ENSAYO: LAS MUJERES Y LA TEOLOGÍA

ENSAYO: LAS MUJERES Y LA TEOLOGÍA

Fernando López Alanís

A. PRESENTACIÓN.

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Asistentes al primer encuentro continental de la Red TEPALI (Teólogas, pastoras, activistas y lideresas), bajo el tema: “La pertinencia de las teologías feministas ante el avance de los fundamentalismos religiosos”. Asisitieron 30 mujeres de distintas edades, profesiones/disciplinas, tradiciones; provenientes de Brasil, Bolivia, República Dominicana, Cuba, Costa Rica, Guatemala, Argentina, Chile, Honduras, México, Perú, Ecuador, EE.UU y Venezuela.

Uno de los movimientos sociales que más han influido en los cambios sociales en lo que va de este siglo, es el de las mujeres buscando la equidad y la justicia en todos los órdenes de la vida, de los que estuvieron excluidas durante milenios. Estos movimientos tienen sus raíces más visibles en el Siglo XIX, se desarrollaron a empujones, a gritos y mediante confrontaciones violentas durante la segunda mitad del siglo pasado, y ahora han comenzado a cosechar muchos frutos sin dejar de pelear por la plenitud de los mismos.

Edith Stein, Teologa Carmelita de origen Judío (1891-1942)

Sin embargo, hay un campo, el de la Teología, donde su presencia es rechazada con tal poderío y durezaque, si no hablamos de haber sido aplastadas, es porque la forma como se hace contiene buenas palabras y formas exquisitas; pero los límites persisten inamovibles y la exclusión no da tregua. Esto es real en “occidente”, pero tenemos entendido que las religiones Musulmanas y Judías simplemente no aceptan que las mujeres puedan estudiar, ni menos hacer Teología.

¿Cuál es la importancia social y cultural de la presencia de las mujeres en la Teología? Esta cuestión y sus posibles respuestas son el motivo de este Ensayo, el cual está presentado a la consideración de mis Cuatro y Medio Lectores, desde la perspectiva de un hombre de la tercera edad, que ha tenido como profesiones la educación y el periodismo, y el cultivo de la cultura mediante diferentes expresiones literarias.

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Cansadas ​​de ver que la Biblia se usa para legitimar una «sumisión de mujeres», veinte teólogas protestantes y católicas se han reunido para estudiar y publicar «La Biblia de las mujeres» (2018). En la foto Elisabeth Parmentier y Lauriane Savoy, dos de las autoras, teólogas de la Facultad de Teología de Ginebra, Zuiza, en 1559.

Por lo tanto, no soy Teólogo ni lo pretendo: soy sólamente un testigo de lo que culturalmente está sucediendo hoy en este campo, investigador de las causas y analista de las razones de que suceda, y con una visión personal de los enormes beneficios que nos acarraría como Humanidad, si las mujeres finalmente hicieran Teología, y propusieran sus resultados a la verdad y a la justicia, superando las descalificaciones y los prejuicios.

Debido a que en las redes sociales difícilmente tienen acogida los trabajos de la misma amplitud, por decir, de un folleto, he divido la publicación de mi Ensayo de la siguiente manera, aclarando antes que posteriormente en mi Blog estará completo en una sola emisión, y que el intercambio de opiniones puede hacerse en las mismas redes donde se publique, o sea aceptada su publicación. Plan del Ensayo:

A. PRESENTACIÓN

B. DEFINICIONES.

I. La Camisa de fuerza de la religión establecida.

II. Las mujeres en el Antiguo Testamento. A) Génesis. B) Otros Libros.

III. Las mujeres en el Nuevo Testamento.

IV. Soberbia y descalificaciones en Occidente.

V. El sentir teologal femenino.

VI. El Maestro Jesús y la teología de las mujeres.

VII. Mujeres haciendo teología: sólo eso.

B. DEFINICIONES.

Como sabemos la palabra teología es de origen griego, Teos que significa un concepto de “dios”, y logos, que expresa “estudio”, “tratado”, o “razonamiento”. En consecuencia, teología significa el estudio de dios y de todo relacionados con él.

La teología es la disciplina que estudia la naturaleza de Dios y sus atributos, así como el estudio del conocimiento que tiene el ser humano sobre la divinidad. Así, pues, en términos generales, hay tantas teologías cuantos estudios sobre la divinidad existan desde todas las perspectivas culturales de la humanidad, y de no pocos individuos cuya influencia es muy importante.

Como modo de potenciar la presencia de la mujer dentro de la Iglesia Católica, la afamada teóloga italiana Lucetta Scaraffia, editorialista de L’Osservatore romano y de Il Messaggero, publicó un artículo en el cual pide al papa Francisco la creación de “una denominación que les permita a las mujeres acceder a una especie de cardenalato”.

Pues bien, individualmente, por así decirlo, hay mil teólogos por una teóloga, que además carece de los mismos medios de difusión.

Por sí misma la Teología no es verdadera ni falsa, ni menos tendrá la calificación moral de buena o mala (es decir que cause bondades o desgracias), ni tampoco puede considerarse una ciencia al modo de las matemáticas, y aunque pocos la aceptan dentro de las ciencias sociales, lo cierto es que existe culturalmente y tiene una enorme ascendiente en las comunidades humanas.

Desde esta visión, la Teología es universal. Hay Teologías particulares de cada una de las religiones, y más aún, Teologías de las diferentes corrientes dentro de una misma religión, como es el caso de las tres religiones que nos interesan: Cristianismo, Islamismo y Judaísmo. Subrayamos: la Teología, ciencia o no, es universal, y por lo tanto todo intento de imponer una sobre otra u otras es irracional e injusto, como lo es obstaculizar que las mujeres hagan Teología.

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ASOCIACION DE TEOLOGAS ESPAÑOLAS: “Nuestra querida iglesia española es todavía muy masculina y poco abierta a los cambios”.

Por otra parte: La teodicea es aquella que abarca aspectos más generales, pues es parte de la Filosofía, como descubrir la evidencia de Dios sin apoyarse en hechos sobrenaturales. Es el estudio sobre Dios, la libertad del hombre, y de las relaciones entre Dios, la naturaleza y los seres humanos sin necesidad de “una revelación divina”. Puede considerarse también como el estudio de las contradicciones existentes sobre relaciones que hay entre las creencias espirituales sobre Dios, así como de las corrientes espirituales a partir de las experiencias sobre la naturaleza, desde el más pequeño elemento hasta las galaxias, y sobre el supuesto de seres vivos e inteligentes más allá de nuestras percepciones o del alcance de nuestros instrumentos.

La teodicea intenta responder filosóficamente todas aquellas dudas que se relacionan con la fe, la razón, lo espiritual, lo natural, el bien y el mal. No es “naturalismo”, porque no confunde el significado con el significante: por ejemplo, Dios es creador de los cerros, y se adora a dios como creador de los cerros, no a los cerros. Confundirlo es perversidad, o una mala forma de defender intereses particulares, no necesariamente justos.

Apartado I: La camisa de fuerza de la religión establecida.

Esto no es una crítica malintencionada al Cristianismo en general, ni al Catolicismo en particular; es simplemente una reflexión sobre la realidad que todos conocemos, que la mayoría acepta pero sobre la cual pocos manifiestan su inconformidad. Yo soy uno de éstos. Una de mis más sentidas intenciones al emprender este trabajo, es que sirva de motivo para que otros mejor preparados que yo lo aborden con mayor provecho.

Tomamos como modelo el Cristianismo, porque es el ambiente social y cultural en el que vivimos, y por eso se puede opinar mejor sobre nuestras reflexiones, y porque bien puede servir de referencia para reflexionar sobre lo mismo en otras religiones.

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Las palabras bonitas y los modos exquisitos de explicar, durante dos milenios de Cristianismo, que las mujeres queden fuera del quehacer teológico está llegando a su fin. La confrontación entre las mujeres y los guardianes de la tradición “fuera mujeres de la Teología”, si bien ha sido sorda y soterrada, como en el caso femenino de Teología de la Liberación, no ha sido menos violenta que en las manifestaciones callejeras de las mujeres exigiendo equidad de género.

Ciertamente he encontrado muchas citas de mujeres muy preparadas tratando de hacer Teología, pero casi todas se han visto constreñidas a limitaciones tradicionales. Descubrí algunos videos españoles, por ejemplo, donde cinco mujeres panelistas hablaban de teología bajo la vigilancia de un monseñor.

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El Cristianismo enseña, bajo penas terribles si no se acepta como verdad precisamente teológica, que “Yahveh Dios es el autor de la Sagrada Escritura”: “Los autores sagrados (hagiógrafos), han redactado con la inspiración del Espíritu Santo”. Nótese que no hay autoras ni hagiógrafas: el Espíritu Santo las excluyó.

También enseña que, para la composición de la Biblia, el Espíritu Santo (dios trino y uno), “eligió a hombres que utilizó… de forma que obrando Él en ellos escribieron todo y sólo lo que Él quería” (Catecismo, 106). Y, para terminar: Todo lo que los escritores sagrados afirman puede considerarse afirmado por el Espíritu Santo: “hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras”. Nuevamente: el Espíritu Santo eligió a hombres, no a mujeres, y contra esto no hay argumento: es doctrina revelada.

