: Convengo en que nos equivocamos con el señor general Santa Anna; pero no veo por qué nos acusas de traidores.

Ocampo: Yo no lo acuso. Son ustedes unos traidores a ojos vistas. ¿No recibió el obispo de puebla, tan michoacano como nosotros y alguna vez nuestro amigo, Su Excelencia Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, sin la “de” y sin la “y”, no recibió al general invasor Winflld Scott bajo palio en la catedral de Puebla, donde le cantó un Tedeum, y lo hospedó en su palacio? Por ejemplo. ¿No es una traición continua su constante andar por España y por otras naciones de Europa buscando príncipes extranjeros que traer a gobernarnos?

Obispo: No recurriríamos a un príncipe extranjero si ustedes los liberales, y antes federalistas, no nos empujaran a hacerlo: sus ataques a la iglesia de Dios nos obligan.

Ocampo: Muéstrame un solo papel, una sola palabra, una sola acción de cualquiera de nosotros los liberales, con que oficialmente hayamos atacado algún dogma de tu Iglesia Católica; un documento oficial nuestro en que hayamos desvirtuado la doctrina de Jesús, el Cristo… ¿Alguno de nosotros ha pronunciado alguna palabra contra la Virgen María, o contra la Guadalupana…?

Obispo: ¡Claro que sí. Ignacio Ramírez negó la existencia de Dios!

Ocampo: Y Dios dejó de existir. ¡Por favor! Al día siguiente Ignacio Ramírez demostró la existencia de Dios en la misma Academia de Letrán: acéptalo.

Obispo: No hay forma de entenderse contigo.

Ocampo: De esa manera, no.

Obispo: ¿Hay alguna?

Ocampo: Sí, hablándonos, buscando nuestras coincidencias. Pero cada vez que lo propusimos yo o cualquier otro del partido liberal recibimos a cambio excomuniones, descalificaciones, insultos y balas.

Obispo: Si tú no puedes abandonar tus doctrinas satánicas del liberalismo, ¿por qué exiges que nosotros abandonemos nuestros principios divinos?

Ocampo: Jamás haría yo eso…

Obispo: ¿No?

Ocampo: Iría contra mí mismo, cuando he proclamado la libertad de conciencia.

Obispo: El mayor de todos tus embustes.

Ocampo: Que todos los hombres, que todos los mexicanos tengamos la libertad de creer lo que queramos, incluso la de no creer. Sin nada que nos obligue o nos amenace para creer o no creer lo que sea en religión, y aun en filosofía.

Obispo: Fatídico error, condenación segura.

Ocampo: Jamás te pediría que abandonaras tus principios divinos, fueran realmente o no los que enseñó Jesucristo. He luchado, hemos luchado contra una realidad en la que aparecen tú y los tuyos como agiotistas y explotadores, sin ningún beneficio para  las masas pobres de nuestro pueblo.

Obispo: Parece que los insultos forman parte de nuestro lenguaje.

Ocampo: ¿Por qué no respetas mis doctrinas, mis principios?

Obispo: Jamás, si por tus doctrinas eres enemigo de Dios.

Ocampo: ¿De Dios? ¿De cuál Dios?

Obispo: Del único Dios verdadero.

Ocampo: Que yo no comprendo.  ¿Qué clase de dios tan pequeño es ése que pueda tener enemigos tan pequeños como yo?

Obispo: No los tiene, por eso dicen las Sagradas Escrituras que los aplastará.

Ocampo: Pues por ahora está derrotado, ha perdido la guerra…

     Escena 5

Josefa: (Entrando por la Puerta 2 con una bandeja de plata, una vinatera y dos copas de cristal, servilletas y frutas secas) Espero haber escogido un vino al gusto de su excelencia. (Deja todo sobre la mesa de centro. A Melchor) Uno de tus peones quiere verte, parece que es urgente. Usted dispense, excelencia.

Ocampo: Si no tienes inconveniente…

Obispo: No, no, adelante.

Ocampo: (Hace una señal a Josefa, quien sale por la Puerta 1 por Manuel, el peón. Ocampo escancia el vino con cuidado y pulcritud. Ofrece al Obispo una copa y toma la suya. Lo prueban. En eso)

  Escena 6

Josefa: (Entrando con Manuel por la Puerta 1) Con entera confianza, Manuel, el señor obispo es nuestro amigo.

