La Pareja Cósmica

Para Isabel. LA PAREJA CÓSMICA. Fernando López Alanís.

 

Muchas veces escuchó decir a los maestros, personas sabias de los grupos de desarrollo humano que frecuentaba, que las parejas cósmicas son una realidad, y que, en las condiciones actuales de los espíritus encarnados en este planeta, encontrarse con la pareja cósmica resultaba la consecuencia de tres enormes posibilidades hechas realidad.

Roberto Cruz Olivares estaba dispuesto a intentarlo.

La primera posibilidad era que una de las partes tuviera el verdadero deseo, la voluntad y las condiciones sentimentales para pedir a los Señores del Karma que le permitieran encontrar a su pareja, y esforzarse mediante la meditación y la limpieza de cuerpo y alma para que eso sucediera. En cambio, la otra parte era necesario que estuviera también encarnada actualmente en alguna parte del planeta, y si no participara de la misma inquietud, al menos estuviera lo suficientemente desarrollada para entender qué pudiera ser una pareja cósmica, y desde luego que existe la posibilidad de encontrarse con su otra parte. El entendido es que una de las partes es masculino y la otra femenino; nunca se habló de dos femeninos ni de dos masculinos.

Roberto comenzó a tener ideas sobre cómo sería su pareja femenina.

La segunda posibilidad es que los Señores del Karma vieran la conveniencia de que ese encuentro se diera con el fin de que las dos partes evolucionaran lo suficiente para llegar a fundirse y ser nuevamente lo que habían sido en el momento de su creación. Y, bueno, ya se sabe que no se puede engañar a los Señores del Karma, si uno no es sincero cuando desea encontrarse con su pareja cósmica. Roberto no tenía ninguna duda de sus intenciones.

Pero la más difícil era la tercera, pues según las enseñanzas de los maestros era necesario que el Cosmos estuviera en consonancia para hacer posible que dos espíritus que fueron separados se movieran, y éstos movieran a sus cuerpos, a fin de que el encuentro se realizara sin trastornar ninguna de las leyes universales, sino que, por el contrario, sirviera para la evolución de todo cuanto existe. Y esto era verdaderamente imposible de conocer para cualquier humano.

Ante esta imposibilidad de conocer siquiera esa posibilidad Roberto Cruz Olivares se dijo, y no podía equivocarse, que si era importante el encuentro con su pareja para la evolución del Cosmos, el encuentro se daría. Mientras tanto, y siguiendo siempre las indicaciones de sus maestros, él continuaba preparándose para que sucediera.

Y así lo hizo. Primero decidió limpiar su mente y su cuerpo, y se prometió dejar a todas las mujeres si encontraba a su pareja, pero por lo pronto no dejó a ninguna aunque ciertamente dejó de imaginarlas eróticamente y procuró que su boca no habalara en forma inconveniente de ellas. Y entonces se metió él solito en problemas de fantasías. ¿Cómo imaginarla? Se decía que probablemente fuera como él, pero en mujer; y en seguida lo negaba, pues evidentemente los genes que dieron origen a sus cuerpos eran muy diferentes. Luego en variaciones sobre belleza y fealdad, y no alcanzaba a decidir que haría si fuera extremadamente fea o de tal hermosura que llamara la atención de todos, por dondequiera… ¿y de qué raza o color? ¿Y los ojos? Donde verdaderamente quedaba atrapado era en la edad, y aquí igualmente le espantaban los extremos, desde una niña hasta una anciana decrépita. Lo que menos suponía es que fuera simplemente una mujer joven o madura, todo lo normal que pudiera ser.

El primer indicio le llegó en una reunión del Grupo A. La señora que hacía de medium de pronto, y sin previo aviso, dijo: la pareja de Roberto se llama Imelda.