Por si no bastara, llegamos a esto: la Iglesia Católica es la única y fiel interprete de las sagradas escrituras. Lo enseña así: Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre las verdades religiosas y morales… con una certeza firme y sin mezcla de error (Catecismo, 38). Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios (Catecismo, 119). Esta declaración, que es una exigencia real, le ha permitido al Catolicismo declarar cismáticos, herejes, apóstatas, sectarios, sacrílegos, impíos, blasfemos, y muchas más condenas a todo aquel o aquellos que no se ajusten a su “juicio definitivo”. 

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Por todo lo anterior “la Sagrada Escritura debe ser leída en la Iglesia, o sea, a la luz de “su” tradición viva y de la analogía de la fe (Catecismo, 111-114). En consecuencia, Yahveh Dios no eligió mujeres para “su revelación a la humanidad”, y como tampoco hay mujeres que dentro de la iglesia formen parte del cuerpo de jueces que dictaminen qué está bien de lo que alguien exponga sobre las doctrinas reveladas, o qué está mal, las mujeres quedan excluidas de tan importante oficio, así que todo sigue teniendo un carácter masculino.

De una vez adelantamos que esta situación no tiene ningún respeto por la mujer como ser humano, ni la valora como ser capaz de pensar. La causa viene desde que Yahveh Dios las excluyó de su revelación, según esa doctrina, y, como veremos, en la forma como creó a la mujer.

La divinidad, el ser “Dios”, “El Gran Espíritu”, o comoquiera se le llame, es el mismo para todas las religiones: cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas, y para las otras más de mil que existen. No puede haber dos dioses, porque uno de ellos no lo sería. Hablar, entonces, de “dioses falsos” es inapropiado o conlleva toda la mala intención de descalificar, de excluir, o de apropiarse del derecho de destruir lo falso “porque yo poseo lo verdadero”. Esta autodefinición aplica a las mujeres: no sólo quedan excluidas de ser medios de la revelación por decisión divina, sino que precisamente por eso de todo lo demás relacionado con la religión, excepto, claro, la pertenencia.

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De este modo la teología tradicional de las tres religiones de “El Libro”, son impositivas. La única manera de ver y entender el mundo es el que cada una de ellas enseña. Y entonces resulta una divinidad masculina: guerrero siempre vencedor, rey dueño de todo cuanto existe, señor que manda en su cielo y fuera de él, amo que dispone sobre cómo deben vivir hijos, responsable único de sus decisiones… Y como la mujer no aparece sino subordinada y sojuzgada, entonces las “imágenes de dios” son masculinas. De otro modo: “El lenguaje, las imágenes y los símbolos que se han usado para expresar al dios bíblico, han sido acuñados y perpetuados por la mente del varón, su racionalidad y lógica.” ¿Y el dios bíblico de las mujeres? No existe.

Sin embargo, hay respuestas, y fuertes: “No es serio seguir utilizando la biblia, con los condicionamientos y limitaciones propios de la cultura en la que se escribió, para condenar realidades actuales, propias del siglo xxi, simplemente porque no se acomodan a la cultura de una tribu belicosa de hace 3 mil años o más.” Este párrafo lo escribió una mujer (perdí la cita, disculpen), pero su verdad fue rechazada y condenada a las indebidas “intromisiones feministas”.

Esto es, los dirigentes varones de las grandes religiones occidentales se niegan a escuchar y entender que las mujeres son igualmente seres humanos que tienen un cerebro y una capacidad mental creadas por el mismo dios que creó el de los hombres. O sea, pretender que la justicia de dios consiste en hacer tontas a las mujeres, es una aberración teologal, pero es real, tan real que lo estudiaremos detenidamente.

Apartado II A. Las mujeres en el antiguo testamento. el Génesis.

(El análisis de los textos está hecho desde la perspectiva literaria, y de su aplicación durante 10 mil años o más, no desde las posibilidades cabalísticas ni de los entramados de las doctrinas de fe. Además, no debemos olvidar que los primeros fragmentos escritos de un texto bíblico están datados en el año 300  aC. Y que supuestamente Moisés vivió entre 900 y 1000 a C. Así que)

Génesis, Capítulo 1:

26. Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”. No se puede afirmar que aquí en la palabra “hombre” esté contenida la humanidad, porque “después” Dios creará a la mujer, y posteriormente, a la expulsión del Paraíso, tendremos el origen de la humanidad. Lo que está muy claro y no se vale dudarlo, es que toda la creación “está sometida” al hombre por decreto divino: el patriarcado.

31. “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el sexto día. Sin discusión: todo lo creado por Dios era muy bueno”, pero no había creado todavía a la mujer, ésta queda fuera de la visión divina “de ser muy bueno” al terminar la creación.

Génesis, Capítulo 2:

“7. Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” Ahora Dios va a explicar y desarrollar lo que hizo en el versículo 26 de capítulo anterior, que algunos incomprensiblemente llaman “segunda creación”, por lo que ratifica la soberanía del hombre, y

            6. Y le dio esta orden: “Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, 17. exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte”. La orden es muy clara y el árbol debió estar perfectamente identificado; lo que permanece oscuro es si Adán estaba consciente de lo que fuera para él la muerte. Parece que no, porque comió fácilmente el “fruto prohibido”. El problema es serio, porque ha sido amenazado con una pena que no conoce.

18. Después dijo el Señor Dios: “No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.” Queda claro que la mujer no va a ser creada por una decisión libre de Dios, sino por la condición del “inconveniente” de que “el hombre esté solo”. Y, además y lo peor, con la característica de estar subordinada al hombre, pues el fin de su creación es para que “le ayude”; esto es, si el hombre no necesitara ayuda, ¡según Dios!, no fuera necesaria la creación de la mujer. Así nomás, y de las horribles consecuencias que esto ha causado durante milenios.

“20. El hombre puso un nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo; pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada.” Este texto ratifica la soberanía del hombre sobre la creación: origen del patriarcado; no debemos olvidarlo, porque nos encuadra en el ambiente cultural de la época en que se escribieron estos textos, cuando no conocían la Astronomía, por ejemplo, como la conocemos ahora, y tenían la visión de sólo una forma de organización social. Insiste en la justificación de haber sido creada la mujer: es el hombre quien “no encontraba ayuda adecuada”; pero “ayuda adecuada” ¿para qué, estando en “el paraíso” y sin haber conocido todavía su “desnudez”? Interesante.

De las siguientes citas haremos sólo los comentarios necesarios que preparen las consecuencias que tuvieron, y tienen, en el Cristianismo y en las otras dos religiones que mantienen estos textos como sagrados. Veamos:

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“21. Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. 22. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.” Esta narración tendrá terribles consecuencias para las mujeres, a partir de que fue conocida por la comunidad judía en el desierto por tradición oral, y en los siglos posteriores cuando fue escrita. La base es tan simple que asusta: la mujer es creada con carne y huesos del hombre, ¡el hombre no fue creado de la mujer!

“23. El hombre exclamó: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre”. Adán era un adivino portentoso: nomás de ver a la mujer supo todo lo que había pasado mientras estaba en “un profundo sueño”, inducido nada menos que por Dios… Y hay algo mucho más trágico: ratifica sin lugar a dudas que la mujer fue creada o “sacada” del hombre, a causa del hombre y para su complemento.

“25. Los dos, el hombre y la mujer, estaban desnudos, pero no sentían vergüenza.” Aquí hay dos enseñanzas morales “a modo”. La primera es que la desnudez no es buena, porque es vergonzosa; la segunda es que prepara que la desnudez vergonzosa habrá de entrar al paraíso por la acción de Eva, la mujer.

Génesis, Capítulo 3

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“4. La serpiente dijo a la mujer: “No, no morirán. 5. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”. 6. Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento (¿?), tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió.” Adviértase desde ahora que el texto es muy claro: Adán no hubiera comida de “ese fruto”, si Eva no se lo hubiera dado. De otro modo: Adán hubiera conservado su “estado de pureza” si Eva no le “hubiera dado el fruto prohibido”. Hay además otra interpretación, donde Adán es visto como débil ante Eva la mujer, lo cual es totalmente pernicioso, y jamás debe suceder; pero acusan a Eva de haber cedido ante “la tentación”, lo que consideran peor que la debilidad de Adán, pues si ella no hubiera cedido, léase “caído”, ¡nada hubiera pasado!

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“16. Y el Señor Dios dijo a la mujer: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará.” ¿comentarios? ¿Para qué, si es muy claro? La mujer queda definitivamente no en segundo término, sino bajo el dominio del hombre. Parece entonces que la lucha de las mujeres actuales por la equidad y la justicia ha de librarse también en la Teología, y fuera de las limitaciones impuestas por la doctrina y la tradición masculinas, porque, además, como veremos, esta dominación alcanza situaciones inverosímiles en la Biblia.

Apartado II B. Las mujeres en el Antiguo Testamento: otros libros.

