El Guerrero del Sur, «Emiliano Zapata»

El Guerrero del Sur, «Emiliano Zapata»

EL GUERRERO DEL SUR, “Emiiano Zapata”. Fernando López Alaniz. ADVERTENCIAS: La representación de los personajes responde a todos los estereotipos, tanto en sus modos de ser externos, como en sus formas internas. Así los jóvenes serán levantiscos y orgullosos, mientras los viejos mesurados y humildes, y las mujeres resignadas y sufridas, aunque no exentas de coquetería y una fuerza interna profunda y constante.

Emiliano y Eufemio en el Acto I vestirán siempre traje charro, negro con botonadura de plata y sombrero ancho. En general todos los personajes del Acto I vestirán limpios, muy arreglados y según su condición: los profesores tirando a catrines, sin sombrero y bien peinados; las mujeres con faldas largas, de trenzas y chongos muy lucidoras, con rebozos en los bailes; los hombres de camisa y calzón de manta blanca y sombrero ancho, algunos fajados con faja roja, otros con las camisas de fuera; hombres y mujeres del pueblo con huaraches. En este Acto las armas aparecen hasta la escena 14)

En cambio en el Acto II desde el principio andan todos armados, polvorientos, sucios, hambrientos. Sólo en los rostros y en las miradas resplandecen la decisión y el coraje, el desprecio a la muerte. E igualmente, todos los personajes responderán a los estereotipos de la Revolución Mexicana, por dentro y por fuera, desde los elegantes presidentes, hasta el más pobre campesino y el soldado. Cananas cruzadas, rebozos terciados, estampitas de las Virgen de Guadalupe (indispensables)  en los sombreros de palma y en el pecho, carabinas 30-30 y 30-06; los militares de rango con todas sus insignias, muy bien vestidos siempre, dignos y crueles, lo mismo que los soldados, además de disciplinados y efectivos.

Las tres Señoras y Caminante nunca son nombrados así en los parlamentos, por lo que el vestuario ayudará a comprender su significación. Las tres vestirán a la usanza de las antiguas mujeres nahoas, y mejor toltecas que aztecas. Señora Movimiento en colores rojos, la Señora Adivinación en colores azules, la Señora del Color en amarillos y verdes. Caminante todo de blanco. Los cuatro se adornan con diademas de tela de los mismos colores.

 

 

PERSONAJES:

 

Señora Movimiento                                               

Señora del Color

Señora Adivinación

Caminante

Emiliano Zapata           

Profr. Emilio Vara

Pablo Torres Burgos

Otilio Montaño

José Merino

Carmen Quintero

Eugenio Pérez

Andrés Montes

Eufemio Zapata

Francisco Franco

José Robles

Guardián

Administrador

Hombres 1,2 y 3

Mujeres 1,2 y 3

Mensajero

Josefa

Guardias Rurales

Ejército Federal

Ejército Zapatista

Clarín de órdenes

Coronel Guajardo

 

Estado de Morelos, México, 1910-1919

 

 

ACTO  I

 

Escena  1:

(Señora del Color y Adivinación sentadas cerca del río, en la playita, entre ambas un bracerillo quema copal)

MOVIMIENTO: (Sale caminando lentamente de la casa. Trae en la mano izquierda un bulto, que se supone es la placenta, teñido apenas de sangre) Ha nacido, pero nadie se atreva a decir que su madre es mujer. Ha nacido porque la tierra ha parido un hijo que la redima. Llora de placer la tierra y quiere que su hijo la recuerde siempre. Ellos son uno. Los siglos pronunciarán sus nombres siempre unidos.

SEÑORA DEL COLOR: Del cielo llueven leves y frescas gotas de rocío, que mojan nuestro pelo y empapan la negra tierra. No hay nubes. No amenaza tormenta a los lejos. Y el rocío lentamente humedece las hojas y las flores, el pasto y las piedras. Un suave rocío vespertino que canta en silencio el nacimiento de este niño. El agua lo bendice.

ADIVINACION: Devolvamos a la tierra lo que la tierra dio. Vengan, hermanas, enterremos el vehículo sagrado en que llegó el guerrero. Acá, cerca del agua. En esta playa del río que culebrea como la sabia serpiente. Anenecuilco, ahora tu nombre será sagrado y cuidarás del pueblo hasta que el agua deje de humedecer tu cauce: entonces la gente llorará queriendo con sus lágrimas suplir la falta de agua, pero será en vano, porque se habrán ido en la maldad las enseñanzas que ahora por última vez la tierra y el agua dan a los hombres ignorantes. Hermanas, vengan conmigo a esta playa. Aquí, donde se unen la húmeda arena y la tierra húmeda. (Señala un círculo del tamaño del bulto) Vengan a cavar. Haremos un hoyo que todos querrán conocer, pero que nadie encontrará jamás.

SEÑORA MOVIMIENTO: (Coloca el bulto donde ha señalado por Señora Adivinación. Señala tres círculos con el copal y lo deja a un lado)

 

(Las tres toman lugares de manera que evidentemente forman un triángulo que cubre al bulto, y se balancean lentamente, al mismo ritmo)

SEÑORA MOVIMIENTO: Recibe, madre tierra, la ofrenda que hacemos de tu hijo.

SEÑORA DEL COLOR: Agua del cielo, agua del río, riega, cubre al hijo nuestro. Que crezca con tu alimento.

SEÑORA MOVIMIENTO: Aire, viento, dale tu aliento. Dale quietud, dale tormenta.

CAMINANTE: (Aparece)

ADIVINACION: La tierra ha parido un guerrero, ¿cómo puede ser? Las aguas bendicen a quien la muerte seguirá pegada a sus talones, ¿cómo puede ser? ¿De dónde viene el niño que llora en esa casa, desamparado como otro niño cualquiera?

CAMINANTE: Es hijo del sol.

SEÑORA MOVIMIENTO: Unión santa.

SEÑORA DEL COLOR: Maridaje noble en verdad.

ADIVINACION: Los siglos midieron esta gestación.

CAMINANTE: Bendigan al hijo del sol, mujeres que asistieron a su nacimiento. Más allá de nuestra muerte, y de la muerte que en círculos de sangre acompañará su vida de guerrero, brillará en el sur como otro lucero que se mira de noche y de día. Brillará de blanco, brillará de rojo, brillará de azul, brillará dorado. Brillará y su nombre no perecerá mientras estos valles y montañas, estos vientos y rocíos permanezcan.

LAS 3 SEÑORAS: (Sin romper el ritmo, caminan lentas y solemnes alrededor del bulto blanco. Dan tres vueltas. Murmuran una tonada, suave, linda y monótona. Callan y se detienen)

CAMINANTE: Recibe la tierra esa ofrenda primera, y se levanta el ángel tutelar de Anenecuilco, Miguel, el Guerrero de Dios. San Miguel Anenecuilco aceptará o no el destino que en el viento se dibuja, ya se verá. Y todo habrá de cumplirse.

LAS 3 SEÑORAS: ¡Así sea!

(Sale el Caminante. Con mucho cuidado y amor las Señoras escarban y entierran el bulto)

(Oscuridad paulatina.)

 

 

Escena   2:

(Escuela de Emiliano cuando era niño. Ahora es adulto, pero habla con su maestro como si fuera su alumno)

EMILIANO: Maestro, yo quiero saber.

PROFESOR EMILIO VARA: Por eso el señor Hidalgo y el señor Morelos se apoyaron en el pueblo. Pero no, digo mal, hijo mío, ellos eran del pueblo. El pueblo los parió después de formarlos en sus entrañas. El pueblo los reconoció y los siguió; por eso se ganó la guerra de independencia.

EMILIANO: Oí decir que la ganó el emperador Iturbide.

VARA: Ese fue nuestro grande mal. Don Vicente Guerrero cometió dos errores: no morirse antes y creer en Iturbide, su enemigo de siempre.

EMILIANO: En el discurso de la plaza de Cuautla, el hombre que hablaba le llamó “El Consumador” de la independencia.

VARA: No te dejes engañar, y atiende al origen de todo lo legal, el pueblo.

EMILIANO: El emperador Iturbide ¿no era del pueblo?

VARA: Claro que no. Él representaba los intereses de los gachupines y del clero español. Por eso cuando llegó al poder despreció a los insurgentes. Dicen que don Vicente Guerrero lloró por haberle creído. Iturbide usurpó el poder y enseñó a los mexicanos el camino del cuartelazo y de la mentira para gobernar. Y sobre todo enseñó a los ladrones que llegan al poder, que comprometer al país con préstamos extranjeros se puede hacer, y él nos dejó endeudados con un país llamado Inglaterra, lo que fue origen de grandes males.

EMILIANO: ¿Cómo cuáles grandes males, señor profesor?

VARA: Hemos vivido siempre endeudados, y por eso nos hicieron la guerra los franceses, de 1862 al 66, con ese otro emperador espurio Maximiliano de Habsburgo.

EMILIANO: Ahora que me acuerdo, si es lo que me platica mi tío José, que el peleó contra los franceses. Y mi tío José me ha prometido enseñarme a usar las armas, pues dice que debo aprender porque las voy a necesitar.

VARA: Ni creas que lo dudo. ¿No te han hablado de tu otro tío Cristino?

EMILIANO: Sí. Me han dicho que también fue a pelear con los gringos, y contra los conservadores.

VARA: Fueron tiempos muy difíciles para nuestra patria, Emiliano. Los gringos se llevaron la mitad de nuestro territorio como ganancia de la guerra que perdimos nosotros por nuestras divisiones, y que ganaron ellos. Y luego los conservadores perdieron la guerra de Reforma y se fueron a Europa a traer un príncipe güero y otra guerra donde perdieron su vida y sus bienes muchos buenos y muy republicanos mexicanos. Algún día te hablaré de los Chinacos, esos guerrilleros que le hicieron frente a los franceses y a los austríacos y a los belgas.

EMILIANO: Dice mi tío José que el mal llamado emperador Maximiliano, que trajeron los franceses y los conservadores, murió fusilado porque lo traicionaron sus amigos franceses, y que los conservadores casi acaban siendo sus enemigos. Mi tío José admira mucho al señor Juárez.

VARA: Murieron los señores Hidalgo y Morelos, y desde entonces no hemos tenido otro hombre tan grande como don Benito Juárez.

EMILIANO: Dice la lección que era indio Zapoteca de Oaxaca. Que ni hablaba bien el español, pero con carácter de fierro.

VARA: No sabemos cuántas veces ni de cuántos peligros salvó a la Patria don Benito Juárez, con la fuerza de carácter que Dios le dio, y con hombres tan importantes de grande inteligencia, como Melchor Ocampo y Guillermo Prieto, o de gran talento militar, como Ignacio Zaragoza, Jesús González Ortega y el ahora presidente Porfirio Díaz. Grandes hombres todos ellos, desde luego que sí: ahí están sus hechos para demostrarlo.

EMILIANO: ¿Ellos también eran del pueblo, profesor?

VARA: Del pueblo, pueblo; indios unos y otros muy mexicanos de todas partes de nuestro hermoso y todavía grande territorio. Emiliano; hijo mío, desconfía de quienes no tienen su origen en el pueblo, y de los que habiéndose elevado al gobierno, se olvidan de que fueron pueblo.

(Oscuro)

 

Escena   3:

(Una calle de Anenecuilco. Eufemio y Emiliano caminan despreocupados, y se encuentran con Torres Burgos)

EUFEMIO: Señor Profesor, ¿a dónde camina tan distraído?

TORRES: ¡Vaya con los hermanos Zapata! ¿Cuánto bueno?

EMILIANO: Nomás paseando.

EUFEMIO: Y mirando a las muchachas.

TORRES: (Irónico) ¿Alguna que no conozcas, Eufemio?

EUFEMIO: Es el caso. Miro éstas de Anenecuilco, y se me va la imaginación tras las de Cuautla; y ya por no dejar pienso en las de Villa de Ayala.

TORRES: Sí, es lo malo de los pueblos chicos.

EMILIANO: ¿Ya llegó su familia, profesor?