Roberto se la pasó los siguientes días repasando todas las mujeres que en su vida había conocido con el nombre de Imelda, y buscando muy discretamente entre sus amistades si conocían a alguien con ese nombre. Ese ejercicio de memoria y de investigación le resultaba a la par emocionante y desesperante, mezcla que le agradaba en extremo porque lo mantenía en constante tensión. Afortunadamente tenía la suficiente madurez a sus cuarenta años para que tal estado de ánimo no influyera en sus trabajos, en sus asuntos o en su vida familiar… por cierto, ¿y qué haría con su esposa y con sus hijos si se encontraba con “Imelda”?

Las enseñanzas de los maestros decían que el atractivo era tan grande que resultaba insoportable el estar separados. Decidió que si era cierto, y el resultado fuera el bien de todos, incluido el Cosmos, abandonaría todo… ¡Uh! ¿Y de qué iban a vivir, y dónde? Porque evidentemente ella también abandonaría todo.

De una cosa estaba ya seguro: Imelda por el solo nombre tendría que ser de cualquier nacionalidad que hablara el español. ¿Seguro?

La jefa del Grupo A, y otros compañeros de ese grupo, le hacían notar cada vez que se reunían lo afortunado que era, pues el solo anuncio de que encontraría a su pareja cósmica lo hacía especial, ya que ninguno de ellos, ni siquiera la jefa, habían recibido tal anuncio. La jefa, quizás fuera cierto, o quizás lo contara por no sentirse menos que Roberto, relataba que ella había recibido el anuncio de que su pareja cósmica estaba en tal ciudad, que se llamaba de este modo y que era dueño de unos excelentes talleres mecánicos: con tantos datos se lanzó a localizarlo, sin anunciarle nada, y afirmaba haberlo encontrado en el momento en que llegaba a su casa con su familia. Él la sintió, proseguía ella, y se volvió para verla pero no hizo más, y ella regresó feliz de haberlo encontrado, y nada más.

Roberto se sintió desilusionado. ¿Eso era todo? ¿Para unas miradas de desconocidos, sin mediar palabras ni acercamientos, se habían movido cielos y tierra, ángeles y demonios, átomos y galaxias? No resultaba muy atractivo, en verdad, ni era posible concluir de allí tanta trascendencia.

Y entonces sucedió en el Grupo B. Un vidente, que estaba de visitante de otra ciudad, de la misma manera, sin que nadie le preguntara ni viniera al caso, de pronto identificó como el país de Chile, y precisamente en Santiago, el lugar de residencia de Imelda. Quienes no estaban al tanto, una vez terminadas las ceremonias, preguntaban qué era aquello de Imelda, pero Roberto estaba tan asombrado y temeroso que no contestaba. En algún momento el vidente le preguntó si era con él ese asunto, y entonces Roberto platicó todo lo que había sucedido. Naturalmente no faltaron las admiraciones y las palabras de felicitación, y quizás por ahí alguna envidia. Todo aumentó cuando el vidente le dijo que tuviera paciencia, pues el encuentro se daría.

La imaginación de Roberto se desbordó de tal manera que ya parecía no tener control, y él la dejaba escapar pues se sentía en otros mundos, todo gozoso, en estados placenteros y desconocidos. Al mismo tiempo que agradecía a los Señores del Karma que lo hubieran escogido para otorgar tan grande don, porque necesariamente no sería como el encuentro de la jefa del Grupo A.

Y se puso a hacer ejercicios para el encuentro. Se concentraba para la posibilidad de sentir en la distancia la vibración espiritual de Imelda; y él le mandaba la suya, para que lo reconociera cuando se vieran. Ejercicios de casi todos los días, en las más variadas circunstancias; bastaba con que se acordara de ella. Aunque, claro, no tenía ni la más remota idea de su apariencia.

Uno de tantos días, llegó con otros amigos a un café, donde se encontró a Xavier (así, con equis), un miembro del Grupo B, al que saludó con atención fraterna, lo mismo que al acompañante, un desconocido de pelo negro y barba blanca perfectamente recortada, y que sólo hizo verlo y sonreír muy amablemente. Lo interesante es que días después recibió una llamada telefónica de Xavier, diciéndole que el señor que estaba con él en la cafetería, el maestro Zethiel, tenía para él muy importantes datos. Más por curiosidad que por interés aceptó una cita y se apersonó con ellos en la misma cafetería que se habían encontrado antes.