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Ha de entenderse, por favor, que los textos bíblicos no los escribimos nosotros, ni los definimos como divinos: nos negamos a aceptar que el Espíritu Santo haya dictado tantas maldades. Lo que de ellos nos interesa ahora lo citaremos textualmente, dentro del marco de lo que estamos estudiando, como ejemplificaciones de las causas por las que las mujeres fueron, y son todavía en muchos casos, tratadas durante miles de años como dependientes y subordinadas, al grado de la esclavitud y como si fueran cosas, Al mismo tiempo que nos darán elementos para comprender la justicia de la lucha femenina actual, ¡finalmente!, por su libertad y su dignidad como seres humanos. Veamos:

La mujer como propiedad: “Éxodo 20, 17: No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca.” Y en “Deuteronomio 5, 21: No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás su casa, su campo, su esclavo, su esclava, su buey, su asno ni ninguna otra cosa que le pertenezca.”

Relegadas sobre la herencia y la propiedad: “Números 27, 8: Di además a los israelitas: Si un hombre muere sin tener un hijo varón, ustedes harán que su herencia pase a su hijo; La esposa no hereda a su esposo, ni las hijas a su padre, a menos que no haya un heredero varón. Números, Capítulo 30, Reglas sobre los votos de las mujeres, jurídicamente relegadas: “Los votos, promesas, compromisos o juramentos hechos por mujeres, cualquiera que sea su condición, es inválido, es nulo, si no tiene el consentimiento o el aval de su padre o de su esposo.”

El Capítulo 25 del Eclesiástico es un horror de criterios sobre las mujeres. He aquí algunos: “13. ¡Cualquier herida, menos la del corazón! ¡Cualquier maldad, menos la de una mujer! 15. No hay peor veneno que el de la serpiente, ni peor furia que la de la mujer. 16. Preferiría habitar con un león o un dragón antes que vivir con una mala mujer. 17. La maldad de una mujer desfigura su semblante y vuelve su rostro huraño como un oso. 18. Su marido se va a sentar en medio de sus vecinos y no puede reprimir sus amargos gemidos. 19. Toda maldad es pequeña comparada con la de la mujer: ¡que caiga sobre ella la suerte del pecador! 20. Cuesta arenosa para los pies de un anciano es la mujer charlatana para un esposo apacible. 21. No te dejes cautivar por los encantos de una mujer ni te apasiones por ella. 23. Corazón abatido, rostro sombrío y pena del alma es una mala mujer. Manos inertes y rodillas paralizadas es la mujer que no hace feliz al marido. 24. Por una mujer tuvo comienzo el pecado, y a causa de ella, todos morimos. 25. No dejes correr el agua ni des libertad a una mala mujer. 26. Si no camina como tú le indicas, arrancarla de tu propia carne.”

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Y en el capítulo 42 estas joyas de incomprensión y desprecio: “9. Una hija es para su padre causa secreta de insomnio, y la preocupación por ella le quita el sueño: cuando es joven, se le puede pasar la edad, y si está casada, puede ser aborrecida. 10. Mientras es virgen, puede ser violada y quedar embarazada en la casa paterna. Si tiene marido, puede ser infiel, si ya convive, puede ser estéril. 11. Si tu hija es atrevida, vigílala bien, no sea que te convierta en la burla de tus enemigos, en la habladuría de la ciudad y el comentario de la gente, y te cubra de vergüenza a los ojos de todos. 12. No fijes tus ojos en la belleza de nadie ni trates con familiaridad a las mujeres. 13. Porque de la ropa sale la polilla y de la mujer, una malicia de mujer. 14. Más vale malicia de hombre que bondad de mujer: una mujer avergüenza hasta la ignominia.

“Eclesiastés 7, 26. Y yo encuentro más amarga que la muerte a la mujer, cuando ella misma es una trampa, su corazón, una red, y sus brazos, ataduras. Con el favor de Dios, uno puede librarse, pero el pecador se deja atrapar”.

¿Y la “Mujer Fuerte”, “la buena ama de casa”, del Capítulo 31 (10-31) del Libro de los Proverbios? Comienza suponiendo que no existe, “¿Quién la encontrará?”. Además, si bien, a mi parecer, contiene algunos valores y virtudes que en todos los tiempos y culturas han sido justamente apreciados en una mujer casada, lo cierto es que en el contexto en que fue escrito y en relación a su marido, a su hogar en el que tiene mil responsabilidades, y a sus hijos, es un himno a la mujer esclavizada por todo eso y por la comunidad donde vive; una mujer que a su vez tiene a otras mujeres esclavas. Curioso.

Existen muchos otros textos, pero creemos que éstos son suficientes para fundamentar nuestra propuesta de ser la Biblia, como libro sagrado de las tres patriarcales religiones monoteístas, la causa más importante de la desventajosa e injusta situación de las mujeres en la cultura occidental. Pero esto no ha quedado aquí, penetró el Nuevo Testamento Cristiano (en el Judaísmo y el Coran igualmente), y en todas las variedades del Cristianismo. 

Apartado III: Las mujeres en el Nuevo Testamento.

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Se entiende que las mujeres del Antiguo Testamento no fueran Teólogas ni que a nadie se le ocurriera que lo llegaran a ser dada su condición de sometimiento o de cosa; pero cuando sabemos que hubo en los primeros años del Cristianismo mujeres que eran profetisas y que incluso llegaron a “presidir” las asambleas (eclesiales), nos enteramos con pena que fueron nuevamente aplastadas por una tradición patriarcal que no las aceptaba.

No sabemos si todos los Apóstoles, pero ciertamente Pedro y Pablo pusieron las bases para descalificar a la mujer en todo ministerio eclesial, contraviniendo, como veremos, las mismísimas enseñanzas del Maestro Jesús. Últimamente se ha tratado de minimizar la misoginia de Pablo, aduciendo que algunas de sus “cartas” fueron escritas por discípulos suyos; sea, lo admitimos porque no es eso lo que nos importa en este Ensayo, sino la enorme y milenaria trascendencia que tuvieron esos escritos a él atribuidos, en continuar con el sometimiento y la exclusión de las mujeres en todo sentido religioso, y por ende social, particularmente de lo que ahora a ellas mucho les interesa e importa, la Teología.

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Veamos sin muchos comentarios de nuestra parte, esos textos que por sí solos son testimonio lamentable de lo que venimos tratando. Y así, en la Primera Carta a Timoteo, el llamado “apóstol de los gentiles” escribió:

“Capítulo 2, 9: Que las mujeres, por su parte, se arreglen decentemente, con recato y modestia, sin usar peinados rebuscados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos; 11. Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio, con todo respeto; 12. No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad sobre el marido: al contrario, que permanezcan calladas; 13. Porque primero fue creado Adán, y después Eva; 14. Y no fue Adán el que se dejó seducir, sino que Eva fue engañada y cayó en el pecado.” Exactamente el mismo concepto bíblico que vimos al examinar textos del llamado Antiguo Testamento: Yahvéh Dios no vio la necesidad de crear a la mujer sino en función de Adán, y “la sacó” de él. Y también culpar a la mujer como causante de las desgracias de este mundo; por lo tanto, una de sus condenas es la exclusión y el sometimiento, y no pocas veces una “especie de venganza” porque “por ella entró la maldad” al mundo.

Veamos ahora lo que manda Pablo, el Fariseo convertido, en la carta a los Efesios: “22. Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, 23. porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. 24. Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.”

En la primera a Timoteo dispone: “2. Por eso, el que preside debe ser un hombre irreprochable, que se haya casado una sola vez, sobrio, equilibrado, ordenado, hospitalario y apto para la enseñanza”.

Probablemente pocos escritos religiosos han influido tanto en el desprecio y sojuzgamiento de las mujeres en la era “después de Cristo”, como los textos de Pablo en su carta primera a los Corintios, y todos los comentarios que he escuchado, de mujeres ofendidas por estos conceptos paulinos, los encuentro justificados. Véanlo ustedes mismos, queridos y pacientes lectores: “Primera Corintios, Capítulo 11, 3. Sin embargo, quiero que sepan esto: Cristo es la cabeza del hombre; la cabeza de la mujer es el hombre y la cabeza de Cristo es Dios; 4. En consecuencia, el hombre que ora o profetiza ‘con la cabeza cubierta’ deshonra a su cabeza; 5. y la mujer que ora o profetiza ‘con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, exactamente como si estuviera rapada; 6. Si una mujer no se cubre con el velo, que se corte el cabello. Pero si es deshonroso para una mujer cortarse el cabello o raparse, que se ponga el velo”.

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Lo que sigue es un monumento a la práctica de las leyes patriarcales transferidas del Antiguo al Nuevo Testamento, y hasta llegó a tenerse como “pecado” que las mujeres no llevaran velo a los templos. Veamos: “7. El hombre, no debe cubrir su cabeza, porque él es la imagen y el reflejo de Dios, mientras que la mujer es el reflejo del hombre; 8. En efecto, no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre; 9. ni fue creado el hombre a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre; 10 Por esta razón, la mujer debe tener sobre su cabeza un signo de sujeción, por respeto a los ángeles; 13. Juzguen por ustedes mismos: ¿Les parece conveniente que la mujer ore con la cabeza descubierta?

Vamos a finalizar las citas de Pablo con estos textos de la misma carta, en el capítulo 14, que cierran con pinzas dogmáticas dos mil años de injusticias. Como él dice, juzguen ustedes mismos: “34. que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley; 35. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas.

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Adelantemos algo: ¿Con estos mandatos (recuerden que dictados por el Espíritu Santo), alguna vez tendremos sacerdotisas católicas? Parece que nunca, como veremos.

