“El Samaritano” 2

Mucho han discutido los teólogos y los exégetas de todas las tendencias del Cristianismo sobre el significado alegórico de la parábola del Buen Samaritano, e independientemente de sus diferencias doctrinales, todos coinciden en encontrar en ellas los sentimientos más puros del ser humano: el amor, la compasión, la misericordia, “por el prójimo”. En estos Valores nos detendremos nosotros, pues no tenemos ni conocimientos ni facultades para hacerlo de otro modo.

Recordemos que el antecedente de esta parábola del Maestro Jesús fue la respuesta del “legista” Judío: “Amarás a Yahveh, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alama, con todas tus fuerzas, con toda tu mente” (Dt. 6; 5). Lo que sigue no está en ese texto, “y a tu prójimo como a ti mismo”, y no es creíble que lo añadiera un experto; pero es perfectamente compatible con la doctrina de Jesús y le da pie precisamente para esta parábola, pues el legista pregunta “¿y quién es mi prójimo?” Y Jesús suelta la excelente narración que comentamos.

El amor es una inclinación natural del ser humano. Nacemos con ella, pero nada más. A nadie se le puede creer que ame, si no lo demuestra. Y la demostración siempre será según el tamaño del amor, porque el amor acepta grados y expresiones particulares, según la forma de darlo a los padres, a los hijos, a los amigos, a los amantes, a los animales, a las cosas, al universo, y, desde luego, a la fuente misma del amor: tu Dios, como quiera le llames o lo concibas. “Ama, y lo demás se te dará por añadidura”, pues la confianza es paralela al amor.

La compasión es el dolor, dice el Budismo, por la ausencia del bien de todos los seres, de la felicidad, de la iluminación. Su etimología lo dice claramente: “Cum”, significa compañía, ir con, junto con; “passio”, pues que sea la pasión como la entendemos cotidianamente, lo que nos da: “padecer junto con”, compartir las pasiones que no nos hacen felices, pero con un sentido dinámico: acompañarnos para ser ciertamente felices, curar nuestros males, encontrar juntos el camino hacia la divinidad en la que creemos.

Y la misericordia. Propusimos antes que “no es lo mismo la misericordia que la lástima o la compasión. Para tratar de entender mejor la idea, recordemos que “míser” en latín significa mísero, desdichado, infeliz, relacionado, por tanto, con un padecimiento físico o espiritual, pero que afecta tanto que convierte a quien lo padece en un miserable, carente de toda dicha o felicidad. El otro componente de la palabra es “cor”, que significa corazón. Entonces, cuando un ser humano se siente inclinado por un fuerte sentimiento (nacido del corazón, del Amor pues) a remediar en su prójimo ese mal y lo que le ocasiona ser miserable, desdichado o infeliz, y lo hace, o al menos lo intenta, está siendo misericordioso”.

Así, el Samaritano encarna estos tres elevados sentimientos, estos tres grandes Valores Humanos, y lo demuestra con acciones muy concretas y perfectamente visibles: son la garantia de que no miente al expresar asi sus sentimientos por el prójimo.

¿Amor a Dios? ¿Amor a ti mismo? ¿Amor al prójimo? Sólo hay una manera de demostrarlo: acciones visibles, comprobables. Lo demás son palabras, que ojalá no fueran mentiras. Y para terminar veremos algo de lo que pasa cuando no somos como el Samaritano. Gracias por atenderme. Saludos y Bendiciones.

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