TORRES: Ya, y llegaron con bien, a Dios gracias.

EUFEMIO: Pues no dicen que usted no cree en Dios.

TORRES: Porque no estoy de acuerdo con el cura, y por lo libros que traigo; pero no, amigo Eufemio, yo no sólo creo en Dios, sino que me llevo muy bien con Él.

EUFEMIO: Debe ser, porque su negocio es chiquito y bien que le deja dinero, al menos para este pueblo. ¿Y a mí por qué no me invita a ver sus libros, como a Emiliano?

TORRES: Cuando gustes.

EUFEMIO: Pues por ahora no, porque estoy viendo unas enaguas que no conozco y voy a ver si son nuevas. Con su permiso. (Se retira)

TORRES: ¿Ya terminaste el último número de “Regeneración”?

EMILIANO: Ya. Muy bravo ese Flores Magón.

TORRES: Pero dice la verdad, ¿o no?

EMILIANO: Ya lo creo que sí, y  todos los que allí escriben. Sí.

TORRES: ¿Y tú qué dices? ¿Tendremos esperanza de salir de esta dictadura?

EMILIANO: Algo se tiene que hacer. No sé qué, porque no entiendo muchas cosas; pero alguien de seguro anda por allí pensando en hacer algo, porque sabe que todavía hay hombres que tenemos vergüenza.

TORRES: No esperemos, Emiliano, vamos haciéndolo nosotros.

EMILIANO: ¿Y quiénes somos nosotros?

TORRES: Hombres libres, dispuestos a usar nuestras libertades.

EMILIANO: otra vez lo mismo. Lo que pasa es que no sabemos cómo.

TORRES: Ven con nosotros al Club “Melchor Ocampo”, allá en Villa de Ayala. Afíliate y te diremos cómo.

EMILIANO: Todos los que están ahí, ¿son como los que escriben en los periódicos que usted nos presta?

TORRES: Vamos a decirlo al contrario: casi todos los que escriben en “Regeneración” y en “El Diario del Hogar” pertenecen a clubes como el “Melchor Ocampo” de nosotros. Pero no te creas que ahí sólo se aprende a escribir sobre lo que estamos viviendo en México, no; eso será para quienes saben escribir. Aprendemos otras muchas cosas para saber donde está la verdad, y cómo combatir la mentira. Acuérdate de lo que ya te expliqué. ¿Entonces qué, aceptas la invitación?

EMILIANO: Yo creo que sí, profesor. Ando muy ignorante de casi todo, y por lo que me dice ahí voy a aprender, y a conocer gente que me puede enseñar muchas cosas interesantes. Le acepto la invitación.

TORRES: Te relacionarás con personas de Cuautla y de Cuernavaca, que no te imaginas cuánto te van a ayudar, en todo.  Te va a gustar conocer a los del club Democrático Liberal de Cuernavaca, ya verás.

EMILIANO: Sí le entro: dígame cuándo.

(Cambio de iluminación para ligar con lo siguiente)

 

Escena   4:

(Entran la Señora del Color y la Señora Adivinación. Ésta prepara a Torres Burgos, y la otra a Emiliano, vistiéndolos y entregándoles lo que necesitarán para la escena. Después de colocarlos en sus respectivos lugares se juntan en el centro del escenario y se colocan juntas en algún lugar, donde permanecerán como testigos, Se les unen Señora Movimiento y Caminante. En un extremo del escenario Torres Burgos, con el atuendo de Venerable Maestro de cualquier rito masónico. En el otro extremo Emiliano, vendado de los ojos, sin camisa, con una rodilla descubierta, y un lazo corriente que le ata la mano derecha al cuello. Escena en penumbra)

TORRES: ¿Cuál es tu nombre, y dos apellidos?

EMILIANO: Emiliano Zapata Salazar.

TORRES: ¿Qué quieres de nosotros?

EMILIANO: La Luz.

TORRES: Antes de recibir la luz, demuestra que ya estás listo para poseerla.

EMILIANO: (Dando vueltas en el mismo lugar, con las manos tanteando en la oscuridad) Estoy perdido y soy débil.

TORRES: Purifícate de los ruidos, truenos y desórdenes de tu ignorancia. Purifícate de tus pasiones: que la tierra como madre amorosa las convierta en fuerzas de amor y belleza. El agua te purifique de tus deseos de ser juez y verdugo, y te enseñe la moral y la razón, y que el fuego te purifique totalmente para que en tu corazón sólo viva el amor a los demás.

EMILIANO: Para saber y practicar todo eso pido la luz.

TORRES: ¿Con qué derecho la pides?

EMILIANO: Con el derecho de los hombres libres y de honor.(Se adelanta un poco hacia Torres Burgos)

TORRES: ¿Cómo sabes que eres hombre libre y de honor si vives en la oscuridad?

EMILIANO: Porque me acerco sin ambiciones malsanas ni pensamientos maliciosos.

TORRES: Sólo hay una forma de vivir la luz, que es vencer a los vicios y los más grandes enemigos que tenemos, las pasiones, y a sus terribles aliados: la hipocresía, la mentira, la ambición, la ignorancia y la tiranía. La lucha no es sencilla ni fácil, pero el triunfo te dará la luz de la Verdad que buscas. ¿Estás dispuesto a luchar con todas tus fuerzas, por la virtud y la instrucción?

EMILIANO: Estoy dispuesto. (Avanza otro poco hacia torres Burgos)

TORRES: La luz que vas a recibir te enseñará lo que el hombre debe a Dios, lo que debe a sí mismo y lo que debe a sus semejantes. ¿Estás dispuesto a recibir esa enseñanza y esforzarte por cumplirla?

EMILIANO: Estoy dispuesto. (Avanza otro poco)

TORRES: Dictar leyes y hacerlas efectivas es la soberanía, palabra que viene de las latinas «super omnia», soberanía, que significa algo que está sobre todas las cosas; es decir, la ley. La Soberanía y la Verdad son patrimonio de todos y cada uno de los hombres, y de los pueblos libres. ¿Aceptas jurar tu compromiso por la soberanía del pueblo?

EMILIANO: Acepto. (Se colocan el uno frente al otro)

TORRES: Extiende el brazo y la mano derecha. Ahora repite conmigo: «juro enseñar a todos a conocer y apreciar sus derechos y deberes, a legislar y administrar justicia con imparcialidad y equidad. Juro defender al débil contra el fuerte, velar por la salud pública, y proteger el presente, sin comprometer el porvenir».(Le entrega una llave dorada) Toma esta espada. Adquiere con ella el compromiso de defender los derechos de los hombres, fundados en los principios eternos de la justicia. (Le entrega un machete ricamente labrado) Repite: ¡Qué jamás se manche con la sangre de los débiles, ni sostenga a los tiranos!

EMILIANO: ¡Que jamás se manche con la sangre de los débiles, ni sostenga a los tiranos!

TORRES: ¡Que así sea!

EMILIANO: ¡Así será!

TORRES: Mantén cerrados los ojos. (Le quita la venda y lo libera del lazo. Después:) ¡Recibe la luz que pediste!

(Iluminación total. Emiliano extiende los brazos en cruz: en la izquierda tiene la llave dorada, en la derecha empuña el machete. Oscurecimiento paulatino, hasta el término de la escena)

SEÑORA DEL COLOR: Te han purificado simbólicamente el agua, el fuego, la tierra y el aire.

SEÑORA ADIVINACIÓN: Ellos te han visto nacer dos veces.

SEÑORA DEL COLOR: Ahora comprenderás mejor el mundo que has recibido.

SEÑORA ADIVINACIÓN: Caminas muy deprisa, guerrero.

SEÑORA DEL COLOR: Pronto los símbolos que recibiste cubrirán tu vida de belleza.

SEÑORA ADIVINACION: Recibe el dolor que purifica, el sufrimiento que enaltece, y de nuevo el amor que santifica.

LAS DOS SEÑORAS: Muéstrales a los demás el camino.

(Oscuro total. Salen todos)

 

Escena   5:

EUFEMIO: (Entrando) Cada vez entiendo menos a Emiliano. Y cada día es más misterio para mí. Hoy anda libre y alegre por las calles del pueblo y en las ferias de los pueblos, y mañana solo y ensimismado por los cerros, o bajo las tabachines midiendo el compás de los vientos. Se entretiene horas y horas mirando jilotear la milpa, y después no hay quien lo baje de los caballos en la charreada, ni de los toros en el jaripeo. Y se le pierde la mirada, y cuando le encuentro los ojos nomás no los puedo soportar, yo, Eufemio Zapata, no los puedo soportar así sean mansos como la fosa del río, o brutales como el río crecido. Lo que pasa es que tampoco entiendo al río. Ay, Emiliano, hermanito, ¿a dónde nos llevarán tus silencios y tus pasos solitarios? ¿A dónde…?

 

Escena   6:

(En el aula de una escuela rural)

MONTAÑO: No, compadre, entiéndame: la gente no se mueve así nomás. Ése es el error del partido científico: piensan que porque ellos tienen el poder, los demás debemos obedecer. Y no, así no es.

EMILIANO: ¿Entonces para qué son los jefes, compadre Otilio?

MONTAÑO: Para mandar. Pero el problema de obedecer no son los jefes, sino de dónde salieron esos jefes.

EMILIANO: Como el gobernador Pablo Escandón, que nos impusieron con las armas. Yo sentía que la gente no estaba muy segura de Patricio Leyva; pero representaba una oposición a los hacendados, y el pueblo votó por él. Ahora el gobernador Escandón manda en Cuernavaca, pero nadie le obedece.

MONTAÑO: Muy comprometido anduvo usted con Patricio Leyva, compadre.

EMILIANO: Mucho. Todos aquí lo estábamos. Usted también.

MONTAÑO: Lo que pasa es que a usted ya lo tienen señalado, y a mí no. Por eso será mejor que se cuide.

EMILIANO: Usted está señalado desde que llegó al pueblo con su familia. Enseñarnos a leer y a escribir a todos parece un pecado. Pero tiene razón, después de la campaña que hice a favor de Leyva, ese don Pablo Escandón me tiene señalado. No sólo a mí, a otros también. ¿Por qué son así de vengativos esos gobernadores?

MONTAÑO: Porque no son de origen popular. Su origen no es la opinión libre de una mayoría. Tampoco existe el respeto para la minoría. Por eso hay oposición. Dejémonos de palabras ambiguas: por eso hay dictadura.

EMILIANO: ¿Cómo puede ser? Porfirio peleó por el pueblo, lo defendió contra los franceses. «Porfirio es medio indiado», decía mi abuelo, que lo conoció en esos tiempos, peleando los dos por la república. Porfirio es del pueblo, y el pueblo lo tiene en el poder.

MONTAÑO: No, no es pueblo; es el miedo. Es el miedo del pobre sin ropa ni comida, y sin saber cómo hacerle para asegurar a sus hijos la tortilla de mañana.

EMILIANO: Pero está en el poder.

MONTAÑO: Ya el tirano no tiene legalidad, porque el pueblo le quitó el poder hace muchos años, cuando ya no votó por él, y él de todas maneras se quedó en la presidencia.

EMILIANO: Compadre, con franqueza, y de manera que yo le entienda, dígame lo que me quiere decir. ¿O no hay confianza? Estamos en su escuela, haga de cuenta y enséñeme.

MONTAÑO: ¿Quién gobierna realmente, compadre? Los que saben explotar el miedo. Miedo a ser perseguido como animal por los cerros. Miedo a perder los mendrugos de la tienda de raya. Miedo a ser deportado al sureste. Y el más horrible de todos los miedos: el miedo a la condenación eterna. Los científicos y los curas son los que gobiernan realmente en México.

EMILIANO: Es cierto. (Pausa) Y también he sentido que el pueblo ya está cansado de tener miedo.

MONTAÑO: El pueblo quiere ser libre de miedos y de muchas otras opresiones. Quiere mirarse al espejo cuando ve a los que están en el poder, y no se encuentra. Son otros. Ahora sí entiéndame: la gente se moverá si usted le muestra el camino para conseguir lo que la misma gente quiere, y de algún modo le garantiza que lo va a ganar.