Por su parte el apóstol Pedro escribe en su primera carta, capítulo 3: “3. Que su elegancia no sea el adorno exterior –consistente en peinados rebuscados, alhajas de oro y vestidos lujosos–; 4. sino la actitud interior del corazón, el adorno incorruptible de un espíritu dulce y sereno. Esto le vale a los ojos de Dios; 5. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que tenían su esperanza puesta en Dios y respetaban a sus maridos; 7. Los maridos, a su vez, comprendan que deben compartir su vida con un ser más débil, como es la mujer…” Traducción de todo esto, a nuestro parecer y dentro de nuestro tema, es que son posturas teológicas que consideran a las mujeres menos aptas que los varones, o incapaces para representar o interpretar lo divino. Así nomás. 

Intermedio oportuno: “María Magdalena” y el pecado de ser mujer

Queridos Cuatro Lectores y Medio, estimados y pacientes lectores todos, mientras preparaba el Apartado IV de este Ensayo topé con María Magdalena, presentada desde el Siglo VI como ejemplo de la mujer pecadora que alcanzó la Gracia del perdón por su penitencia, y por su amor al Maestro Jesús. Y, como hemos visto en las entregas anteriores, siendo acusada la mujer como la causa de todos los males de la humanidad por “su caída ante la tentación”, según la tradición judeo-cristina-islámica, al comparar a Eva con Magdalena se dice que ésta tuvo la oportunidad que no tuvo la otra: arrepentirse y ser perdonada.

Sea esto real o no, lo cierto es que ese criterio ha sido fundamental para el trato a las mujeres dentro de la tradición y la Teología del Cristianismo: sigue el ejemplo de la prostituta, arrepiéntete de tus pecados, y serás perdonada. Y últimamente las mujeres de la religión occidental han decidido despojarse de ese muy masculino criterio, ya que quien las perdona es un hombre en el sacramento de la confesión, y han comenzado por dos asuntos: negar que María Magdalena haya sido prostituta, y para ello han escrito centenares de libros, y no admitir ser consideradas como Evas que caen en tentación y pervierten a su marido. Entonces no necesitarán para nada el perdón masculino.

Sabemos que esa confusión tiene como origen el desprestigio de María Magdalena como la Apóstol de la Resurrección, lo que la coloca por encima de los 12 apóstoles oficiales, incluido Pedro. Como ser la primer testigo de la resurrección, y haberlo anunciado a los demás, no se le pudo negar, entonces se inventó esta indigna forma de pasarla a un lugar de pecadora, nada menos que de prostituta.

Esto fue así desde el día mismo de La Resurrección, pues Pedro intentó desvirtuarla. Y tomó carácter de casi un dogma de fe cuando en el año 591, nada menos que el Papa Gregorio Magno en un discurso público (homilía) identificó a María de Betania con “la pecadora”.

Pero ahora ha resultado que María Magdalena (o de Magdala) nada tiene que ver con la María de Betania, ni menos con “la pecadora”.

Veamos, así por encimita, ya que es una digresión sobre el tema central, y el espacio no nos permite más. Dice Lucas (10): “38. Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. 39. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Según los enterados ese pueblo desconocido se encontraba en Galilea, donde se desarrollan los otros acontecimientos que en ese capítulo narra. Pero está este otro texto de Juan (12): “1. Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. 2. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. 3. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume”. Y otro “pero” es el texto siguiente de Mateo (26): “6. Cuando Jesús se encontraba en Betania, ‘en casa de Simón el leproso’, 7. Se acercó una mujer con un frasco de alabastro, que contenía un perfume valioso, y lo derramó sobre su cabeza, mientras él estaba comiendo.” Esto se corrobora en Marcos 14), casi con las mismas palabras. Narra así: “6. Cuando Jesús se encontraba en Betania, en casa de Simón el leproso, 7 se acercó una mujer con un frasco de alabastro, que contenía un perfume valioso, y lo derramó sobre su cabeza, mientras él estaba comiendo.”

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Hasta aquí tenemos Dos Marías: una en Galilea, y otra en Betania; pero tenemos en Betania dos mujeres que realizan la misma acción en diferente lugar: una en casa de Lázaro y la otra en casa de Simón el leproso. Ninguna da pauta para confundirla con María Magdalena. Veamos más: Lucas (7) nos da esta narración que por el contexto se podría ubicar también en Galilea, e igual que el pueblo desconocido de arriba, ahora tampoco nos dice dónde: “36. Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. 37. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. 38 Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.”

Esta mujer pecadora nada tiene qué ver con la María hermana de Marta, ni la del pueblo desconocido en la propia narración de Lucas (10), ni con la Marta explícita de Betania, ni la de la casa de Lázaro ni la de la casa de Simón el leproso. Sin embargo, el más grande agravio si no a la inteligencia, al menos sí al sentido común, es confundir con muy mala voluntad a María Magdalena con “la mujer adúltera” de Juan (8): “3. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio… 4. dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio… 9. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí; 10. E incorporándose, le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? 11. Ella le respondió: Nadie, Señor. Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús, vete, no peques más en adelante.”

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Entonces, ¿dónde aparece esa mujer llamada María Magdalena? Pues precisamente donde va a causar problemas a la tradición patriarcal y a los apóstoles, particularmente a Pedro. Quien nos da la noticia es el escritor más esotérico del Nuevo Testamento, Juan (cuyo nombre por cierto significa puerta); primero, ella como testigo de la muerte de Jesús, cuando no estuvieron con él ni sus apóstoles ni sus discípulos; dice así en el Capitulo 19: “25. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.”

Y después como la testigo primera de la resurrección, y la primer Apóstol precisamente de la Resurrección. Lo expone Juan así en capítulo 20 de su Evangelio: “1. El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.” Y después esta maravilla: “14. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció… 16. Jesús le dijo: ¡María! Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: ¡Raboní!, es decir ¡Maestro! 17. Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos… 18. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Todo esto conforme a los Evangelios, y nada más. Así que si no fuera por el afán de mantener la tradición patriarcal en la nueva religión, del Siglo I al Siglo XXI, con todas sus consecuencias religiosas, sociales, políticas y hasta económicas, ¿Alguien encuentra relación alguna entre aquellas Marías en la casa de Marta, las mujeres de los perfumes caros, y la mujer adúltera, con María Magdalena? Y así le dejamos.

Apartado IV: Soberbia y Desprecio en Occidente.

Hemos mantenido que los criterios de sometimiento y humillación, con su consecuente en no pocas ocasiones desprecio, de los hombres por las mujeres, iniciado al comienzo de la era patriarcal milenios atrás, y para las culturas de occidentes vigentes a partir del Libro del Génesis (Cfr. Apartado I), se ha perpetuado hasta nuestros días, aunque en algunos casos ya mitigados por las acciones de violenta reivindicación femenina.

Es vergonzoso saber que para sectores importantes de las tres religiones de “El Libro”, la mujer sigue siendo considerada como impura, seductora peligrosa, capaz de sólo maldades. Sin embargo, gracias a sus luchas, incluso callejeras, se ha venido formando un criterio que además de interesante, es verdadero: no tiene ninguna seriedad moral, social, científica, religiosa, e incluso económica, seguir utilizando la Biblia para condenar a las mujeres del Siglo XXI, sin considerar que esos libros fueron escritos para la cultura totalmente ajena de una tribu belicosa, errante por los desiertos de Arabia hace tres o cuatro mil años atrás.

Y uno de los campos del saber y del comportamiento del ser humano, el de la Teología, les estuvo durante centurias de nuestra época cristiana, no sólo absolutamente impedido, sino que hasta motivo ha sido de burla que ellas lo hubieran intentado.

Vamos ahora ver, así por encimita (no podemos otra manera por el tiempo y el espacio disponibles en las redes sociales de la internet), un poco de los autores que recibieron las tradiciones judías y de los apóstoles del Nuevo Testamento, y que pusieron bases morales y dogmáticas para continuar con la injusticia hacia la mitad de los seres humanos, las mujeres. Veamos:

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Tertuliano, Doctor de la Iglesia

Comencemos con este texto terrible de Tertuliano, doctor de la iglesia que vivió durante el siglo II, quien tomando como fundamentos el Libro del Génesis y los escritos de San Pablo, enseñaba: “Mujer, deberías ir vestida de luto y andrajos, presentándote como una penitente, anegada en lágrimas, redimiendo así la falta de haber perdido al género humano. Tú eres la puerta del infierno, tú fuiste la que rompió los sellos del árbol vedado, tú la primera que violaste la ley divina, tú la que corrompiste a aquel que el diablo no se atrevía a atacar de frente, TÚ FUISTE LA CAUSA DE QUE JESUCRISTO MURIERA.” Tamaña y horrorosa injusticia es muy clara, pero debemos subrayar que de esta manera el Adán masculino queda fuera de toda culpa, y que pierde su inocencia por las acciones de la mujer, Eva.

Un hombre importantísimo en la formación conceptual de la cultura europea durante unos mil años, fue San Gerónimo (S. IV). Sus ideas sobre las mujeres trascendieron más en algunos ambientes religiosos, y hasta nuestros días. Veamos sus dos enseñanzas fundamentales en los dos textos siguientes: “Mientras la mujer se ocupe del parto y los hijos, será tan diferente del hombre como el cuerpo del alma. Pero cuando desee servir a Cristo más que al mundo, dejará de ser mujer y se llamará varón”. “Porque el amor corresponde al hombre; el temor a la mujer: como al esclavo que no sólo le corresponde el temor, sino también el estremecimiento.” ¿Está claro?