Manuel: Buen día dé Dios a sus mercedes. Don Milchior, usté ha de perdonar la impertinencia, pero dos de mis niños se cayeron allá arriba, en la barranca, y están malitos, y pá pior, crio que el más chiquito tiene quebrado su piecito. Hay que llevarlos a Maravatío, y no tengo ni cómo ni con qué. Vengo a que me ayuda, por amor de Dios.

Ocampo: ¿Tenemos dinero, Josefa?

Josefa: Clara me ha dicho que no, que hasta la semana que entra.

Ocampo: Josefita, por favor, dile a Esteban que le preste un caballo o una mula a Manuel, para que lleve a sus muchachos en estera a Maravatio. (Toma la charola de plata) Llévate  esta charola y véndela, para el médico y las medicinas.

Manuel: Jamás, don Milchior, y ha de perdonar el arrebato. Me acusarán de ladrón, pós de dónde voy a tener yo cosas de plata como ésta.

Ocampo: Diles que yo te la regalé, y que si tienen duda que me pregunten a mí.

Manuel: ¿Y cómo si lo voy a pagar, siñor?

Ocampo: No viniste a pedirme prestado, sino ayuda.

Manuel: Dios lo bendiga, don Milchior, Con el permiso de sus mercedes. (Sale por la Puerta 1)

Josefa: (Al Obispo) Siempre lo mismo; pero no entiende, ni entenderá hasta que su casa esté en la ruina. Voy a ver que le den alguna bestia a Manuel. Con Permiso. (Sale por la Puerta 1)

Escena 7

Obispo: Excelente vino.

Ocampo: Gracias. ¡Por el recuerdo de nuestros años juveniles en el seminario de Morelia!

Obispo: Éramos más bien niños jugando a dejar de serlo. Sí, fueron tiempos muy bonitos.

Ocampo: Yo los recuerdo con cariño y agradecimiento. Fueron fundamentales para mi preparación intelectual.

Obispo: Para todos nosotros…

Ocampo: En efecto, buen vino. Me decías que como pastor mío, oveja descarriada, vienes a pedirme que me refugie en Morelia, o en la ciudad de México.

Obispo: Hay muchas gavillas de los conservadores que merodean por aquí y por el Estado de México. Es cierto que González Ortega venció al general Miramón…

Ocampo: Tu “joven macabeo”…

Obispo: Burlas aparte, Melchor.

Ocampo: No fue mi intención, simplemente acoté. ¿Y…?

Obispo: Y muchos, muchísimos fieles de la santa iglesia, y miles del partido conservador juzgan que sí, que González Ortega manejó las armas, pero que fuiste tú, con tus ideas y tus escritos, quien les dio puntería a esas armas.

Ocampo: Si ésa fuera mi misión, me satisface haberla cumplido. Pero no puedo abandonar mis tierras por sospechas.

Obispo: Estamos platicando.

Ocampo: Vivo casi solo, con mi familia y los servidores del rancho, todos desarmados. Estoy dedicado a mis estudios.

Obispo: Como dijiste: “después de todo lo que ha pasado”, todavía te estimo…

Ocampo: No creo que las gavillas que dices, católicos y de moral cristiana como la tuya, hagan nada contra mí.

Obispo: Desgraciadamente a veces el corazón humano se cierra tanto a la inspiración divina, que comete errores y pecados graves.

Ocampo: ¿Qué ruidos son ésos? (Se dirige abajo derecha, donde inició, como asomándose a una ventana)

Obispo: (Se cierra)

Ocampo: Lego mis libros, y los instrumentos que he mandado traer de Europa, al Colegio de San Nicolás de Hidalgo, de Morelia, a quien ofrezco también mi corazón.

Escena 8

Josefa: (Entrando agitada) ¡Vienen hombres armados!

Obispo: (Abriéndose) ¿Los has reconocido?

Josefa: No, no tuve tiempo.

Ocampo: (Yendo hacia ellos) Lo sabremos; sólo es cuestión de esperar. Quizás no quieran más que pastura y agua.

Josefa: No: tanta desgracia nos ha enseñado a sentir desde lejos a los amigos, y a los que no lo son. Éstos me han despertado una gran inquietud.

Obispo: He notado una gran familiaridad entre ustedes.

Ocampo: Quizás no la conozcas, pero seguramente habrás oído hablar de ella: Josefa es mi hija y está casada con el embajador Jisé María Mata.

