El Plan de Casamata

OBRA EN UN ACTO

de

Fernando López Alaníz

(Primer Acto de la Obra “Muerte Infame” del mismo autor)

Personajes:

General José Antonio Echávarri: Representante del Plan de Casamata.

General Pedro Celestino Negrete: representante de Agustín Iturbide.

Canónigo Matías Monteagudo: Representante de la Iglesia.

General Guadalupe Victoria: Insurgente.

La Conciencia.

Ciudad de Puebla, Febrero de 1823.

Nota: Hay Directores teatrales a quienes no gustan las acotaciones del autor, porque las sienten como una limitación para su creatividad, y tienen razón. Sin embargo, en mi caso, las mantengo con el fin de que tanto el Director, como los Actores y todos quienes forman parte del equipo para poner una obra en escena, tengan datos suficientes para conocer a los personajes, así como mis intenciones o los fines de la obra. Muchas gracias por atenderme. 

ACTO ÚNICO

        (Sala de una casa de Puebla. Muebles, cuadros, una sola entrada, licoreras, copas; una mesa y cuatro sillas.) 

ECHÁVARRI: (Entra, mira con altivez la habitación, suspira profundamente, y camina un poco.) 

NEGRETE: (Entrando) General Echávarri. 

ECHÁVARRI: General Negrete. (Se toman de los brazos con fuerza y gusto) ¿Nos sentamos? 

NEGRETE: Prefiero estar de pie… 

ECHÁVARRI: ¿Cansado del camino? 

NEGRETE: Más de lo acostumbrado, por las prisas y preocupaciones. 

ECHÁVARRI: ¿Algo para la sed?

NEGRETE: Eso sí. Gracias. ¿Cómo los ha recibido Puebla? 

ECHÁVARRI: No esperábamos tanto entusiasmo, y menos siendo el obispo contrario a nosotros. 

NEGRETE: Todavía no entiendo a la iglesia, o, mejor, no acabo de entender a sus dirigentes. 

ECHÁVARRI: A la verdad, yo tampoco. Todo parecía tan claro hace veinte años, y ahora todo tan revuelto y oscuro, y la más oscura es la iglesia; ya no entiendo sus motivos, ni sus acciones tan contradictorias, ni sus bendiciones o maldiciones… 

NEGRETE: ¿Nos entendemos nosotros? 

ECHÁVARRI: ¿Nosotros mismos, o usted y yo? 

NEGRETE: Estamos ahora en bandos opuestos, cuando siempre estuvimos lado a lado. 

ECHÁVARRI: El rey nos unía.

NEGRETE: Hoy debe unirnos don Agustín de Iturbide…

ECHÁVARRI: Pero nos contrapone. 

NEGRETE: ¿Realmente? 

ECHÁVARRI: Qué bueno que podemos hablar ahora, pues le puedo decir con franqueza que este criollo a quien decimos emperador no tiene ni remotamente la fuerza ni la grandeza de los monarcas europeos, Creo que nos equivocamos. Este reino volará en pedazos si no lo evitamos personas como usted y como yo. 

NEGRETE: Para evitarlo estamos aquí. ¿Acaso no tenemos derecho a rectificar? Si es así, primero tuvimos derecho a equivocarnos. 

ECHÁVARRI: Dígame, general, con toda sinceridad, ¿no ha sentido usted que pasado el entusiasmo del 27 de septiembre de 1821, el pueblo reaccionó y no acepta una nobleza criolla, y que después de las experiencias de unos nobles españoles que lo esclavizaron, desconfía y no soporta más “nobles”, y que a la corte de Agustín Primero no la ve legítima, y sí en cambio ridícula? 

NEGRETE: Me ha parecido así, ciertamente; pero no a los extremos que usted…

ECHÁVARRI: Esto sólo diré ante usted, y espero que lo reflexione: en un año y poco más Iturbide ha fracasado como emperador, y el pueblo no quiere saber nada de los reyes de España, a los que ha aprendido a mirar como a sus tiranos y causantes de todos sus males en tres siglos… ¿qué queda? La república.

NEGRETE: En Jalapa no pudimos hablar a solas, y ahora no tardan en llegar nuestros acompañantes. Dígame, Echávarri, haber formulado usted el Plan de Casamata con ese otro criollo Santa Anna, ¿No es como una traición al imperio? 