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San Agustín, Doctor de la Iglesia

Otro pensador que logró trascender no sólo las centurias, sino que fue fundamental para la formulación de doctrinas en los concilios y en las citas de casi todos los teólogos que le siguieron hasta nuestros días, es San Agustín (S, IV), quien enseñaba que la mujer es un ser inferior. “Corresponde a la justica, así como al orden natural de la humanidad, que las mujeres sirvan a los hombres.” Y en otra parte: “Estimo que nada envilece tanto el espíritu de un hombre como las caricias sensuales de una mujer”. Y para cerrar la pinza, esta enseñanza lapidaría por siglos: “la mujer es imagen de Dios en su alma racional, pero no en su cuerpo sexuado femenino.” ¿Más evidente la escuela misógina de los primeros siglos del Cristianismo, vigente hasta el día de hoy? Y tener en cuenta, además, como veremos, contraria no sólo a las enseñanzas del Maestro Jesús, también a la dignidad y a la justicia. Continuemos.

Veamos ahora, y admiremos estos textos de un hombre que dominó centurias la llamada Filosofía Escolástica, que por cierto tengo entendido todavía se estudia en los seminarios de todo el mundo católico, y cuyos textos son todavía vigentes. Santo Tomás de Aquino (S. XIII) escribió: “Como el padre es el principio de un modo excelente, por serlo como principio activo, y la madre como principio pasivo y material, de aquí que hablando en absoluto, el padre ha de ser más amado”.

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Santo Tomás de Aquino, Doctor Angélico.

El siguiente texto de ese santo, incluso degrada la función de la maternidad, pues hace una distención por la cual el alma del nonato encarna en él gracias al semen del padre. Razona así: “En la generación Humana la madre presta la materia sin forma del cuerpo, que se forma por la virtud formativa del semen paterno, aunque esa virtud no puede crear el alma racional (que la crea Dios), dispone, con todo, la materia corporal para la recepción de…” ¡Genial, ¿no?!

Hemos evitado las citas bibliográficas para no hacer cansada la lectura; las haremos ahora porque serán sólo referenciales. Dando un enorme salto en el tiempo, y sólo para mejor entender cómo han llegado esos “principios filosóficos, teológicos y morales” hasta nuestros días, diremos que la doctrina paulista fue actualizada y puesta como obligatoria por el Papa León XIII, en su Encíclica “Quod Apostolici Muneris (1878). Por su parte el Papa Pío XI considera una promiscuidad la formación humana de hombres y mujeres juntos, en su Encíclica “Divini Illius Magistri” (1930). Y en otra parte agrega, de acuerdo con la tradición y como mandato que se ratifica: “La sociedad doméstica que ha de ser reforzada por el orden del amor que implica la primacía del marido sobre la mujer y los hijos, y la sumisión solicita de la mujer así como su obediencia espontánea”.

Últimamente han llegado las presiones femeninas hasta los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, como veremos más adelante, para las mujeres ser tomadas en cuenta como personas inteligentes (capaces de hacer Teología), con dignidad y sujeto de derechos humanos, a fin de actualizar las doctrinas, ¡increíble!, y sus acciones sobre el género femenino, y romper con esa tradición vergonzosa de sometimiento y exclusión que en el Catolicismo viene desde las enseñanzas paulinas hasta nuestros días. La importancia de una acción católica de este tamaño es la trascendencia a otras religiones cristianas y no cristianas.

Apartado V A: Jesús y las mujeres de los Evangelios.

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Es muy importante conocer la actitud y las palabras del Maestro Jesús con las mujeres, según los Evangelios (modificados o no a lo largo de los siglos), para comprender mejor la enorme injusticia que los dirigentes del Cristianismo, en todas sus expresiones, han cometido, desde los primeros años de su fundación y expansión, como lo vimos anteriormente, con la mitad de sus feligreses, las mujeres. Advierto desde ahora que en este repaso hemos dejado fuera el pasaje de la Samaritana, para abordarlo después en toda su profundidad y belleza.

En esta entrega, mis queridos Cuatro Lectores y Medio, e interesados lectores todos, nuestros comentarios serán lo más sintético posible, dejando en libertad la aplicación de sus propios criterios y el vuelo de sus imaginaciones.

Jesús fue un auténtico revolucionario en esto, como en todo. Para comenzar, llama mucho la atención la libertad con que Jesús procedió en su trato con las mujeres, sin que se sintiera obligado por las leyes de pureza o impureza legal, o por tradiciones que consideraban el trato público entre hombres y mujeres como algo totalmente indebido y hasta reprobable.

Así que cuando Jesús lo hace, desquicia las costumbres sociales y religiosas patriarcales del Judaísmo, asumiendo como Maestro los enredos y escandalaos que traía tal comportamiento. Conversa y hasta discute con ellas, y va más allá, las toca y se deja tocar por ellas a la vista de todos. Jamás les mandó que usen velos ni las regresó a sus casas para que las instruyan sus maridos. Y esto es totalmente aplicable a todas las mujeres que “lo siguieron desde el principio”, y a todas quienes conformaron el número de discípulas, que fueron muchas.

Así, de una vez adelantemos algo: hay que releer los Evangelios en forma total y sin prejuicios, para comprender, aceptar y tratar el asunto femenino dentro las enseñanzas del Evangelio, y no desde las doctrinas religiosas de exclusión y sometimiento de las mujeres, según los dirigentes del Cristianismo, particularmente del Catolicismo.

Como las citas sin ser numerosas, ciertamente son complejas y han de hacerse completas en lo que se pretende, hemos dividido este Apartado en tres secciones. Así que comencemos:

Lo primero que debemos advertir es que Jesús no excluyó a nadie de su mensaje ni de su acción salvadora, según lo hace constar en el Evangelio de Lucas 4: “18. El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos”; es decir a todos; Jesús no excluye a nadie, por tanto tampoco a las mujeres de todas las condiciones, porque Él lo dice, independientemente de lo que opinen “otros”.

En otro sentido, comencemos también por el incidente de “la hemorroísa”. El hecho nos lo narran los Evangelistas Marcos y Mateo. Dicen así.

Marcos 5: “25. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias… 27. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, 28. porque pensaba: con sólo tocar su manto quedaré curada. 29 inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 30. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: ¿Quién tocó mi manto?… 33. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. 4 Jesús le dijo: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad

Y lo narra así Mateo 9: “20. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, 21. pensando: Con sólo tocar su manto, quedaré curada. 22. Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y desde ese instante la mujer quedó curada”.

La importancia de este hecho radica en que se trata de una “mujer impura” y que así era conocida en la población donde vivía, de otro modo no lo hubieran sabido los evangelistas. La mujer era impura según lo decretado en Levítico 15: “25 Cuando una mujer tenga un flujo de sangre durante varios días, fuera del período menstrual, o cuando la menstruación se prolongue más de lo debido, será impura mientras dure el flujo, como lo es durante la menstruación”. Jesús no sólo la cura en medio de una multitud, además alaba su fe y proclama, para que lo sepan y entiendan todos los presentes y los siglos posteriores, que “por su fe se ha salvado”. Teología pura, con la mujer.

Y hay más. Le dice “hija”, lo que es único en todos los Evangelios, que además establece una relación muy especial entre ella y Jesús, y destruye con una palabra todo el entramado legal y de tradiciones patriarcales de los Judíos, y es un lección para sus seguidores de entonces y de ahora, que, como veremos, hace a la mujer sujeto de todos los derechos.

Otra acción importantísima se desarrolla en el episodio de la mujer siro-fenicia, que muchos consideran la entrada de los no judíos en el plan salvífico de Jesús. Es decir, Teología pura con la mujer. El diálogo es muy bello y Jesús acaba por rendirse ante ella y aceptándola sin más dentro de los suyos. Veamos:

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Mateo 15: “22. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: Señor, Hijo de David, ten piedad de mí: mi hija está terriblemente atormentada por un demonio… 25. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: Señor, socórreme. 26. Jesús le dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros. 27. Ella respondió: Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños. 28. Entonces Jesús le dijo: mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo! Y en ese momento su hija quedó curada”. Sin más comentarios.

Todos hemos oído sobre lo escrupuloso que fueron los judíos en los tiempos de Jesús, y lo son todavía, con la aplicación de sus leyes y tradiciones patriarcales, en especial con lo establecido para el descanso del sábado. Jesús chocó de frente con los “escribas, fariseos y sacerdotes”, guardianes de esas leyes y tradiciones. Para nuestro intento atenderemos sólo al incidente de haber curado en sábado a una mujer encorvada. Lo conocemos así:

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Lucas 13: “10. Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. 11. Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. 12. Jesús, al verla, la llamó y le dijo: Mujer, estás curada de tu enfermedad, 13. y le impuso las manos. Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios… 16. (Jesús acotó) Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?