Obispo: No hay registros de tu matrimonio en ninguna parroquia de Michoacán.

Ocampo: Porque no me he “matrimoniado” nunca.

Obispo: Viviste en amasiato.

Ocampo: Público y notorio, con la señora Ana María Escobar. Nunca lo oculté, y recibí a mis amigos y a todo visitante en esta casa y en Maravatío con mi esposa y mis hijas, esta Josefa, Petrita, Julita y Lucila.

Josefa: Excelencia, por favor, no parece oportuno ahora…

Ocampo: Y si a la unión de amor y bella compañía la llamas de esa manera tan despectiva como insultante, sólo aclararé que es mayor mal social y religioso vender al mismo precio los servicios del altar al rico y pobre; o, peor aún, no proporcionarlos cuando no se pagan, por la miseria misma de nuestro pueblo.

Obispo: Es muy clara la oposición de todos ustedes al derecho que tenemos a vivir del altar, al que servimos.

Ocampo: No. No confundas: nuestra oposición es al abuso que hacen del altar. Pero mira: yo sí soy consecuente con lo que predicó: jamás aceptaré pagar a ningún cura como condición para legitimar mi amor.

Obispo: Esas doctrina, Melchor, y el que las hayas publicado, son en gran parte la causa de la guerra que hemos padecido. A tiempo te advertimos que un sacudimiento social como el que provocaste podría envolverte entre sus ruinas.

Ocampo: ¿De eso se trata la gente armada que viene a mi casa?

(Tocan normalmente a la Puerta 1)

Josefa: Señor obispo, el amor de mis padres, y el amor que nosotras les tenemos a ellos, que todos conocen, es tan real y bello que no necesita de libros parroquiales, ni de un recibo de dinero de cualquier curato que lo haga constar.

Obispo: Lamento sus palabras, señora.

Escena 9

Cajiga: (Entrando sin violencia) El Señor esté con ustedes. No esperaba encontrarme con su excelencia. Señor Ocampo. Señora.

Obispo: No creo conocerlo, señor; pero no parece usted mexicano.

Cajiga: Es mi nombre Lindoro Cajiga, y soy de origen español. Me uní a las armas del general Márquez, pues simpatizo con el ideal santo de defender a la Santa Iglesia de Jesucristo; pero fuimos derrotados en Calpulalpán, y estamos tratando de reagruparnos.

Ocampo: ¿Y qué desea usted de nosotros?

Cajiga: Nada en realidad. Vengo a cumplir dos órdenes de mi general Márquez.

Ocampo: Pues usted dirá.

Cajiga: Confiscar sus bienes, señor Ocampo, y llevarlo prisionero ante el supremo gobierno.

Obispo: ¿El señor general Márquez dio esas órdenes?

Cajiga: Él me ordenó a mí. Pero me parece que hay por ahí una confusión, pues todo hace suponer que la orden original la dio el señor general presidente don Félix Zuloaga.

Obispo: ¿Y si yo le pidiera que ignorara esas órdenes?

Cajiga: Aumentaría mi confusión, excelencia, pues se dice que el presidente Zuloaga recibió “insinuaciones” de apresar al señor Ocampo de parte de algunos obispos que forzados andan por la lejana Europa.

Obispo:¿”Insinuaciones” de tan lejos, y con tal rápidez? No lo creo.

Ocampo: Yo sí; pero lo que no veo es por qué. ¿Qué temen ahora de mí?

Cajiga: Usted es muy peligroso para nosotros, don Melchor. Sus armas causan más daño que las balas. Así que, si me lo permite, deberé cumplir mis órdenes.

Ocampo: Haga usted lo que tenga que hacer; sólo le pido que respete a las personas.

Cajiga: No tenga cuidado, nadie será molestado. ¿Me permite? (Se sirve vino en una copa y se lo traga) ¡Ah! Buen vino. La sed me apuraba. Gracias. ¿Vino francés?

Josefa: ¿No gusta otro poco?

Ocampo: Josefa…

Cajiga: Sí, gracias. (Se sirve. Se avienta alguna fruta a la boca, y se dirige a la Puerta 2 bebiendo). Cristal muy fino éste. (Abre la Puerta 1) ¡Adelante!

