Bautizo de Sangre

Obra para Teatro en I Acto

de

Fernando López Alanís

Personajes:

Benito Juárez García, de 28 años, recién graduado. Vestirá un traje negro, de buena calidad, corbata y camisa blanca.

Antonio Salanueva, encuadernador y maestro de primeras letras. Vestirá como artesano, con un gran escapulario de los Terciarios Franciscanos, siempre con un devocionario.

Miguel Méndez, indio zapoteca, maestro del Instituto de Ciencias. Camisa y calzón blancos, con hermosos bordados, y una banda roja como refajo.

Sofía Mendoza, mujer madura de extraordinaria presencia. Vestirá como india de la sierra de Oaxaca.

Margarita Maza, niña de como de 8 años.

Vestuario: de época o actual.

Época: Ciudad de Oaxaca, hacia 1830

 Nota: Hay Directores teatrales a quienes no gustan las acotaciones del autor, porque las sienten como una limitación para su creatividad, y tienen razón. Sin embargo, en mi caso, las mantengo con el fin de que tanto el Director, como los Actores y todos quienes forman parte del equipo para poner una obra en escena, tengan datos suficientes para conocer a los personajes, así como mis intenciones o los fines de la obra. Muchas gracias por atenderme. 

ACTO ÚNICO

(Estamos en una amplia habitación, con muchas ventanas y puertas, todas desnudas. Exclusivamente cinco sillas dispuestas como se indica; ningún otro mueble ni adorno. Al inicio los personajes están sentados de espaldas al público, excepto Benito, quien está igualmente sentado de frente al público, estudia un libro de Derecho. Benito está en el centro arriba, a su derecha están Salanueva y Margarita bordando; a su izquierda Sofía y Miguel, en ese orden, y formando un semicírculo)

Escena 1

Benito: (Se levanta pensativo, ensimismado, y camina al centro del escenario, donde se detiene mirando a lo alto)

Salanueva: (Se levanta y camina unos pasos en dirección a Benitosin llegar a él) ¿Qué tienes, hijo mío? Siempre te he visto metido en ti mismo, pero nunca como ahora. Te siento ausente. Me parece que en dos días te has alejado tanto de mí que ya no puedo alcanzarte. Y eso me entristece. ¿Me crees?

Benito: Señor…

Salanueva: ¿Señor? ¿Por qué señor si siempre me has dicho padre?

Benito: Padre, usted sabe lo que me pasa: estoy confundido. Todo parece muy claro: ahora soy Abogado de los Tribunales de la República, pero acabo de recibir a unos representantes de Loricha, cuya queja me enfrentará no a los tribunales civiles, sino a la iglesia.

Salanueva: Bien te decía yo que tú camino era el sacerdocio, y mira ahora: me anuncias que te enfrentarás a la iglesia de Dios.

Benito: No, señor… No, padre: no a la iglesia de Dios, sino a los tribunales de la iglesia, que están manejados por hombres. Los conozco a todos aquí en Oaxaca, algunos fueron mis maestros, y no, no les tengo confianza.

Salanueva: Que el orgullo no haga presa de ti. Me alarmas cuando te atreves a juzgar a tus maestros del seminario, sobre todo porque son sacerdotes, representantes de Dios en la tierra.

Benito: No se olvide usted que aprobé con honores mis estudios de Derecho Canónico, y que por lo tanto sé a qué me refiero; mire usted: los sacerdotes de que hablo probablemente sean representantes de Dios cuando enseñan la buena doctrina de Jesús, que usted me ha mostrado lo maravillosa que es cuando se lleva en el corazón, pero que resulta inútil si no se practica.

Salanueva: Dime entonces de qué se trata.

Benito: Los indios de Loricha vinieron a verme porque su señor cura les cobra muy caro los servicios religiosos, y ellos no tienen para pagarle tanto; me han enseñado documentos en los que se ve que, en efecto, les cobra mucho más de lo que señalan los aranceles parroquiales aprobados por el obispado. Lo peor es que les ha negado ya ciertos servicios religiosos si no le pagan lo que les pide: no más bautizos, no más velaciones de difuntos, no más matrimonios, y temen que les niegue también cristiana sepultura.