ECHÁVARRI: No atentamos contra la independencia, que ya es algo irreversible, ni contra don Agustín como emperador. Lo único que queremos es que se haga efectiva la promesa del emperador de fundar una monarquía constitucional. Un soberano como poder ejecutivo, moderado por un congreso del pueblo. Esto no es traición, es ayudar a alguien que ha perdido su fuerza a que la reponga, para bien de todos. 

NEGRETE: Estoy preocupado por esto de las traiciones, en verdad. Hay quienes dicen de mí que al apoyar a don Agustín en el Plan de Iguala, traicioné a mi rey… 

ECHÁVARRI: Sería mi caso y el de quince mil españoles que peleaban por España antes de septiembre de 1821. No, pienso que no. ¿A cuál rey? Don Carlos abdicó, don Fernando abdicó, Pepe Botella carecía de toda legitimidad. Vuelve Fernando Séptimo para acabar prisionero de los liberales… Así que ¿a cuál rey? 

NEGRETE: Finalmente y por principio somos españoles. 

ECHÁVARRI: Creo que dejamos de serlo cuando juramos obediencia a don Agustín Primero, emperador de México. 

NEGRETE: Volvemos a lo mismo. ¿Qué será entonces la república…? 

ECHÁVARRI: La posibilidad siguiente a una constitución…

MONTEAGUDO: (Entrando) Dios guarde a todos en esta casa, amigos muy queridos… (Se saludan con el afecto de viejos conocidos) Espero no ser inoportuno. Como sé que me esperan, entré sin más. 

NEGRETE: Estuve meditando en el camino una propuesta para ustedes dos, y el general Victoria. Si la aceptamos los tres, la prudencia de Victoria le dirá cómo acompañarnos. 

MONTEAGUDO: Usted dirá. 

ECHÁVARRI: A sus órdenes. 

NEGRETE: Antes de ponernos las dos delegaciones a la mesa y discutir, hablar nosotros como cabeza que somos de los  principales interesados en este asunto: la iglesia, el emperador, el Plan de Casamata, los viejos insurgentes que se han propuesto apoyarlo… Creo que es más fácil ponernos de acuerdo cuatro, aunque después necesitemos la aprobación de los demás.

VICTORIA: (Entrando) Si ellos aceptan, yo acepto. Señores, a sus órdenes. (Se saludan) Les ruego una disculpa. Los años que pasé en las selvas afinaron mis sentidos y aprendí a quedarme quieto más sintiendo por todos mis poros que viendo: eso sucedió al venir aquí, al escuchar en el corredor la voz del general Negrete, aunque dudo que otro cualquiera pudiera entender como yo. Pues bien, ustedes dirán: yo acepto.

MONTEAGUDO: De acuerdo: hablemos nosotros primero.

VICTORIA: Vengo sediento.

ECHÁVARRI: Adelante.

NEGRETE; ¿Desde cuándo llegó a Puebla?

MONTEAGUDO: Hace dos días.

ECHÁVARRI: ¿Y que le dice nuestro señor obispo?

MONTEAGUDO: Encontré que seguimos con muchas coincidencias: la verdad sólo es una y lo bueno sólo es bueno cuando es para todos.

ECHÁVARRI: ¿De veras? Qué interesante.

VICTORIA: ¿Nos sentamos?

(En los extremos quedan Monteagudo y Negrete, los otros dos frente al público)

NEGRETE: Como saben ustedes, la Junta Instituyente está elaborando la convocatoria para reunir un nuevo congreso constituyente, mediante fórmulas más precisas, de modo que efectivamente estén representados todos los súbditos del imperio. El emperador manifiesta a ustedes que la Junta tiene el conocimiento, la sabiduría y la legalidad para emitir la convocatoria.

ECHÁVARRI: En cambio nosotros pensamos que no. La Junta no tiene legalidad alguna.

VICTORIA: Tampoco la tendría un nuevo congreso.

NEGRETE: El emperador propone a ustedes que esperemos todos a que se reúna el nuevo congreso, y de acuerdo a los resultados tendrá vigencia o no el Plan de Casamata.

ECHÁVARRI: ¿Por qué no aceptamos un nuevo congreso? Este es el punto.

VICTORIA: ¿O por qué no es posible hacernos cómplices de un engaño? Esto es de honor, y ustedes, hombres de un ejército profesional, usted, monseñor, saben lo que significa el honor.

NEGRETE: No le entiendo, general; usted dispense.