Resulta que uno de los temas de conversación en los Grupos A y B, antes de las sesiones y después, era precisamente el proceso del encuentro de Roberto con su pareja cósmica, por lo que el maestro Zethiel se enteró de todo e hizo a su vez algunas investigaciones que dieron por resultado el conocer que Imelda estaba por realizar un viaje a México, por lo que Roberto debería estar maduro, abierto y dispuesto para el encuentro que se realizaría precisamente en la ciudad de México. Roberto estaba paralizado entre la sorpresa y un miedo indescifrable que a veces parecía un gusto profundo y a veces ganas de huir, aunque no supiera definir a fugarse de qué. Cuando se despidieron Xavier le dio un abrazo en que le manifestaba toda su admiración.

Roberto se quedó unos diez minutos más con los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza agachada entre los hombro. No estaba seguro de haber querido encontrarse con Imelda para correr un riesgo de proporciones cósmicas…, aunque si ambos llegaran a encontrarse era porque los Señores del Karma lo habían permitido y propiciado. Pero… ¿para qué? ¿Y cuál era la responsabilidad de los dos en todo esto, incomprensible y hasta misterioso?

El maestro Zethiel en sus enseñanzas al grupo aconsejaba a Roberto que estuviera seguro de para qué deseaba con tanta fuerza el encuentro con Imelda. Añadía que no tuviera ninguna otra preocupación, pues él o la Jefa del Grupo A le advertirían a tiempo la llegada de Imelda, que de alguna manera conocerían.

Pasados algunos días nuevamente le llamó Xavier e hicieron la cita en el mismo café para conocer las novedades, en verdad grandes novedades, que le tenían Zethiel y la señorita Martha. ¿Martha qué? Ya la conocería, aunque ella tenía muchos datos acerca de Roberto, de su vida, de sus vidas pasadas, y sin haberlo visto físicamente lo conocía muy bien. Roberto estaba más asustado que admirado. Eso de las vidas pasadas era un asunto casi ordinario en los Grupos que frecuentaba, y a los que alguna vez se había asistido; incluso en más de una ocasión estuvo en ejercicios “de regresión” no sólo hacia etapas infantiles de los sujetos, sino también a otras vidas. Incluso había libros en las estanterías de ventas al público que trataban este tema; pero que él fuera sujeto de experimentación de una mujer desconocida, para eso de sus vidas pasadas, y sin su consentimiento, le resultaba inquietante y le causaba cierta desazón.

Cuando él llegó ya estaban ahí los tres, y se llevó una agradable sorpresa cuando vio a Martha, pues era bonita sin ser muy diferente a otras mujeres bonitas, blanca apiñonada, de estatura media y buen cuerpo, y lo que llamaba la atención de su agraciado rostro era la forma de sus ojos, medio rasgados, por  lo que, supo después, sus amigos le decían China.

La noticia casi fantástica era que Martha conocía a Imelda. Y como Martha era una vidente, cuando supo del caso de Roberto e Imelda, vía el maestro Zethiel, se puso a investigar, por lo que encontró que había conocido a Imelda en un viaje a Chile y que en vidas pasadas Roberto había sentido siempre la necesidad de encontrar un amor trascendente. Se comunicó con Imelda y por eso supo exactamente el día, la hora y la línea aérea en que llegaría al aeropuerto de la ciudad de México. Imelda venía a un congreso sobre el uso y el valor de los videos no profesionales, pero que eran usados, con intención o sin ella, como registro de hechos importantes para la comunidad, e incluso en ocasiones para todo un país; ella era lo que en México se conoce como licenciada en medios de comunicación, o algo así. El congreso se realizaría en la ciudad de Querétaro al mes siguiente. Roberto debería prepararse para el encuentro mediante la meditación y la comunicación con los Señores del Karma, sin dejar de pensar en Imelda. Al despedirse se dieron entre todos sus números telefónicos donde pudieran encontrarse de haber novedades urgentes.

