El Bolitas

FLA.PeleadeGallos 1928. Música de guitarras y violines, voces varoniles que festejaban la victoria, prisas de mujeres sobre las duelas del comedor y de la cocina, sol de medio día, perfume de campo: todo enmarcaba la alegría desbordante más allá de los sembrados y las lomas.

         Había sido una victoria importante sobre los poderosos rivales de San Juan; muy importante. Los de San Juan tardarían meses en recuperarse, meses en los que don Rafael López seguiría siendo el señor de los palenques regionales.

         Don Rafael aceptó el reto y se presentó a ganar: de treinta gallos que llevó a La Garita, plaza neutral, sólo dos murieron. Una victoria de magnitud no conocida antes, y veinte mil pesos para el rancho de La Laguna.

         De acuerdo con la tradición, don Rafael, acompañado de su familia y de numerosos invitados, festejaba la victoria con el mole preparado a base de los gallos muertos. Valía la pena asistir a las fiestas de don Rafael: eran únicas en la región. Ni don Rafael ni su familia tomaban de las bebidas embriagantes puestas a disposición de los invitados, pero la alegría natural de toda la familia mantenía las fiestas a su máximo.

         Toda la satisfacción de don Rafael y sus hijos, así como la alegría de los ahí reunidos, encontraban eco perfecto en Salomón, el hijo más pequeño de los hombres, Víctor y José. Salo atendía a las conversaciones de los hombres y reía con ellos, se acercaba a los músicos y hacía que cantaba, corría a la cocina y, al no comprender las voces apagadas y las prisas de las mujeres, bajo el comando de su mamá, la señora Esther, volvía para reunirse con los hombres, seguido de la voz materna, que seguramente exigía más leña para fogón.

         Llegó la hora de comer y, excepto los músicos y las mujeres, todos se sentaron a la mesa. Salo observaba a través de su inmensa mirada azul. Don Rafael, solemne y satisfecho en la cabecera de la mesa, era el centro preferido de las miradas del niño.

         Salomón deseaba ser como su padre: alto, fuerte, delgado, importante, dueño de una gallera famosa. Todo eso, claro, junto con un rancho lleno de siembras y de ganado, como la Laguna.

         El niño terminó de comer y abandonó el comedor. Deseaba estar solo, sin más testigos que sus sueños de gallero triunfante. Caminaba distraído, con los ojos abiertos, pero sin darse cuenta de lo que veía, acariciado por una brisa traviesa y por el perfume de las milpas, acompañado por el rumor del agua que corría en la zanja.

         Así llegó hasta el “camino real”, donde los gritos de unos arrieros atrajeron su atención. Eran tres hombres y una mujer que insultaban a cinco burros; todos, hombres, mujer y bestias, cargaban huacales con gallos y gallinas de todas las edades. El niño contempló aquella caravana y sus ojos buscaron ávidos un gallo de pelea; no lo había, pero la mirada de Salomón fue estudiada y comprendida por uno de los arrieros. Se acercó a él y, encorvado por el peso del huacal, dijo:

         – ¿Quieres un pollo, jovencito?

Salomón vió aquel rostro sucio, curtido por muchos soles, y respondió que no.

– ¿Tóns queres una gallina?

– Tampoco.

         El hombre sonrió mostrando una dentadura amarilla y dispareja. Su instinto de mercader le decía que aquel niño, todo guapo y simpático, era un cliente seguro.

– ¿Tóns qué quieres?

– Un gallo fino.

– Yo tengo uno. Míralo.

Descargó el huacal y extrajo, en medio de una sinfonía de cacareos, un gallo grande, de fuerte complexión, de cuello alto y poderoso. Era sin duda hijo de padres de pelea, pues mostraba agresividad al mismo tiempo que un porte altivo. Salomón lo sopesó, examinó las patas y acarició las sucias plumas. Era un gallo de raza desconocida, pero poseía además una cierta atracción, una cierta simpatía, un algo que atrajo a Salomón.

– ¿Cuánto?

