El Extraño

EL EXTRAÑO. Para Rosita. Fernando López Alanís. Acuérdate, Rosita, de aquella conversación que tuvimos hace quince años.  ¡Qué te vas a acordar, si tenías sólo tres añitos de edad! Pero yo te hablaba a ti como persona mayor, como si de todo me entendieras, porque no tenía a nadie más para decirle mi pena, esa pena enorme que me destruyó el amor. Digo mal, Rosita, hija mía, destruyó el amor que le tenía al hombre que fue tu padre, porque mi amor no se destruyó, sólo se desvió para volcarse todito en ustedes mis tres niñas, mis muchachitas.

Ahora somos tres, te dije aquel día, Rosita, con esta pequeña hermanita que Dios te ha dado. Pero,  ¿de veras fue Dios? Yo pienso que fue la debilidad que tuve al abrirle mi cuerpo a tu padre, cuando ya no tenía ningún derecho: y así nació Teresita.

¿Cuándo se fue tu padre por primera vez al norte? Todavía estaba recién casada, mis ilusiones como flores mañaneras asomaban a la vida, con el amor brotando como yerba fresca, verde y prometedora. Un mal día se fue a trabajar al norte, dijo que a conseguir más dinero para las dos, para ti, Rosita, que ya empezabas a hacerte notar en mis entrañas. Las mujeres del pueblo me decían:  “No dejes que se vaya, amárralo con tu amor ahora que es tiempo; por allá la ambición y la distancia los devoran y no vuelven más”. Pero ya el gusanito verde del dólar había picado su corazón. Eso es lo que te dije hace quince años, Rosita, y mira cómo ha pasado el tiempo.

Tal vez desde entonces para mí todos los hombres son bichos raros, a los que se me ocurre aplastar lentamente, para  hacerlos sufrir y cobrarme lo que uno de ellos a nombre de todos me hizo.

Ahora, Teresita, que la Mela y tú son unas señoritas, la gente del pueblo sale con que ustedes son unas ingratas, que no tendrán cabida en el cielo, que son malas hijas. ¡Si para mí son las mejores hijas del mundo! ¡Y ustedes no tienen padre, se murió hace mucho tiempo, se mató él solito!

Cuando tú veniste al mundo, Rosita, estaba yo sola. Mi madre ya había muerto. Una vecina por caridad vino a acompañarme, doña Chole, la atolera, que se detuvo aquí un día completo ayudándome a que nacieras. Después me mandaba todas las mañanas mi atolito para que tú lo bebieras luego convertido en leche. Esa fue toda nuestra compañía. Ya para entonces se habían terminado todos los ahorros, y empecé a vender lo poco que teníamos: las ollas, la licuadora, aquella colcha de percal hecha con pedacitos de amor y con hilos de suspiros, aquélla que todas me envidiaban y yo la guardaba para estrenarla cuando él viniera. Vendí todo, hasta las sillas. Sólo quedó en un rincón la cama, que encontró él cuando regresó al año, sin dinero porque todo lo había gastado en regresar para conocerte. Con qué amor lo recibimos las dos. Tú dibujaste al verlo tu primera sonrisa y no cesabas de platicarle con gorgoritos de pajarito mañanero; pero ni eso lo amarró: se fue de nuevo, y otra vez el olvido. Ni una carta, ni un centavo.

Pronto me di cuenta de que venía la Mela y que no teníamos ni para comer. Fue entonces cuando me decidí y trabajé como sirvienta un año, lavando ropa con mis manos, de las que primero brotó sangre, y luego se me hicieron rudas como las de un campesino y ya se acostumbraron. A lo que no se acostumbraron nunca fue a no mecerte cuando te dejaba sola con la buena doña Chole, que siempre me decía: -Vaya con Dios; la criatura sabe que es huerfanita, y se queda siempre muy quietecita viéndome hacer el atole.

Así que cuando vino tu padre otra vez, ahora sin dinero pero con muchas presunciones, encontró su escudo, y me dijo: “Ah, ya tienes tu máquina y otra chiquilla, que a lo mejor ni es mía. Qué casualidad, y hasta pá lujitos tienes, ¡eh!”.

