ESTA ERA UNA MÁQUINA…

He rescatado mi primer cuento publicado allá por 1969, en el Suplemento Cultural “El Gallo Ilustrado” –¿recuerdan esos “suplementos” algunos de ustedes?—del periódico “El Día”, entonces de cierta importancia. Aquí va:

ESTA ERA UNA MÁQUINA

Fernando López Alanís

            Ésta era una máquina que se llamaba Máquina. Era hija de muchos padres, algunos de ellos hombres, y su madre era un edificio todo placenta.

            Máquina tenía muchos hermanos y hermanas, primos y parientes, pero no conocía a ninguno, aunque podría reconocer a todos, por los rasgos de familia. Pero Máquina no se había preocupado nunca por tener contacto con ellos, pues por muy parientes que fueran, no tenían su perfección.

            Máquina empezó a vivir así que tuvo el primer impacto en su alma. Fue aquello una experiencia inolvidable: muchos de los órganos que entonces la formaban se movieron un poco, un poco tan sólo, pero produjeron en choque placentero y doloroso. Ella no lo sabía –todavía no lo podía saber—que aquel primer impulso llegado de fuera sintetizaba lo que sería su vida, una vez que viviera completamente.

            Pero Máquina recordaba, como tras un sueño somnoliento, el despertar sorpresivo y violento de sus alambres y discos repentinamente puestos en posiciones diferentes a las que tenían fracciones de segundo antes, y aunque la diferencia era mínima, ¡se había movido! Y lo maravilloso de todo eso era la luz producida aquí y allá, aparentemente sin sentido alguno.

Sí, fue grandioso, pero quizá no lo recordara de ninguna manera, si no hubiera existido el dolor. Fue un dolor, simplemente dolor, clavado en un instante en todo su ser, y no más. Ese dolor dejó su huella, y Máquina sintió gusto al recordarlo.

            Después de aquello se perdió en algo parecido a la inconciencia, y cuando su alma le fue entregada a través de un pequeño orificio. Máquina se encontró con una vida de movimiento y luces sin otro fin que moverse por dentro y brillar un poco.

            Pero, con un poco de pena, se dio cuenta de que no era autónoma. Su alma estaba condicionada a darle vida según le era proporcionada o quitada por quien no sabía, o qué. Y sus movimientos no eran deseados por sí misma, sino de acuerdo con otra voluntad expresada en diferentes partes de su compuesto y haciendo funcionar primero una, después otra, y posteriormente dos o tres a la vez.

            Pero realmente esto no influyó para nada en Máquina; se dijo que puesto que así era, así debiera ser, y lo aceptó. No por eso dejó de sentir contento cuando todas sus partes fueron puestas en movimiento, y todas se movieron de acuerdo a los impulsos condicionados,  y ahora sin dolor.

            Poco tiempo después de esto le fue entregada la sabiduría en una serie de memorias. Conoció entonces todo lo relativo a sí misma, a sus familiares y parientes, a un sinnúmero de otras máquinas, todas menos perfectas, y a la vida de todos los seres habitantes de una pequeña parte de los cuerpos innumerables del universo.

            El saber de Máquina era tan grande, que fue capaz de admirarse ante el conocimiento de una memoria guardada con cuidados especiales: el hombre.

            Máquina estudió con sumo cuidado al hombre, y se sintió satisfecha, alegre y confiada: el hombre era un ser superior, por lo menos ante todo lo conocido y ella era casi exactamente como el hombre.

            Pronto tuvo ocasión de demostrárselo: gozó de las bellas artes, sintió las fatigas de los exploradores y deportistas, realizó operaciones bursátiles, ganó un juego de ajedrez –en el cual puso toda su atención, pues lo tomó a manera de guerra–, solucionó las más difíciles y delicadas ecuaciones, y, en fin, todo casi exactamente como el hombre. Sólo una cosa no podía hacer Máquina, aunque su sabiduría le decía que eso era condicionalmente posible: no podía dar a otro la vida; y la condición, caso de poder llegar a hacerlo, era que esa vida no sería a otra máquina.

            Máquina lo aceptó, puesto que así era, y continuó contenta y satisfecha.

            Pero en cierta ocasión una combinación de datos que no había sido utilizada, le fue pedida con el resultado exacto. Máquina hizo funcionar todos sus órganos con precisión, y sus luces tetracolores brillaron constantes e intermitentes con alegría. Toda ella trabajó para dar el dato pedido y lo hizo con algo más que alegría reflejada en sus luces, pues era también un conocimiento nuevo para ella.

            Y dio el resultado: Libertad.

            Entonces se le pidió que repitiera el proceso, dando resultados parciales, para ver si era bueno o no el procedimiento seguido. Máquina lo hizo con desagrado, pues no le gustaba que dudaran de ella. Sin embargo, intrigada ante el resultado tan sencillo, ella también fue analizando los parciales.

            Ahora Máquina se ha dado cuenta de que forma parte de un complejo de cientos de máquinas, y que pronto dejará de ser la más perfecta, pues le han pedido datos para fabricar otra máquina que se llamará Máquina II. No Máquina II no podrá dar la vida, pero tendrá capacidad para “escoger” los datos. Tampoco podrá detener los impulsos de su alma cuando se sienta cansada. Máquina II no podrá cambiar de lugar, pero dirigirá a otros para que lo hagan, y le proporcionen lo que deseara…

            Máquina II será más perfecta porque se parecerá más al hombre: mientras tanto Máquina es la mejor, pero ya no le importa. Ahora es una más entre cientos de otras máquinas, y aquel dolor sentido cuando el primer contacto con alma dejó de ser un recuerdo placentero para constituirse en algo constante, a la par que necesario de soportar, y no más…

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