– Tres pesos, jovencito. Lo que me costó.

Don Rafael, en la euforia del triunfo, había regalado a su hijo cinco pesos. Salo nunca había tenido tanto dinero junto, y la noche anterior casi no pudo dormir pensando qué hacer con aquellos cinco pesos. Ahora lo sabía: compró el gallo.

         Con él en los brazos se dirigió a la gallera. Ahí estaba Nachito, el viejo pastor. Salomón se acercó a él y le pidió que pusiera su gallo en uno de los casilleros vacíos. Nachito se asustó: imposible meter aquella cosa, toda llena de gorupos, en la gallera; ahí sólo tenían cabido los gallos de pelea de don Rafael, los campeones de La Laguna, no cosas como ésa.

         Salo triste buscó un mecate y una estaca; ató al animal cerca de la gallera, y recordando que era hijo del patrón, se plantó ante Nachito y le ordenó cuidar el gallo. La orden fue tan terminante que el buen hombre prometió que así lo haría. Salomón se inclinó y, acariciando al gallo, le pidió que lo esperara, pues iba a traerle comida.

         Corrió a la casa y llegó jadeante ante su padre. Una inmensa sonrisa iluminaba su rostro.

 

– ¿Qué has visto, hijo?

– ¡Compré un gallo, papá, un gallo de pelea!

– ¿Sí? ¿Dónde?

– Afuera, a unos arrieros.

– ¿Y cuánto te costó?

– ¡Tres pesos!

– Pues debe ser un buen gallo, ya que te ha costado tan caro — opinó uno de los invitados.

– La pasión por los gallos es una enfermedad que se hereda -Observó otro.

– ¿Y qué piensas hacer con tu gallo, hijo?

– Entrenarlo para que pelee.

– Cuando lo tengas listo avísame, ¡Ah, já, já! – retó don Artemio, un vecino muy amigo y eternamente deseoso de ganar una pelea a don Rafael.

– ¡Yo le avisaré! Papá, voy a llevar de comer a mi gallo.

A partir de aquel momento Salomón no tuvo otro cuidado que su gallo. Lo llevaba a los escarbaderos y lo soltaba a pasear, para que fortaleciera sus músculos; lo frotaba con alcohol después de los ejercicios, y lo alimentaba con el mismo preparado de los gallos de su padre.

         Salomón notó que su gallo daba muestras de viveza y que su canto, si bien un poco más ronco, era tan alegre como cualquier otro de los gallos finos. Sin embargo, la inmensa cresta lo afeaba y decidió cortarla él mismo; como no tenía experiencia lo hizo mal, de suerte que en la nuca quedó una pequeña bolita, particularidad que dió nombre al gallo, “Bolitas”.

         Quien lo bautizó fue don Artemio. Este señor, atraído por la simpatía del niño, seguía con atención, al igual que algún otro vecino de los que asistieron a la fiesta aquella, los cuidados de que era objeto el gallo.

         Don Artemio, tanto por el placer de ganar una pelea a los López, como por el gusto de comer un mole gratis, un día retó nuevamente a Salo y la pelea se concertó para el domingo siguiente, sin el conocimiento de su padre ni de sus hermanos.

         Las noches anteriores a la pelea, Salomón tardaba mucho en dormirse. El presentimiento de una derrota lo espantaba y el deseo de una victoria le daba confianza. Salo acabó por tener una gran esperanza en su Bolitas; ganaría, simplemente ganaría, no tenía por qué perder.

         Toda la mañana del domingo la pasó Salo junto al gallo, mirándolo, acariciándolo, hablándole de su próxima pelea y de la forma cómo tenía que hacer para ganar. A todo ello asistía Nachito, a veces divertido, a veces enternecido por aquellas muestras de cariño.

Lopez.Primos         Y la hora de la pelea llegó. Don Artemio se presentó con un gallo colorado, inquieto, de cacareo alegre y decidido. Salomón después de escamotear a su padre la navaja que le pareció más adecuada, esperaba nervioso el momento de cazar la apuesta.