Escena 10

Hombres 1 y 2: (Entran con huacales vacíos y lazos)

Cajiga: En nombre del supremo gobierno de México, cuyo presidente es el señor general Félix Zuloaga, declaro confiscados los bienes del señor Melchor Ocampo. ¡Empaquen!

(Cajiga y los Hombres 1 y 2 sacan libros, mesas y toda otra utilería. Es una situación muy penosa. Cuando Cajiga toma el microscopio)

Josefa: ¡El microscopio no!

Cajiga: ¿Micro… qué?

Hombres 1 y 2: (Se detienen y ponen atención al diálogo)

Ocampo: Josefa, hija, ve con Clara y tus hermanas.

Josefa: (Sale enojada por la Puerta 2)

Cajiga: ¿Qué es esto? ¿Para qué sirve?

Ocampo: Para ver las cosas pequeñas, cosas que el ojo humano no alcanza a ver.

Cajiga: ¿De veras? ¿Y cuál es el caso?

Ocampo: Conocer y comprender mejor a Dios, que las ha creado.

Cajiga: Me dijeron que usted no cree en Dios, que por eso persigue a la santa iglesia.

Ocampo: Verdad y mentira. Yo no creo en Dios, porque sé que Dios existe, y sé que quiere la felicidad y la libertad de nosotros, sus hijos.

Cajiga: ¿Lo ha visto?

Obispo: Ten cuidado, Melchor…

Ocampo: Y es mentira que yo persiga a nadie, ni menos a la iglesia pura y santa de Jesucristo.

Cajiga: ¿Y entonces toda esta guerra tan horrible?

Ocampo: Porque Dios quiere conciencias libres, Dios no quiere la explotación y abuso de la sana fe del pueblo, ni menos la venta de los sacramentos. Pero los obispos y sus señores curas dicen que sí.

Cajiga: No entiendo…

Obispo: Señor Cajiga, no se distraiga de sus deberes, ni atienda a las palabras engañosas del señor Ocampo.

Cajiga: No, ¿verdad?

Obispo: Ya usted dijo que son armas que matan con más puntería que las balas.

Cajiga: Cierto. ¿Qué miran ustedes? Démonos prisa. Dejen las sillas para que siquiera tengan donde sentarse.

(Mientras terminan de sacar todo, bajo la vista satisfecha del Obispo, Ocampo retoma su posición inicial, mirando sonriente al cielo. Cuando ha terminado el despojo)

Cajiga: ¡Señor Ocampo, es usted mi prisionero! Despídase de su familia y venga conmigo. Lo espero afuera. (Sale)

Ocampo: (Al cielo) A mi Michoacán, como a mi patria toda, debo y hago el sacrificio de mis placeres, de mis adelantos, de mi reposo, de mi porvenir.

 

         Escena 11

Clara: (Entrando, alarmada. Observa el desastre y va directamente a Ocampo) ¡Mi señor, ¿qué sucede?! ¿Se encuentra usted bien?

Ocampo: (En abierto desafío al Obispo, abre los brazos para que Clara se refugie en ellos) Muchas cosas, mi señora, suceden muchas cosas. Me llevan prisionero.

Clara: ¿Qué? ¿Por qué?

Ocampo: No lo sé. Quizás el señor obispo nos pueda…

Clara: Perdone usted mi desatención, señor obispo, pero esto que veo…

Obispo: Consecuencia de los dichos, escritos y hechos del señor Melchor Ocampo, señora…

Clara: Clara Campos, para servir a usted y a Dios…

Obispo: ¿A Dios…?

Ocampo: Soy un hombre viudo y me he vuelto a casar, fuera de tu iglesia. Eso es todo.

Clara: Y somos felices.

Obispo: Pues es una pena que no pueda bendecirlos.

Clara: Será una pena para usted.

Obispo: Para ustedes, y lo lamento.

Clara: Nosotros no, ¿verdad, mi señor?

Ocampo: El señor Obispo cumple con sus deberes de pastor, y considera que nosotros somos ovejas descarriadas…

Clara: ¿Y por eso nos arruina de este modo? ¿Con qué derecho?

Obispo: Yo no…

Ocampo: No somos de su rebaño, y quizás si volvemos a su redil nos pueda controlar.

Clara: ¡Qué atrocidad! ¿Piensa que dejándonos en la miseria nos doblegaremos? ¡Jamás!

