DÍA DEL TEATRO, 2020

Sin duda la vida cultural de México está muy ligada a lo que llamamos “El Teatro”, en sus múltiples manifestaciones que conocemos con el genérico de Artes Escénicas. Desde el Teatro propiamente dicho, recibido entre nosotros desde las tradiciones de la Grecia Antigua (la Tragedia, la Comedia y la Sátira, por ejemplo), y por los autores de la literatura del Siglo de Oro español (Lope de Vega y Calderón de la Barca, por citar algunos), hasta la enorme trascendencia de “las carpas” y “los circos” de casi todo el Siglo XX, que presentaban sus comedias hilarantes, sus sátiras sabrosas, sus “sketchs” desproporcionados, desde “la capital” hasta los pueblos de toda la geografía nacional.

Durante la época colonial surgieron los primeros autores de trascendencia universal nacidos en la Nueva España (que ya muchos llamaban México, por extensión del nombre de la ciudad). Ellos fueron: Juan Ruiz de Alarcón, nacido (1572) en Taxco, Guerrero, cuyas obras más conocidas son “Las paredes oyen” y “La verdad sospechosa”. Sor Juana Inés de la Cruz (1648) con “Los empeños de una casa” y “El divino narciso”; junto con muchos Autos Sacramentales y Pastorelas, que todavía se ponen en escena. Y debemos mencionar de esta época a Manuel Eduardo de Gorostiza, nacido (1789) en Veracruz, con su obra significativa “Contigo pan y cebolla”.

Es bueno apuntar aquí que la otra vertiente del nacimiento del teatro mexicano, es la tradición de la Cultura Náhuatl, que representaba las luchas de los dioses, acontecimientos importantes de su Historia, o de sus héroes, mediante poemas (la palabra), la música y a danza. Por eso los Autos Sacramentales fueron tan importantes para la conquista espiritual de los indígenas, y nos dejaron una tradición sumamente rica.

¿Y cómo dejar de mencionar al insurgente Miguel Hidalgo Costilla? Su amor por el teatro sin duda influyó en su tiempo y posteriormente, particularmente su gusto por los franceses Molière y Corneille. Fueron famosas sus representaciones en los pueblos de San Felipe y de Dolores, conocidos por eso como “la Francia chiquita”.

Durante nuestro turbulento Siglo XIX hubo dramaturgos mexicanos, pero precisamente por las condiciones de guerras extranjeras e internas no tuvieron tiempo de consolidarse ni el Teatro ni las Bellas Artes en general, aunque hubo una especie de florecimiento durante el Romanticismo, particularmente en la Literatura y en la Pintura.

Y fue hasta el enorme empuje cultural posterior a La Revolución cuando todas las Bellas Artes tuvieron un florecimiento trascendente, entre ellas El Teatro que se expresó mundialmente con “El gesticulador” de Rodolfo Usigli. Todo el Siglo XX fue un florecimiento del Teatro, que recibió un empuje significativo con la presencia de un japonés “mexicano hasta las cachas”, el director de escena Seki Sano. Hubo salas teatrales en todo el país, se renovaron las heredadas del Siglo XIX, las Universidades crearon espacios, el IMSS construyó salas en todas sus delegaciones, muchos particulares se dedicaron “al negocio”, promotores y grandes empresarios como Manolo Fábregas, y se fundó la Compañía Nacional de Teatro, que fue ejemplo en el mundo. Surgieron así no sólo Dramaturgos, también importantes directores, actores con reconocimiento universal, escenógrafos como Julio Prieto, Iluminadores, y se creó un público mexicano ansioso de asistir al Teatro.

El Teatro del Siglo XXI es muy diferente, y desafortunadamente se ha perdido mucho púbico. La evolución social de los mexicanos ha sido más rápida que su expresión en las artes escénicas. Si bien la tecnología ha creado nuevas formas de expresión (el performance, por ejemplo), y se han abierto espacios que no necesariamente requieren de un lugar específico, los autores, directores y actores se han dejado influir por las ciencias sociales, como la Antropología, la Sociología, la Psicología, e incluso el Derecho, para sus creaciones, dando por resultado un simbolismo en los diálogos y en la escenografía que no todos pueden seguir o entender. Es realmente un tiempo de transición, pero si bien ha bajado la intensidad, no así la fidelidad de los mexicanos por el Teatro, que siente culturalmente suyo y siguen asistiendo y pagando por ocupar su butaca.

Algunos autores del Siglo XIX: Joaquín Fernández de Lizardi, Ignacio Rodríguez Galván José Peón Contreras.

Autores del Siglo XX:

Emilio Carvallido, “Rosalba y los llaveros”.

Luisa Josefina Hernández, “Los frutos caaídos”.

Héctor Mendoza, “Las cosas simples”.

Sergio Magaña, “Moctezuma II”

Luis G. Basurto, “Debiera haber obispas”.

Vicente Leñero, “Los Albañiles”.

Wilebaldo López, “Los arrieros y sus burros por la hermosa capital”.

Sabina Berman, “En el nombre de Dios”.

Directores como Seki Sano, Héctor Azar, Héctor Mendoza, Ignacio Retes, Julio Iriart, Luis de Tavira.

Escenógrafos: Julio Castillo, Juan Soriano, Alejandro Luna, Mónica Raya.

Actores: Manolo Fabregas, Ignacio López Tarso, Carlos Ancira, Carlos Rivera, Blanca Marroquín, Eduardo Arozamena, Luis Gimeno, Rocío Banquells, Bruno y Odiseo Bichir, Anita Blanch, Juan Ibañez, Rafael Inclán, Jorge Lavat, y cientos más.

En todas estas categorías sin considerar los grandes movimientos teatrales de muchas ciudades mexicanas en todo el país.

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