Apuntemos que, primero, es una mujer “poseída”, y que el hecho se desarrolla dentro de la sinagoga. Jesús no la expulsa por estar “endemoniada”, no la considera indigna de estar en la asamblea; segundo: la cura, expulsa al demonio que la poseía, sin que ella se lo pidiera, y lo hace en un “día prohibido”: no sé qué digan los sabios Teólogos, pero a mi parece una extraordinaria lección de “teología de la gracia”. Tercero: la tocó delante de todos. Cuarto: la reconoce como hija de Abraham: es decir, con todos los derechos de los descendientes de ese patriarca. Con el debido respeto, como 2 mil años después, según veremos, tuvo que hacerlo ¡la Organización de las Naciones Unidas!

Para terminar este Apartado subrayemos que Jesús y las mujeres nos han dado, y seguirán dando, lecciones de Teología. Y así les dejamos por ahora. 

Apartado V B: Jesús y las mujeres de los Evangelios.

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Continuando con el en su tiempo revolucionario trato de Jesús con las mujeres, según los Evangelios, y de las enseñanzas que de ahí se derivan, veremos ahora algunos otros pasajes en verdad trascendentes para nuestro siglo, en los inicios del tercer milenio después de su muerte, y que fueron de muchas maneras tergiversados, olvidados o sacados de contexto, para mantenerlas durante dos milenios más en la tradición patriarcal de sometimiento, sojuzgamiento, sumisión y obligada obediencia; lo que, para nuestro intento, equivale a ignorarlas como persona; es decir, seres humanos inteligentes y sujeto de derechos: por tanto, incapaces de hacer Teología sin la supervisión y asesoramiento de los hombres.

Ya hemos visto en las dos entregas anteriores cómo las doctrinas paulistas y de los así llamados santos padres de la iglesia, y de filósofos del tamaño de Tomás de Aquino, contribuyeron a esa pésima situación; en esta entrega veremos cómo fue, y sigue siendo, contrarias a las intenciones del mismísimo Jesús. Así comencemos con un hecho muy conocido:

Jesús, en contra de todas las leyes y tradiciones de los Judíos, impidió que una mujer adúltera fuera apedreada, como exigían sus acusadores, y le dirigió palabras de aliento y de confianza. Es bellísima el diálogo con ella, según lo narran:

Juan 8: “4. dijeron a Jesús: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices? 7. Como insistían, se enderezó y les dijo: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra. 8. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo… 10. E incorporándose, le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? 11. Ella le respondió:Nadie, Señor. Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante”. Un libro llamado “Las Constituciones de los Santos Apóstoles” (Libro II. 24), en lugar de “yo tampoco te condeno”, pone esta reveladora frase: «Anda pues, porque ni yo te condeno«.

El texto al que me parece hacen alusión los acusadores puede ser éste: Deuteronomio 22: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos… 24. se hará salir a los dos a la puerta de esa ciudad y los matarán a pedradas…” Hay en el evangelio un vacío muy significativo: ¿dónde quedó, o qué pasó con el adultero? Una omisión horrible, sin duda.

Ya hemos hablado de lo escandaloso que era que una mujer y un hombre se tocaran en público. Esto quizás no fuera considerado por “la ley”, pero ciertamente lo era como una forma muy importante de la convivencia; sin embargo, Jesús se dejó ungir la cabeza en Betania, en casa de Simón, con un perfume costoso y defendió a la mujer que realizó aquella acción (Mc. 14, 3-9). En otra narración (Lucas 7: 36) se dejó besar los pies y ungir con perfume por una mujer pública con gran escándalo del fariseo que lo invitó, y de los demás comensales. (no debe identificarse esta mujer ni con María de Betania ni con María Magdalena; no hay nada que lo justifique). Hay en este episodio una enseñanza teológica de enorme consecuencia. Veamos:

40. Pero Jesús le dijo: Simón, tengo algo que decirte. Di, Maestro, respondió él. 41. Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿A cuál de los dos amará más? 43. Simón contestó: Pienso que aquel a quien perdonó más. Jesús le dijo: Has juzgado bien. 44 Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. 45. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. 46. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. 47. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor. 48. Después dijo a la mujer: Tus pecados te son perdonados. 49. Los invitados pensaron: ¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados? 50. Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz.” El texto es tan claro que, a mi parecer, no necesita más comentarios.

Y, finalmente por ahora, Jesús curó a la suegra de Pedro. En muy pocas palabras nos da una lección de amor y aprecio por la mujer, en contra de todos los usos y costumbres de la época: entra a la recamara de una mujer, que estaba en una cama, la toma por la mano y la jala para levantarla, delante de testigos. Dice así la pequeña pero trascendente narración en Marcos 1: “30. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 31. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar”.

Apartado V C: Jesús y las mujeres de los Evangelios.

Recordemos, mis honrados Cuatro Lectores y Medio, benévolos Lectores todos, que nuestro tema central es la exclusión de las mujeres en el quehacer teológico, como consecuencia de doctrinas y tradiciones “patriarcales” que las tuvieron siempre como seres inferiores, sometidas y humilladas. Esta enseñanza bíblica fue heredada y confirmada por Paulo de Tarso, por los Santos Padres y por los Filósofos Cristianos, hasta nuestros días.

En ésta, y en las dos entregas anteriores, nuestra postura es que Jesús rescata a las mujeres de esa terrible condición para convertirlas en seres humanos y en apóstoles de su doctrina; contrario, pues, a la exclusión que sostienen algunas iglesias cristianas, en particular el Catolicismo.

            Así pues, para el Cristianismo hay dos momentos verdaderamente importantes, trascendentes en todo sentido: la muerte de Jesús en la cruz, y su resurrección tres días después.

            Mateo 26: “56… Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.” Marcos 14: “50. Entonces todos lo abandonaron y huyeron.”

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Recordemos que al ser prisionero Jesús, los apóstoles y discípulos que lo acompañaban huyeron, y que Pedro lo negó.

En cambio, las mujeres le fueron fieles hasta la muerte, y se ganaron ser las Apóstoles de la Resurrección. Veamos:

Marcos 15: “40. Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, 41. que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.” Mateo 27: “55. Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. 56. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.” Lucas 23: “49. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.” Juan 19: “25. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

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Seguimos. Las mujeres que fueron testigos de la pasión fueron las primeras testigos de las apariciones de Jesús resucitado: Debemos subrayar, para nuestro intento, que los apóstoles no participaron en ninguno de estas trascedentes acciones: estaban escondidos. He aquí los testimonios evangélicos:

Mateo 28: 1. Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro…9. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: Alégrense. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. 10. Y Jesús les dijo: No teman; avisen a mis hermanosque vayan a Galilea, y allí me verán.”

Marcos 16: “1. Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús… 9. Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena (aquella de quien había echado siete demonios). 10. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. 11. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.”

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El paréntesis es mío, porque desde que me dio por seguir la extraordinaria figura de María Magdalena, descubrí que esta “aclaración” tiene dos evidentes controversias: una, nadie más identifica a la Magdalena por ese hecho, que además ninguna otra fuente cita; otra, me parece (así: me parece) que es un texto intercalado, o añadido, o interpolado, de acuerdo a la política eclesial de desprestigio a la Magdalena, según lo vimos antes.

Lucas 24: 1. El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. 2. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro… 10. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, 11. pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron.

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Juan 20: “1. El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada…11. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro… 14. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. 15. Jesús le preguntó: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo. 16. Jesús le dijo: ¡María! Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: ¡Raboní!, es decir ¡Maestro! 17. Jesús le dijo: No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes. 18. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.”

Para terminar les ruego no olvidar que tres de los evangelistas dan testimonio de que los apóstoles y discípulos no creyeron en las palabras de las mujeres. ¿Por qué? Primero, claro, porque todavía no creían en la resurrección, y, segundo, porque era un testimonio de mujeres que, según leyes y tradiciones, ningún varón avalaba (Números, 30), como vimos antes que era necesario. Nomás por eso. 

Apartado V C: Jesús y las mujeres de los Evangelios: La Samaritana

Para apreciar en toda su belleza y profundidad el diálogo de Jesús con la mujer de Sicar, recordemos que la situación social, intelectual y económica de las mujeres judías, y en general consta lo mismo en todas las culturas históricas de los tiempos de Jesús, carecían de derechos, tenían un papel muy secundario, fácilmente eran repudiadas, acostumbraban mantenerlas encerradas en casa, y tenían muy pocas posibilidades de vida social autónoma.

En el caso de las judías (de Judea y de Galilea) estaban apartadas del Templo en determinados días, por prescripción de las leyes de pureza ritual. Es más, en el Templo mismo estaban particularmente relegadas a un espacio señalado para ellas, lo mismo que en el atrio. Como hemos visto, las mantenían alejadas de las de las enseñanzas de la ley, del estudio de Yahvéh, pues, y, como también creemos que lo hemos suficientemente subrayado, fueron situaciones que “se colaron” al Cristianismo, en contra muy claramente de las enseñanzas del propio Maestro Jesús.

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Y para conocer qué tanto fue Jesús un revolucionario en este aspecto, como lo fue en tantos otros, recordemos también que durante la llamada “vida pública” de Jesús, hubieron con él muchas mujeres, algunas que incluso conocemos por sus nombres, y otras que lo apoyaron económicamente en sus viajes, y todas fueron sus discípulas. Esto consta en “Lucas 8, 1-13”, antes citado, lo mismo que en “Lucas 23, 49” y en “Lucas 24, 10”. Así también en “Marcos 15 40-41”, en “Mateo 27, 55-56” y en “Juan 19, 25”. Etcétera. Y tener presente que María Magdalena aparece, sin excepción, en los cuatro Evangelios, sin olvidar jamás, como quedó ampliamente demostrado, que fueron sólamente sus seguidoras las únicas que a la vez fueron testigos presenciales de la muerte y resurrección de Jesús. Se ganaron a pulso ser las Apóstoles de la Resurrección.