Obispo: Sigues haciendo un daño enorme a las almas, Melchor.

Ocampo: Sigo liberando conciencias, y causando un daño enorme a tu orgullo.

         (Tocan a la Puerta 2, con fuerza pero sin violencia)

 

         Escena 12

Márquez: (Entrando) Dios guarde esta casa, y a quienes habitan en ella. ¡Vaya, excelencia! No lo quise creer, pero ya lo veo.

Obispo: Dios le guarde, general.

Márquez: ¿Me conoce usted? Yo no tenía ese gusto.

Clara: Ha de disculpar que no sea usted bienvenido a esta casa, general.

Márquez: Finalmente encuentro la cara de un traidor. ¿No es así, señor Ocampo?

Obispo: Creo que un poco de corrección nos vendría bien.

Márquez: ¿Intercede usted por su enemigo declarado?

Clara: No podemos ofrecer a usted ni un vaso de agua: nos han robado todo.

Obispo: Un poco de caridad cristiana será la mejor forma de tratar el asunto que adivino trae usted.

Márquez: ¿Caridad cristiana? Es claro que su excelencia es demasiado excelencia para haber estado en un campo de batalla.

Obispo: No veo qué tenga que ver la caridad con…

Márquez: Nosotros hemos arriesgado todo para salvar el honor del ejército y las riquezas de ustedes, y para no caer eternamente en el infierno, como supongo sucederá a este traidor…

Clara: Seguramente nos reuniremos todos allí.

Obispo: Reanudaremos la guerra: no está todo perdido.

Márquez: Espero que entonces sí funcione la bendición del Papa, y que Dios no se olvide de darnos su protección. ¿Se da cuenta? Nos han derrotado unos abogados de segunda, unos rancheros llenos de deudas, unos amanuenses de Zacatecas, unos don nadie metidos a soldaditos. El honor del ejército está perdido. Si la caridad cristiana está ligada a la derrota de los soldados de Dios, ustedes, excelentísimo señor, no sólo han perdido sus enormes riquezas, también la vergüenza.

Clara: ¿No será que la bendición de Dios está con los liberales, y que por eso triunfaron? Piénselo así, general, y devuélvanos nuestras pertenencias.

Obispo. No diga impertinencias, señora.

Márquez: No, no. Está bien. ¿Cuál es su nombre?

Clara: Clara Campos.

Márquez: Sus palabras me recuerdan los juicios de Dios en la edad media. Dios daba la victoria a quien era inocente. Dígame, señora Clara, ¿tiene usted un caballero de blanca armadura que sea su campeón?

Clara: Sí, mi marido, vencedor de usted.

Márquez: No atino a imaginar quién…

Clara: El señor Melchor Ocampo.

Márquez: ¡Por Dios, excelencia! Demuéstreme que la derrota que hemos sufrido en todos los frentes no es por la voluntad de Dios. Eso no puede ser.

Clara: ¿No? “Ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios”.

Obispo: No debemos olvidar las enseñanzas divinas contenidas en la Biblia: Job perdió todo, pero pasó la prueba; recibió en premio mucho más de lo que tenía.

Márquez: Otra vez la esperanza, así no más. ¿Acaso confía en los obispos y en los ricos que andan buscando un rey europeo para los mexicanos?

Obispo: Tanto, que por eso estoy aquí.

Ocampo: Clara, señora mía, por favor espérame en el comedor.

Clara: (Sale molesta por la Puerta 2)

 

         Escena 13

Ocampo: Explícame.

Márquez: Me disgustan los hombres que se hacen los que no saben…

Obispo: Tú y tus liberales, con el demonio de Benito Juárez a la cabeza, sólo nos han dejado una opción: un príncipe extranjero, con el apoyo de Europa.

Ocampo: No es ninguna novedad: lo andan haciendo desde que yo me acuerdo, pero no lo encuentran porque nadie quiere venir a México, un país bárbaro y peligroso. Así me lo dijeron en Europa, hace más de veinte años. Dudo que lo encuentren ahora…

Obispo: Todo hace suponer que sí: tenemos el apoyo decidido de Su Santidad Pío Nono.

Ocampo: Entiendo. ¿Y según ustedes cuál es mi papel?

Obispo: Lo que queremos es que no tengas ningún papel.

Ocampo: Pues de todos modos no lo tendré, ya te he demostrado que estoy retirado.