Cuando ellos se fueron, Roberto se quedó dividido en dos: por una parte las emociones del futuro encuentro con Imelda, “su” pareja cósmica, y por otra el impacto de Martha, su sabiduría y sus ojos chinos color miel. De pronto le llegó el recuerdo de su esposa y de sus hijos, y del problema que tendría que resolver para ir a México solo… ¿Y si tuviera que dejarlos para irse con Imelda…?

Dos días antes del viaje a México le habló el maestro Zethiel para pedirle que se reunieran ellos dos y Martha. Mismo lugar, misma hora. Roberto llegó puntual, y Martha unos quince minutos después, con las disculpas del maestro pues de último minuto tuvo que atender a uno de sus discípulos. Martha no perdió tiempo y fue directo al asunto que tenían que tratar: finalmente, le dijo, le concederían a los dos reunirse, por lo que resultaba de extrema importancia que tanto Roberto como Imelda tuvieran muy claro para qué querían reunirse, qué deseaban realizar juntos que fuera de tal magnitud que se estuvieran moviendo los cielos y la tierra para hacer posible el encuentro. ¿Qué…?

Nada. Roberto no tenía ni la más remota idea ni de qué, ni para qué, ni por qué, ni nada. ¿Lo tenía Imelda? Tampoco. Martha había platicado con ella el día anterior y, sin dejarle entrever que la estaba esperando su pareja cósmica, le preguntó qué sabía de eso, y qué se imaginaba que podría hacer en caso de encontrarla. No tenía idea, y si alguna vez escuchó eso de las parejas cósmicas no lo tomó muy en serio; pero había algo: Imelda presentía que algo importante había para ella en México, aunque no imaginaba qué pudiera ser. ¿Y entonces? Martha lo había consultado con Zethiel y ambos convinieron en hablar con Roberto para plantearle todo el asunto. Roberto no lo pensó mucho: ya tenía todo dispuesto, su corazón se agitaba un poco pensando en el encuentro, y ahora lo impulsaba una enorme curiosidad sobre el destino y sobre las acciones de los Señores del Karma. Y sobre Martha. A propósito de no conocer a Imelda, Roberto le pidió a Martha que lo acompañara, en el entendido de que todos los gastos correrían por su cuenta. Martha aceptó diciendo que estaba encantada de ser testigo de aquel encuentro, ofreció que llamaría a Imelda para anunciarle que la esperaría en el aeropuerto acompañada de un amigo… y se guardó el papel que llevaba preparado con la descripción de la chilena.

Y fueron juntos a la ciudad de México, cuatro horas de camino en las que tuvieron la oportunidad de darse a conocer en todo lo ordinario en estos casos: lugares de origen, parientes y familias, estudios y amigos, y los pormenores de cómo entraron a ese mundo de lo dizque esotérico, tan común ahora gracias al cine y a la televisión, a las novelas y a la oposición de los tradicionalistas, especialmente de las religiones. Y se burlaron de los ministros de las religiones hasta que sintieron que la coincidencia era total, y entonces entraron al terreno de lo personal: ella tenía un hijo sin haberse casado nunca, y a él le importaban más sus hijos que su esposa. El padre del hijo de Martha fue escogido como semental, y desechado después, el matrimonio de Roberto fue algo así como “pues bueno, ahora lo que sigue es casarnos”, y tenía dos preciosos niños, una parejita de ocho y diez años… No, no estaba dispuesto a dejarlos. Si las cosas resultaban como dicen que suelen resultar en estos casos, se llevaría a los niños, e Imelda seguramente los aceptaría, pues eran algo así como de los dos. Martha no hizo a esto ningún comentario.