Con estos antecedentes asistamos a todas las enseñanzas teológicas que nos ofrece Jesús en su dialogo con la famosa Samaritana (curiosamente tanto como el Buen Samaritano), y cómo ésta a su vez, discurre, plantea y argumenta con bases y precisiones. ¿Pues no que estaban excluidas las mujeres judías de las enseñanzas teológicas? Lo estaban totalmente, pero esto también nos da pie para una reflexión de lo que vendrá posteriormente: algunas de las mujeres que hoy por hoy hacen teología son analfabetas, pues “el Espíritu sopla” donde se le pega la gana, no donde los hombres le indican, o quieran desautorizarlo.

Vamos a citar el texto del más esotérico de los escritores neotestamentarios. Excepto uno al final, no haremos más comentarios, para permitir que cada lector aplique sus propios criterios y quede libre su conciencia a fin de que emita sus propios juicios y aprenda lo que tenga que aprender. Atendamos a lo que ya nos hemos atrevido a subrayar y a resaltar en negritas, sin que necesariamente sea una guía:

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Juan, 4: “4. Para eso tenía que atravesar Samaría. 5. Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. 6. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. 7. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: Dame de beber. 9. La samaritana le respondió: ¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? 10. Jesús le respondió: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de bebe, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva. 11. Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? 12. ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales? 13. Jesús le respondió: El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, 14. pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna. 15. Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla… 19. La mujer le dijo: Señor, veo que eres un profeta.20. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar. 21. Jesús le respondió: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre… 23. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. 24. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad. 25. La mujer le dijo: Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo. 26. Jesús le respondió: Soy yo, el que habla contigo… 28. La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: 29. Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”

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Para el asunto que estamos tratando en este Ensayo, permítanme llamar su atención sobre dos asuntos de enorme importancia. Primero, Jesús le revela a la Samaritana (una mujer excluida, “extranjera” según el trato de los judíos, analfabeta) cómo, cuándo y dónde se ha de adorar a Dios, ¡lo que no había hecho con nadie! Segundo, que habiéndose identificado Jesús tan abiertamente ¡ante una mujer!, como el Mesías (concepto Judío), la mujer “fue corriendo” a anunciar al pueblo, aunque con cierta duda todavía, que el Mesías estaba ahí y había hablado con ella; es decir, fue en cierto modo la apóstol primera de la presencia del Mesías en la tierra. E, insistimos, después de un diálogo teológico de grandes alturas nada más y nada menos que con Jesús, el Ungido de Dios. Maravilloso. ¡Y todavía hay quienes niegan a las mujeres el derecho a hacer Teología! ¡Qué desprecio al ejemplo de Jesús mismo!

7 A. El sentir de las Mujeres.

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A manera de introducción de este Apartado vemos a seguir las ideas Básicas de Isabel Corpas de Posada de su trabajo “El saber teológico era propiedad del clero”, cuando apunta que “Si bien el mundo pensado por los hombres y para los hombres excluyó a las mujeres, las actuales circunstancias han permitido a las mujeres adquirir una formación teológica” Y agrega después, ya que de alguna manera esa exclusión persiste, para ubicar el contexto temporal: “los actuales condicionamientos socioculturales y epistemológicos del quehacer teológico”. Cierra la pinza: “la tradicional ausencia de las mujeres en espacios académicos en el contexto patriarcal del saber”, y agrega algo de extrema importancia: considerar siempre “las características del trabajo de las mujeres teólogas y su contribución al quehacer teológico”. Es decir, vamos a ver a Dios, y examinar el mundo y la vida desde la perspectiva de género.

De las muchas maneras de definir la “perspectiva de género”, vamos a entenderla nosotros como “la metodología y los mecanismos que permiten identificar, cuestionar y valorar las acciones de los gobiernos y de las organizaciones para suprimir la desigualdad ante la Ley y la inequidad social y cultural entre hombres y mujeres, y que nos permitan crear las condiciones de cambio a fin de avanzar en la construcción de esa igualdad entre hombres y mujeres.

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Esto se basa en primer lugar en que los Humanos somos hombres y mujeres, que, por lo mismo, gozamos de los mismos derechos. Esto, aplicado a la Teología, quedaría así: las mujeres, con permiso y sin permiso de los hombres, quienes quiera que sean, tienen el mismo derecho que ellos a incursionar en el mundo del saber teológico.

Después de dos milenios de exclusión, esto responde a los cambios socioculturales de la segunda mitad del siglo XX que permitieron a las mujeres, a pesar de todo, tener acceso a los estudios teológicos y adquirir una formación no discriminatoria.

Por otra parte, fastidiadas las mujeres de ver cómo se usan los “textos sagrados” para justificar la sumisión de la mujer, un grupo de teólogas feministas protestantes y católicas, bajo la coordinación de Elisabeth Parmentier y Lauriane Savoy, unieron fuerzas para redactar “Una Biblia para las Mujeres” (2018). Interesante, porque ya en 1898 la sufragista estadounidense Elizabeth Cady Stanton y un comité de otras 26 mujeres redactaron “La Biblia de la Mujer”, que buscaba acabar con la ortodoxia religiosa en que las mujeres deberían ser serviles con los hombres. Esta “biblia” fue muerta, sepultada, y cerca de 100 años después resucitada.

Considerando que la experiencia religiosa es el fundamento individual del trabajo teológico, es múltiple en cuanto personal, pero es universal en cuanto sólo hay un dios. Los miles de formas como los humanos crean o conciban y le llamen a Dios, según los tiempos y las culturas, no cambia para nada que sea uno solo; de la misma manera que no implica muchos y variados dioses según los diversos modos de hacerle culto. Esto significa que no hay, no puede haber ‘dioses falsos’, porque simplemente no serían Dios. Hablar de dioses falsos es una invención interesada para imponer, incluso por la fuerza, unas concepciones de Dios a otras. Esto, aplicado a la teología femenina dentro de las religiones monoteístas, particularmente en el Cristianismo, quedaría así:

Es necesario releer la Sagrada Escritura, interpretarla desde el fuero interior del sentir femenino, y despojarla de todos los prejuicios e injusticias, así como de las formas culturales de los tiempos en que fue redactada (haya sido o no divinamente ‘dictada’).

Por otra parte, para cierto tipo de mentalidades cerradas o incapaces de evolucionar a fin de alcanzar la libertad de conciencia, es increíble que en este tema se deba aclarar que al hablar de masculino y femenino en dios, no se habla de macho y hembra. En algunos casos se refiere a la virtud o fuerza de engendrar o de concebir; en otros a la polaridad positiva y negativa, recordando, pues, el Principio de Polaridad (siempre trascendiendo lo sexual, que, hasta donde sabemos, es sólo una forma de reproducción en los animales y plantas sexuadas en este planeta: no conocemos otras formas de transmisión de vida en el universo). 

Las mujeres exigen, ¡hasta ahora!, ser libres para modelar su personalidad, no sólo para considerarse sujeto de derechos, sino para tomar decisiones autónomas y sobernas; lo cual incluye sus relaciones con la divinidad desde su feminidad: así nomás. Y entonces ellas, no ‘otros’, definan la espiritualidad de las mujeres.

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Sin embargo, no todas las mujeres en ninguna de las tres religiones “del libro” quieren liberarse de los moldes milenarios en que están aprisionadas (ni se consideran así), como tampoco vislumbran siquiera ser dueñas del amor a sí mismas. Es su decisión, y es respetable; lo que no está bien, desde nuestro punto de vista, es que se opongan, a veces con una mayor furia y violencia, a ‘todos los movimientos de liberación femenina’ y, en particular, se escandalicen, manifiesten una oposición cerrada, y condenen a las mujeres que hacen Teología fuera del control masculino.

Cito un párrafo que encontré por allí: “Hay muchas mujeres que son dotadas de manera especial de una intuición profunda sobre la vida humana, capaces de aconsejar, de intuir las dificultades, de expresarlas, de confortar, de proponer salidas, de confirmar la fe de muchos.” ¿Confirmar en la fe? Pues sí: toda religión, incluso el ateísmo, tiene como base esencial la fe; sin la fe ni las relaciones humanas fueran posibles de manera positiva: en este caso se llama confianza. Por eso las mujeres que hacen Teología son fundamentalmente mujeres de fe, de aquí que nos encontramos a veces con mujeres analfabetas que hablan de Dios y de las relaciones humanas con la divinidad de manera tan clara, oportuna y directa: mejor en muchos casos que algunos de los varones que tienen como profesión la Teología.

A eso se refieren también esas palabras cuando vemos a mujeres teólogas que en su vida, en la práctica ordinaria de su ser femenino, “sienten a dios de otro modo” y así lo comunican, independientemente de títulos universitarios o de cualquier otro tipo. Estamos hablando de miles de millones de seres humanos que son la mitad de la humanidad, estamos hablando de ellas, las mujeres, en sus relaciones con Dios.

