Sociedades de Convivencia y Derechos Humanos

Tomada de Uniónjalisco

Tomada de Uniónjalisco

 Con el permiso de ustedes citaré documentos sobre los cuales se podría formar un criterio acerca de los llamados “matrimonios” entre personas del mismo sexo; yo expresaré el mío, que si bien personal ciertamente comparto con millones más, y lo hago porque creo que vale la pena reflexionar socialmente sobre este asunto y, claro, sin pretender imponer a nadie ninguna doctrina. Comenzaré con la Biblia, seguiré con las leyes civiles y los Derechos Humanos, a continuación los Principios políticos para el caso del Laicismo, y terminaré analizando la definición de matrimonio según el Catecismo de la Iglesia Católica, y su procedencia o improcedencia en este tema.

Según esto todo comienza en el Libro llamado Levítico. Inicialmente en el Capítulo 18 leemos: “Guarden mis tradiciones y mis decisiones, pues el que las cumpla vivirá gracias a ellas, ¡yo soy Yahvé!”, y el numeral 22 del mismo capítulo dice: “No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer: esto es una cosa abominable”. Primero: La condena de Yahvé es inapelable: si no cumples sus tradiciones no vives, estás muerto, y punto. Segundo, independientemente de si es o no el texto original, o de si la traducción es correcta o no, lo cierto es que esas palabras y su significado son la base del Cristianismo en general, y del Catolicismo en particular, para condenar sin más la homosexualidad, y crear así una conciencia cultural de culpa al desobedecer a Yahvé-Dios, igualmente sólo característica del Cristianismo.

Sin embargo, debe advertirse que antes de la primer centuria del Cristianismo ese mandato sólo tenía vigencia para una tribu menor, belicosa y localizada en un territorio lejano del Imperio Romano; el resto de la Humanidad ni siquiera sabía de la existencia de esa tribu ni de su Yahvé y sus condenas, durante miles si no es que millones de años.

Veamos ahora el adjetivo “abominable”. Ninguna de las formas Cristianas que tenemos de entenderla es ni remotamente caritativa o amorosa. Además del sentido de perversidad, encierra ideas de aborrecimiento, repudio, rechazo, de reprobación y, sobre todo, de condena. Así, cristianamente no hay posibilidad de perdonar nada “abominable a los ojos de Dios”, habida cuenta de la conciencia de culpa si se hace, pues es contrario al mandato de Yahvé-Dios.

Más adelante, en el mismo Levítico (20:13) Yahvé dice: “Si un hombre se acuesta con un varón, como se acuesta con una mujer, ambos han cometido una infamia; los dos morirán y serán responsables de su muerte”. Creo que es muy clara la sentencia de muerte de ese dios, sentencia inapelable, con un agregado sorprendente: la responsabilidad de su muerte no es imputable ni a Yahvé-Dios que lo condenó, ni a quienes los maten. Me parece que la autorización divina para matar a homosexuales y no tener ninguna culpa no puede ser más explícita. Tengámoslo en cuenta para las características culturales posteriores de oposición violenta al reconocimiento de la homosexualidad, sin considerar que precisamente si Yahvé la condena es porque ya existía en su tribu favorita, y él mismo lo reconoce.

Y algo que no tiene nada de sorprendente, si no fuera por tantos prejuicios: en el inicio del capítulo 18 citado dice Yahvé-Dios: “no hagan lo que se hace en la tierra de Egipto… ni hagan lo que se hace en la tierra de Canaán”; es decir, nombra dos regiones donde la homosexualidad se practica abiertamente, y lo mismo hubiera podido decir de los Sirios, de los Babilonios, de la Griegos y de los Romanos. Hay que tener esto presente.

La Biblia tiene otros pasajes sobre el mismo tema, pero no siendo este pequeño estudio un tratado, ni menos exhaustivo, sólo citaremos las referencias para los interesados: Primer Libro de Reyes (14:24): “Hubo además homosexuales sagrados en el país e imitaron todas las prácticas vergonzosas de los paganos que había expulsado Yahvé ante los israelitas.” Del mismo libro (15:12): “Hizo que desaparecieran del país los prostitutos y destruyó todos los ídolos que habían hecho sus padres.” Y en (22:47): “Eliminó también a los homosexuales sagrados que habían seguido en tiempos de su padre Azá.” En el libro de Jueces (19:22) “Todo parecía ir muy bien hasta que los hombres de la ciudad, verdaderos depravados, rodearon la casa y golpearon la puerta. Le dijeron al anciano, dueño de la casa: «Di a ese hombre que está en tu casa que salga para que abusemos de él».           Etcétera, incluyendo la leyenda de Sodoma y Gomorra.