         Don Artemio dijo “ ¡van los moles! “, “ ¡van! “, contestó Salo adquiriendo voz y ademanes de hombre curtido en el palenque. Repentinamente Salomón se sintió dueño de sí, él mismo amarró la navaja de dos y media pulgadas y sumamente filosa. La pelea, como todas las de aquellos tiempos, eran “a navaja libre”; es decir, cada quien escogía la medida que convenía al gallo.

         El colorado de don Artemio era poderoso, lleno de hermosura y de deseo de matar; el Bolitas mostraba cierto nerviosismo y a su aspecto hacían falta los colores metálicos de las plumas de un gallo de pelea, así como la larga y arqueada cola.

         Con los gallos en sus manos se acercaron los dos hombres. El colorado y el Bolitas se lanzaron picotazos en el aire. El Bolitas fue tocado en el cuello y esto lo enfureció, trató de lanzarse contra su enemigo pero Salo, complacido por aquella reacción, lo contuvo.

         Los hombres retrocedieron tres pasos sin darse la espalda, al mismo tiempo pusieron los gallos en el suelo, y los soltaron. Los dos animales corrieron a encontrarse y en el punto del encuentro saltaron con las navajas hacia adelante. Fue una sinfonía de aletazos, plumas al aire y de gritos de “Bolitas -Bolitas”, “colorado -colorado”.

         Un minuto después el Bolitas cantaba triunfante y Salo gritaba y saltaba de alegría, lanzando su sombrero al aire, ante los rostros de sorpresa de don Artemio y de Nachito, único testigo imparcial de aquel milagro.

         Salito se olvidó de todo y corrió a casa para dar la noticia. Don Rafael y sus dos hijos mayores paseaban por las caballerizas cuando vieron a Salomón correr, brincar y gritar “¡ganamos, ganamos, ganamos!”.

– ¿Qué sucede, hijo?

– ¡Ganamos, papá, ganamos!

– ¿Y qué ganamos?

– ¡El Bolitas, papá, el Bolitas mató un gallo de don Artemio!

– ¿De don Artemio?

– ¡Sí, papá, y comeremos mole. Yupi!

– Habrá que ir a verlo, opinó José.

– ¡Se lo voy a decir a mamá y vengo! – anunció Salito y se alejó corriendo en dirección de la cocina, dejando atrás a los tres hombres que sonreían complacidos, aunque sin comprender.

         Cuando Salomón volvió a la gallera no encontró a nadie. La soledad y el silencio lo asustaron y temió una desgracia para su gallo. Gritó a Nachito, quien le contestó desde dentro de la gallera. Ahí estaba su gallo, atado a una estaca en el suelo, con un lazo nuevo y con protector en el nudo de la pata. El colorado colgaba de una de las manos de Nachito.

         El despecho de don Artemio, la admiración de Nachito y el cariño de Salomón se encargaron de hacer propaganda a la victoria del Bolitas. Pronto los vecinos sintieron curiosidad por conocer aquel gallo y por verlo pelear.

         La ocasión se presentó cuando la festividad de San Rafael Arcangel, fecha en que el rancho de La Laguna se engalanaba y llenaba de invitados para festejar a don Rafael López Bernal.

         La fiesta, además de la charreada, la barbacoa y la música, incluía peleas de gallos. En estas ocasiones don Rafael, con el fin de brindar una satisfacción a sus invitados, jugaba con todos los que deseaban competir y solía presentar los gallos que menos esperanzas daban de triunfar en las peleas formales. Cuando estaba por terminar el improvisado palenque, se presentó don Artemio con un gallo cenizo, triunfador de tres peleas de compromiso, y gritó: “Salomón, veinte pesos contra el Bolitas”.

         Salomón sintió un violento vacío dentro de sí. Los asistentes secundaron la proposición con gritos de “Bolitas, Bolitas”, don Rafael puso monedas por veinte pesos en las manos de Salo, y Pepe ordenó a Nachito que trajera el gallo.