El avión de Imelda llegaría con una hora de retardo. Si bien en el último encuentro se habían saludado como viejos amigos, dándose un aparente beso en la mejilla, ahora, en ocasión del estacionamiento, de los elevadores y de las escaleras, descubrieron que tocarse les producía una especial corriente energética. Pero ninguno de los dos comentó nada de eso; simplemente ambos estaban concientes de lo que les sucedía. Y esto adquirió proporciones muy grandes cuando se fueron a tomar una copa mientras llegaba el avión en que viajaba Imelda. Roberto tomó del brazo a Martha para ayudarla gentilmente a subir unas escaleras e instantáneamente una indefinible corriente de alguna fuerza los recorrió a partir de sus brazos. Mientras tomaban la copa hablaron muy poco de cualquier tontería, pues los silencios fueron largos y cargados de alguna clase de influencia entre los dos, más efectiva que las palabras.

Aunque no querían que acabara, ambos sintieron una especie de alivio cuando escucharon el anuncio del aterrizaje del avión procedente de Santiago de Chile. Y aquella tensión se cambió por la curiosidad, por una inquietud sin asidero, y por un nuevo silencio que se prolongó hasta la salida de la sala de llegada de los vuelos internacionales. Unos minutos más, solamente unos minutos más.

De pronto Martha dijo en voz baja: “de esos cinco que vienen allí en grupo, la muchacha del abriguito crema es Imelda” Roberto la descubrió de inmediato y no pasó nada, nada de nada, ni un cosquilleo en todo el cuerpo ni en parte de él, ni buscarse con los ojos, ni se cayó la torre de control, ni tronaron los cielos, ni los ángeles cantaron ningún hosanna. Por su parte Imelda descubrió a Martha y la saludó levantando la mano, sonriendo sin mayores muestras de alegría, y siguió hacia la salida con su grupo como si no estuviera sucediendo nada especial. ¿Y sí estaría sucediendo algo especial? 

Imelda se separó de su grupo para ir a saludar a Martha, dejando con ellos sus maletas. Fue un saludo cordial pero ligero, “qué rico que viniste a saludarme al aeropuerto, estoy feliz de estar en México, traigo una propuesta que seguramente despertará mucho interés, ya te la haré llegar, encantada de conocerlo, ¿Roberto? Roberto cuide mucho a mi amiga, saldremos mañana muy temprano a Querétaro, ¿qué tan lejos está? Pablo, el chico alto y guapo que está con los demás, es el jefe del grupo y es mi novio, y ya está volteando a verme más seguido, lo que quiere decir que me apure, ¡si lo conozco yo! ¿Qué hacemos? ¿Nos podemos ver después en Querétaro? ¡Me encanta que hayas, que hayan venido a saludarme! Vengan, les presentaré al grupo.

Se adelantaron las dos mujeres, y aunque Imelda intentaba hablar en voz baja, en realidad lo hacía lo suficientemente alto parta él escuchara. “Oye, qué hombre más interesante tu amigo. Hacen una bonita pareja. ¿Roberto, verdad? Felicidades. Te va a gustar mi Pablo, ya verás”.

Al día siguiente Roberto abrió los ojos y sonrió. Su cuerpo estaba satisfecho y su espíritu gozoso. Sintió en su pierna el cuerpo caliente de Martha, y tuvo que ahogar el deseo de reír a carcajadas de puro gusto. ¡Qué noche! Nunca antes había pasado con una mujer una noche a la vez dulce y violenta, juntamente arrebatada y de caricias dulces y largas. Y así, mientras se movía despertándose sin dejar de sonreír, el deseo sexual se excitó en él una vez más y comenzó a besar y a acariciar dulcemente a Martha, logrando que ella acabara de despertar y a su vez sonriera con un quejido apagado y profundo, mientras se acomodaba para recibirlo. Fue una posesión mutua, en la que ambos descubrieron una especie de plenitud de amor. Quizás no lo fueran en el cosmos, ni por las profecías de los sabios, o disposición de los Señores del Karma, pero ciertamente en la tierra se habían descubierto como un pareja… Pues sí, ¿por qué no?  Como una pareja perfecta, y, acaso pensándolo o quizás sintiéndolo, como una pareja para mucho, mucho tiempo…

 

 

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