TORRES BURGOS: (Entrando) Quítales el miedo, Emiliano. Los hacendados son los ricos que no pasarán por el ojo de una aguja. Los científicos tienen todo el cuerpo cubierto con la sangre de sus crímenes. Y los curas y los obispos bendicen a los dos. Tanto crimen y corrupción indican debilidad, y eso significa que llegó el tiempo para que el pueblo tenga su oportunidad.

MONTAÑO: La virgen de Guadalupe es del pueblo: es morena. A ella no le gusta lo que están haciendo con su pueblo los ricos y los curas.

TORRES: La libertad es el fin, y la muerte el camino de los inmortales.

MONTAÑO: Quítales el miedo, Emiliano.

EMILIANO: ¡Por los soles vivos de estas tierras sureñas, cumpliré con lo que me toca. Lo juro!

 

Escena    7:

 

(Atardecer. Se encuentran al frente de un muro enorme. Se saludan rozándose apenas las manos y haciendo ademán de quitarse el sombrero. Están los cuatro y hombres del pueblo)

JOSE MERINO: Ya estamos aquí. Gracias por venir. ¿Qué vamos a hacer? Ya estamos viejos y hemos pasado las mitad de nuestra vidas confiando en las leyes de la ciudad, para sólo padecer más. ¿Qué vamos a hacer? Los hacendados han encontrado la forma de hacer que los ríos y los manantiales queden dentro de sus propiedades, y es claro que sin tierras y sin agua, moriremos.

CARMEN QUINTERO: Ya somos viejos, pero eso a nuestra gente más les gusta: confían en nosotros por ser los ancianos del pueblo, como nosotros confiamos en los ancianos que había cuando éramos jóvenes.

MERINO: Aquí está lo que haremos: busquemos jóvenes que ahora tomen los asuntos en sus manos

EUGENIO PEREZ: Y no los dejaremos solos. Les daremos nuestra experiencia; aunque los tiempos sean otros, experiencia es conocimiento, y los problemas del pueblo son los mismos desde que se acuerda la memoria.

ANDRES MONTES: A lo mejor los jóvenes encuentran formas nuevas de solución a problemas antiguos. Nosotros les ayudaremos.

MERINO: Habrá que citar al pueblo. Hacer la elección. Así se hará.

QUINTERO, PEREZ Y MONTES: Así se hará.

QUINTERO: Anda muy inquieta la gente.

MONTES: Y no saben a donde ir. Miran al cielo como cuando esperan lluvia y no llueve. Miran al suelo como cuando va a nacer la milpa, y sólo miran zacate.

MERINO: Mucha pobreza, del cuerpo y del alma.

PEREZ: Duelen igual.

MONTES: ¿Podrán los jóvenes?

MERINO: Vamos a confiar en el pueblo, ellos elegirán.

PEREZ: ¿Podremos tener alguna preferencia?

MERINO: Podemos.

PEREZ: Yo digo que Emiliano, el hijo de Gabriel Zapata con Cleofás Salazar.

MONTES: Pensamos en el mismo, pero no habla náhuatl.

MERINO: No es requisito.

QUINTERO: Está muy amestizado.

PEREZ: Mejor, digo yo. No es totalmente indio, pero piensa como indio; piensa como blanco: entiende a los dos. Tiene la sabiduría del indio, y es ladino como el blanco. Entiende a los dos.

QUINTERO: ¿Cómo lo verán los hacendados?

PEREZ: Mal. Conoce todas las injusticias que el pueblo ha padecido los últimos trescientos años, y las ha vivido desde chiquillo, y eso no es bueno para los hacendados, ni para las autoridades de los blancos.

MONTES: Además, todos sabemos que en días pasados anduvo muy metido en la política a favor de Patricio Leyva para gobernador, llevándole la contraria al presidente Porfirio Díaz, y eso no lo olvidan ni el presidente ni los hacendados, pues don Pablo Escandón es hacendado y es yerno del general Díaz.

QUINTERO: Entonces es bueno para nosotros.

MERINO: Si eligen a Emiliano, tendremos una buena elección. La gente lo quiere. En otros pueblos también lo quieren. Va a tener muchos apoyos.

 

Escena    8: 

(Entran uno tras otro y por diferentes entradas, los hombres que deberán hacer la elección. Emiliano está al fondo del escenario, al centro, desde donde avanzará paulatinamente hacia el proscenio, actuando según los diálogos.)

 

 HOMBRE 1: (Entra acompañado de Francisco Franco) No se han muerto los plateados: Emiliano es un Plateado.

HOMBRE 2: Mira cómo lanza la reata.

HOMBRE 3: ¡‘Ora tumba un toro!

HOMBRE 2: Mira cómo monta el caballo.

FRANCO: Inteligente el hombre. Y sabe además cómo hacer las cosas.

HOMBRE 2: Nadie monta el caballo como Emiliano.

HOMBRE 1: Es el modelo del charro. Ahí te mides, compadre.

HOMBRE 3: No hay palenque ni fandango que se anime si falta Emiliano.

(Entran las 3 Mujeres Jóvenes)

MUJER 1: ¡Vamos al fandango! ¡Mira mover los pies de Emiliano!

MUJER 2: (Baila con Emiliano)

MUJER 3: Dicen que no hay en toda la región mejor bailador que Emiliano, y que por eso lo buscan las mujeres.

MUJER 1: Por eso y otras cosas.

MUJER 3: Y nadie le echa en cara que sea travieso con ellas, porque no lo hace con maldad, sino con admiración y amor.

(Cesa el baile. Las mujeres se retiran al fondo, centro.)

FRANCO: (A los Hombres 2 y 3) Estas sí que son sandías.

HOMBRE 1: Buena mano la de Emiliano, para las sandías.

HOMBRE 2: Buena mano la de Emiliano para la siembra. Yo he visto sus milpas, qué bonitas se miran al jilotear.

HOMBRE 1: Con esta plantada va sacar buen dinero Emiliano.

FRANCO: Como ya no hay tierras, porque las tienen todas los hacendados, Emiliano se vio precisado a sembrar en las playas del río, y mira las sandías que logra: nadie lo puede igualar.

MUJER 1: Buena mano para sembrar, la de Emiliano.

(Entra Eufemio Zapata)

EUFEMIO: Yo soy Eufemio Zapata, y conmigo no hay melindres. Los valientes de mi casa han existido desde que la memoria alcanza. Por eso Emiliano es como es, y por eso soy como dicen que soy. Para toreador de a caballo y de a pie, mi hermano es primero en la región y aluego le sigo yo. ¿Quién quiere ponernos una raya en la plaza o en el carril de carreras?

HOMBRE 1: Eufemio libró a Emiliano de unos soldados que se lo querían llevar de leva.

HOMBRE 2: Yo lo vi. Alguna travesura hizo Emiliano en un jaripeo, y ése fue el pretexto para querérselo llevar. Pero sólo apareció Eufemio y les preguntó muy comedido: ¿A dónde llevan a mi muchacho? Ese muchacho es muy hermano, y yo respondo por él. Y los soldados lo dejaron.

MUJER 1: Mucha fuerza la de Eufemio, de presencia y de carácter.

HOMBRE 3: Bueno para el trabajo, y muy compuesto con sus amigos.

MUJER 2: Dicen que después del padre, a nadie respeta tanto Emiliano.

MUJER 3: Esa familia Zapata de Anenecuilco tiene mucho cariño de todos, mucho respeto; pero por lo mismo, otros tantos no la quieren,

CAMINANTE: (Entrando) Y mucho menos los quieren los enemigos de la tierra y del agua.

(Hombres y Mujeres con Emiliano siguen las palabras del Caminante y la Señora Movimiento)

SEÑORA MOVIMIENTO: (Entrando) Los enemigos del viento y del fuego.

CAMINANTE: Anda el guerrero por las calles y los caminos, anda paseando a caballo por los pueblos de barro, que mira como suyos.

SEÑORA MOVIMIENTO: Anda paseando por los cerros con un gallo de pelea en los brazos, o con una carga de los frutos que recién cosechó.

CAMINANTE: En las ferias del Santo Patrono el guerrero, hombre todavía, respira contento el sol, el aire polvoriento, el sexo húmedo y la música y el color de los juegos, las enaguas y las espuelas.

SEÑORA MOVIMIENTO: Pero no es feliz el hombre, le falta la justicia, extraña el amor total de Dioses que no conoce, y en su recuerdo ancestral se amontonan las historias de sufrimientos y de trabajos sin otra compensación que el sudor de los hombres, y una lágrima de fuego en las mejilla de las mujeres.

CAMINANTE: Ha llegado el momento de tender los ojos al futuro, y  hoy sucederá lo que revolverá su estómago y su corazón.

SEÑORA MOVIMIENTO: Anda, Emiliano, recibe la lección de tu pueblo.

CAMINANTE: Ya lo vigilan por donde quiera que anda.

SEÑORA MOVIMIENTO: No le quitarán los ojos de encima.

(Caminante y Señora Movimiento se unen a los demás. Salen bailando las Mujeres. Emiliano se aparta un poco)

LOS HOMBRES: (Con movimientos de campesinos en el herradero) Corta ese toro. Vuelve los becerros al corral. Deja las vacas en el sesteadero. Ya los toros viejos buscan la querencia, y los novillos braman en los potreros.

EUFEMIO: Traigan los caballos, que Emiliano va a montar.

FRANCO: Nada de todo eso.

HOMBRE 1: Hoy es la votación.

HOMBRE 2: Los viejos nos citaron para elegir directiva de la Junta de Defensa, y tenemos que ir. ¿Vas con nosotros, Eufemio?

HOMBRE 3: Ya sabemos quién será el presidente. Pero tenemos que elegirlo para poder obedecerlo.

(Detienen sus movimientos de repente. Respetuoso silencio. Salen las mujeres. Entran otros hombres, para el quórum de la votación, siguiendo a Merino, Quintero y Pérez)

 

Escena   9:

(Junto al enorme muro de la Iglesia)

MERINO: Hombres de San Miguel Anenecuilco, ya llegaron los tiempos del cambio. De las montañas que nos separan de los volcanes se desparraman voces que  entendemos muy bien, de lo que hablan y de lo que quieren decir.  Nosotros ya estamos viejos y cansados de tanto ir a las ciudades a pelear con los escritorios y con los papeles, y con las gentes que los manejan. Ya no podemos hacernos cargo. Se ha cumplido nuestro ciclo. Lo habremos hecho bien, lo habremos hecho mal, es cosa que Dios y el Pueblo juzgarán. Lo que de cierto sabemos es que habrá que elegir nueva directiva de la Junta de Defensa, que esté acorde a lo que dicen los sonidos que vienen de afuera de estos valles. Hombres de Anenecuilco: queremos entregar cuentas de nuestra encomienda y pedirles que elijan nuevos representantes, en quienes descargar el peso que tantos años hemos llevado.

PEREZ:  Los hacendados y los administradores de las haciendas cada día y cada noche inventan una nueva forma de ahorcar al pueblo. Es bueno que inteligencias nuevas, corazones sanos y rostros nuevos vean por los intereses del pueblo.

QUINTERO: Hagan caso de nuestras palabras y reciban con buen ánimo nuestra petición. Nosotros sólo eso queremos: el bien del pueblo, y ya no lo podemos conseguir. Elijan a otros.

MERINO: Tampoco tenemos preferencias. Miren a su alrededor y escojan al que mejor les parezca, y denle otros hombres que lo acompañen, que sufran con él y con él dialoguen para darle su parecer, o llevarle el parecer del pueblo, y juntos decidan lo que consideren mejor.