          La entrada del Bolitas causó desconcierto. Grande, de colores opacos, con una cola corta y dispareja, parecía todo, menos un gallo capaz de enfrentarse en una pelea con navajas.

         Salomón, medio aturdido y medio nervioso, amarró la navaja bajo la vigilancia de don Rafael y de Pepe. Y mientras amarraba decía: “acuérdate, Bolitas, de que ya dimos una tunda a don Artemio; no tengas miedo, no te va a pasar nada; no vayas a correr, Bolitas, tú no eres de los que corren; ve y mata ese gallo feo de don Artemio… si lo matas, te doy de comer la carne de don Artemio…”

         Esta vez la pelea duró menos de un minuto. El Bolitas corrió al encuentro del otro gallo y repentinamente se detuvo, hizo como que se sentaba y comenzó a tirar navajazos. El gallo cenizo también corrió contra el Bolitas, pero como estaba acostumbrado a saltar y comenzar la lucha en el aire, brincó para no encontrar a nadie y caer sobre la navaja del Bolitas.

         Gritos y aplausos enmarcaron la victoria del Bolitas. Todos se acercaron a felicitar a Salo, quien sonreía agradecido bajo la mirada satisfecha de don Rafael. Pepe desamarró la navaja y entregó el gallo, sin una sola herida, a Nachito. Don Rafael dijo a éste: “ponlo con los otros”. En esto don Artemio se acercó a Salomón para decirle: “Aquí están tus centavos. Te felicito, tienes un gallo muy bueno; lo he visto pelear dos veces y en las dos ha peleado diferente, para ganar. Te felicito”.

         Desde entonces el Bolitas recibió, por parte de Nachito, las mismas atenciones que los otros gallos, además del cuidado que Salomón le daba. Salo, en cuanto sus deberes se lo permitían, estaba en la gallera con su Bolitas, para acariciarlo, ejercitarlo, darle de comer carne molida y platicar con él. Para Salo era penoso separarse mucho tiempo de su gallo, y cuando esto sucedía, comenzaba por distraerse para terminar haciendo mal las cosas, lo cual atraía la dura mirada de don Rafael, las voces airadas de los hermanos, o el regaño cariñoso de la madre.

         En esto se llegó la feria de El Bosque y don Rafael preparó los gallos y los caballos para salvar el “compromiso”. Debería pelear contra los partidos de El Bosque, de la Junta y de San Juan, y tenía que correr contra los caballos de El Bosque y del rancho La Cañada. Iban a ser tres días muy atareados y con mucho dinero en juego.

         A la hora de meter los gallos en los huacales para transportarlos, Víctor, en presencia de Salo, preguntó a su padre que si llevaría al Bolitas, a lo que contestó don Rafael: “bueno, métanlo también”. Salomón se sintió orgulloso, satisfecho y un poco ruborizado.

         La familia de don Rafael en pleno se trasladó a El Bosque. Cada uno de los hombres montaba un brioso caballo, mientras las mujeres iban en otros mansos, ya viejos. Don Rafael y José cabresteaban los potros que competirían; Víctor, y Salo cuidaban de los burros que transportaban los gallos. Los acompañaban dos peones de confianza y de experiencia en cosas de caballos y gallos.

         En el Bosque se hospedaron en la casa de unos parientes, quienes ya tenían preparadas las habitaciones, la caballeriza y la gallera para recibirlos. En El Bosque, como en cualquier otro pueblo o rancho, la familia de don Rafael era siempre bienvenida y recibida con muestras de simpatía y cariño. Su fama de honrados, de buenos galleros, de excelentes jinetes y de ricos ganaderos no excentos de cierta humildad, era apreciada en todas partes.

         La feria había comenzado desde dos días antes, pero don Rafael prefirió presentarse sólo para los días en que competirían sus animales, pues así éstos estarían más completos considerando que de La Laguna a El Bosque no mediaba ni media jornada.