Obispo: Sabemos que volverás. El anzuelo que te ha tirado el demonio de Juárez tiene una carnada demasiado apetitosa para ti, y para cualquiera.

Ocampo: No sé de qué hablas, y ya no quiero saber nada de la política.

Márquez: Hable claro, excelencia, porque me va pareciendo que eso explicará también mi presencia aquí, y la de mi gente.

Obispo: En todos los corrillos políticos de la ciudad de México se habla de que Benito Juárez te ha ofrecido la embajada en Londres.

Márquez: ¡Uhu!

Ocampo: Es mentira.

Obispo: La duda para muchos es precisamente si aceptarás, por estar retirado; pero nosotros no podemos arriesgarnos.

Ocampo. Si tu arriesgue es que yo desde Londres podré desbaratar tus planes de un gobierno extranjero en mi país, cuenta con que lo haría. Lo cierto es que no sé nada de nombramientos para mí, que he rechazado todos.

Obispo: No lo harás.

Márquez: Queda todo claro. Ya no hará nada, señor Ocampo, nada.

Ocampo: Sólo pido un juicio imparcial, y que queden muy claras mis respuestas.

Obispo: ¿No te importa morir?

Márquez: Usted ya ha sido juzgado, y no salió absuelto. Sépalo.

Ocampo: Nadie me ha llamado a juicio.

Márquez: Sí, el señor presidente Félix Zuloaga.

Ocampo: ¿Y quién me acusó?

Obispo: Nosotros, el pueblo de Dios.

Márquez: Nosotros, los soldados de Dios.

Ocampo: ¡Vaya pues! ¡Y yo, el acusado, ni enterado! ¿De qué me acusaron?

Márquez: De traidor. Usted traicionó a su patria vendiendo territorio mexicano a los protestantes norteamericanos.

Obispo: Traición a la patria y traición a la Iglesia.

Ocampo: Me parece imposible tanta falsedad, y sin embargo la escucho de su propia boca. ¿Y cuáles son las regiones de mi patria que vendí?

Márquez: Cómo disgustan los hombres que se hacen los que no saben ni lo que hacen. Pero bueno, ya que lo pregunta y para que no quede duda: según el tratado que firmó usted con el señor McLane el Istmo de Tehuantepec, Sonora, Chihuahua y Sinaloa.

Ocampo: En efecto, yo firmé unos papeles con el señor McLane en diciembre de 1859, hace un año y medio, que pretendían ser un tratado de comercio, no de venta de territorios.

Márquez: No es eso lo que sabemos.

Ocampo: No importa lo que sepa usted porque se lo dijeron; lo que importa es que esos papeles no tienen valor alguno. Dígame, señor general de los soldados de Dios, ¿en qué parte de Chihuahua, Sinaloa o Sonora se han asentado colonos estadounidenses como resultado de esos papeles?

Márquez: No trate de confundirme.

Ocampo: No, por el contrario, quiero toda la verdad. Veamos: si vendí Tehuantepec, ¿sabe usted cuántos granos de arena se han llevado los estadounidenses bajo el pretexto de que fueran suyos?

Obispo: Mira, Melchor…

Ocampo: Dígame, excelencia reverendísima, si es falso que yo haya vendido ni un grano de arena mexicano, ¿en que consiste mi traición a Dios?

Obispo: El territorio mexicano es católico, y tú lo vendiste a un país protestante.

Ocampo: ¡Que no vendí nada! O a ver, de otra manera: El señor McLane y yo firmamos unos papeles que sólo tendrían validez y efecto si los aprobaban los congresos de Estados Unidos y de México, y si los firmaban los presidentes James Buchanan y Benito Juárez; pero como ninguno de los dos congresos los aprobó ni firmaron los presidentes, esos papeles no tienen valor alguno ni tampoco aplicación ninguna, ni contemplaban ninguna posible venta de nada. ¿Cuál traición?

Márquez: Palabrería de abogado, y nada más. El señor presidente Zuloaga y el pueblo de Dios lo han decidido: usted es culpable y se le aplicará la ley por alta traición.

Obispo: Así las cosas, yo debo reemprender mi camino. Señor general Márquez, sea por favor clemente con el señor Ocampo.

Márquez: Lo consultaré con el presidente Zuloaga.

Obispo: No te olvides, Melchor: entre la bala que sale del fusil y su golpe en el pecho, está la misericordia de Dios.