VICTORIA: Los insurgentes apoyamos el Plan de Iguala porque daba por terminada la dependencia de la Nueva España de la vieja España, para que naciera esto que llamamos México, o imperio mexicano. Jamás lo hicimos para quitar un mal gobierno para caer en otro peor. El haber disuelto Iturbide el congreso es un acto aberrante, propio de un tirano, y nosotros no peleamos para que nos gobierne ningún dictador, local o fuereño; no, jamás.

NEGRETE: El congreso no hizo nada en ocho meses, excepto trabajar contra el emperador.

VICTORIA: Trabajar para no dejarse imponer los caprichos de un tirano, y usted lo sabe, general Negrete: ¿O quiere que le enliste los caprichos y los intereses que Iturbide trató de imponer al congreso?

         (Pausa)

ECHÁVARRI: General Negrete, no puede haber nuevo congreso solamente porque al emperador no le acomodó el primero. La Junta Instituyente no representa nada ni a nadie; es otro capricho del emperador. Y si forma un nuevo congreso no lo reconoceremos nosotros, ni nadie. El que tomó posesión fue electo por el pueblo, bien o mal, pero electo de acuerdo la Plan de iguala que todos, todos aceptamos y juramos cumplir.

NEGRETE: No vaya a resultar entonces que el emperador es el traidor.

         (Pausa tensa)

ECHÁVARRI: No resultará nada malo o equivocado para nadie si el emperador restituye el congreso original. Todo volverá a la normalidad y entonces se tomarán las medidas pertinentes para todos.

MONTEAGUDO: ¿Por qué tuvieron miedo de llamar al coronel Iturbide traidor? ¿O de considerarse traidores ustedes, y quizás incluido yo? Yo digo que ciertamente lo es. No digo que los hombres y mujeres que le dimos nuestra confianza en La Profesa, y lo recomendamos ante el virrey Apodaca, nos haya traicionado, no; pero sí afirmo que nos engañó y resultó de todo algo que no esperábamos. Por favor, señores, ¿de dónde puede resultar un emperador? No del engaño. ¿De dónde puede surgir una nueva dinastía? No del adulterio. (Se levanta) Esto es el resultado de la pérdida de los valores que hicieron grande a España: el amor, el respeto, la obediencia al rey y a la Santa Sede Apostólica. 

ECHÁVARRI: Nadie ha levantado una sola voz contra el Santo Padre

MONTEAGUDO: La santa religión manda obedecer al rey, pues su autoridad viene de Dios, y aquí no he oído nada con respecto al rey, nuestro natural señor. Oigo hablar de un emperador que nos inventamos todos por mientras viniera don Fernando o cualquiera de la casa reinante de España. ¿Agustín “de” Iturbide? ¿De dónde le sale a este criollo el “de”? No digo que sea un villano, pero ciertamente la nobleza no se la veo por ningún lado.

ECHÁVARRI: ¿Entonces por qué concederle una corona? Todos sabemos cómo usted y sus amigos de La Profesa le dieron cuanto apoyó necesitó ante el virrey Apodaca y antes los obispos de todo el imperio. Además, con usted se confesó no en uno sino en cientos de ejercicios espirituales, y se le escuchaba rezar el rosario a grandes voces, ¿no es así? ¿Por eso le confió usted algo tan enorme como un imperio?

VICTORIA: (Levantándose) ¿Es eso cierto, lo de los rezos a gritos…? ¿Es cierto también que la primera persona que lo propuso para Comandante General del Sur fue la señora Ignacia Rodríguez…? ¡Pero si todos sabían de sus desmanes en El Bajío, y de sus ligerezas con la señora Rodríguez, ¿cómo se atrevieron? ¿O eso querían, persecuciones sin piedad en el sur como en El Bajío, sin hacer diferencias entre hombres armados y mujeres inocentes, ancianos o niños? 

NEGRETE: Le ruego no exaltarse, general, porque su prudencia podría faltar a una entrevista tan importante como ésta.

VICTORIA: Le ruego ser prudente, general Negrete, porque bien podría también recordar sus acciones en Pátzcuaro, enviando al paredón a mujeres tan dignas como las señoras Gertrudis Bocanegra y María Luisa Martínez.

ECHÁVARRI: (Levantándose) Creo que ha sido una tónica para entendernos los viejos soldados del rey y los viejos insurgentes el no hacernos reclamaciones por penosas acciones que las circunstancias nos hicieron vivir, en uno y otro bando… Les ruego que mantengamos este acuerdo no escrito… Tenemos que construir el futuro de un imperio, no destruirnos entre nosotros.