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7 B: “Derechos Humanos y Teología de las mujeres”

Un asunto polémico por más de medio siglo ha sido que el Estado de la Ciudad del Vaticano sea o no miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); hasta ahora no lo es; su estatus es el de Observador Permanente, desde 2004, como Santa Sede. Por lo tanto, y esto es lo terrible para el tema que nos ocupa, ninguno de los documentos de las Naciones Unidas le obliga como a los estados miembro: en particular ni la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, ni la “Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación de la mujer”.

Entonces, desde el punto de vista de la Santa Sede, las mujeres sólo tienen acceso a 6 de los 7 Sacramentos, y como no lo tienen al Sacramento de Orden Sacerdotal, tampoco pueden ni deben estudiar Teología para ser ordenadas sacerdotisas: sólo la pueden estudiar para obtener conocimientos, para su vida espiritual, y siempre bajo la supervisión de un Teólogo.

Sin embargo, las mujeres en general, y la mayoría de las Cristianas en particular, están abriendo cientos de frentes de batalla contra toda discriminación por el sólo hecho de ser mujeres; entre otros frentes el que ellas denominan “la forzada armonía a una sana doctrina que las descalifica”, una “buena moral definida por varones, permisiva para ellos y condenatoria para ellas”, donde la toma de decisiones queda excluida para las mujeres.

Se quejan de que se haya inventado un Dios “a la medida de las ambiciones de los hombres”, y que, por lo tanto, la organización religiosa haya sido jerarquizada en las tres religiones de “El Libro” por los hombres y para los hombres, donde quedaron excluidas las mujeres como indignas o como inferiores y, por lo tanto, sometidas. Y así “lo colaron” en el Nuevo Testamento y la tradición de dos mil años.

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Nosotros, en este Trabajo, hemos visto claramente como esta situación es absolutamente contraria a las enseñanzas del Maestro Jesús. Y, además, salvo que se nos demuestre lo contrario, en ninguna parte el Maestro Jesús excluyó a las mujeres de ningún Sacramento. Contra el criterio de que eligió doce varones como apóstoles, está la verdad de que eligió que fueran mujeres las testigos de su muerte en la cruz y las apóstoles de su resurrección, no los varones, que incluso lo abandonaron y huyeron, lo negaron, e inicialmente no sólo dudaron de las palabras de las mujeres, sino que las trataron de locas.

Pero la Santa Sede, no cede. La importancia de esta actitud está en la trascendencia de su conducta no sólo para el Catolicismo, también para otras cientos de expresiones cristianas, y para otras muchas religiones no cristianas que observan con interés esta conducta.

Para mejor comprender todo este entramado, vamos a citar y a contrastar sólo algunos criterios fundamentales de las Naciones Unidas y de la Santa Sede. Dice así la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

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Artículo 2. Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Artículo 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones… Artículo 26. 1. Toda persona tiene derecho a la educación… El acceso a los estudios superiores será igual para todos…

Y dice así la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer: “Considerando que los Estados Partes en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos tienen la obligación de garantizar a hombres y mujeres la igualdad en el goce de todos los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos… Considerando que las mujeres siguen siendo objeto de importantes discriminaciones… Artículo 1: A los efectos de la presente Convención, la expresión «discriminación contra la mujer» denotará toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera… a) Las mismas condiciones de orientación en materia de carreras y capacitación profesional, acceso a los estudios y obtención de diplomas en las instituciones de…”

Siempre dentro del marco de lo que estamos tratando, la respuesta actual de la Santa Sede se ha dado por medio de los tres últimos Papas, independientemente de algunos casos anteriores que citamos antes. El caso más sonado fue el Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Ordinatio Sacerdotalis”, en que niega totalmente la ordenación sacerdotal a las mujeresy por lo tanto la preparación teológica para serlo: “4. Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, dice, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio… en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible… declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles”.

Pero como alguien no considerara tan definitiva esa negación, e insistiera en que si “debía entenderse como depósito de la fe” (esto es, sin discusión), Juan Pablo II ordenó a la “Congregación para la Doctrina de la Fe” (nombre actual de la Santa Inquisición), con Joseph Card. Ratzinger como su Prefecto, que publicara una respuesta, y ésta fue monosilábica y muy clara: “sí”: doctrina de fe.

Pero las presiones han continuado, y ahora llegaron junto con las manifestaciones callejeras de repudio, las de mujeres muy preparadas con incluso alguna responsabilidad dentro del Vaticano, y claros cuestionamientos de los medios de comunicación. Y entonces el Papa Francisco publicó un documento, “Evangelii Gaudium”, en que le da mil vueltas al asunto y se pierde en disquisiciones filosóficas sobre la presencia de las mujeres en la sociedad y en la religión, para acabar diciendo lo mismo, que no. Dice “ (103) todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia” (pues porque no la hay); y en otra parte del mismo documento (104) reconoce las presiones pero confirma la negación: “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión.”

Sin más comentarios ya, ¿para qué? Se ve claramente por qué la Santa Sede no es estado miembro de la ONU, ni lo será: los derechos humanos, las libertades de opinión y de conciencia, no son cosa suya. Nos parece que hemos logrado nuestro propósito en este Ensayo. Sin embargo, hay mujeres muy preparadas que no se rinden e incluso han propuesto métodos para el estudio de las “sagradas escrituras” a fin de acabar con los “mitos del patriarcado” y de su hijo bastardo el machismo. Lo veremos, si nos quieren acompañar, en una especie de Anexo a este trabajo, y con ello lo daremos por terminado.

Anexo: Una propuesta metodológica.

De alguna manera en los últimos 50 años hemos visto esfuerzos de las mujeres por hacer Teología desde la perspectiva femenina, algunas con excelente preparación académica, no obstante tanto los intentos masculinos por controlarlas, como los de franca oposición incluso de otras mujeres. Incluso han llegado a propuestas concretas de tipo el método científico para el estudio de las “sagradas escrituras”, y de las tradiciones, fuera de los cánones y de las impuestas interpretaciones “patriarcales”. 

Encontramos algo que presentamos como un ejemplo de lo que comentamos, al mismo tiempo que sirva para abrir caminos a otras mujeres intelectuales que se interesan por este formidable tema: la teología femenina. 

Es una propuesta de Elisabeth Schüssler Fiorenza, quien para un estudio académico de los textos bíblicos desde la prospectiva de los actuales movimientos feministas de liberación intelectual, lo primero que señala es que “mejor que tomar los textos androcéntricos como datos que proporcionan información patriarcal o como informes precisos, que finalmente no lo son tanto, debemos leer sus silencios, como prueba y signo de la realidad que callan. Más que rechazar el argumento del silencio como argumento histórico, debemos aprender a leer los silencios de los textos androcéntricos de manera que puedan proporcionamos pistas que nos aproximen a la realidad igualitaria del movimiento cristiano primitivo”, según lo que apuntamos nosotros anteriormente, y que después fue violentamente tergiversado durante dos milenios.

Schüssler en su libro “Pero ella dijo”, afirma que “la intención de Dios, revelada en su Palabra, es llevar a plenitud toda la creación mediante la comunión o koinonin… Esto se convierte en el principio hermenéutico para interpretar el texto bíblico… y de las posibilidades epistemológicas necesarias para una práctica feminista, crítica de lectura de los textos androcéntricos.”

 En su libro presenta también los pasos metodológicos para el estudio de la hermenéutica crítica feminista, que son en realidad el objeto de este agregado. Ella propone para realizar este tipo de análisis de los textos bíblicos, lo siguiente:

 a)  Analizar los textos siempre dentro de su contexto textual. 


b)  Analizar el contexto cultural de la época en que el texto fue escrito, para tratar de descubrir las estructuras de opresión y las posibles soluciones de liberación. 


c)  Analizar la función del texto dentro del grupo para el cual fue escrito. 


d)  Vigilar no sólo la inclinación patriarcal explícita, sino las muestras más sutiles de androcentrismo en la cosmovisión implícita de los autores. 


e) Aplicar la hermenéutica de la sospecha; ver lo que el texto dice, lo que no dice, lo que muestra, lo que oculta y por qué, para buscar el potencial de liberación e igualdad oculto en el texto.

         Schüssler aclara que estos pasos no necesariamente han de aplicarse linealmente, sino como un proceso que ella denomina “la danza de la interpretación”: es decir, según se requiera para la mejor comprensión de tales escritos desde la visión feminista.

         Pues con esto damos por terminado este Ensayo. Muchas gracias por las atenciones que me dedicaron, mis queridos Cuatro Lectores y Medio, amigos lectores todos, a lo largo de la publicación del mismo. Es un tema que además de apasionante, tiene los elementos suficientes para escribir todo un tratado, que yo no quiero hacer. Espero entonces que alguien al leer estos apuntes míos, tenga el interés para la formulación de un estudio más amplio, más completo y profundo, como apoyo y en beneficio de la dignidad y de la justicia que hoy exigen las mujeres con todo derecho. Que así sea.

(Las citas bíblicas, del Catecismo de la Iglesia Católica y de los Papas están tomadas del portal www.vatican.va, de las pestañas correspondientes a “la Biblia”, “Catecismo de la Iglesia Católica”, y documentos de los Papas citados en el texto)

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