Salanueva: ¿Y por qué vinieron a verte a ti, si eres un abogado nuevo? ¿De dónde te tienen tanta confianza?

Benito: Bueno, ya no soy desconocido del todo, y ellos y yo pertenecemos a los estratos más oscuros del pueblo: somos indios de la sierra de Oaxaca.

Salanueva: Por más injustas que te parezcan las acciones de ese señor cura, tú no tienes ningún derecho a juzgarlo. Yo no te mantuve tantos años para que levantes la mano contra los sacerdotes de Dios.

Benito: Padre, no me haga sufrir más, que ya bastante confusión tengo en la mente.

Salanueva: Y eso de que no eres desconocido del todo también me preocupa. ¿Qué eres ahora? ¿Diputado? La cabeza se te puede calentar, Benito, porque vas demasiado rápido: eres un diputado muy joven, y recién graduado: es mucho humo.

Benito: No diga eso, no usted que ha sido mi padre y tutor. Ya lo dijo: me mantuvo tantos años, dándome más de lo que a mi trabajo correspondía, y yo quiero que se sienta orgulloso de mí. Recuerde y alégrese conmigo de lo que sucedió hace dos años: terminé mi curso de jurisprudencia y de inmediato me llamó el licenciado don Tiburcio Cañas a su bufete; en eso estaba cuando un discípulo mío del Instituto de Ciencias, don Francisco Rincón, presenta un examen público sobre Física, con aprobación general, y no se acababa aquel examen cuando para sorpresa de todos fui electo regidor del ayuntamiento de Oaxaca. Jamás soñé tanto prestigio ni tantos honores a los veintiséis años, y quiero que usted sienta que también son suyos, que le pertenecen más que a mí.

Salanueva: Eres agradecido, Benito, y eso habla bien de ti; pero sabes de sobra que yo te hubiera preferido consagrado a Dios.

Benito: No, señor y padre mío, usted no me enseñó el español, ni me permitió leer tantos libros, ni me ayudó en mis estudios en el seminario y en el Instituto de Ciencias, para que yo acabara como ese cura de Loricha: mandando a la policía para encarcelar a quienes no hubieran pagado el diezmo.

Salanueva: Tú no serías de ésos, no… Y por eso estás ahora confundido: te piden que actúes contra un hombre de Dios, y tú dudas. Tus conocimientos, que tanto esfuerzo y tantos sacrificios te han costado, no son para actuar contra él.

Benito: Padre mío y señor: de usted aprendí muchas cosas, y de ninguna renegaré en mi vida, y entre esos aprendizajes están el amor y la justicia. Me esforcé tanto porque comprendí que mi salvación es el conocimiento, el ejercicio de la inteligencia a la manera de las tradiciones que heredamos de los españoles, y por eso tengo lo que tengo y soy lo que soy ahora. Cuando tome una decisión lo haré recordando las palabras y los ejemplos de usted.

Salanueva: Que Dios te ilumine. (Vuelve lentamente a su lugar, de espaldas al público)

Benito: (Inclina la cabeza un momento, cuando la levanta tiene las mandíbulas apretadas y el puño cerrado; se calma casi de inmediato y camina lentamente hacia Miguel)

Escena 2

Miguel: (Siente que Benito se acerca, se levanta lentamente y se da vuelta para encararlo)

Benito: ¿Dónde estás ahora Miguel Méndez? Después de Antonio Salanueva, eres para mí otro padre, eres el hermano que no tuve. Te felicito por haber muerto tan joven, pues se dice que los dioses se llevan consigo a quienes aman, cuando todavía son jóvenes, y tú, allá, donde el oriente es eterno, resplandecerás con la juventud que aquí con tanto sufrimiento purificaste. Bien, pero no estás conmigo y me hacen falta tu consejo, tu orientación, tu enseñanza… (Se da vuelta despacio y se coloca al centro del escenario)

Miguel: (Comienza desde su lugar, se acerca después a Benito rodeándolo una y otra vez, sin acercarse demasiado ni menos llegar a tocarlo) ¿Quién eres?

Benito: Benito Juárez García.

Miguel: ¿Los nombres de tus padres?

