El Aborto

Para Juan Pablo. EL ABORTO. Fernando López Alanís.

 

Ricky se quedó mirando al frente sin comprender. Embarazada. ¡Embarazada! ¿cómo podía ser posible? Aquello no era verdad. Ella seguramente estaba mintiendo, pero ¿para qué?

La voz de Elbia pareció llegarle de muy lejos a pesar de estar a menos de un metro, dentro del coche. “No te preocupes, le decía, a ti no te afectará en nada”.

–       ¡Ah, ¿no?! Su voz resonó ronca y fea.

–       Sólo quería que lo supieras. La de ella en cambio se deslizaba suave y dulce.

  Delante de él la vida de los humanos se apresuraba como siempre, lejana y al parecer ajena, aunque en un movimiento contínuo cuyas cambios de velocidad él decía no comprender, y es que en efecto, no se preocupaba por comprender. Y ahora parecía haber una nueva vida a unos centímetros de él, salida en parte de él mismo. Y tampoco lo comprendía. Sus negocios, y desde luego su familia y su iglesia, eran el centro, todo lo demás giraba dejando buenas ganancias, o a veces no tanto, fueran en dinero o amistades, y así funcionaba bien todo. ¿Por qué ahora esto? No encajaba en el cuadro de su vida, para nada. Es cierto que nunca lo habían hablado, pero el supuesto era que ella no se dejaría embarazar, ¿qué sucedió?

–       ¿Qué te pasó, Elbia?

–       Nada. Parece que los dos somos bastante fértiles, ¿no?

¡Ya estaba! La responsabilidad era de los dos. ¿Qué culpa tenía él, si la que lleva las cuentas y tomaba pastillas y se ponía las odiosas cremas era ella? Además, él siempre aceptó usar condones cuando ella estaba en sus días fértiles precisamente para evitar cualquier posibilidad de embarazo, lo que por otra parte para él no era inusual, ya que era exactamente el mismo procedimiento con su esposa; pero si con su esposa un embarazo no deseado era casi una catástrofe, ¿cómo resultaría el embarazo de Elbia? Por lo pronto bastante incómodo.

–       No te estoy pidiendo nada, Ricardo.

–       Elbia, compréndeme: me siento bastante incómodo.

–       ¿Por qué?

–       ¡¿Por qué?!

–       Sí, ¿por qué?

Estaban en el estacionamiento de un centro comercial, lejos de sus casas. La tarde se iba indiferente y a la noche parecía no importarle llegar. Aquella transición del final del día se difumaba bajo las potentes lámparas eléctricas. Hijo de padres profundamente religiosos, educado con los Hermanos de La Salle, cobijado por unos principios que una vez rotos podían repararse con los sacramentos de la confesión y de la comunión, no estaba preparado para… ¡Pero si apenas unos meses antes su padre, un católico muy cercano a su parroquia y a los apostolados laicos, de misa los domingos y las fiestas de guardar, aunque no cerrara sus negocios, se había visto en la necesidad de reconocer ante Ricardo la existencia de un hijo fuera de matrimonio! El impacto fue terrible para Ricky, pues jamás imaginó a su padre cometiendo ningún pecado, excepto quizás el de no ser muy honesto en el pago de impuestos, ni con las cuotas del seguro social… ¡Pero un hijo fuera de matrimonio! ¡Un hermano bastardo, sólo unos meses menor que él! Y ahora estaba a punto de que dentro de veinte o treinta años sus hijos se enteraran de que tenían un hermano bastardo, sólo unos años menor que ellos.

–       Pues porque… ¿Has penado en no tenerlo?

–       Eres un estúpido, Ricardo… Llévame ahora mismo a donde está mi coche…

–       Espera, se trata de…

–       Me llevas o me bajo y tomo un taxi.

Encendió el carro con disgusto. No tenía la intención de ofender a Elbia, sino simplemente de discutir una posibilidad. Elbia estaba divorciada y ciertamente todo el peso de la incomprensión social y todo el desprecio y desconfianza de sus familiares y amigas iba a caer sobre ella. ¡Por amor de Dios, ¿y si ella hubiera llegado a pensar en que él de alguna manera reconociera como propio a aquel niño?! ¿Divorciarse él como consecuencia de tantas palabras y muestras escondidas de amor mutuo? ¡Jamás! ¡Nada de su vida quedaría en riesgo siquiera por el descuido de una mujer… o por sus malas tanteadas! 

El sonido del claxón llegó como un trueno, y el silbato del guardacoches anunció con desesperación el peligro. Frenó bruscamente para dejar pasar una comioneta enorme que lo hubiera destrozado.

–       Cálmate, Ricardo. Mejor espera a calmarte.

Dejó pasar a la camioneta. Sacó unas monedas del cenicero para darselas al vigilante. Suspiró y procuró maniobrar con más cuidado. ¿A quién recurrir y para qué? El padre Nicolás por poco le niega la absolución la última confesión. Los condones y las pastillas los tenían excomulgados a él y a su esposa, y si les había dado la absolución antes fue porque creía en su “propósito de enmienda”, pero, por lo visto, no había enmienda. Ricardo contraatacó con una cuestión de conciencia: “Padre, todos sabemos que el ingeniero Monte Rubio quiso evitar el escándolo de su hija embarazada, y se la llevó a abortar en los Estados Unidos; sin ebargo, comulgaron él y la señora Rita en la misa del último domingo…” “Seguramente su arrepentimiento ha sido tan grande como su crimen”, fue la respuesta esperada. Y sí, el padre Nicolás podría ser alguien a quien cosultar, ¿aceptaría Elbia?