Hasta donde tengo entendido es en el Nuevo Testamento donde aparece la homosexualidad femenina, y es en la Carta a los Romanos (26, 27) donde Pablo explica que “Por eso Dios los entregó también a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza. Del mismo modo, los hombres dejando la relación natural con la mujer, ardieron en deseos los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos y recibiendo en sí mismos la retribución merecida por su extravío.” Y él mismo es contundente, siguiendo las prescripciones de Yahvé-Dios, cuando enseña a los Corintios (I, 6:9): “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones”. Y otras. Y Pedro no se quedará atrás cuando en su segunda carta adoctrinó (2:6) así: “Y si condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, reduciéndolas a ceniza y poniéndolas de ejemplo a los que habían de vivir impíamente…”
Es claro entonces que con estas doctrinas, una vez expandido el Cristianismo en el Oriente Medio y el Norte de África inicialmente, después en casi toda Europa, y finalmente a punta de espada, arcabuz y mosquete en la nueva América, la homosexualidad fuera efectivamente abominable en todo sentido, y pasó de ser reprobable para una tribu a serlo para millones de seres humanos durante dos milenios.

Y entonces, durante el Siglo XVIII comienza a surgir una nueva mentalidad a partir del Enciclopedismo y de la Ilustración, y toma su forma inicial en los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, para venir a ser una lucha cerrada durante todo el Siglo XIX por las Garantías Individuales y los ideales por los valores de la Democracia: igualdad esencial de los seres humanos, derecho a las decisiones individuales como sustento a las decisiones colectivas, y el uso de las libertades más importantes y trascendentes, como la libertad de pensamiento, de imprenta, de traslado, de elección y ejercicio de profesiones u oficios, de creer o no creer en una religión, y por ende la libertad de cultos, etcétera. ¿Lucha cerrada, contra quién? Contra el binomio rey absolutista-religión intransigente, duopolio que llevó durante mil quinientos años, o más, a las luchas y guerras a muerte de los hombres en el nombre de lo que consideraban y definían como su dios, contra lo que pensaban diferente. La crueldad de las guerras de religión son más que conocidas.

Y entonces vinieron las revoluciones y las dos terribles guerras del Siglo XX, de las que surgieron los Derechos Humanos. Un proceso de casi doscientos años durante los cuales de manera penosa y lenta, no pocas veces violenta, pero con seguridad, la Humanidad europea y americana evolucionó hasta la práctica real de los Derechos del Hombre y del Ciudadano mediante la actualización de los conceptos y su realización en los llamados Derechos Humanos, vigentes para todos los seres humanos, y para los animales, las plantas y el medio ambiente. Un proceso largo.

Quede bien claro, antes de continuar con las citas y los comentarios, que nuestra postura es el reconocimiento de la existencia de los homosexuales como personas, es decir, como seres humanos con derechos y obligaciones por el simple hecho de existir como seres humanos, hombres y mujeres, y nada más. Quede claro.

Y así, veamos ahora las razones que tuvo la Humanidad después de la Segunda Guerra Mundial para formular lo que conocemos como la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Dice ahí: “Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad,” A lo que podemos comentar que es verdaderamente una “barbarie ultrajante”, el menosprecio, el desprecio, y toda actitud que niegue el derecho a la vida y a la felicidad de cualquier ser humano, en particular de quienes estamos tratando, los homosexuales.

Sigue: “Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana”. Negar los derechos fundamentales de la vida y el ejercicio de la libertad individual a los homosexuales, es negarles que sean personas, y por lo tanto seres humanos, lo cual no es posible sin caer en aberraciones, como efectivamente muchas han caído, o son unos aberrantes a pesar de todo.

Y antes de particularizar los Derechos Humanos de que trata, la Declaración tiene un último Considerando que dice “los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre”; esto es, todos los Estados que pertenecen a las Naciones Unidas (ONU), y México es uno de ellos, se han obligado como estados soberanos a hacerlos efectivos jurídica y socialmente dentro de sus territorios. Esto es algo esencial y trascendente en lo que estamos tratando, y no debemos perderlo de vista.

Y viene enseguida el articulado de la Declaración, del   que nosotros vamos a citar sólo lo que nos interesa para este pequeño estudio. Citamos: “Artículo 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros; Artículo 6: Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica; Artículo 7: Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.”

Dice todos los seres humanos; no dice que a unos sí y a otros no; tampoco hace exclusiones ni excepciones. Así, pues, negar estos derechos a los homosexuales es declararlos sin dignidad alguna, sin razón ni conciencia, fuera de toda posibilidad de fraternidad humana, bestias sin razón, animales sin conciencia, y por lo tanto fuera de toda jurisprudencia, es decir, entes no humanos, que por lo mismo pueden ser discriminados, expulsados de la comunidad humana. ¡Vaya, sólamente enunciarlo parce una locura! ¡Pero ciertamente hay quienes así piensan, y actúan en consecuencia!