(Silencio total. Quintero y Pérez ponen delante de sí unas cajitas de madera fina, donde ordenadamente los hombres de Anenecuilco van dejando unos papelitos de la votación, mientras Merino va por los documentos del pueblo. Eufemio se para junto a Emiliano. Habiendo vuelto todos a su lugar)

MERINO: Este es el resultado de la votación: Presidente, Emiliano Zapata Salazar: Secretario, Francisco Franco; Tesoreros, Rafael Merino y Eduwiges Sánchez; Vocal, José Robles. ¿Alguien quiere decir algo? (Sigue el silencio) Pasen acá los nombrados. (Se colocan frente a ellos tres) ¿Aceptan los cargos para los que fueron libremente electos por el pueblo?

LOS CINCO: Aceptamos.

MERINO: Ahora tú eres el protector del pueblo, Emiliano: carga con la responsabilidad.

QUINTERO: Ahora tú eres el padre de todos nosotros, ahora eres nuestro hermano. Necesitas respetarnos, para que te respetemos; necesitas obedecernos, para que te sigamos a donde nos lleves.

PEREZ: Eres nuestra esperanza: no la hurtes. No olvides, ni desprecies el gasto que hicimos de dinero y de nuestros pasos.

(Van saliendo todos con pasos lentos, como si los marcaran. Es ostensible cómo se despide orgulloso Eufemio de Emiliano)

 

Escena  10:

(En un extremo, al fondo, aparecen las  tres mujeres jóvenes, dos de ellas  “echando tortillas” con metates y comal, la otra cuidando una olla en el fogón. Mientras los demás salen, en el centro del escenario se sientan  Emiliano, Franco y Robles, y sacan los documentos de las cajas y de los cilindros de lata. Los extienden y ponen especial atención en el antiquísimo mapa del pueblo. Penumbra general, excepto sobre los tres en el centro)

ROBLES: Y esto, ¿qué es esto?

FRANCO: Un mapa.

ROBLES: ¿Y qué es un mapa?

FRANCO: Los cerros y los ríos en un papel. Los llanos y los pueblos en un papel.

EMILIANO: Aquí están nombres de pueblos, de ríos y de cerros, pero apenas puedo leer. Son unas letras medio raras.

ROBLES: (Saca papeles viejísimos de un cilindro y se los da a Franco) Aquí hay otros papeles.

EMILIANO: ¿Qué dicen?

FRANCO: (Como deletreando) “Merced”, de veras qué letra tan rara, “del Virrey don Luis de Velasco”

EMILIANO: ¿Virrey? ¿De cuándo será eso?

ROBLES:  Es cosa de perder tiempo leyendo todo.

EMILIANO: Búscale fecha, Francisco, mientras nosotros vemos esto.

(Los tres se abisman en el estudio. Iluminación en las Mujeres)

MUJER 1: Dicen que será un año malo.

MUJER 2: Dicen que vendrán muchos años malos.

MUJER 3: ¿Desde cuándo conocemos años buenos?

MUJER 1: Tienes razón: nosotros no tenemos años buenos ni como hijas ni como madres. Parimos peones, hijos de peones, nomás eso parimos.

MUJER 3: Y pertenecer a la peonada no es nada bueno. Trabaja, obedece y a ver si te pagan.

MUJER 2: ¿Cuándo nos dieron, o cuando dimos a nuestros hijos otra enseñanza que no sea obedecer a los amos y a los señores curas?

MUJER 3: Dicen los padrecitos que es nuestro destino, que es la voluntad de Dios que así ganemos el cielo, siendo pobres y obedeciendo a quien Dios mismo puso para mandarnos.

MUJER 1: No será un año malo como dicen, sino la continuación de muchos, y a ver hasta cuándo.

(Permanece esta iluminación, y comienza a subir la de todo el escenario)

EMILIANO: (Caminndo hacia el proscenio) Las tierras de Anenecuilco se extienden anchas libremente hasta Cuautla y Ahuehuepan. Es mucha tierra y éramos muy poquitos al comenzar esos años de 1600 y tantos. Así dice el mapa, así dicen los documentos del Virrey don Luis de Velasco.

MUJER 2: Si dicen que nuestros abuelos y abuelas eran los dueños de estas tierras, ¿de dónde viene que nosotros no tenemos nada?

FRANCO: (Levantándose y caminando a la derecha de Emiliano) Aquí dice que como una buena obra dejamos que los padres dominicos sembraran este cachito, y después con el tiempo se adueñaron de todo eso, creando la hacienda de Coahuixtla. Ni los padrecitos dominicos en su tiempo, ni los actuales dueños que les compraron lo que no era de ellos, nos han querido devolver nuestras tierras, y cuando reclamamos nos enredan en los tribunales o nos responden a balazos.

MUJER 3: No quieren que sepamos leer, para no tener que darnos explicaciones. ¿Qué más necesitas?, nos dicen: aprende el catecismo y te salvarás.

 ROBLES: (Levantándose y caminando a la izquierda de Emiliano) Aquí dice que era tanta nuestra tierra, que le dieron este cachito al hermano Fernando Carrasco, para que con su producto se ayudara para darles a los pobres y  mantener el Hospital de Convalecientes. Ahora es la Hacienda de El Hospital, y la administra un Español de la casta de los Gachupines, llamado José Alonso, quien se roba nuestra tierra día con noche, noche con día.

EMILIANO: Dicen que somos Tlahuica, y que nuestros abuelos y abuelas hablaban Náhuatl. Fueron nuestros maestros los Tolteca, hasta que llegaron los Españoles y nos robaron nuestras tierras.

MUJER 3: No quieren enseñarnos a hacer cuentas. ¿Para qué quieres saber contar?, nos preguntan: la tienda de raya te hace las cuentas y allí saben contar bien, tú no necesitas más.

ROBLES: Miren cómo las haciendas se comen a los pueblos. ¿Dónde está Olintepec? ¿Qué fue de Xichimilcatzingo? ¿A dónde se fueron a morir los de Ahuehuapan? Todos desaparecieron, comidos por las haciendas.

EMILIANO: Aquí dice que teníamos, allá por la guerra de Independencia, tantas varas por viento, que en un día no era posible recorrer todas las tierras de parte a parte. Cien años después no tenemos nada.

FRANCO: Por aquí se comió nuestras tierras la Hacienda de Mapaztlán, y por acá la Hacienda de Tenextepango.

ROBLES: Por este rumbo se comió nuestras tierras la Hacienda de Coahuixtla.

MUJER 1: Se acabó la comida. Ya sólo nos quedan unas playas en el río, para que al menos no falte el agua. Pero ¿qué vamos a comer? Si no sembramos ahora, seguiremos sin comida.

ROBLES: Por eso nos hicimos ganaderos: ya sin tierras de sembradura, nos fuimos al monte y a las tierras temporaleras. Tuvimos buen ganado, y ahí la íbamos pasando.

FRANCO: Pero ya ni eso: los hacendados quisieron asegurar la peonada para las haciendas, y quemaron nuestros pastizales.

MUJER 2: ¿Quién más, si no fueron ellos?

FRANCO: Y ayer apareció una cerca que impide a nuestros animales bajar a tomar agua.

MUJER 3: ¿A poco las cercas se levantan solitas?

ROBLES: Alguien les ayudó. Alguien de otro pueblo que recibió un ofrecimiento que no pudo resistir.

FRANCO: Quitamos la cerca, y nuestros animales ya beben agua; pero ahora andamos con pleito con ese José Alonso, y los administradores de las otras haciendas.

EMILIANO: Somos pobres porque otros tienen nuestras riquezas. Somos ignorantes porque otros escondieron las fuentes de nuestra sabiduría. Es hora de recuperar todo eso.

(Se levantan los Mujeres, y se juntan hombro con hombro, las manos caídas. Se balancean sin moverse de su lugar)

MUJERES: Parimos gañanes y peones, que son hombres completos, que no son cobardes. Bebieron nuestra leche, que viene como un río desde los tiempos de los Tolteca, aunque otra sangre se haya mezclado. Les dimos amor cuando los hicimos, y cuando nacieron. Ahora les pedimos que vayan por la justicia.

MUJER 1: Mira nuestros ojos, Emiliano: se arrugan y se achican siendo jovencitas todavía.

MUJER 2: Mira nuestras manos: ya tienen callos antes de que nazca nuestro hijo primero.

 MUJER 3: Mira nuestros pies: siendo todavía niñas ya se cuartean de lodo y de polvo, de piedras y de espinas.

MUJERES: Somos fuertes y son garras nuestras manos, y poseemos ternura de más en nuestros corazones. Pero todavía no sabemos para qué.

(Se toman de la cintura y corren dando una vuelta, como si volaran, para detenerse atrás de Emiliano)

EMILIANO:  Toda ésa era nuestra tierra. Es la herencia que recibimos desde el principio, por generaciones y generaciones, y que nos han robado. Nos toca recuperarla.

MUJERES: Es de justicia.

ROBLES Y FRANCO: Nos toca recuperarla.

EMILIANO: Con pretexto de que vamos a necesitar algún dinero, comienza a tantear a la gente,  Robles, y ahí me avisas.

(Salen las Mujeres como si volaran, con la cabeza levantada y sin despegarse. Siempre juntas. Robles sale por un rumbo diferente.)

 

Escena   11:

(Emiliano y Francisco Franco recogen los documentos y mapas, los meten en los cilindros y en los cofres. Después caminan, con gran cuidado de su tesoro amorosamente abrazado, y se detienen en un costado)

MERINO: (Entrando) Mira este mezquite, Emiliano. Es hijo de los mezquites que Dios crió cuando hizo los primeros mezquites, y aquí está. Cuando nosotros nos hayamos ido, seguirán los mezquites, y vendrán otros como nosotros. Por eso hay que entender que cuando se hayan acabado los mezquites, nuestra sangre y nuestra mente seguirán aquí. Esa es la verdad, la entiendas o no la entiendas. ¿Qué vas a guardar en la pata del mezquite?

EMILIANO: La memoria del pueblo. Y se la entrego a Francisco Franco, a nombre del pueblo.

MERINO: ¿Quién más lo sabe?

EMILIANO: Nadie, nadie más.

MERINO: Eso mismo hicimos nosotros cuando nos tocó. ¿Qué vas a hacer tú, Francisco Franco?

FRANCO: Guardar el secreto, y confiarlo a quienes vengan después.

MERINO: Serás el hombre del secreto, y eso te hará sufrir mucho. Di que sí quieres, o di que no quieres. ¿Qué quieres?

FRANCO: Acepto la encomienda. Y la acepto aunque sea una profecía de que viviré más que tú, Emiliano.

EMILIANO: Así es la cosa, Francisco.

FRANCO: Así será.

MERINO: Ya viene más guerra, y todo está a salvo. Ya morimos nosotros. Hicimos guerra en nuestro interno, y peleamos por el pueblo mientras vivimos. Ahora moriremos, pero será reconocido que hicimos lo que nos tocaba y lo que pudimos.

EMILIANO:  Así será agradecido, con los padres y hermanos que nos precedieron, que fueron antes, y así lo enseñaremos a nuestros hijos.

(Merino hace un ademán y sale por donde entró. Cambiando un poco de lugar, Emiliano y Franco entierran los documentos. Entran el Caminante y las Señoras Movimiento, Adivinación y del Color, quienes caminan rodeando a los dos hombres, con las manos levantadas, como si los protegieran)

MOVIMIENTO: Nuevamente la Tierra guarda los secretos de la fuerza.

COLOR: Nuevamente la Tierra  guarda los secretos del entendimiento.

ADIVINACION: Nuevamente la Tierra guarda los secretos del Origen.

CAMINANTE: Y los secretos del Destino.

LOS CUATRO: Madre, madre Tierra. Origen y Destino.

(Permanecen los seis. Caminante y las Señoras se apartan, y desde lejos son como testigos de la escena siguiente. Emiliano y Franco caminan al encuentro del Guardián)

 

Escena   12:

  (Un camino de Milpa Alta. El Guardián está sentado sobre una cerca de piedra en la parte más alta de la población. Llegan a pie Emiliano y Franco, y se paran frente a él)

GUARDIAN: ¿Quiénes son ustedes?

FRANCO: Francisco Franco.

EMILIANO: Emiliano Zapata, de San Miguel Anenecuilco.