         Salomón, después de atender al Bolitas y de recomendarle que no se pusiera nervioso por si tenía que pelear, se dedicó a molestar con el fin de que lo dejaran salir a distraerse él solo. No fue posible acceder a sus deseos y tuvo que salir con las mujeres. Iba furioso. Así y todo se dedicó a gozar de la feria, la cual, por otra parte, no era ni muy grande ni muy animada. El interés todo de la feria estaba en el palenque y en las charreadas.

         Al día siguiente de su llegada, los cuatro López se presentaron en el lienzo por la mañana, y ahí comenzaron a dejar constancia de ser los mejores. Pepe sobresalió jineteando, lo que acostumbraba hacer cogido sólo con la mano izquierda, mientras con la derecha sostenía una cerveza. Don Rafael mostró como se maneja una reata y no falló una sola de las mangas de pie o de a caballo, y Víctor ejecutó, vendado, el paso de la muerte, y los tres tumbaron todas las reses en el coleadero. Salo, todo un hombre en su caballo alazán, se dedicaba a correr los animales para las suertes y ayudaba a tumbar los toros para los jinetes. Pocas veces el lienzo de El Bosque había escuchado tantos gritos, tanto aplausos y tantas dianas. Don Rafael y sus hijos encendieron al público y lo hicieron estallar a su favor.

         Después del baño, de la comida y de un merecido descanso, fueron a preparar los gallos que pelearían esa noche y a pasear los caballos que correrían al día siguiente. A todo ayudaba Salo, prodigándose, claro, en el cuidado de su Bolitas.

         La primera noche tocaba pelear contra el partido de San Juan. Y si bien ganaron todas las peleas extras perdieron algunas de compromiso, lo que descontroló un poco los planes de don Rafael.

         El segundo día ganaron las carreras de caballos, pero en el lienzo se lastimó el caballo colorado de Víctor, lo que fue interpretado como un signo desfavorable, y en el palenque todos mostraban cierto nerviosismo. Tocaba pelear contra los de la Junta y ganaron nuevamente en las peleas de compromiso, perdiendo sólo algunas de las extraordinarias. Acostumbrado, como estaba, a ganar, las pocas pérdidas inquietaron a don Rafael. Además, los gallos en condiciones de pelear no parecían suficientes para el siguiente compromiso.

         El tercer día de su estancia, que coincidía con el último de la feria, fue difícil para don Rafael, pues jugaba contra el partido de El Bosque, que se había preparado para ganar. Eran las peleas de compromiso y don Rafael temía no tener gallos para responder. Él, siempre previsor, lamentó no haber traído más gallos, y juró que la próxima acarrearía con toda la gallera, los sementales inclusive, aunque el compromiso fuera de sólo una pelea.

 López.Pepe        Las cosas no iban tan mal hasta la sexta pelea, pero la séptima la perdieron con una apuesta de mil pesos. Entonces don Rafael pidió al Bolitas. Víctor y Pepe se miraron sin comprender la actitud de su padre, pero obedecieron. Salomón estaba pálido y sentía el corazón latir en sus sienes.

Don Rafael pidió un gallo de dos kilos cien gramos con una apuesta de quinientos pesos, y ordenó que aceptaran apuestas a como las pidiera el público, hasta sólo pegar dos mil pesos, en caso de perder.

         Salito se sorprendió rezando Ave Marías a una velocidad de vértigo. José amarró la navaja con todo el cuidado que le fue posible, Víctor tomaba apuestas hasta de cinco a uno y don Rafael, solemne e imperturbable, atendía al trabajo de Pepe. Ya para salir al redondel, Salomón se acercó al Bolitas y le dijo, acariciándolo y con voz insegura, “ándale, Bolitas, échate otro”.

         Nadie aceptaba que el Bolitas pudiera pertenecer al criadero de don Rafael. Las apuestas todas estaban a favor del giro de los de El Bosque y había quienes pronosticaban que el Bolitas correría, como gallo corriente que era.

 Cuando los soltaron, ambos gallos corrieron a encontrarse, pero ya el Bolitas tenía tomada la medida a sus finos enemigos, así que al soltar el giro, él repitió la estrategia que ya le había dado una victoria; esto es, hizo como que se sentaba y levantó las patas para esperar la caída del giro en las mortales navajas.