Existe una llamada Segunda Generación de Derechos Humanos, uno de los cuales expresa que “Toda persona tiene derecho a la seguridad social y a obtener la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales”, por lo cual, considerando a los homosexuales como seres humanos, son sujetos de derecho a la seguridad social, y a todo derecho social, igualmente sin excepciones.

(Cuando estaba escribiendo estas reflexiones me enteré de que el Consejo para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó (09.06.2016) la creación de un Experto Independiente para dar seguimiento en todo el mundo a la protección contra la violencia y la discriminación basada en la orientación sexual y la identidad de género. Lo apunto, y seguimos:)

Bien sé que en ciertos casos la cantidad no es argumento; pero bien vale la pena hacer notar que este asunto de las uniones de convivencia no es exclusivo de México, como algunos pretenden presentarlo; es un derecho que se ha hecho patente poco a poco alrededor del mundo. Una cita rápida de los países que además de reconocerlo como un derecho, lo hacen efectivo, son, por ejemplo, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Portugal, Suecia, Noruega, Irlanda, Francia, España, Uruguay, Brasil, Estados Unidos, Canadá, Argentina, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia, y para ilustrar muy bien a quienes dudan: Italia también, con todo y su Vaticano en cerrada oposición. Por cierto, al aprobarse en Italia la ley sobre uniones de personas del mismo sexo, Matteo Renzi, primer ministro italiano, declaró que “las leyes son hechas para las personas, no para las ideologías; para quien ama, no para quien proclama”.

Teniendo en cuenta las referencias históricas sobre la evolución del dogmatismo y la imposición ideológica a partir de una tribu belicosa y su dios, y del enorme esfuerzo de la Humanidad para liberarse de todo eso, así como la modificación de las leyes de muchos países para hacer efectivos los Derechos Humanos, veamos algunos criterios sobre las sociedades de convivencia, entre nosotros mal llamados “matrimonios gay” o “matrimonios de homosexuales”, y de otras formas no del todo adecuadas, en las leyes mexicanas, y en las propuestas de modificación.

Resumiendo comenzaremos por la Ley de Sociedades de Convivencia para el Distrito Federal (Ciudad de México) Disposiciones Generales: Artículo 2.– La Sociedad de Convivencia es un acto jurídico bilateral que se constituye, cuando dos personas físicas de diferente o del mismo sexo, mayores de edad y con capacidad jurídica plena, establecen un hogar común, con voluntad de permanencia y de ayuda mutua.- Artículo 3.- La Sociedad de Convivencia obliga a las o los convivientes, en razón de la voluntad de permanencia, ayuda mutua y establecimiento del hogar común; la cual surte efectos frente a terceros cuando la Sociedad es registrada ante la Dirección General Jurídica y de Gobierno del Órgano Político-Administrativo correspondiente.

En la propuesta de modificaciones constitucionales se considera que “El derecho a formar una familia le corresponde a todas las personas sin importar su orientación sexual. Por tanto, la protección constitucional hacia la familia no se limita a un tipo particular o tradicional de ésta que tenga como presupuesto al matrimonio heterosexual y cuya finalidad sea la procreación”. Y siguiendo las Declaraciones de la Organización de las Naciones Unidas, se declara que ““La orientación sexual no puede ser motivo de restricción de derechos”.

Por otra parte, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos recientemente destacó que “la orientación sexual no puede ser un criterio relevante para diferenciar el acceso al disfrute del derecho de protección a la familia que se encuentra consagrado en la Constitución, el cual puede ser el mismo tanto para las parejas del mismo sexo como las heterosexuales.” Y en otra parte destacó que “la orientación sexual no puede ser un criterio relevante para diferenciar el acceso al disfrute del derecho de protección a la familia que se encuentra consagrado en la Constitución, el cual puede ser el mismo, tanto para las parejas del mismo sexo como para las heterosexuales.”

Y finalmente debemos recordar la jurisprudencia (43/2015) de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que ha sostenido en el criterio de que “no existe razón de índole constitucional para que el matrimonio por personas del mismo sexo no sea reconocido.”

Por contraparte, y como un resumen de su tradicional doctrina, el Catecismo de la Iglesia Católica, en su numeral 1601 enseña que «la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (Canon 1055).

¿Y qué dice el canon 1055, del Código de Derecho Canónico? Pues ordena: “Canon 1055 § 1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados. § 2: Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento.”