Benito: Marcelino Juárez y Brígida García.

Miguel: ¿Religión?

Benito: Católico.

Miguel: ¿Eres un hombre de honor?

Benito: Lo soy.

Miguel: ¿Qué debe el hombre a Dios?

Benito: Amor.

Miguel: ¿Qué debe el hombre a la Humanidad?

Benito: Amor y servicio.

Miguel: ¿Qué debe el hombre a sí mismo?

Benito: Amor.

Miguel: ¿Y que buscas aquí?

Benito: La luz, para conocer ese amor.

Miguel: Aquí se aprende la virtud de vencerse a sí mismo, se enseña a andar con seguridad a través de las tentaciones y peligros que nos cercan, y a conocer de un modo filosófico, práctico y radical, lo que el hombre debe a Dios, a sí mismo y a sus semejantes. ¿Quieres este aprendizaje?

Benito: Lo quiero.

Miguel: Nuestros internos enemigos son las pasiones, el vicio, los errores, las preocupaciones vulgares, a las que oponemos un renacimiento en la virtud, en el honor y en la sabiduría. ¿Estás dispuesto a morir para renacer de esa manera?

Benito: Lo estoy.

Miguel: Nuestros enemigos externos son los hipócritas, lo mentirosos, los fanáticos, los ambiciosos, los ignorantes, por eso los combatimos con la verdad, el honor y la luz; pero son enemigos poderosos que pueden llegar a cobrarnos con la vida, ¿podrás soportar los trabajos de este combate?

Benito: Podré.

Miguel: Jura.

Benito: Juro desenmascarar al hipócrita.

Miguel: Jura.

Benito: Juro abatir al ambicioso.

Miguel: Jura.

Benito: Juro enseñar al ignorante.

Miguel: Escuchen todos en oriente y occidente; escuchen todos en el norte y en el sur: Benito Juárez García se ha convertido en un caballero de la luz, y es un hombre de honor en quien debemos confiar. Conózcanlo, reconózcanlo, salúdenlo y acudan en su auxilio cuando lo solicite. (Se retira lentamente a su lugar, donde permanece sin sentarse, de frente a Benito)

Benito: ¿Dónde estás ahora Miguel Méndez? Me hacen falta tu consejo, tu orientación, tu enseñanza… Me hace falta tu ejemplo para sacar de mí mismo la fuerza que necesito ahora, esa fuerza que tanto te admiré, por encima de todas tus carencias y de tus enfermedades. (Se vuelve, lentamente camina hacia su lugar y permanece de pie, de espaldas)

Escena 3

Miguel: ¿Por qué duda?

Sofía: Las tradiciones pueden pesar tanto que aplasten.

Miguel: Pero yo le enseñé la antigua tradición de la libertad, que es más fuerte y poderosa que otra cualquiera.

Sofía: ¿Te atreves a ponerte trampas tú solo, Miguel? Nada cuesta más que la libertad, y el precio suele ser hermoso fuera de este mundo, pero aquí cuesta caro, bien lo sabes.

Miguel: Pero no a hombres como Benito. Yo lo vi cuando venía de su pueblo, y con él venían los guardianes de las montañas.

Sofía: No te olvides de que la libertad presupone el libre albedrío.

Miguel: No lo olvido, y por eso digo que Benito no debe dudar, sino actuar contra esas tiranías que esclavizan al pueblo de Loricha: la ignorancia y la tiranía de un poder mal entendido.

Sofía: Has venido a preparar a otros para grandes destinos, y ese Benito es el primero. Llegará pronto el tiempo en que debes partir y no puedes llegar allá sin haber cumplido a totalidad tu misión.

Miguel: Lo sé.

Sofía: ¿Y entonces?

Miguel: Ya sufre mucho Benito, y no quiero agravar sus sufrimientos.

Sofía: Comprendo tu admiración por ese joven, pero no entiendo que confundas tus obligaciones con la compasión.

Miguel: Ayúdame, señora Sofía.

Sofía: Esperaba que me lo pidieras, pues yo también tengo que cumplir ésta y otras acciones, pero si no cumplo ésta comprometo las otras. Gracias por pedírmelo. Ahora el cielo me ayude a mí, porque ya no queda más.