VICTORIA: Gracias por recordarlo, sobre todo porque viene usted, mi antiguo enemigo y hoy mi aliado muy respetado. Por favor, haga de cuenta que no he dicho nada, general Negrete…

NEGRETE: Creo no habrá quien esté exento de culpas después de más de diez años de una guerra que para todos fue cruel; me parece que debemos evitar que suceda de nuevo. Y unirnos alrededor del emperador, como estábamos en septiembre de 1821, será lo mejor para nosotros y el bien del imperio.

MONTEAGUDO: He platicado con muchos de quienes mantuvimos la presencia de los intereses del rey en la Nueva España durante los años difíciles de la insurgencia. No es un reclamo para usted, general Victoria, por favor. Es que nunca pensamos siquiera que todo eso desembocaría en un emperador con pies de barro, que ha comprometido todos nuestros esfuerzos.

NEGRETE: Sin embargo, usted lo acompañó con júbilo el 27 de septiembre.

MONTEAGUDO: Lo mismo que ustedes.

NEGRETE: Lo mismo.

MONTEAGUDO: (Levantándose) E igualmente engañados. ¿Qué decía ese maldito Plan de Iguala, que no era nuestro plan, sino uno modificado por el licenciado Monteros…?

VICTORIA: ¿Qué dice usted? ¿Quién redactó el Plan de Iguala?

MONTEAGUDO: Se entiende que no esté usted enterado de este lío, alejado como anduvo en aquellas selvas. Para su información y mejor comprensión, le comento rápidamente que en La Profesa le encomendamos la redacción del plan a uno de nuestros amigos, el licenciado Zozaya, quien no supo o no pudo cumplir, y entonces la señora Rodríguez se lo encargó al licenciado Juan José de los Monteros. Ese plan lo conocimos todos después de que el coronel Iturbide lo aprobó y publicó en Iguala. Pero ¿realmente importa quién lo redactó? Fue el que aprobamos y muchos de nosotros juramos, es lo que importa.

ECHÁVARRI: Y sus principios y la vigencia de sus ofrecimientos es lo que nos tiene aquí reunidos. 

MONTEAGUDO: ¿Qué decía? Que estas provincias no reconocían en España ninguna autoridad que no fuera la del rey, puesto por Dios para gobernarnos, y que si su majestad Fernando VII no podía regirnos desde España por la impiedad de los malos españoles, que este reino se guardaría para él o para su Casa de Borbón. ¿Dónde se habla de emperadores criollos?

NEGRETE: En los Tratados de Córdoba: “en caso de que el rey Fernando VII o algún miembro de su familia no aceptasen venir a México, las Cortes del Imperio Mexicano quedarán en libertad para designar un sustituto. 

ECHÁVARRI: Pero resulta  que España desconoció el Tratado de Córdoba, así nomás.

MONTEAGUDO: Y entonces seguimos con la obediencia a España.

ECHÁVARRI: Y entonces elegimos a un sustituto. Pero antes debimos elegir diputados a las cortes, o diputados a un congreso que nos diera una constitución, no para que el sustituto convertido en emperador se enemistara con el congreso, encarcelara diputados, y acabara disolviéndolo a punta de ballonetas.

MONTEAGUDO: Desconocido el tratado por una de las partes, no hay tratado, dígase lo que diga. Señores, todo esto no es más que una farsa.

VICTORIA: No lo es, monseñor, afortunadamente no lo es: toda dependencia de España ha quedado rota por siempre jamás.

MONTEAGUDO: El Santo Padre no bendice esa ruptura, sino el demonio, que ha puesto a todos ustedes en el caso de no obedecer a la santa religión, y de caer en la violencia de unos contra otros, signo evidente de Satanás.

VICTORIA: ¿Qué realmente nos quiere decir, monseñor? Ya entiendo que nos desaprueba, nos han desaprobado desde el principio los obispos; pero dígame francamente, ¿aprueba o desaprueba a Iturbide, a quien llamó coronel y no emperador?

MONTEAGUDO: Lo desapruebo totalmente; pero si yo no recibo aquí pruebas ciertas de que la religión no será atacada, de que sus ministros serán respetados, de que los bienes de la iglesia y de los conventos no serán tocados…

VICTORIA: ¿Ésta petición tan violenta significa que Itubide le ha dado ya esas garantías?

MONTEAGUDO: Absoluta y muy ampliamente.