GUARDIAN: ¿Qué buscan? ¿A quién quieren ver?

EMILIANO: Me dijeron los ancianos del pueblo que viniera a Milpa Alta, así nomás, y yo estoy obedeciendo.

GUARDIAN: ¿Por qué no hablas la lengua? ¿Hablas náhuatl?

EMILIANO: No.

GUARDIAN: ¿Entonces como sé que eres el Calpuleque que espero?

EMILIANO: Ahora sé que eres tú quien me mandó llamar. Tú sabías que me eligieron Calpuleque y que decidí quitar las cercas injustas, por eso me mandaste llamar. Ya estoy aquí. Me dijeron que eres el Guardián y que eres hombre sabio. Ya estoy aquí.

GUARDIAN: ¿Y tú quién eres, Francisco Franco?

FRANCO: Soy el Secretario del Comité. También me eligieron.

GUARDIAN: ¿Qué ves allá, Francisco Franco?

FRANCO: Los Volcanes, señor.

GUARDIAN: ¿Qué miras, Emiliano?

EMILIANO: Enojo. Hay mucha rabia en los volcanes.

GUARDIAN: Y allá, ¿qué ves de este lado, Francisco Franco?

FRANCO: La ciudad, señor.

GUARDIAN: ¿Y tú qué miras, Emiliano?

EMILIANO: La injusticia.

GUARDIAN: Yo quiero pasar los cerros, pero no sé que hay atrás de los cerros.

FRANCO: Nuestra tierra, el Estado de Morelos, con Cuautla, y Cuernavaca y Anenecuilco.

EMILIANO: No pases los cerros, Guardián, porque encontrarás la tristeza.

GUARDIAN: Entonces las cosas no están bien.

EMILIANO: No están bien. Los enojados debiéramos ser nosotros, y estar tristes los volcanes.

FRANCO: Y desaparecer la ciudad, para que no haya más injusticia.

EMILIANO: Dinos cómo, Guardián, si para eso nos llamaste.

GUARDIAN: Meshico tiene que cambiar, pero no saben cómo. Andan errantes en los desiertos, sin detenerse a mirar las estrellas, y en las ciudades sólo ven el suelo y paredes, escuchándose ellos solos: por eso quieren cambiarlo por fuera. Pero tú, Calpuleque de Anenecuilco, tendrás que cambiar a Meshico por dentro. De aquí, de la cabeza, y de aquí, del corazón. ¿Me entiendes, guerrero del sur?

EMILIANO: Te entiendo, Guardián. Te agradezco que me lo digas, pero no veo cómo, no veo por dónde. Yo soy pequeño, apenas me conocen en mi tierra, y México es muy grande, y su gente muy variada, con muchos letrados, ¿quién soy yo? ¿Quién me escuchará? Y además, ¿qué les voy a decir?

GUARDIAN: Bien lo sabes, guerrero del Río Serpiente.

EMILIANO: Despeja mi ignorancia, hombre sabio. Ya veo que he venido para eso, para dejar esta ignorancia.

GUARDIAN: ¿Qué hay del otro lado del valle que contemplas, Francisco Franco?

FRANCO: Tepeyac, Señor, la Madre Nuestra de Guadalupe.

GUARDIAN: ¿Has estado allí?

FRANCO: No, señor.

GUARDIAN: ¿Y tú has ido allá, Calpuleque?

EMILIANO: Un domingo, Guardián, hombre sabio. Cuando me trajeron a ver los caballos de don Ignacio de la Torre y Mier, me di tiempo y un domingo fui. Caminé por el cerro, y una sensación muy extraña recorría mi cuerpo.

GUARDIAN: Tepeyacac, Guadalupe, Nana Tonantzin.

EMILIANO: ¿La madre Tonantzin? ¿La virgen de Guadalupe es la Madre?

GUARDIAN: No te dijeron la enseñanza completa, guerrero. Ahora tendrás que aprenderla montado en un caballo,  cabalgando para allá, y para allá, y para allá. Atravesado adentro de la cabeza, así; abriendo el corazón así. Tú cabeza, Emiliano, y tu corazón.

EMILIANO: Si así está dispuesto, así se cumplirá. ¿Qué tengo que hacer?

FRANCO: He venido con él. También soy autoridad del pueblo. Quiero mi parte.

GUARDIAN: Tú serás «Testigo y Guardian», Francisco Franco. Y tú,  Calpuleque de San Miguel Anenecuilco, acepta que morirás con violencia, porque así conviene a tus hermanos y al cambio interior de Meshico.

EMILIANO: ¿No dices que soy un guerrero? ¿No cuentan que cuando nací estuvieron conmigo dioses y diosas del agua y del viento, de la madre tierra y del padre sol? ¿De dónde voy a tener miedo? ¿Acaso dudas de mí, hombre sabio?

GUARDIAN: Acepta o retírate.

EMILIANO: ¡Acepto!

GUARDIAN: (De una caja ricamente labrada y pintada, extrae un bastón de madera muy fina. Es sólo una vara recta con una bola del tamaño para ser empuñada, y no mide más de un metro. Se para frente a Emiliano) Tu aceptación fue recibida con amor por el Señor Ometéotl, Padre Madre Divinos, quienes mandan que cuando hayas cumplido tu misión, tu nombre despierte inquietudes más allá de los límites naturales de Meshico. Extiende los brazos, Calpuleque, y recibe el peso de ser un Conductor de Hombres, y vive para la gloria del cielo estrellado, para la satisfacción del deber cumplido, y para que con beneplácito en el fondo te reciba la tierra que los parió con extraños y grandes dolores. Recibe el bastón, símbolo de tu mando, Guerrero del Sur.

EMILIANO: (Profundamente conmovido recibe con mucho respeto el bastón. Lo contempla. Mira al cielo y baja después la cabeza con mucho respeto. Entonces toca con la empuñadura su frente, su corazón y su vientre. Lo empuña, toca con la punta el pecho de Franco, y lo retira, manteniéndolo a lo largo del brazo) Vamos a morir, Francisco.

FRANCO: Vamos a morir, Emiliano.

EMILIANO: Padre sabio, cumpliremos. (Se pega el bastón al corazón, y así lo mantendrá hasta el final de la escena)

GUARDIAN: Tu misión es otra, Francisco Franco: te respetarán los hombres y las carabinas; la metralla será tu escudo y el hambre tu alimento. Tú eres el Testigo y el Guardián, como te dijeron.

FRANCO: Así será, hombre sabio.

GUARDIAN: Se han ganado tener un rostro, y pronto tendrán un corazón. A muchos, tantos que no podrán contar sobre la tierra, les llevarán esta enseñanza. Esta enseñanza y las acciones de nuestro pueblo cambiarán a los mexicanos. Y nunca se perderá la memoria de tan grandes hechos que vendrán, para ser llevados ante el mundo todo, como mensaje de preparación para su propio cambio. Así será entendido y hecho por quienes tengan capacidad para creer y confiar.

(Oscuro)

 

Escena   13:

(Escenario con sólo una cerca de piedra. Entran Emiliano, Franco y Robles)

EMILIANO: ¿Y esta cerca?

ROBLES: Ayer no estaba. Te dije, Emiliano, y así lo advirtieron los viejos: las cercas caminan en la noche y se comen nuestra tierra.

FRANCO: No me extraña de los hacendados, sino de nosotros mismos. Mira que no son los hacendados los que acarrean las piedras y levantan las cercas en tierras que no son suyas.

ROBLES: Tampoco son los administradores, que nomás miran que se haga lo que sus amos mandan.

EMILIANO: Averigüen quiénes fueron.

FRANCO: Ya lo sabemos y lo sabes tú también: fueron los de Villa de Ayala.

ROBLES: ¿Y para qué buscamos nombres, Emiliano? No los vamos a castigar porque le buscan el modo de darles de comer a sus hijos, ¿o sí?

EMILIANO: No por eso, sino porque trabajaron una injusticia contra Anenecuilco. Con esa cerca aquí tenemos hoy menos tierra que ayer, y ellos, quienes hayan sido, acarrearon las piedras.

ROBLES: Y también las acomodaron. Mira qué bien están. Pero no los condenes, Emiliano. De hoy en adelante ya no caminarán las cercas, porque ya nosotros no lo vamos a  permitir.

EMILIANO: Claro que van a caminar, pero para atrás. (Con el pie derriba unas piedras) Traigan a la gente. Vamos a tumbar la cerca y a sembrar.

FRANCO: Ahora sí ya sabemos que las tierras del pueblo llegan hasta el otro lado del río, y hasta el pie de aquellas lomas. Hay otras cercas y otros cultivos de la Hacienda.

EMILIANO: Traigan a la gente: vamos a tumbar todas las cercas, pero respetaremos los cultivos. Ya veremos después.

FRANCO: ¿Después de qué? Porque lo más seguro es que nos echen bala, así que mejor no vengan las mujeres.

EMILIANO: No harán nada. La sorpresa les parará un ratito el corazón. Traigan a la gente. Mañana otros compañeros derribarán una por una todas las cercas que caminan de noche. Entonces sí los hacendados harán algo, como matarnos; pero para entonces ya las cercas habrán caminado para atrás. Vamos.

 

Escena   14:

(Entran por un lado los de Anenecuilco, y por otro el Administrador y guardias rurales, armados)

ADMINISTRADOR: No lo podemos tolerar. Estos de Anenecuilco son unos ladrones y un mal ejemplo para todos los demás pueblos. ¿Qué hacen ustedes aquí?

ROBLES: Es Junio y ya tenemos las lluvias encima. No hemos podido sembrar porque las cercas caminaron adentro de nuestras tierras.

ADMINISTRADOR: No me vengan con cuentos. Estas son tierras de la hacienda del Hospital, y si tienen algo que reclamar vayan ante el juez.

EMILIANO: Ya no hay tiempo de andar viendo jueces. (Con el pie tira la cerca)

ADMINISTRADOR: (Ante el movimiento de los rurales) ¡Esperen. No vayamos a comprometernos!

EMILIANO: No sólo hay que tirar las cercas, debemos también repartir la tierra. Quiero decir devolverla a sus antiguos y verdaderos dueños. (Hace ademanes de indicar a cada cual el terreno que le toca) Y así será en todo el valle.

ADMINISTRADOR: ¿Qué están haciendo?

FRANCO: Estamos preparando el maíz para las tortillas, y preparando el frijol para comer.

ADMINISTRADOR: Estas son tierras de la hacienda. ¿Quieren sembrar? ¡Siembren en macetas!

EMILIANO: Mide tus palabras, Administrador, no te burles de nosotros, ni nos insultes.

ROBLES: Solamente queremos comer y poseer de nuevo lo que es nuestro.

ADMINISTRADOR: Esto es desobedecer a las autoridades y ser desagradecidos con el patrón. ¡Esto es levantarse en armas!

EMILIANO: Esto no es levantarse en armas. Esto es sembrar en las tierras que son nuestras, no en macetas.

EUFEMIO: (Entra con  rifles 30-30, y se queda a lo lejos)

ADMINISTRADOR: ¡Quemen los pastos, para que su ganado no coma; levanten cercas de alambre, para que no baje al río a beber agua!

EUFEMIO: (Camina hacia Emiliano, y le entrega un rifle al tiempo de sus palabras, después los reparte a Robles y Franco, y él se queda con uno)

EMILIANO: Vamos a tomar más tierras, las que son del pueblo desde siempre, y vamos a defenderlas. Que todos los pueblos retomen sus tierras. Nosotros hablaremos por ellos y nuestras armas los protegerán.

ADMINISTRADOR: Eso quieres, Emiliano, eso vas a tener. Armas vas a necesitar y muchas, te lo juro. (Sale con los rurales)

EMILIANO: (Con el rifle en alto y señalando toda la tierra) Hombres de Anenecuilco, Hombres y Mujeres del Estado de Morelos, llegó la hora de la justicia. Vamos a recuperar lo que es nuestro.

TODOS: (Levantando los rifles) ¡Vamos!