         El griterío fue ensordecedor. ¡La chica, se hizo la chica! Los músicos atronaron el ambiente con dianas y don Rafael y sus hijos se abrazaban y aventaban los sombreros al aire. Todo mundo aclamaba el Bolitas, y Salito, feliz, recogió su gallo y lo examinó: estaba ileso. El niño lloraba a pesar de su inmensa sonrisa y de las aclamaciones. Una de las cantadoras se acercó y le preguntó:

– ¿Es tuyo ese gallo?

– Sí, señorita…

– Eres hijo de don Rafael, ¿verdad?

– Sí…

– ¿Me vendes tu gallo?

– No.

– Pues en castigo de que no me quieres vender ese gallo tan feo, ¡toma!

Salito vió como la cantadora, siempre sonriente, se inclinó sobre él; cerró los ojos y sintió un beso fuerte en la mejilla, mientras todo el aire se tornaba fuertemente perfumado. Víctor y Pepe, testigos de la escena, gritaron con alegría para festejar la conquista de su hermano.

         El triunfo del Bolitas fue el inicio, aquella noche, de toda una serie de victorias para ellos; así dejaron una constancia más de su prestigio; y no sólo salvaron sus gallos, sino que volvieron a La Laguna con grandes ganancias.

         Fue entonces cuando se hizo famoso el dicho: “gallo corriente gana, si es de don Rafael López”.

         Aquel día don Rafael aceptó el compromiso de presentarse para la fiesta patronal de La Junta. Hizo público el compromiso durante la comida, que esta vez tenía exceso de mole, y anunció que el Bolitas había ganado, entre otras cosas, una ternera, la cual podía escoger Salomón el próximo herradero.

         Durante una semana Salomón dividió sus sueños entre los próximos triunfos del Bolitas y el “fierro” con que marcaría a su ternera, la que, por otra parte, ya había escogido y puesto nombre; la llamaba “Negra”, por el color de su pelaje, y se decía que los hijos de la Negra, y la Negra misma, tendrían que ser tan admirados como el Bolitas.

         La ternera, sin embargo, fue marcada con el fierro de don Rafael, y esto causó que Salito no gozara, como en otras ocasiones, del ambiente charro y campirano del herradero, con sus caballos, sus gritos, sus polvaredas y sus emociones. Fue también causa de que el niño no sintiera tan suya la ternera, por lo que la dejó con los demás animales, sin ocuparse más de ella, y recordando solamente que le pertenecía. El cariño del niño, pues, continuó todo volcado hacia su gallo, al que, como siempre, colmaba de cuidados y atenciones tiernos y amables.

         El tiempo transcurrió dentro de aquella paz dulce y sabrosa que informa la vida del rancho, y que no tiene otros cuidados que las ordeñas, las siembras y los animales; cuidados que cuando exigen mucho trabajo, permiten gozar mejor del descanso.

         Unos días antes de la fiesta de La Junta, enfermó María, una de las dos hermanitas de Salomón, por lo que doña Esther hubo de trasladarse a San Juan con Lupe, la otra niña, y dos peones de compañia. Por no ser grave la enfermedad, don Rafael y sus dos hijos mayores no tuvieron inconveniente para presentarse en La Junta; pero a Salomón se le obligó a ir a San Juan acompañando a su madre, para ayudarla en lo que se ofreciera.

         Durante muchos días estuvo Salito irritable y nervioso. No sabía si don Rafael había llevado al Bolitas a la Junta, ni si, caso de haberlo llevado, pelearía, y, por otra parte, si el gallo permanecía en La Laguna, ¿lo cuidaría debidamente Nachito?

         Un día de tantos llegó un mensajero de Don Rafael con cartas para la señora y Salomón. La carta de Salo la enviaba Víctor y decía: “La Junta, Mich., febrero de 1928. Hermano, el Bolitas peleó de compromiso contra un gallo muy bueno, y ganó. Otra vez salió ileso. A lo mejor con dos o tres plumas menos, pero sin una herida. Saludos a mamá y a las niñas. Tu hermano, Víctor.”