ECHÁVARRI: ¿Qué le hace suponer que nosotros se las negaremos?

MONTEAGUDO: Sólo estoy planteando el asunto…

ECHÁVARRI:  Tengo que reconocer que desde el licenciado Rayón, y el jefe insurgente Morelos, se ha planteado que la religión Católica tiene todas las garantías de ser la única, sin tolerancia de otra cualquiera, y esto no ha variado ni variará con el Plan de Casamata.

MONTEAGUDO: Ya he visto que no hay punto de acuerdo en cuanto al congreso disuelto, ni a la posibilidad de uno nuevo, por eso tampoco puedo esperar que…

VICTORIA: Disculpe, pero creo que no me gustará lo que va a decir. Por eso, y esperando equivocarme, permítame decirle que cuando me pidieron opinión sobre su presencia aquí, respondí que no tendría inconveniente, si nos ayuda a tener las simpatías del clero para nuestra causa. ¿Las tenemos…?

MONTEAGUDO: Hasta ahora es mi parecer que sí.

ECHÁVARRI: Hasta ahora…

VICTORIA: ¿Podemos esperar que el terminar esta plática, usted buscará hablar en nuestro favor con el obispo de Puebla?

MONTEAGUDO: No veo inconveniente en presentarlos como bien intencionados…

ECHÁVARRI: Monseñor, permítame decirle que la experiencia de diez años de guerra ha aguzado nuestros sentidos, y que vemos que viene preparado para seguir su viaje a España.

MONTEAGUDO: Enviaré mis cartas al coronel Iturbide después de hablar con su eminencia el señor obispo de Puebla. Sin embargo, veo que ahora se desconfía de mi… ¿Usted no dice nada, general Negrete?

NEGRETE: (Levantándose) Nos está diciendo con demasiada claridad que no tendremos ningún entendimiento con usted, ni los representantes del emperador con los generales del Plan de Casamata, ni…

MONTEAGUDO: Estamos enfrentando muchas dificultades…

NEGRETE: Y que yo fracasaré en mi empeño.

MONTEAGUDO: ¿Cómo es posible que dos amigos estén en bandos opuestos? ¿Cómo que dos españoles se confronten en una colonia por asuntos que corresponde resolver a la corona española? ¿Cómo comprender que ustedes sean amigos de los insurgentes, o siquiera negocien con ellos? ¿Y que todos estemos aquí por un coronel de milicias, que un día amaneció emperador sin que nadie supiera por qué?

VICTORIA: ¿Se despidió usted de don Agustín?

MONTEAGUDO: Sí, desde luego.

VICTORIA: Después de todos los favores que usted le hizo para que un día amaneciera emperador, ¿ni siquiera le pidió que se quedara con él, para ayudarle?

MONTEAGUDO: ciertamente lo hizo…

NEGRETE: Déjeme adivinar sus palabras: “talentos como el suyo son necesarios para el imperio que nace”.

MONTEAGUDO: Más o menos. Les diré algo, y tómenlo por favor con toda seriedad. Si esto resulta como está creciendo, don Agustín no tendrá buen fin. Él me dijo que necesitaba “cabezas” como la mía, y yo le respondí que tuviera cuidado, no fuera su cabeza la primera en caer en esta mascarada, Y, por lo visto, no ha tenido cuidado.

NEGRETE: Mal presagio.

VICTORIA: Buen presagio.

ECHÁVARRI: Tenga usted  muy claro que hemos dado todas las garantías para la persona del emperador, y de su familia.

VICTORIA: Garantía que validamos todos los viejos insurgentes.

 MONTEAGUDO: Para cortarle a alguien la cabeza no sólo se necesita el hacha, o ese instrumento de horror y asesinato inventado por los franceses últimamente: la guillotina.

NEGRETE: De sus palabras hay algo que me preocupa. Necesito conocer algunos datos que quizás ignore por los ajetreos de la ciudad de México y por dos días de camino. Generales Echávarri y Victoria, ¿cuáles son las posiciones de su tropas?

ECHÁVARRI: Podemos asaltar la ciudad de México desde oriente, occidente y el sur, es cuanto puedo decirle.

VICTORIA: Más le importará saber que excepto Chiapas y la antigua Capitanía de Guatemala, todas las demás provincias apoyan nuestro Plan.