El venía con ropa nueva, con un reloj que hablaba la hora en un idioma que nadie entendía, con una grabadora que cargaba para todas partes, como para que todos se dieran cuenta de que ganaba muy bien. Mientras tú, la Mela y yo comiendo a veces las sobras de la casa a donde iba a lavar la ropa.

Y así fue cuando tenías tres años nació Teresita, frágil y debilucha porque ya mis pulmones empezaban a resentir tanta lavadera. Desde entonces me duele mucho la espalda, y luego esa tos que nunca se me quita.

Tu padre regresó al año, siempre al año, cuando en el norte hace frío, la nieve cubre todo y no hay trabajo en el campo. Estaba con nosotras en  ratitos, porque se iba a la cantina a gastar lo que nos había traído, pero que no nos lo daba porque quién sabe de  quién fueran tus hermanitas y él no iba a mantener hijos ajenos, eso me decía. Y  aunque era muy fácil sacar las cuentas de los nacimientos de ellas, que fueron siempre a los nueve meses de sus visitas, eso decía él, como pretexto para emborracharse ese año que trajo tantito dinero.

En el pueblo nadie hablaba mal de mí. Al contrario decían que ya parecía una santa de todo lo que le aguantaba a tu padre y de lo mucho que me dedicaba a ustedes; pero santa y todo, ya ese año había tomado precauciones  para no salir embarazada, e hice muy bien a pesar de lo que decía el señor cura, de que debíamos tener los hijos que Dios nos mandara, y la mera verdad no tuve ningún remordimiento. Por eso a los dos años que él regresó no encontró niño nuevo, y se fue a gastar su dinero en la beberecua, pretextando que yo no quería darle mas que “viejas”, y que cuando tocaba hombrecito no había sabido atraparlo, y que por la decepción tardaría mucho, mucho en regresar.

No me extrañó eso ni todas sus habladas, porque ya su amor era un rescoldo, y porque me habían informado de que por allá se había buscado una gringa a la que le daba por ley de aquel país casi todo su dinero, y con la cual no tenía hijos porque ella no quería tenerlos; que se había juntado con ella para tener derechos, y así ganaba mucho más dinero del que nunca nos tocó ni una tandita.

Pasaron años. Nos manteníamos ya muy bien con mis costuras, pues en el pueblo me mandaban hacer todos los vestidos; tú estabas mayorcita y me ayudabas a pegar botones y a hacer bastillas.

Hasta que un año vino tu padre con su gringa. Ya no llegó a nuestra casa. Esa vez que vino con la otra llegó en un carro grande, casi nuevo, gastando más que nunca y con mejores ropas. A todos le trajo regalos, menos a nosotras. A mí apenas si me saludó, y como a escondidas de la mujer gringa. Un día que yo no estaba él vino a verlas a ustedes, -¿Te acuerdas Rosita? ¿Y qué les dijo? Que esa señora era su prima. Esa vez no se emborrachó, y cuando se fue ni siquiera se despidió. Se fue para no volver ya nunca.

Porque sí, Rosita, tú y tus hermanas y yo tenemos razón, digan lo que digan en el pueblo. El hombre que tocó hace dos días en esta puerta, no es tu padre. Dijiste bien, hija mía: en esta casa no hay padre. Son ustedes de tierra, como los huevos de algunas gallinas, y así como a ellas nadie les reclama por no tener gallo, nadie tiene por qué reclamarnos que después de una vida de estar solas, sin hombre; ese extraño, enfermo, pobre, hambriento que tocó a nuestra puerta, y que les dijo a ustedes mis hijas, que era su padre, y que venía a quedarse para siempre con nosotras, y al que tú, Rosita, y también tus hermanitas, le contestaron que en esta casa no tenemos esposo ni padre, y le cerraron la puerta; ese hombre no tenía por qué pedir clemencia, pues perfectamente sabía que la puerta de nuestro corazón hace mucho está cerrada para cualquier extraño que quiera entrar por ella, y ese hombre es un extraño.

 

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