         Salito mostró su alegría de mil modos diferente y su cambio fue tan notable que la madre y las hermanas no sólo se alegraron con él, sino que desearon al Bolitas una larga serie de triunfos.

         Todos volvieron al rancho una vez que la niña hubo sanado. Ya para llegar, mientras descendían cabalgando una loma, llegó hasta ellos el canto alegre de los gallos. Salo creyó distinguir el del Bolitas y corrió a la gallera para felicitar y besar a su querido gallo.

         A partir de entonces el Bolitas viajó a todas partes y donde quiera dejó constancia de su valentía: Tuxpan, Villa Hidalgo, Agostitlán, Jungapeo, Los Laureles y muchos otros pueblos lo admiraron y vitorearon.

         Algunas veces iba Salomón, otras no; y cuando esto sucedía, esperaba con ansia el regreso de la caravana, para ir corriendo a recibir a su gallo.

Un día, al volver de la ordeña, don Rafael dijo a sus hijos que era hora de pensar en la feria de Tuzantla. Las palabras de don Rafael llenaron el fresco aire de la mañana con la música, los colores, los gritos y la alegría de lo que sería la feria de Tuzantla.

         A partir de entonces comenzó a reinar en La Laguna el ambiente de gusto y suaves preocupaciones que acompañan las vísperas de un viaje importante.

         La feria de Tuzantla era la mejor de toda la región. En ella competía lo más escogido de todo: caballos con sus charros, gallos con sus amarradores, jugadores con sus barajas y sus ruletas, comerciantes con sus cantinas, músicos con sus canciones y mujeres con su hermosura; todo en medio de un ambiente de color, saturado de fantasía, resplandeciente de sol y alumbrado por los mecheros.

         El viaje a Tuzantla era complicado, debían ir a caballo a San Juan, permanecer ahí una tarde y una noche, para salir a Tuzantla la madrugada del día siguiente. Con los López viajaban don Artemio con dos de sus hijos y Marta, su hija única, de la misma edad que Salo.

         En Tuzantla se hospedaron en la casa de una familia que ya los esperaba con lo necesario para su estancia. Don Artemio y sus hijos llegaron a otra casa.

         Los gallos debían estar desde quince días antes, para aclimatarse y reponerse del largo viaje. Víctor y Pepe acompañados de cuatro peones de confianza hicieron ese viaje anticipado con los gallos y con la caballada.

         Al llegar don Rafael se encontró con una desagradable sorpresa: los gallos habían enfermado y nadie sabía cómo ni de qué. Los cuidados y curaciones de Víctor, Pepe y Nachito no eran suficientes. Todos, hasta Salo, cuyo Bolitas también estaba enfermo, se dedicaron a los gallos y se olvidaron de la feria y de las charreadas. No lograron sanarlos, y así tuvieron que presentarse al palenque.

         Las cosas fueron mal desde el principio. Los gallos siempre victoriosos, comenzaron a morir uno tras otro, día tras día, llevando consigo grandes cantidades de dinero. Nadie podría dar crédito a lo que sucedía y todos lamentaban las pérdidas de don Rafael.

         Salito, desde su corazón de niño, sufría también, aunque sin alcanzar a comprender toda la magnitud de las pérdidas.

         Y esperaba con miedo la hora en que sería llamado su Bolitas.

         Durante las noches no podía dormir, y cuando lograba hacerlo, se despertaba sobresaltado después de un sueño lleno de imágenes de sangre y muerte. Pasaba las mañanas junto al gallo, acariciándolo, mimándolo, platicándole y dándole ánimo para que venciera a la hora de pelear, aunque estuviera enfermo.

El penúltimo día de las peleas tocaba a don Rafael contra el partido de Huetamo. Las primeras peleas fueron muy reñidas y el prestigio de los criaderos atraía las apuestas más cuantiosas y los gritos más exaltados.