NEGRETE: Monseñor, nosotros tres somos españoles y nuestra actitud puede ser interpretada de muy diferentes maneras. El que usted se aleje del emperador después de haber hecho mucho más que cualquiera para entronizarlo, es una actitud a interpretar…

MONTEAGUDO: No me importa como me juzguen hoy ni nunca, ni ustedes ni dentro de mil años: obro conforme a las circunstancias y mi conciencia.

VICTORIA: Yo también.

NEGRETE: ¿Acaso nosotros no?

ECHÁVARRI: ¿Conciencia? ¿De qué conciencia estamos hablando? 

CONCIENCIA: (Entrando) Dígame, monseñor, en estos días de confusión, ¿cuál puede ser la conciencia de un soldado español? Echávarri y Negrete fueron primero soldados del rey, y mataron insurgentes con la  aprobación de la Santa Iglesia, ¡de la santa iglesia que bendecía sus armas para que mataran con mayor precisión!, ¿no es así monseñor?

MONTEAGUDO: No, no es así, sino para defensa de la paz y del más benéfico de los reyes, prisionero de extranjeros y de poderes malignos.

CONCIENCIA: ¿Y si se lo preguntamos a las viudas y huérfanos que dejaron en el Bajío y en la Tierra Caliente, y en el norte y en todas partes…? Soldados españoles que de un día para otro han jurado lealtad a un dizque emperador Agustín Primero, y a ser compañeros de los insurgentes que antes persiguieron. 

NEGRETE: Fuimos arrastrados por las circunstancias 

CONCIENCIA: Y ahora resulta que son nuevas circunstancias las traiciones y actos de tiranía de este Agustín Primero, por lo que unos y tros avanzan hombro con hombro contra la ciudad de México, pero ahora sin la bendición  de la Santa Iglesia

ECHÁVARRI: Para exigir al emperador el cumplimiento de una promesa, de una palabra que supusimos de honor, y lo hacemos por nuestro propio honor.

CONCIENCIA: ¿Cuál conciencia?

MONTEAGUDO: Si saliendo del fuego hemos caído en las brazas, ¿Alguien piensa que yo debería unirme al Plan de Casamata, para caer en qué?

ECHÁVARRI: Hay quien piensa que sí, desde luego.

VICTORIA: Hay quien piensa que no. Las interpretaciones de que hablaba el general Negrete no son sólo de quienes observan desde afuera, también de quienes actúamos desde adentro.

CONCIENCIA: Con o sin Planes o Tratados, ustedes combatieron con las armas y con la religión contra los insurgentes que no peleaban contra la religión, al mismo tiempo que llegaron a comprender la justicia de la causa insurgente; pero acabaron jurando lealtad a un inferior a ustedes, a un coronel de milicas.

ECHÁVARRI: Gracias a usted, monseñor Monteagudo, al Inquisidor Casiano de Chavarri, y al Auditor de Guerra señor Bataller… 

VICTORIA: Los mismos que condenaron al Gran Morelos… 

ECHÁVARRI: Gracias ellos y a usted contamos con Iturbide. Ninguno le confiábamos, pero ya nos era necesario a todos.

CONCIENCIA: ¿De cuál conciencia estamos hablando, en esta feria de traiciones y de esperanzas por fidelidades que no llegan? 

VICTORIA: Ahora entiendo un poco más al general Luis de Cortázar… Recibe como un honor la orden de disolver el congreso que se “ha opuesto” al emperador; pero no queda a gusto, no se siente bien. Su conciencia le dice que algo no está bien. ¿Fue él, o quién fue el desafortunado que encarceló a los diputados opositores a los caprichos de Iturbide?

CONCIENCIA: La disolución del Congreso es un acto que atenta contra toda honradez y congruencia, y contra toda esperanza. El pueblo se espanta ahora por la prohibición de reuniones en la calle, por espías que vigilan y reportan a los ciudadanos honrados, por la persecución a las gacetas de noticias, por la moneda que no vale nada. En medio de todo este desorden ¿dónde queda alguna conciencia? 

MONTEAGUDO: Es curioso que se hable así de la conciencia…

ECHÁVARRI: ¿Por qué? ¿Acaso sólo usted puede hacerlo? Los militares también somos seres humanos y algo sabemos de los hechos de los hombres y de sus motivaciones, según eso que usted ha llamado circunstancias.

NEGRETE: ¿Por qué no termina lo que quiere decirnos del general Cortázar?