Ocampo: Él tenga misericordia de ti, la necesitarás.

Obispo: General. (Sale por la Puerta 1)

Ocampo: ¿Puedo escribir mi testamento?

Márquez: No tarde.

Ocampo: (Después de buscar) No tengo pluma ni tinta.

Márquez: Las conseguiremos en el camino. Vámonos.

Ocampo: ¿A dónde vamos?

Márquez: A Tepeji del Río. Ahí nos esperan.

Ocampo: Vamos, pues.

         (Queda un escenario desolado)

         Escena 15

Cajiga: (Entrando por la Puerta 1, con un papel en las manos) Dice muy claramente: “fusilen al prisionero”, y aquí no hay otro prisionero que ese Melchor Ocampo. Pues habrá que fusilarlo. Seguramente ganaré muchas indulgencias.

Josefa y Clara: (Entran abrazadas por la Puerta 2, se colocan de pie abajo izquierda del escenario, orgullosas y fuertes)

Ocampo: (Entra por la Puerta 1 escoltado por los Hombres 1 y 2, con fusiles embrazados)

Cajiga: ¿Está usted preparado, señor Ocampo?

Ocampo: Sin rencores ni odios para nadie, amigos míos: disponed de mis vestidos y de las pertenencias que traigo, y agradezco los favores que tuvieron conmigo en el camino.

Cajiga: Arrodíllese.

Ocampo: Jamás me arrodillaré. De pie estaré mejor a nivel de las balas. (Se coloca en el centro arriba del escenario, de frente al público, con la mano derecha abierta sobre el corazón)

Cajiga y Hombres 1 y 2: (Se colocan de frente al público, abajo derecha; el primero con una pistola y los otros dos con sus fusiles, apuntan hacia el público)

Ocampo: Me despido de todos mis buenos amigos y de todos los que me han favorecido en poco o en mucho, y muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

Cajiga: ¡Fuego! (Disparan los tres, y así permanecen hasta el final)

Ocampo: (Acusa el impacto de las balas e inclina la cabeza sobre el pecho; después coloca los codos a la altura de los hombros, dejando caer desmayados los antebrazos)

Clara: (Está abatida y triste, pero acepta lo sucedido)

Josefa: Lindoro Cajiga fue apresado, sometido a juicio, condenado y fusilado en 1863 en Acambay, Estado de México. Félix Zuloaga murió en 1998 en la ciudad de México, amnistiado por el traidor al liberalismo Porfirio Díaz. Por su parte Leonardo Márquez aceptó a Maximiliano de Habsburgo, luchó por él hasta que derrotado se refugió en La Habana. Tuvo la oportunidad de volver a México, pero, lo mismo que Zuloaga, hubo de sufrir el rechazo y el desprecio aun de quienes consideraban sus amigos y correligionarios. Márquez murió en 1913, olvidado en La Habana. El Excelentísimo y Reverendísimo Señor Doctor don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos murió en 1893 en su hacienda de Oacalco, Yautepec, Estado de Morelos. Fue uno de los hacendados más ricos de su tiempo y cubrió su pecho con incontables medallas de oro que recibió por sus servicios a la Iglesia. Muy pocos los recuerdan, y muchos menos saben qué fue de ellos después del desastre provocado por la revancha de los conservadores y de la iglesia, materializando su desgraciado sueño de un príncipe extranjero gobernando a México, sostenido por armas europeas. Sí, esto que han presenciado aquí es una lección de civismo, si lo quieren ver así, con el recurso de la magia del Teatro, y si son todos ustedes buenos mexicanos jamás olvidarán esta escena de la muerte de una de las mentes más brillantes y bellas que el Dios de las Naciones concedió a México, el señor Melchor Ocampo.

 

Fin de la Obra.

 

 

2 comentarios

  1. Fernando Tavera Marines

    Magnifico texto maestro Fernando Lopez A, me gustara mucho poder llevar a cabo la puesta en escena, me gusta la obra y dobre todo actual y muy interesante como todas las obras de su autoria
    Me encantara ponerme en contacto con usted para charlar al respecto
    Reciba saludos y un abrazo
    Atte.
    Fernando de Tavera

    • Gracias por leerme, maestro Tavera, y por sus comentarios. En otro correo estoy enviando datos para platicar. Saludos cordiales.

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