Max y “el grito” en Dolores, Guanajuato, 1864

En alguna parte el presidente Benito Juárez, a popósito del juicio a Maximiiano de Habsburgo, declaró algo como esto: no se juzga bajo la ley marcial a un Hermano (como se sabe, ambos eran Masones), sino a un invasor de nuestra patria. El Archiduque Maximiliano, en otro esfuerzo por ganarse la simpatía de todos los mexicanos, pronunció el 16 de septiembre de 1864 en el pueblo de Dolores, Guanajuato, un discurso que a nadie convenció (y menos a los patriotas mexicanos, por la alusión al águila austriaca como la salvadora del águila mexicana), y que además le atrajó la animadversión y el resentimiento de los Conservadores que fueron por él a Europa (sobre todo por citar con elogio a los héroes independentistas a quienes los Conservadores odiaban y los sentían todavía como enemigos de España, “su madre patria”). Vale la pena conocer ese discurso, tomado de la Historia de México del Conservador Francisco de Paula y Arrangoiz, porque además dice verdades sobre los primeros 50 años de nuestra difícil vida independiente. Veamos:

“Mexicanos, más de medio siglo tempestuoso ha transcurrido desde que en esta humilde casa, del pecho de un humilde anciano, resonó la gran palabra de independencia, que retumbó como un trueno del uno al otro océano por toda la extensión del Anáhuac, y ante la cual quedaron aniquilados la esclavitud y el despotismo de centenares de años. Esta palabra, que brilló en medio de la noche como un relámpago, despertó a toda una nación de un sueño ilimitado a la libertad y a la emancipación; pero todo lo grande y todo lo que está destinado a ser duradero, se hace con dificultad, a costa de tiempo. Años y años de pasiones, combates y luchas se sucedían: la idea de la Independencia había nacido ya, pero desgraciadamente aún no lo ve la nación. Peleaban hermanos contra hermanos; los odios de partido amenazaban minar lo que los héroes de nuestra hermosa patria habían creado. La bandera tricolor, ese magnífico símbolo de nuestras victorias, se había dejado invadir por un solo color, el de la sangre. Entonces llegó al país, del apartado Oriente, y también bajo el símbolo de una gloriosa bandera tricolor, el magnánimo auxilio: una águila mostró a la otra el camino de la moderación y de la ley. El germen que Hidalgo sembró en este lugar, debe ahora desarrollarse victoriosamente, y asociando la independencia con la unión, el provenir es nuestro. Un pueblo que, bajo la protección y con la bendición de Dios, funda su independencia sobre la libertad y la ley, y tiene una sola voluntad, es invencible y puede elevar su frente con orgullo. Nuestra águila, al desplegar sus alas, caminó vacilante; pero ahora que ha tomado el buen camino y pasado el abismo, se lanza atraída y ahoga entre sus garras de fierro la serpiente de la discordia; mas al levantarse nuestra patria de entre los escombros, poderosa y fuerte, y cuando ocupe en el mundo el lugar que le corresponde, no debemos olvidar los días de nuestra independencia ni los hombres que nos la conquistaron. ¡Mexicanos, que viva la independencia y la memoria de sus héroes!”

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