 

Telón

Fin del Acto  I

 

 

ACTO  II

 

Escena  1:

 

(Lugares indeterminados. Por un lado las fuerzas zapatistas, con soldaderas, todos desarmados. Por el otro el ejército federal, con el General, en orden y bien armados. En algún lugar el Administrador. Las Señoras y Caminante entran conforme hablan. Con todos sus arreos de campaña. Entra por el lado opuesto a Emiliano, y se queda a lo lejos)

SEÑORA MOVIMIENTO: Y llegó el momento señalado por la injusticia de los hombres.

ADMINISTRADOR: (Se mueve con soberbia por el escenario, hasta donde se indica)

CAMINANTE: En todo el mundo comenzaron los hombres a volver la mirada a las montañas y a los desiertos, al mar y a las estrellas: buscaban en el viento la libertad y el amor.

ZAPATISTAS: (Inician una danza muy lenta, concorde a los parlamentos, hasta donde se indica)

SEÑORA DEL COLOR: Pero ni el horizonte ni el viento respondieron.

GENERAL: (Se une al Administrador)

SOLDADOS: (Sin moverse de su lugar realizan diferentes movimientos de armas, como presentar, al frente, descansar, y otros, exagerando el ruido, hasta donde se indica)

SEÑORA MOVIMIENTO: Fueron veinte años de sufrimientos muy grandes para la Humanidad.

SEÑORA DEL COLOR: ¡Oh, cuánto sufrimiento!

SEÑORA ADIVINACION: ¡Ah, cuanta sangre!

EL SEÑOR PRESIDENTE: (Entra, solemne y lejano)

SEÑORA MOVIMIENTO: Mujeres, niños y niñas, ofrecieron su debilidad y su inocencia.

CAMINANTE: Y los hombres se sacrificaron unos a otros, sin recuperar la hermandad perdida.

SEÑORA ADIVINACION: México celebró el centenario de su Independencia en el ambiente terrible de la miseria espiritual y moral, de la injusticia y del odio entre los hermanos.

CAMINANTE: Y entonces el pueblo recordó a sus héroes.

ZAPATISTAS: (Salen «marchando» como si estuvieran en un desfile)

ADMINISTRADOR, GENERAL Y SOLDADOS: (Todos quietos y en silencio)

SEÑORA MOVIMIENTO: El pueblo recordó los sacrificios de sus padres ante los tiranos y ante las bayonetas y cañones de los ejércitos extranjeros: gringos, españoles y franceses. 

CAMINANTE: Y revivieron sus anhelos por ser un pueblo autónomo, soberano y libre.

SEÑORA DEL COLOR: Al mismo tiempo apareció la más terrible sequía.

CAMINANTE: La Madre Tierra sufría.

LAS 3 SEÑORAS: ¡Ah!

CAMINANTE: El aire sucio. Los hombres y la Madre Tierra respiraban suciedad, y los árboles caían dejándola sin oxigeno.

LAS 3 SEÑORAS: ¡Ah!

CAMINANTE: El agua de sus venas estaba envenenada.

LAS 3 SEÑORAS: ¡Ah!

CAMINANTE: Y la herían y la quemaban, y en lugar de amor la cubrían de sangre y de maldad.

LAS 3 SEÑORAS: ¡Ah!

SEÑORA MOVIMIENTO: La Madre Tierra se negó a alimentar más la injusticia y se volvió contra sus hijos, y la sequía les advirtió el desastre, pero no quisieron entender.

ZAPATISTAS: (Entran corriendo, armados con rifles y cananas, sombreros y rebozos. Son una estampa del estereotipo que conocemos. Andan sin orden)

SEÑORA ADIVINACION: Surgieron las guerras y las revoluciones.

EMILIANO: (Entra)

SEÑORA DEL COLOR: Entonces los ángeles enviaron inspiraciones a los hombres.

ZAPATISTAS: (Se reúnen desordenadamente tras Emiliano)

(Al mismo tiempo los soldados suenan los tacones, para significar voluntad y disciplina, el Administrador se coloca tras ellos y el Presidente sube al centro arriba del escenario)

SEÑORA MOVIMIENTO: Y Emiliano caminó al encuentro de su destino.

SEÑORA ADIVINACION: El pueblo siguió al Guerrero.

SEÑORA DEL COLOR: Surgió en el sur, en San Miguel Anenecuilco, y despertó la conciencia de México. 

CAMINANTE: Y la violencia tuvo como respuesta la violencia.

(Ellas se unen a los zapatistas, como soldaderas. Caminante sale y volverá

como el Mensajero)

 

Escena  2:

(De entre los Zapatistas se desprenden Eufemio, Montaño, Torres y Franco, para reunirse con Emiliano, en consejo de guerra. Los Zapatistas en desorden, el ejército con disciplina. Administrador y Presidente observan)

MONTAÑO: Ahora ya tenemos una razón para justificar nuestra lucha, que es la lucha de todos los que hemos padecido injusticias: El señor Francisco Madero ha proclamado el Plan de San Luis Potosí.

TORRES: A nosotros nos interesa todo, pero en particular a ustedes, Emiliano, donde dice: «Siendo de toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetas a revisión tales disposiciones y se les exigirá a los que los adquirieron de un modo tan inmoral, o a sus herederos que los restituya a sus antiguos propietarios, a quienes pagarán también por los perjuicios sufridos…»

FRANCO: Eso está muy bien, digo yo.

EUFEMIO: Nosotros ya tomamos mucho de las nuestras, pero  necesitamos todas las que nos pertenecen, y es bueno ayudarles a los otros pueblos para que hagan lo mismo.

EMILIANO: ¡Vamos a tomar Cuautla!

MONTAÑO: ¡Ya Porfirio Díaz no es el padre de los indios!

EUFEMIO: ¡Sacaremos de allí a los federales del dictador Porfirio Díaz!

TORRES: ¡Este 20 de noviembre de 1910 es histórico!

(Cambios. Los zapatistas amagan al ejército, y salen la mitad)

MENSAJERO: (Entra corriendo, como si acabara de bajar del caballo) El señor Madero tomó Ciudad Juárez, y después que nosotros tomamos Cuautla, el presidente Porfirio Díaz renunció y se fue a las Europas. Ahora es presidente otro que le dicen interino, que se llama León de la Barra. Según eso ya se acabó la revolución, y apenas es mayo de 1911. (Sale)

ADMINISTRADOR: (Al presidente) ¡Siguen peleando en el sur! ¡Se han levantado montones de bandidos! ¡No son revolucionarios: son asesinos y ladrones que no obedecen a ninguna ley ni norma civilizada! ¡Es necesario poner orden en el Estado de Morelos!

EMILIANO: Dejaremos las armas en cuanto se cumpla la restitución de tierras, como lo específica el Plan de San Luis.

PRESIDENTE: Esos indios de Morelos dan mala imagen al país y no me dejan gobernar en paz. ¡General, proceda usted!

GENERAL: Yo soy Victoriano Huerta, y vengo a poner orden en estas tierras, donde se han insubordinado un montón de indios necios. Traigo indicaciones específicas del propio presidente León de la Barra para someterlos.

  (Cambios. Entran nuevamente todos los del ejército)

EMILIANO: Llevaremos nuestra lucha como nos enseñaron los patriotas de hace cincuenta años: guerrillas. De esa manera tendremos como apoyo al pueblo y a la tierra, al agua y a las montañas, y nunca nos faltará un taco para engañar al hambre, ni un petate para descansar, ni un lugar donde morir con dignidad.

TORRES: ¿Entonces dividiremos muchas veces las fuerzas que nos siguen?

EMILIANO: Sí. Nunca les daremos un blanco fijo. Yo estaré en todas partes y en ninguna. Sólo nos reuniremos bajo aviso y consignas especiales, para atacar o defender  un punto grande y difícil.

EUFEMIO: ¡Vamos a recuperar lo que es nuestro y a defenderlo, pero ya!

ZAPATISTAS: ¡Vamos!

PRESIDENTE: (Se quita la banda presidencial, que entrega al General, y pasa al proscenio, tomando el papel de Francisco Madero)

 

Escena  3:

(El jardín interior de una casa de Cuautla)

MADERO: (Se pasea nervioso, y hace ademanes de un molesto diálogo interno)

EMILIANO Y EUFEMIO: (Entran y se quedan unos segundos mirando a Madero)

EMILIANO: No entiendo su juego, señor Madero.

MADERO: (Reaccionando) Yo tampoco el suyo, general Zapata. ¿Por qué se escondió usted tres días, cuando más lo buscaba?

EMILIANO: Yo tengo una explicación, y quiero oír la suya. No me escondo de nadie. Me casé con una muchacha llamada Josefa Espejo. Me quiere mucho y bien. De mi parte creo que en medio de tantos líos y violencia, ella se merecía por lo menos tres días, y se los di.

MADERO: Acepte mis felicitaciones, pero…

EMILIANO: Usted nos hizo una promesa y no la cumplió.

MADERO: No entiendo.

EMILIANO: Ofreció que si nosotros entregábamos las armas, hablaría con el presidente León de la Barra para que el general Huerta se detuviera, no avanzara sobre Yautepec y Cuautla, y se volviera a Cuernavaca.

EUFEMIO: Ese Huerta atacará Cuautla, mientras nosotros hablamos.

 

(Cambio. En efecto, avanza el ejército y hacen huir -salen- la mitad de los zapatistas)

 

EUFEMIO: Se lo advertimos, señor Madero: el general Huerta atacó por todas partes causándonos muchas bajas.

EMILIANO: O usted no cumplió su ofrecimiento, o nadie le hace caso en ese gobierno.

MADERO: No entiendo lo que pasó. Voy a la ciudad de México, y les ofrezco que el ejército volverá a sus cuarteles en Cuernavaca. (Se vuelve a tomar el papel de Presidente)

EUFEMIO: ¿Me lo quiebro, Emiliano?

EMILIANO: No. ¿Para qué? No ganaríamos nada. Deja que tomen otros esa responsabilidad.

MADERO: (Recoge de manos del General la Banda Presidencial y  toma del brazo al Administrador, con quien amigablemente  ocupa el lugar de centro arriba)

MENSAJERO: (Entrando igual que antes) León de la Barra organizó las elecciones que ganó el señor Madero, y ahora, noviembre de 1911, don Francisco Madero es el presidente. Dicen que cumplió lo que ofreció: elecciones libres y el pueblo en el poder.

MONTAÑO: Eso queremos ver.

TORRES: Y eso fue lo que no vimos: dejó a los mismos antiguos científicos para gobernar, no destituyó al ejército que nos hizo la guerra y mató a muchos hermanos.

MONTAÑO: Y ahora viene a parlamentar con nuestro jefe Emiliano.

MADERO: (Baja, llevando siempre atrás al Administrador) General Zapata, ahora que la revolución ha triunfado, y siendo yo presidente, estoy en posibilidad de gratificar a usted convenientemente, de manera que pueda adquirir un buen rancho.

EMILIANO: Yo no entré a la revolución para hacerme hacendado. Yo valgo por la confianza que en mí tienen los hombres y mujeres del estado de Morelos.

MADERO: Dígame entonces qué quiere.

EMILIANO: Que usted cumpla con los postulados del Plan de San Luis, y que nos devuelvan nuestras tierras.

MADERO: Todo se hará, pero a su tiempo y bien estudiado.

EMILIANO: Si usted abandona a los hombres y mujeres de Morelos, volverán sus armas contra usted, y contra mí si me callo la boca.

MADERO: Eso puedo considerarlo yo como una traición.

EMILIANO: Puede usted estar seguro de que el Plan de San Luis no miente, y si no se cumplen las causas por las que nosotros entramos a la revolución y lo apoyamos a usted, el traidor será usted.

(Movimientos violentos en ambos bandos, que son detenidos con ademanes discretos de Emiliano y de Madero. Cambios)

 

Escena  4:

PRESIDENTE: Yo soy el presidente Francisco Ingnacio Madero, y soy el primero electo democráticamente en México después de más de tres décadas.

SEÑORA DEL COLOR: Pero no tiene visión para gobernar en paz y realizar sus propósitos.