VICTORIA: Supe que cuando Crtázar llegó a Veracruz, el brigadier Francisco Lemaur le envió un mensaje desde San Juan de Ulua proponiéndole “unir nuestras fuerzas y utilizar Veracruz como cabeza de playa para reconquistar la Nueva España”. Cortázar se negó. Usted, general Echávarri, ¿no recibió ninguna invitación parecida?

ECHÁVARRI: No; ni sé si lo intentaron.

CONCIENCIA; Pero sí se ha visto usted en una situación muy ambigua, porque usted se unió con los generales Santa Anna y Victoria en el Plan de Casamata, lo que significa abandonar a España y a Iturbide, a quienes juró lealtad antes. Díganos, monseñor, ¿la conciencia es tan acomodaticia como variantes las circunstancias?

MONTEAGUDO: Todo esto se hubiera evitado si todos ustedes hubieran permanecido fieles al rey.

NEGRETE: Ah, no, monseñor. Usted desencadenó todo esto cuando los liberales españoles con el general Riego a la cabeza le impusieron a Fernando VII la constitución liberal de Cádiz. Usted y sus obispos y sus abades, todos españoles como nosotros, le presentaron al virrey Apodaca el Plan de La Profesa para hacer de la Nueva España un reino independiente, y salvar así a la Santa Religión y a la Santa Inquisición. Iturbide es hechura de ustedes, ¿por qué no le responde al general Echávarri? ¿Por qué abandona ahora a “Su Majestad Agustín Primero”, su hechura? Nosotros estamos en esas situaciones encontradas porque usted, y Bataller y sus conjurados de La Profesa empezaron todo.

MONTEAGUDO: Nuestras intenciones eran buenas para la causa de Dios y del rey.

ECHÁVARRI: ¿Luego entonces las nuestras son malas y perversas, a pesar de cuanto hemos tratado de hacerle ver?

CONCIENCIA: Me está pareciendo que no quiere enfrentar su propia conciencia.

MONTEAGUDO: De ningún modo es eso. Nosotros quisimos salvar la Nueva España para el rey Católico Fernando, no para un criollo ambicioso.

VICTORIA: ¿Por qué no lo reconoce así públicamente, monseñor?

MONTEAGUDO: Porque es mi parecer, no el de la iglesia que está representada por los obispos, como el de aquí, de Puebla, que es contario a cuanto se ha hablado en esta reunión, y podrían malinterpretarse mis palabras. 

VICTORIA: ¿Entonces usted no apoya a Iturbide ni como emperador ni como tirano, pero la Iglesia sí?

MONTEAGUDO: ¿Ve lo que digo? Usted tergiversa mis palabras.

VICTORIA: Vamos a evitarlo. ¿Por qué no reconoce que a usted, personalmente a Matías Monteagudo, Iturbide lo traicionó; no a la iglesia ni al virrey Apodaca, ni a estos señores, sino a usted?

MONTEAGUDO: Aunque su tono es calmado se adivina su enojo, y siento que me insulta.

CONCIENCIA: Responda conforme a su conciencia, no conforme a sus simpatías.

MONTEAGUDO: Ciertamente esta conversación no tiene los mejores argumentos para que yo deje cartas de recomendación a favor de ustedes ante los obispos y el emperador.

VICTORIA: Yo hablo por mí y por los insurgentes que hemos dado nuestras vidas y nuestros bienes por la felicidad de este México que nace: ya puede usted irse sin dejar ningún documento, ninguno.

CONCIENCIA: ¿Qué opinan ustedes?

ECHÁVARRI: Nosotros lamentamos que así se presenten las cosas.

NEGRETE: Si usted ya se ha despedido del emperador y lo ha amenazado con que será su cabeza la primera en caer, ¿qué puedo agregar yo….?

VICTORIA: Por si no lo sabe el coronel Iturbide, en su informe, Monseñor, agregue que los generales Vicente Guerrero y Nicolás Bravo se han unido al Plan de Casamata, y no se detendrán hasta que el congreso sea repuesto.

MONTEAGUDO: Otros dos que escaparon al juicio de los hombres.

CONCIENCIA: ¿Los querías en el paredón? Pero no escaparon al juicio de la iglesia: otros dos excomulgados: no lo calle, monseñor.

VICTORIA: Hemos visto morir a los grandes héroes, ignorados por Iturbide, quien los persigue aún después de muertos. A Hidalgo y Morelos, a los sin par Allende, Jiménez, Abasolo, Aldama, a don Nicolás Bravo y a los hermanos Galeana. Moriremos nosotros excomulgados por las conveniencias humanas, pero el Dios de la Naciones ha hecho nacer de esa sangre a México, y lo sostendrá porque no necesita de los intereses de los hombres para bendecirnos. Por mi parte puede irse, monseñor, y ya no califique a Iturbide de traidor en privado, si no se atreve a sostenerlo en público.