Hay que considerar dos aspectos trascendentes, según sus propias palabras. Primero, por su naturaleza las sociedades de convivencia no son entre un hombre y una mujer, sino entre dos hombres o dos mujeres, por lo tanto no son un matrimonio según la definición de la Iglesia Católica, por lo tanto quedan fuera de su doctrina y de su jurisdicción. Y más aún: segundo: no es de ninguna manera un contrato válido según el Catecismo y el Canon aunque sean hombres con hombres y mujeres con mujeres bautizados, que generalmente lo son, por lo tanto no es sacramento, por lo tanto desde esta perspectiva tampoco le corresponde emitir juicios.

Seamos más explícitos: Las iglesias en general, y la Católica en particular, tienen una catequesis y códigos de conducta “para sus agremiados”, y nada más para ellos. No pueden ni siquiera tratar de imponerse entre ellas sus doctrinas, premios y condenas, porque provocarían entre sí serias y a veces muy violentas dificultades, primero; segundo, ninguna de ellas tiene ningún derecho ni divino ni humano para evitar que algunos de sus agremiados libremente opten por otra religión, o libremente decidan no creer ni obedecer la que actualmente digan tener, y, tercero y más importante, ninguna tiene ningún derecho ni divino ni humano para imponer a una comunidad nacional sus particulares doctrinas y condenas, ninguna.

Al respecto, los Principios del Laicismo enuncian: Los seres humanos gozan de la libertad de creer en una doctrina religiosa o en otra, o de no creer en ninguna, o de cambiar de religión; por lo tanto de obedecer o no las doctrinas o mandamientos de una religión, si libremente deciden hacerlo o no hacerlo, y esto todo no es competencia de las leyes civiles.

Las doctrinas y mandamientos de una religión obligan a sus seguidores, si libremente deciden cumplirlos; pero de ninguna manera obligan a quienes libremente deciden no acatarlas, o pertenecen a otra religión.

Las doctrinas y mandamientos de una religión en cuanto particulares de esa religión no pueden tener exigencia universal, ni ser impuestas a individuos o a comunidades, si libremente las rechazan.

A ninguna religión le compete legislar sobre asuntos civiles.

Las leyes civiles deben regular las relaciones entre las religiones, sin favorecer a ninguna, ni relegar a ninguna.

Las leyes civiles no pueden regular los asuntos internos de las religiones, excepto cuando amenacen la paz pública o la seguridad de la Nación.

Los Derechos Humanos son universales, la doctrina y el Derecho Canónico de la  Iglesia Católica son particulares; los individuos homosexuales, hombres o mujeres, en cuanto seres humanos gozan de la protección general de esos Derechos, ninguna iglesia ni religión pueden restringirlos ni prohibirlos. Y el Estado está obligado a no permitirlo.

Los Diputados de las Cámaras de los Estados, los Diputados Federales y los Senadores de la República representan al pueblo que los eligió y tienen la obligación de guardar su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución de México y las leyes que de ella emanen; es además el pueblo quien les paga un sueldo y les da recursos para cumplir con sus obligaciones. De ninguna manera representan una religión, ni doctrinas religiosas, ni son empleados de obispos, sacerdotes ni ministros.

Los diputados y senadores que no estén de acuerdo en cumplir su juramento, sean lo suficientemente hombres o mujeres de honor, renuncien y váyanse a su casa. Si no tienen honor, al menos tengan vergüenza para no ser conocidos como empleados de intereses ajenos a la sociedad, y sólo aprovechados del puesto para cobrar sueldos fabulosos.

Considerando sólo a la Iglesia Católica como la más sobresaliente opositora a reconocer los derechos de unos seres humanos conocidos como homosexuales, somos millones los que no le reconocemos ninguna calidad moral para hacerlo, habida cuenta de todos los males y sufrimientos que a lo largo de la Historia ha causado a la Humanidad, y últimamente por lo que hemos conocido de sus abusos a niños inocentes, a que ella misma tiene en sus filas altos dignatarios homosexuales (como el reconocido “loby gay” del Vaticano), y al perdón que han pedido sus Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco por todos esos crímenes de lesa humanidad, por las monjas violadas, por las traiciones a la doctrinas de amor y de servicio del Gran Maestro Jesús, de quien se dice depositaria. Si han pedido perdón, es porque han cometido la falta, y a confesión de culpa no se requieren pruebas. No tiene autoridad moral para inmiscuirse en estos asuntos, y ya.

Creo que con estos datos y reflexiones he cumplido mi propósito de ofrecer a ustedes lo suficiente, que no exhaustivo, para formar un criterio sobre la homosexualidad en nuestros días, y las tendencias sobre la forma de hacer efectivos los derechos de los homosexuales en cuanto seres humanos, y nada más.

Y así le dejamos por ahora. Gracias por atenderme. Saludos y Bendiciones.

 

3 comentarios

  1. Excelente ensayo maestro.

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