Escena 4

Sofía: (Camina en dirección a Margarita, y se queda a cierta distancia)

Miguel: (Observa desde su lugar, sin moverse)

Benito: (Se vuelve y observa la escena desde su lugar)

Margarita: (Reacciona como si escuchara tocar la puerta; deja el bordado en la silla y camina en dirección a Sofía, pero sin acercarse a ella) Buenos días… Señora, ¿se siente usted bien?

Sofía: Por el amor de Dios, algo de comer…

Margarita: Por favor, pase, venga conmigo a la cocina: le daré lo que necesite de lo que tenemos. Venga, por favor.

Sofía: No, niña, dame algo de comer, pero no puedo pasar: se enojarán tus padres.

Margarita: Claro que no, señora: más se enojarán si yo le traigo de comer en la calle. Venga conmigo, pase, por favor. (Ambas se colocan por el lado interno de la silla de Margarita)

Sofía: Eres una niña muy bonita. ¿Cómo te llamas?

Margarita: Margarita.

Sofía: Te agradezco tanto la comida.

Margarita: No tiene por qué.

Sofía: Pero quisiera mostrarte mi agradecimiento.

Margarita: No, por favor.

Sofía: Sí, mira: puedo acabar de limpiar la cocina, barrer los patios, dame un quehacer.

Margarita: No, señora, hay quien haga todo eso. No se preocupe. Coma bien.

Sofía: Eres también una niña muy buena. Te tiene bien educadita tu papá el español

Margarita: Mi papá no es español. Es italiano, de Génova.

Sofía: Yo no sé qué es eso.

Margarita: Yo tampoco. Me explican, nos reímos y luego me dicen que ya entenderé.

Sofía: ¿Quieres mucho a tus papás?

Margarita: Sí. Mucho. ¿Usted tiene hijas?

Sofía: Sí. Allá en la sierra.

Margarita: ¿Y también las quiere mucho?

Sofía: Sí. Por ellas vengo a trabajar en la ciudad, para llevarles de comer. Pero ahora me mandaron los señores a un asunto muy importante.

Margarita: Entonces también sus niñas la quieren mucho a usted, ¿verdad? ¿Son chiquitas?

Sofía: Dos. Una ya es muchacha grande: se va a casar.

Margarita: ¡Uy, qué bonito!

Sofía: ¿Casarse?

Margarita: Sí. Como mis papás. Y como usted también.

Sofía: No me digas que ya piensas en casarte…

Margarita: Pero no se lo diga a nadie…

Sofía. Claro que no. Tú has sido muy buena conmigo y no voy a traicionar tu secreto. Boca cerrada.

Margarita: Me daría mucha pena. Boca cerrada.

Sofía: ¿Y ya lo sabe tu novio?

Margarita: ¡No diga eso, por favor: yo no tengo novio! ¡Soy una niña!

Sofía: ¡Ay, qué pena! ¿Me perdonas?

Margarita: Boca cerrada.

Sofía: Ni una palabra. Y ahora discúlpame, pero tengo que irme.

Margarita: Sí, pase usted.

Sofía: Te agradezco lo buena que fuiste conmigo, y como pago te dejo una bendición.

Margarita: ¿Una bendición? ¿Usted da bendiciones?

Sofía: Sí. Ya lo comprenderás cuando seas grande. La bendición que te dejo es que tu matrimonio sea largo, que tengas muchos hijitos, y que todo acabe en la felicidad. Adiós, niña bonita.

Margarita: Gracias por su bendición. Adiós, señora, que arregle su asunto. (La ve irse, y regresa a su labor)

Escena 5

Sofía: (Da una vuelta al escenario, hablando sola en voz bajo, y haciendo ademanes medio descompuestos)

Benito: (Camina como si saliera de su casa a algún asunto y se topa con Sofía)

Sofía: Buenas tardes, señor.

Benito: Buenas tardes…

Sofía: Usted ha de disculpar, pero por las señas que me dieron se me hace que por aquí vive a la persona que busco…

Benito: ¿Y a quién busca usted?

Sofía: Al licenciado Benito Juárez.

Benito: A sus órdenes.