         A la cuarta o quinta pelea los de Huetamo pidieron un gallo de dos kilos doscientos gramos, y don Rafael respondió con el Bolitas. Cuando Pepe presentó el gallo y comenzó a amarrar la navaja, las apuestas se cargaron a favor del cenizo de Huetamo y a tanto llegó el desprecio por el Bolitas, que las apuestas llegaron hasta de diez a uno en su contra.

         Esta vez ni don Rafael ni nadie tenía confianza en el Bolitas. Sólo Salomón, desde lo profundo de su miedo y de su tristeza, esperaba otro triunfo de su gallo. Alguien lo acompañaba en su esperanza, don Artemio y Marta.

         Y comenzó la lucha. Fue una demostración de nobleza, de casta, de coraje. El Bolitas, en el primer encuentro, luchó según su costumbre, pero no logró matar a su enemigo y recibió una profunda herida. Los dos gallos saltaron una y ora vez para encajarse las navajas, para matarse, y una y otra vez, ambos, regando su sangre en la arena, volvían a tomar posiciones de ataque.

         El griterío del público, emocionado hasta casi el delirio ante la pelea del Bolitas, atronaba hasta más allá del palenque. Todos admiraban a aquel gallo que trás su fealdad guardaba un corazón valiente.

         Y el Bolitas, en medio de la desesperación causada por el dolor de las heridas, alcanzó el cuello de su enemigo y lo mató. Después arrastrándose y sosteniéndose con el pico ensangrentado, se dirigió hacia Salomón. Había triunfado, y su triunfo lo festejaban hasta los enemigos, con dianas, sombreros al aire, gritos y ademanes de admiración.

En medio de toda aquella alegría, sólo un rostro permanecía triste aunque sin lagrimas, el de Salomón, que, con su gallo en los brazos y manchándose de sangre, lentamente se acercaba a la puerta de la salida. Con él iban don Artemio y Marta. Ya para salir, una mano, la de la cantadora que conociera en El Bosque, le dió una palmadita de consuelo en la espalda.

         Y Comenzó la lucha por salvar la vida del gallo. Pasada la media noche, hubo necesidad de recurrir a la autoridad de don Rafael para mandar a Salomón a la cama, lo que sólo sirvió para aumentar sus pendientes. Le fue imposible dormir y tuvo que levantarse antes de que amaneciera.

         El retorno fue triste. El espectáculo de los huacales vacíos y con los gallos que volvían todos heridos, era deprimente. Don Rafael, con el objeto de formar un poco a Salomón, se mantenía a una prudente distancia del dolor del niño, y ordenó a sus otros hijos que hicieran lo mismo. Sólo don Artemio y las sonrisas comprensivas de la señora Esther acompañaban el dolor de Salito. Marta, algunas veces, miraba comprensiva al niño.

         Y al llegar a La Laguna, exactamente en el cruce de los caminos donde Salomón adquirió su gallo por tres pesos, el Bolitas murió en los brazos de su dueño. Al sentirlo muerto, Salito detuvo su caballo y entregó el gallo a su padre, para que éste lo entregara a su esposa, y se le rindiera el último homenaje. Todo en medio de un penoso silencio.

         Fue a la hora del mole cuando finalmente saltaron las lágrimas de Salito, para llenar el ambiente, ya de por sí triste, con un cierto dejo de amargura. Y Salomón, impotente para soportar el espectáculo de la mesa, salió corriendo en dirección de la gallera.

         Llegó, abrió de golpe la puerta y plantándose ante los despreocupados gallos, les gritó “¡malos, gallos feos, ninguno de ustedes vale lo que valía el Bolitas, ninguno!”, y salió, corriendo y llorando, en dirección de un bosquecillo de parotas.

         Nachito, único testigo de la escena, miró al niño alejarse, mientras una lágrima resbalaba por sus mejillas, viejas y tostadas por el sol de la Tierra Caliente.

 (Publicado como zaga en la Revista Pie de Cría, en los números 63, 64, 65 y 66, año 2000)

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