SEÑORA MOVIMIENTO: El general Pascual Orozco se ha levantado contra su autoridad en el norte.

SEÑORA ADIVINACION: Emiliano Zapata se vuelto muy exigente en el sur, y sigue con las armas pidiendo justicia, sólo eso: justicia.

SEÑORA MOVIMIENTO: Nada de eso es bueno para el presidente Madero, y menos con los compromisos que ahora tiene.

ADMINISTRADOR: Nos da mucha pena, y no vaya usted a pensar que condicionamos nuestros apoyos, pero en el extranjero, usted comprende…

LAS TRES SEÑORAS: (Regresan con los zapatistas, como guerrilleras)

MADERO: ¡General Huerta, meta al orden a Pascual Orozco en el norte! ¡General Juvencio Robles, acabe con Emiliano Zapata en el sur!

GENERAL: Tenemos orden de someter a estos rebeldes, que no reconocen autoridad, ni leyes ni buenos oficios de personas respetables. (Los dos bandos se preparan para la lucha) Los vamos a someter, no importa cuántos tiempo nos tardemos. (Avanza el ejército) Vamos a tratarlos como lo que son: salteadores y salvajes, llenos de odio y de mugre. Obliguen a las mujeres y a los niños a denunciar los escondites. (La lucha es desigual y salen poco a poco y derrotados los zapatistas) No dejen casa ni choza sin revisar, y a quien oponga resistencia, oblíguenlo a hablar a como dé lugar. (Lo hacen) Tenemos que acabar con esta vergüenza. Cada indio, cada peón es un enemigo. No hay inocentes, sólo enemigos. ¡Acábenlos!

(Quedan en el escenario sólo el ejército, el General, Emiliano con Montaño, Madero, y el Administrador)

ADMINISTRADOR: Es urgente que recuperemos nuestras propiedades, es imperativo que nos pongamos a trabajar para producir, pero no tenemos peonada y sólo esperamos que el hambre los haga volver. Y así será. Necesitamos un gobernador en Morelos que nos entienda y nos proteja.

MADERO: Que se vaya Ambrocio Figueroa como gobernador del Estado de Morelos.

ADMINISTRADOR: (Aplaude)

 

Escena  5:

(En un extremo al fondo del escenario, el Presidente y el Administrador. En el proscenio Emiliano y Montaño, alrededor de ellos soldados del ejército los vigilan, y hombres y mujeres de Morelos, armados todos, los cuidan)

MENSAJERO: (Entrando) Yo soy Juan Sánchez, el único que sabe donde está el jefe Emiliano aquí, en Ayoxustla. Lo miro solo, siempre ensimismado, revisando los papeles que le pasa su compadre el profesor Otilio. Yo les traigo poquita comida, porque no tenemos para más, y Emiliano todavía come más poquita. Parece que lo alimenta mejor el viento que las tortillas.

EMILIANO: (De pie, mirando a lo lejos) Compadre, yo siento que esta situación es más bien propicia para otra cosa que tenemos que hacer.

MONTAÑO: ¿Cuál será ésa, compadre?

EMILIANO: Yo no sé. Pero algo tenemos que hacer.

MONTAÑO: El lugar es bueno para pensar. Aquí en Ayoxustla estamos alejados de todo y de todos. Sólo nos acompañan el viento y las nubes.

EMILIANO: Agua.

MONTAÑO: ¿Qué?

EMILIANO: Las nubes: agua. Agua y viento. ¿Miró el águila al amanecer?

MONTAÑO: No.

EMILIANO: Entonces yo pensé que todos queremos ser como las águilas, pero nomás lo decimos, porque no sabemos cómo hacerle. Ahora le digo a usted que por eso hemos sufrido mucho, porque hemos padecido hombres que se creen pájaros que vuelan muy alto y nos ofrecen la felicidad y la libertad y otras lindezas, y cuando llegan al poder son cualquier otra cosa, y además mentirosos y traidores, y se olvidan de sus promesas.

MONTAÑO: Usted trae algo más, compadre. ¿Por qué no lo suelta de una vez?

EMILIANO: Se me acaba de ocurrir, créame. Nos han insultado mucho y nos persiguen como a perros del mal. Sobre todo en la ciudad de México la prensa no hay día sin que nos insulte. Vamos a decirles a todos las razones por las que seguimos la lucha…

MONTAÑO: ¿Un manifiesto declarativo?

EMILIANO: Eso mismo. Y usted me va a ayudar a redactarlo, como siempre, ¿o no?

MONTAÑO: Desde luego que sí. Y ya veo dos puntos importantes: uno, la grande injusticia de la persecución que nos hacen por defender lo que es nuestro, diciéndonos bandidos, y dos: la imposición que nos hizo el señor Madero de Ambrocio Figueroa como gobernador que protege a los hacendados, y atropellando la soberanía del Estado de Morelos.

EMILIANO: Ahí está lo que debemos decir: hemos tomado lo nuestro según los postulados del Plan de San Luis: por eso entramos a la Revolución.

MONTAÑO: Entonces hagamos un plan, donde expongamos los que nos mueve a seguir en la lucha, y lo que queremos lograr con ella.

HOMBRE 1: (Entrando) Yo soy Gildardo Magaña, y a nombre del zapatismo declaro solemnemente  ante la faz del mundo civilizado que nos juzga y ante la nación a que pertenecemos y amamos, los principios que hemos formulado para acabar con la tiranía que nos oprime y redimir a la patria  de las dictaduras que se nos imponen.

HOMBRE 2: (Entrando) Yo soy Antonio Díaz Soto y Gama, y a nombre del zapatismo declaro que se aplicarán las leyes de desamortización y nacionalización, pues de norma y ejemplo pueden servir las puestas en vigor por el inmortal Juárez a los bienes eclesiásticos, que escarmentaron a los déspotas y conservadores que en todo tiempo han pretendido imponernos el yugo ignominioso de la opresión y del retroceso.

HOMBRE 3: (Entrando) Yo soy Manuel Palafox, y a nombre del zapatismo declaro que los pueblos y ciudadanos que tengan los títulos originales de su propiedad entrarán en posesión de las tierras, montes y aguas que les hayan robado los científicos y los caciques por la leyes venales, y las mantendrán con las armas en la mano.

EMILIANO: Mire, compadre, éste es nuestro plan y vamos a pelear hasta que lo hagamos triunfar para hacer la felicidad de nuestro pueblo. Oye tú, Juán Sánchez, diles que los convoco a todos para firmarlo en la Villa de Ayala, para que se vea que la lucha del señor Ayala al lado del inmortal José María Morelos por la restitución de tierras, es la misma que la nuestra.

Hombre 4: (Entrando) Yo soy Octavio Paz Solórzano y a nombre del zapatismo declaro que nos interesa sobremanera el bienestar del pueblo y de los trabajadores,  por eso expedimos muchas leyes sobre la educación, la buena administración, el trabajo de los obreros, la administración de la justicia, y una ley que prohibe la censura, por lo tanto protege la libertad de pensamiento y de imprenta. Ahora voy a representar a Emiliano Zapata en los Estados Unidos.

MENSAJERO: Ahora vengo con la noticia de que asesinaron al señor Madero y al vicepresidente Pino Suárez, el 22 de febrero de 1913, allá en la ciudad de México. Ahora resulta que tenemos un presidente provisional llamado Victoriano Huerta, al que apoyan los ricos hacendados y el clero. Ese Huerta es nada menos que un antiguo enemigo nuestro y del jefe Emiliano, por eso no esperamos nada bueno.

PRESIDENTE: Yo soy Victoriano Huerta, que vengo a salvar a México del desorden democrático de ese Madero. Cuento también con el apoyo del embajador gringo, míster Henry Lane Wilson, y para poner orden que el ejército federal ataque al bandido de Francisco Villa en Chihuahua, a los alzados Plutarco Elías Calles y Alvaro Obregón en Sonora, a ese barbas de chivo Venustiano Carranza en Coahuila, y hay que acabar con el tal demonio de Zapata en el sur.

ADMINISTRADOR: (Aplaude complacido. Saca de sus bolsas fajos de dinero que entrega al Presidente, y que éste entrega al General)

GENERAL: Yo soy el general Pablo González. Voy a hacer de los alzados zapatistas lo mismo que Juvencio Robles, pero cien veces más efectivo.

MENSAJERO: Pero resulta que todo México se levantó contra la usurpación, Jefe Emiliano, igual que nosotros, y después de que usted se entrevistó con mi general Villa cuando con muchos sacrificios tomaron los dos la ciudad de México, Huerta tuvo que huir, y ahora resulta que hay un presidente Carvajal, que nadie conoce ni respeta.

SOTO Y GAMA: Ahora yo voy a la Convención de Aguascalientes representando al zapatismo. Vamos a formar lo que llamaremos los gobiernos de la Convención, en noviembre de 1914.

PALAFOX: Ahora yo soy el Secretario de Agricultura del Gobierno Convencionista: vamos a fundar bancos agrarios y escuelas de agricultura, vamos a fundar fábricas de herramientas para trabajar en el campo, vamos a levantar agroindustrias y reviviremos los ingenios para que maquilen nuestra caña. Voy a mandar ingenieros que marquen los linderos de los pueblos en el Estado de Morelos. A ver, Marte R. Gómez y Felipe Carrillo Puerto váyanse con otros veinte. Sin embargo…

MENSAJERO: Me da mucha pena, jefe Emiliano, pero traigo malas noticias: Venustiano Carranza dice que es el presidente de facto, y que desconoce el gobierno de la Convención,  y aunque yo no sé qué será eso de facto, todo esto me gusta cada vez menos,  pues ahora resulta que se disgustaron don Venustiano y Francisco Villa, y se andan haciendo la guerra. Yo no entiendo.

ADMINISTRADOR: (Se separa del Presidente y da vueltas por allí, desesperado)

PRESIDENTE: Yo soy Venustiano Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista, pues peleamos por la vigencia de la ley según la Constitución liberal de 1857. Soy presidente de México desde agosto de 1914, mientras efectuamos elecciones, las que han de hacerse en orden y en paz, por lo tanto General Obregón acabe con Villa en el norte. General Pablo González, tiene mano libre en el sur contra ese rebelde sin remedio Emiliano Zapata.

MENSAJERO: Jefe Emiliano, usted ha perdonar pero no puede ser de otro modo: Obregón destrozó a Villa en Celaya, y Villa anda huido por los desiertos del norte, ahora don Venustiano dispone de 30 mil hombres más, victoriosos y llenos de coraje, que manda contra nosotros.

EMILIANO: Ni así podrán hacernos nada. La justicia está de nuestro lado.

(Poco a poco van saliendo todos. Queda Emiliano solo, de pie, altivo)

 

Escena  6:

(Entran las tres Señoras, como si volaran por todo el escenario, y no se detendrán hasta donde se indica)

SEÑORA MOVIMIENTO: Mi casa es mi casa.

SEÑORA DEL COLOR: Mi madre es la tierra.

SEÑORA ADIVINACION: Es cosa de ombligo.

SEÑORA MOVIMIENTO: Tierra abierta a fuerzas, con fierro y sudor.

SEÑORA DEL COLOR: Ella sufre con amor, porque pare hombres y alimentos para sus hijos.

SEÑORA ADIVINACION: Es tiempo de sembrar. Es tiempo de cosechar.

EMILIANO: Yo no tengo tiempo, porque no soy de ningún tiempo.

SEÑORA ADIVINACION: Si no eres del tiempo, estás vivo o estás muerto.

EMILIANO: Si estoy vivo, ahora estoy dispuesto a morir a la hora que sea.

GUARDIAN: (Entrando) ¿Acaso cumpliste la misión?

EMILIANO: Y si no, por mi honor y por mi dignidad, ¿qué me falta?

LAS TRES SEÑORAS: ¡Ah! (Y se detienen, estáticas con las manos en alto)

GUARDIAN: Difundir y cumplir el sacrosanto deber del honrado pueblo mexicano

EMILIANO: Llevo la pureza del sentimiento en el corazón. Trigo aquí la  tranquilidad de la conciencia. Nunca he pedido clemencia más que a dios, ni la necesito de nadie más, porque todavía hay hombres que tenemos vergüenza.