CONCIENCIA: Falta usted, general Echávarri.

ECHÁVARRI: Le agradeceré que antes de salir para Veracruz de alguna manera le haga ver al obispo de esta Puebla de los Ángeles, excelentísimo señor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, que al ejército que sostiene el Plan de Casamata no le gustaría faltar al respeto que su investidura merece, y que a nuestro seguro triunfo tampoco responderemos por los 25 mil pesos que le dio a don Agustín para su aventura imperial.

CONCIENCIA: General Negrete…

NEGRETE: Dios le acompañe hasta su destino, monseñor.

CONCIENCIA: Me voy, pero ante la dureza de su corazón y el dolor de sus intereses, le dejo una última oportunidad, señor canónigo. (Sale mientras habla)

MONTEAGUDO: Don Celestino, usted es considerado el hombre más fuerte del imperio, después de Iturbide. Usted es el confidente del emperador, su hombre de confianza, por favor, no permita que se desintegre el imperio, que es la única esperanza que nos queda a todos, aquí y en ultramar… Señores, con su permiso (Sale muy digno)

VICTORIA: Volvamos a lo nuestro si les parece…

            (Toman sus lugares anteriores)

VICTORIA: General Negrete, a nombre de los insurgentes que peleamos desde 1810 le quiero dejar en claro que no aceptaremos un congreso al gusto del coronel Iturbide; se repone el electo por los electores de las provincias, y que fue instalado el 24 de febrero de 1822, o no hay arreglo posible…

ECHÁVARRI: Ofrecemos todas las garantías para la persona del emperador y de su familia, y si restituye el congreso continuaremos los arreglos hasta donde sea necesario para la felicidad de México.

NEGRETE: ¿De plano rechazan todo arreglo sobre la base de convocar un nuevo congreso?

VICTORIA: Totalmente.

ECHÁVARRI: Absolutamente. Y quede bien claro que consideramos ilegal en todo sentido a la Junta Instituyente, de la que usted forma parte. Y como ilegal no puede convocar a elecciones.

VICTORIA: Sólo para su conocimiento, general Negrete, en unos días más el ejército de sur aparecerá en campaña, y los nombres solos de Guerrero y de Nicolás Bravo harán que el sur arda.

ECHÁVARRI: (Levantándose) Daremos un tiempo prudente para que informe al emperador (se levantan todos) y según el sentido de la respuesta, o si no la hay, avanzaremos sobre México en guerra o en paz.

NEGRETE: Muy claro todo, y confío en que igualmente clara sea nuestra postura.

VICTORIA: Es muy clara.

ECHÁVARRI: Ninguna duda de nuestra parte.

NEGRETE: Pues vayamos con nuestras delegaciones, expongamos lo que hemos tratado aquí y, si les parece, nos reuniremos después todos para formalizar nuestras decisiones.

CONCIENCIA: (Entra y permanece alejada)

ECHÁVARRI: Esta bien. No nos despedimos entonces.

VICTORIA: ¿Se queda usted aquí?

NEGRETE: Sí. He de revisar un documento reservado.

            (Victoria y Echávarri hacen una reverencia militar a Negrete y salen. Negrete saca un documento del bolsillo interior, lo examina y lee en voz alta. Mientras Conciencia se acerca poco a poco a él, hasta quedar casi a su lado)

NEGRETE: “Ciudadanos del Imperio: habiendo terminado la comisión que el emperador me encargó en la ciudad de Puebla, y después de informarle puntualmente, he presentado mi renuncia a todos mis deberes oficiales para convertirme en un ciudadano privado. Hago pública mi simpatía por el Plan de Casa Mata, pues aún como ciudadano no puedo permanecer neutral sin cometer traición a la sociedad de la que formo parte. Apoyo sin reservas la libertad civil, la cual sin embargo no puede existir sin un congreso que la establezca y garantice. Siempre he sido un paladín de los derechos de esta nación, y prefiero morir a dejarla encadenada y abandonar a mis hijos a la esclavitud. Pedro Celestino Negrete”.

Fin de la Obra

Triunvirato del Poder Ejecutivo provisional 1823-1824: Generales Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo y Pedro Celestino Negrete.

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