Sofía: ¿Es usted?

Benito: A sus órdenes.

Sofía: ¡Válgame el cielo!

Benito: ¿En qué puedo serle útil?

Sofía: Vengo de Loricha.

Benito: Pues para mí también es una sorpresa habernos encontrado así. ¿Qué noticias me trae?

Sofía: Algo hemos podido juntar para sus primeros gastos, y aquí se lo traigo (Intenta sacar algo del pecho, debajo de sus vestidos)

Benito: No, por favor. Déjeme pensarlo.

Sofía: ¿Pensarlo? ¿O sea que todavía no se ha decido a defendernos? Allá creen que sí.

Benito: estoy estudiando los documentos que me dejaron.

Sofía: ¿Y cuándo sabremos? Yo tengo que llevar una respuesta.

Benito: ¿Cuándo se regresa usted?

Sofía: Pues hoy ya no. Traigo otro encargo y se me hará tarde.

Benito: Yo vivo en aquella casa, la que tiene el letrero de encuadernación, ¿la ve?

Sofía: Sí. No sé leer; pero veo esa casa que es la única que tiene un letrero.

Benito: Esa. ¿A qué horas cree que podrá venir?

Sofía: Pues yo me tardaré como dos horas en el otro mandado.

Benito. Tiempo suficiente. ¿Cómo se llama usted?

Sofía: Sofía Mendoza.

Benito. Entonces la espero dentro de dos horas, ¿está bien?

Sofía: Está bien. Con su permiso. (Se dirige a donde Miguel)

Benito: Que le vaya bien en su mandado. (Permanece pensativo)

Sofía: Gracias…

Miguel: Excelente trabajo: has encaminado lo que nos preocupa.

Sofía: Yo creo que todavía dudará.

Miguel: Usaré el último argumento.

Escena 6

Benito: (Se dirige a donde Margarita)

Margarita: (Se levanta entusiasmada al verlo)

Benito: Buenas tardes…

Margarita: Buenas tardes, Benito.

Benito: ¿No está mi padrino?

Margarita: No. Todos han salido de casa. Pero no tardarán.

Benito: Mejor regreso después.

Margarita: Como gustes, Pero no tardarán.

Benito: Sí, es mejor.

Margarita: ¿Les digo que viniste?

Benito: Sí, por favor.

Margarita: ¿Y que regresarás?

Benito: Sí, también.

Margarita: ¿Y que es muy urgente?

Benito: ¿Que es muy urgente…?

Margarita: Que quieres ver a mi papá.

Benito. ¿Siempre eres así de lista?

Margarita: (Contesta con un mohín)

Benito: ¿Y siempre eres así de linda?

Margarita: Yo no me siento linda, y no sé porque me dicen así.

Benito: Cuando seas grande vas a ser muy linda y entonces comprenderás porque desde ahora te lo dicen.

Margarita: Ya estoy cansada de que me digan que cuando sea grande voy a comprender no sé cuántas cosas; y además ni siquiera saben qué quiero comprender y qué no.

Benito: Es una forma de decir, nada más. Pero yo no te lo diré más.

Margarita: ¿Me lo prometes?

Benito: Prometido. Con permiso…

Margarita: Ah, te felicito.

Benito: Gracias. ¿De qué?

Margarita: Comentaron en la sala que ya eres un abogado recién recibido, y a todos les dio mucho gusto; pero dijeron que era una lástima que fueras un liberal.

Benito: ¿Ah, sí…?

Margarita: ¿Y qué es eso de un liberal, Benito?

Benito: Un hombre que se encuentra muy comprometido con todas las necesidades de la comunidad donde vive…

Margarita: No entendí.

Benito: Yo sí. A veces no deberíamos ser tan complicados, querida niña, pues las cosas son muy sencillas.

Margarita: ¿Por qué me dices eso?

Benito: Porque de las mil respuestas posibles a tu pregunta, te dije la que yo necesito ahora para ver la famosa luz en el túnel…

Margarita: No. Te pregunto por qué me dijiste querida niña.

Benito: ¿Éh? No, por nada. Es una forma de decir.

Margarita: ¡Hum! Tú tienes muchas formas de decir.