LAS TRES SEÑORAS: ¡Ah! (Revolotean una vez más)

EMILIANO: Y Naná Tonantzin Guadalupe vive y muere conmigo y con los hombres y mujeres del Ejército del Sur. Pensamos con ella, sentimos con ella y morimos con ella.

LAS TRES SEÑORAS: ¡Ah! (Y se detienen)

GUARDIAN: ¿Ya miras ese final, Guerrero sureño?

EMILIANO: Yo y los hombres y mujeres que me siguen anhelamos la paz, pero sólo la aceptaremos al triunfo del Plan de Ayala, y a condición de que esa paz se nos dé de acuerdo a los principios que sustentamos. Seguiremos luchando hasta vencer, o sucumbiremos en nuestras demandas.

GUARDIAN: Así será.

LAS TRES SEÑORAS: (Salen como si volaran en medio de un largo lamento)

 

                        Escena  7:

(El Guardián se hace un lado. Entra Eufemio, orgulloso y digno)

EUFEMIO: Ahora comprendo lo que nos enseñó el profesor Vara de los centauros, pero no es como él nos dijo, sino que son un hombre y un caballo que se juntan para hacerse uno solo.

EMILIANO: El hombre se hace caballo y el caballo se hace hombre, entonces el hombre es dos veces hombre y el caballo dos veces caballo, ¿o no es así?

EUFEMIO: Por eso el caballo vibra y transmite coraje a la entrepierna del hombre que lo monta. Hay que entenderlo y amarlo.

EMILIANO: El caballo también sabe mandar, por eso si lo tienes, hay que dominarlo con mucho cuidado y respeto.

EUFEMIO: ¿Y por qué estás a pie, Emiliano?

EMILIANO: Porque es necesario que mis pies no dejen de sentir la tierra y el agua. A caballo voy con el viento y somos todo fuego, pero no basta.

EUFEMIO: Eso no lo comprenden los hacendados ni los citadinos; para ellos el caballo es un lujo o un estorbo.

EMILIANO: Por eso tampoco entienden nada de nosotros, Eufemio, nada.

EUFEMIO: Ni saben lo que es cuidar una milpa.

EMILIANO: Peor aún: ellos no saben lo malo que es no tener una milpa que cuidar.

EUFEMIO: Sí, pues. Ya tenemos nueve años en esto, y siguen sin hacernos caso. Si lo entendieran, a lo mejor no nos harían una guerra tan cruel. 

EMILIANO: Ni tuviéramos tantos ignorados y oscuros luchadores que enterrar. De ellos y de nosotros.

EUFEMIO: Emiliano, contigo hemos puesto todos la inteligencia que Dios nos dio, y los brazos y el pecho al servicio de la causa, y morimos con gusto, para bien de nuestros hermanos, de nuestras mujeres y de nuestros hijos; pero déjame decirte que el valor de nuestras mujeres es lo que más me admira de todo esto.

EMILIANO: A veces me parece que yo solo sirvo para que «esto» dure hasta que tenga que acabarse.

EUFEMIO: Mientras tu vivas, nunca tendremos la debilidad de callar lo que es un deber decir con honradez. Ni aunque tú mueras.

EMILIANO: Así tiene que ser.

EUFEMIO: Y hablando de morirse, nomás viene a informarte que el maestro Torres Burgos fue sacrificado con sus hijos chiquitos en Pueblo Viejo, y sus cabezas expuestas en la plaza de Cuautla.

EMILIANO: ¿De dónde saldrá tanta crueldad?

EUFEMIO: Y que tu compadre Montaño fue encontrado traidor a ti mismo y a la causa, y por eso fusilado.

EMILIANO: A veces hay que perdonar a los que matan o roban, porque quizás lo hacen por necesidad, pero los traidores nunca merecen ningún perdón.

EUFEMIO: Y ya también yo me voy, Emiliano, ya me voy a morir; pero no voy a gusto, porque siento que andando tanto tiempo en los peligros de la guerra honrada, voy a morir de fea manera, y eso no me gusta. Si ha de suceder así, seguro que algo debo y lo tengo que pagar. De todos modos, ya no podré cuidarte y ahí te dejo mi memoria, para que te sirva de algo. (Inicia el mutis)

EMILIANO: Luego te alcanzo, Eufemio.

(Sale Eufemio)

 

Escena   8:

EMILIANO: Eres un engaño a los ojos y una mentira a nuestros corazones. En el valle se miran los verdes cañaverales de las haciendas, como si fueran una riqueza  para quienes allí vivimos. Nada es cierto, por eso duele en el alma verte desde estas alturas, hacienda extraña a nosotros. Quienes gozan de la riqueza que aquí producimos viven en palacios de la ciudad de México o en el extranjero, mientras nosotros morimos de hambre y ya casi no tenemos tierra para enterrar a nuestros muertos. Y ahora nos hemos visto precisados a tomar las armas para tener derecho a vivir y a morir. Por eso yo te maldigo, hacienda, pues no te has contentado con robar nuestra tierra, destruyes también los bosques para quemarlos en las calderas de trapiches; y en los surcos y lavaderos envenenas el agua que baja pura y cristalina del cielo y de la sierra. De tus chacuacos y chimeneas sale el humo que simboliza tu existencia: negro y contaminador del aire que respiramos. Yo te maldigo, hacienda traída del extranjero, porque nos hiciste pelear entre hermanos, después de convertirnos en esclavos en nuestra propia tierra. Ahora, por tu causa, vamos a morir nosotros, todos nosotros; pero tú estás condenada a desaparecer bajo el peso de un recuerdo de odios, y mis palabras acompañarán tu agonía hasta el momento en que secos los cauces del Anenecuilco hayas colaborado a tu propio fin, y entonces ningún llanto podrá revivirte. Sin embargo, recibe el más grande agravio que puedo hacerte, porque desde el fondo de mi corazón yo te perdono, hacienda opresora. Mírame las manos ensangrentadas y el pecho destrozado, y mírame caminar hacia cualquier cadalso que me espera; pero no quiero irme con odios ni rencores, sino amando la lucha y sabiendo que he triunfado de mí mismo. Cómo duele, pero no hay otra manera para el Guerrero: ¡yo te perdono, hacienda española y porfirista!

(Sale el Guardián)

 

Escena  9:

(Emiliano y Franco solos)

MENSAJERO: (Entrando)  ¡Aquí llega, Jefe Emiliano!

GUAJARDO: (Entrando. Viste como el General, pero sin las insignias y sin armas) Estoy a sus órdenes, mi general Zapata. No he podido entenderme con el general Pablo González y estoy convencido de que usted defiende lo que es justo para su pueblo.

EMILIANO: ¿Qué garantías tengo de usted?

GUAJARDO: El parque que ya le he hecho llegar, la batida que me ordenó darle a las partidas de Pablo González, que fue todo bien cumplido. Y que estoy aquí con usted, solo y desarmado.

EMILIANO: Mire, Coronel Guajardo, Yo tengo especial aversión por los traidores. Si lo que usted hace es una traición a sus jefes, ¿qué me garantiza que después no me traicione a mí?

GUAJARDO: Nada, mi general, sólo mis hechos. Además de haber cumplido lo que se ha servido usted mandarme, le vengo a pedir permiso de apoderarme de las armas y del parque que yo sabía desde antes que le llegarían al general González.

EMILIANO: Puede usted hacerlo.

GUAJARDO: Se las entregaré a usted pasado mañana  en la hacienda de Chinameca, que nos ofrece garantías de seguridad a todos, si le parece.

EMILIANO: Me parece.

GUAJARDO: Además, lo invito a comer, a usted y a su escolta. Y mire, en prueba de la amistad que también quiero ofrecerle, ahí le traigo al caballo alazán que tanto le gustó, el As de Oros, para que me haga el honor de montarlo.

EMILIANO: Muchas gracias, coronel Guajardo. Estaré con usted en Chinameca.

GUAJARDO: (Saluda militarmente y sale)

FRANCO: ¿De veras vas a ir, Emiliano?

JOSEFA: (Entrando) Emiliano, ¿dónde estás? ¿Acaso te has perdido en medio de tanto sufrimiento y de tanta sangre? Han venido a decirme que aceptaste la invitación de ese coronel Guajardo, por el que no siento ninguna confianza, ni tú tampoco. ¿Por qué aceptaste?

EMILIANO: ¿Qué quieres que te conteste, Josefa? La verdad es que no puedo darte una razón válida para ir a Chinameca, pero tampoco para no ir. En el fondo del corazón siento que algo bueno va a salir de Chinameca, pero no sabría decirte qué ni cómo.

JOSEFA: ¿Qué más puedo decirte que tú no sepas? ¡Cuánto quisiera estar contigo, acompañándote como las otras mujeres de nuestro pueblo a sus hombres! Antes de ir a Chinameca, ven conmigo, visita lo que pudo ser un jacal  de agricultores y es la tienda de un soldado.

EMILIANO: Francisco Franco, cuida mucho esos papeles, acuérdate de que en la memoria de nuestro pueblo está la justicia de nuestra causa.

FRANCO: Soy el Hombre del Secreto, acuérdate tú.

EMILIANO: (Al Mensajero) Avísales que estén preparados, porque yo ya lo estoy.

MENSAJERO: (Asiente con la cabeza)

(Salen Emiliano y Josefa. Franco hace un ademán de «ni modo», y sale; lo sigue el Mensajero. Entra el Guardián, echa un vistazo a todo el escenario, como si comprobara que todo está dispuesto y se aparta)

 

Escena  10:

(Patio de la Hacienda de Chinameca. El Pelotón de fusilamiento perfectamente ordenado en un extremo, con un clarín de órdenes a un lado. En el otro extremo Guajardo con dos de sus oficiales)

GUAJARDO: (Observando con los prismáticos) Ya viene. No hay duda de que es Emiliano Zapata: nadie monta como él. (Nerviosismo en sus oficiales)  Y viene montado en el caballo alazán que le regalé. Estén todos preparados según convenimos (Los federales presentan armas, y el clarín se adelanta un paso), y disparen a discreción (Los federales cortan cartucho). Sólo queremos el cadáver de Emiliano (Apuntan hacia donde se colocará Emiliano, como si ya estuviera ahí), a los otros no los toquen, ¿para qué? Tendremos una grande recompensa, así que no fallen. ¿Listos? 

CAMINANTE Y LAS SEÑORAS: (Entran por la derecha. Ellas traen un bulto parecido al de la primera escena del primer acto. Él un rifle 30-30)

EMILIANO: (Entra por la izquierda con dos de su escolta, y se detiene)

CLARIN: (Toque de honor)

EMILIANO: (Mientras toca el clarín, camina él solo hacia el proscenio)

(Al terminar el toque de clarín, cae sobre él la descarga de fusilería. Emiliano permanece en pie. Pausa. Después, simultáneamente, Guajardo huye, caen muertos los oficiales y soldados federales, menos el Clarin. Los dos zapatistas se descubren y entristecidos bajan la cabeza, como si lloraran, y se les une una mujer.)

LAS SEÑORAS: (desenvuelven el bulto, que es bandera mexicana, la que ponen sobre los hombros de Emiliano, como capa que lo medio cubre. Y se quedan atrás de él, muy orgullosas)

CAMINANTE: (Ha llegado mientras tanto, y le entrega el rifle. Se junta con las Señoras, con igual actitud)

GUARDIAN: ¡México, despierta!

EMILIANO: (Con la mano izquierda sujeta la bandera sobre el pecho, y mirando al público, levanta poco a poco el rifle hasta por encima de su cabeza.

CLARIN: ( Al mismo tiempo toca las primeras notas de “Bandera”)

TODOS: (Permanecen como estatuas unos segundos, y al terminar el Clarín)

 

Baja el telón.

FIN DE LA OBRA

 Morelia, verano del 99

 

 

 

 

 

 

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