–       Podríamos consultar a alguien, dijo como al acaso, mientras maniobraba para salir del estacionamiento y tomar por la concurrida e iluminada avenida.

–       ¿Consultar…? ¿Qué vamos a consultar y a quién… y para qué? Ricardo, hazme caso, por favor, lo único que quiero es que sepas que estoy embarazada, y ya. Bueno, pues ya lo sabes, déjame en mi coche y adiós. Eso es todo.

¿Eso es todo? Adiós y ya. Tirar a la nada un año de bellas relaciones, aunque escondidas, llenas de aventuras para encuentros más apasionados, llenas de mentiras para gozar al extremo la gran verdad de su unión sexual satisfactoria erótica y sentimentalmente, como no la tenía él con su esposa ni la tuvo ella con su esposo. ¿Era aquello amor? Seguramente no, porque no era esa la definición de su iglesia, que, por el contrario, lo condenaba como pecado, pero ¿por qué no se sentía culpable? Sin embargo, de eso a un hijo… No, no quería ni al hijo, ni al adiós.

–       Elbia, cuenta conmigo para lo que sea necesario.

–       ¿De veras? ¿Cómo para qué?

–       Pues no sé, tú dirás, según avance tu embarazo.

–       ¿Sí? ¿Me acompañarás al ginecólogo? ¿Estarás conmigo cuando nazca el bebé? ¿Cómo justificarás el pago del hospital dentro de ocho meses? A ver, dime…

Se dio cuenta entonces de que era un cobarde, y se sintió mal: no lo aceptaba y eso le hacía sentirse peor. Ése fue el motivo por el que dejó de confesarse con el padre Nicolás, y buscaba diferentes sacerdotes, si desconocidos mejor. “Me acuso, padre, de que mantengo unas relaciones ilícitas con una mujer divorciada”, “¿Estás dispuesto a renunciar a ella?”, “Sí, padre”, “¿Huye, hijo mío, de esa mujer; ya no la llames ni respondas a sus llamadas. Dios condena severamente el adulterio, y tú eres un hombre muy valioso para convertirte en un adúltero. Resiste, hijo mío, abandona a esa mala mujer, que no respeta tu matrimonio”. Por cobardía dejó de confesarse con el padre Nicolás, por cobardía no rompía las hermosas relaciones con Elbia, por cobardía ahora se negaba a aceptar que no todo podría tener una  solución adecuada con sólo dar dinero, por cobardía no aceptaba que sin Elbia su vida de pronto se quedaría semivacía…

–       No me hagas las cosas más difíciles,. Compréndeme, por favor, haré por ti todo lo que pueda, de veras.

–       Te lo agradezco y aprecio, pero te equivocas otra vez; si alguna vez te llego a pedir algo ten por seguro que no será para mí, sino para tu hijo. Aunque espero que nunca sea necesario, y él jamás sabrá quién es su padre, te lo prometo.

–       Elbia, por favor…

–       Es que ahora ya no sé si eres digno de ser el padre de mi hijo.

Avanzaba por la atiborrada avenida entre el exceso de vehículos propio de los sábados en la tarde. Afortunadamente el coche de Elbia no estaba tan lejos. No sabía explicarlo, pero sentía que llegar al coche cerraría aquella incómoda situación. El golpe había sido demasiado duro, y evidentemente Elbia estaba dolida, si no ¿por qué aquellas palabras que significaban desprecio? Estaba de acuerdo en ser un cobarde, pero también se justificaba de serlo al ver todo lo que había logrado por no denunciar, por no renunciar, por no haber dicho, por no cumplir, por no cualquier otra cosa; pero tampoco merecía el desprecio, según se seguía juzgando, porque las circunstancias no le permitían hacer o no hacer, decir o no decir, creer o no creer.

Estaban por llegar al otro estacionamiento de otro centro comercial, donde estaba el coche de Elbia, cuando se dio cuenta de que no habían hablado durante todo el trayecto. Y entonces lo dijo:

–       Elbia, nunca te mentí cuando te lo decía: de verdad te amaba.

–       Sí, Ricardo, te creo, porque yo también te amaba, y enfatizó la palabra amaba.

–       ¿Eso significa que no hay presente…?

–       Es que mientes. No puedes amarme a mí, ni puedes haberme amado si ni siquiera aceptas a mi hijo.

–       En definitiva, con confianza, ¿qué esperas de mí…?

–       Ahí está mi carrro… Aquí me bajo. Gracias. Ricardo, ya te lo dije: nada espero de ti ni te pido nada. Sólo que ahora se me ocurre agregar que tengas la absoluta seguridad de que mi hijo no tiene padre. Adiós.

 

3 comentarios

  1. Jose A Gonzalez

    gracias

  2. Jose A Gonzalez

    muchas gracias

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