La Desconfianza

La Antigua Filosofía enseña que “quienes no piensan ni examinan, quienes juran en las palabras de otros, quienes se abstienen de investigar lo que otros afirman como cierto o falso, no son hombres sino máquinas”, y agrega: “debemos dudar de todo lo que no comprendemos de las afirmaciones de otros, y de lo que no conozcamos por nosotros mismos”. ¿Esas doctrinas son enseñanzas para hacer de nosotros personas desconfiadas? Sí. Pero vamos a intentar entenderlas.

La palabra desconfianza se descompone en “des”, que significa apartar, dejar fuera, quitar; de “con” (cum), que significa compañía, en compañía de otros; de “fiar”, que a su vez viene de fe, palabra y concepto que es el núcleo o la raíz de la palabra desconfianza, y del sufijo “anza” que significa una acción terminada(como en enseñanza, venganza, mescolanza, y otras).

Entonces la fe es la clave para entender la desconfianza. No se trata aquí de la fe religiosa, que es particular de cada religión, y es exclusivista: quienes no profesan la misma fe son infieles y están fuera. Se trata de la fe que no traspasa los límites humanos, y acepta como verdadero el testimonio de un testigo en cualquier ámbito de las relaciones individuales y sociales. Es la Fe como Valor Humano, es una práctica de vida, es una conducta del ser humano que acepta libremente como verdadero el testimonio de un testigo.

La Fe como Valor Humano no es ciega. Suceden dos cosas antes: la primera, que el testigo tiene autoridad y conocimientos para dar testimonio; y segundo, que el testimonio es verosímil. Viene enseguida el acto humano; es decir, la voluntad libremente muestra su adhesión al testigo, y su aceptación al testimonio: lo que dice es cierto, es verdadero. Este Valor se muestra no sólo en lo grandioso, como puede ser cuando decimos que “tenemos fe” en la Humanidad, en su destino, o que la tenemos en nuestro país o en un proyecto de nación. Si perdemos este Valor, caeremos en la desconfianza.

También se muestra en otras no tan grandes, pero de un testimonio trascendente personal o social, como cuando decimos que tenemos fe en los hombres de ciencia, en los dirigentes sociales (políticos o religiosos), o simplemente, sin decirlo, en la palabra de quienes conviven con nosotros ordinariamente. Les tenemos fe, no les desconfiamos.

O no le tenemos fe a ninguno. Los hombres sin fe caen en la desconfianza, en la incredulidad, en el escepticismo, en la incertidumbre, y hasta en la duda casi siempre infundada de todo y de todos. Estos extremos son muy nocivos al individuo, y perjudiciales socialmente. Pero cuando se pierde la fe a causa de un testigo o de un testimonio mentiroso o falso, la desconfianza que de eso nace es imputable a la mentira o a la falsedad, lo mismo que la responsabilidad de las consecuencias. Lo mismo dígase de quienes abusan de la fe de las personas, y crean así la desconfianza. Los casos de abuso en la fe de los demás suelen ser comunes en la política y en la religión.

Hay dos extremos de abuso de fe. En la política solemos identificarlo con la dictadura, y en la religión con el fanatismo, y ambos tienen como sustento la ignorancia, la intransigencia, la necedad por motivos de intereses económicos o simplemente de orgullo y vanidad, o finalmente, “lo peor de los peor”, el miedo. Por eso los dictadores y las autoridades religiosas carecen de todo sentido de justicia, y ante la desconfianza en sus palabras o en sus acciones, que ellos mismos generan, no dudan en asesinar, o en ordenar matanzas colectivas. Es un hecho probado por la Historia: los que así actúan, los engañadores, mentirosos y abusivos, pagan muy caro el daño que hacen, y provocan el desprecio hacia quienes los defendieron.

El hombre que posea la Fe como Valor Humano no conoce la desconfianza ni el desengaño, porque actúa con prudencia, con lealtad a sí mismo y hacia los demás, y con fidelidad a otros Valores, como la Verdad y el Amor. Por eso, para no caer torpemente en el engaño o en el error, la Antigua Filosofía nos enseña que no seamos como las máquinas, desconfiemos, que utilicemos nuestra razón, nuestra inteligencia, nuestra mente para conocer la verdad, que apliquemos la duda científica, y que no juremos sobre las palabras de otros, ni afirmemos ni neguemos lo que no hayamos investigado por nosotros mismos ser verdadero o falso.

Me parece, mis queridos y pacientes cuatro lectores y medio, que en estos momentos de grande polarización política y social, enseñanzas como éstas son perfectamente aplicables, y que, de ser así, mucho ayudarán a reencontrar la paz social y la sana convivencia. Pero sólo se logrará si cada uno de nosotros ajusta de ese modo sus palabras y sus acciones a tan nobles fines. Sólo así. Vamos todos por ellos. ¡Vamos!

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