Benito: Vaya, pues. Por favor diles al señor Meza y a la señora Petra que después pasaré a saludarlos.

Margarita: Con mucho gusto. Que te vaya bien.

Benito: Gracias.

Margarita: ¿Y que cuándo volverás?

Benito: Mañana después de mis clases en el Instituto.

Margarita: Está bien: te espero.

Benito: ¿Eh? Ah, sí: te prometo que vendré. Hasta mañana. (Se encamina hacia el proscenio)

Margarita: Hasta mañana… (Vuelve a su labor)

Escena 7

Miguel: (Se dirige a donde está Salanueva, mientras Benito camina hacia el proscenio)

Salanueva: (Volviéndose) Benito, vive en este mundo teniendo presente el más allá, cuando te deberás presentar ante Su Divina Majestad para el terrible juicio de tus pecados.

Miguel: ¿Qué quieres hacer con los indios de Loricha? Recuerda que el secreto está en la intención… ¿Qué te mueve para ayudarlos? ¿Qué te mueve para no ayudarlos?

Salanueva: Cuando mis pies, fríos ya, me adviertan que mi carrera en este valle de lágrimas está por acabarse: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: El amor fraterno se demuestra con la acción, la firme voluntad de hacer el bien a todos se demuestra con la acción, y las acciones son sólo el resultado de nuestras sanas o malsanas intenciones, y de nuestros puros o impuros pensamientos. Nadie es responsable por nosotros, y Loricha es tu oportunidad.

Salanueva: Cuando mis labios fríos y balbucientes pronuncien por última vez vuestro santísimo Nombre: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: Aquellos símbolos sagrados de la antigüedad no han perdido su valor: la acacia será verde siempre, la granada dondequiera mantendrá los granos unidos, y el corazón de la manzana enseñará los cinco principios de la sabiduría. ¿De qué puede ser símbolo Loricha?

Salanueva: Cuando mis manos trémulas ya no puedan estrechar el Crucifijo, y a pesar mío le dejan caer sobre el lecho de mi dolor: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: La Ley dice que la vida se sostiene con la muerte. Habremos de morir cuantas veces sea necesario para continuar nuestra vida, y con ella la del universo, hasta alcanzar el retorno al origen divino que nos dio la vida.

Salanueva: Cuando mis ojos, apagados con el dolor de la cercana muerte, fijen en Vos por última vez sus miradas moribundas: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: Muere ahora, Benito, para que vuelvas a la vida siendo más tú. Despójate de tus miedos y de tus dudas para que te entregues al servicio a los demás, y renace en la luz del deber cumplido.

Salanueva: Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de vuestra boca la sentencia irrevocable que marque mi suerte para toda la eternidad: Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: Son las flores otro símbolo de la regeneración, porque en ellas está la semilla que habrá de morir para que nazca otro individuo de su especie, pero no olvides nunca que si nuestras acciones son como las flores, su perfume es el amor, la justicia y la virtud.

Salanueva: Cuando mi imaginación, agitada por horrendos fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado por el temor de vuestra justicia, a la vista de mis iniquidades, luche con el ángel de las tinieblas, que quisiera precipitarme en el seno de la desesperación. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Miguel: Si defiendes a los indios de Loricha de sus enemigos, esos enemigos serán tus enemigos, no importa que tan consagrados estén a Dios, y son poderosos; tu recompensa será la estimación y el cariño de tus defendidos y de todos aquellos que comprendan tus buenas acciones, y cuando mueras dejando este mundo convulso, la paz de tu rostro mostrará la verdad de tu justicia ante el Supremo Creador.

(Pausa. Salanueva y Miguel vuelven a sus lugares; Salanueva de espaldas, Miguel de frente)

Escena 8

Benito: (En el proscenio, levanta la cara con un rostro radiante y una casi sonrisa en sus labios y ojos)

Sofía: (Después de miradas y ademanes de entendimiento con Miguel, llegándose a Benito) Buenas tardes, señor licenciado.

Benito: ¡Señora Sofía! Llegó usted mucho antes de lo que quedamos.

Sofía: Es que no me fui.

Benito: ¿No? ¿Por qué?

Sofía: Tengo mucho pendiente de que usted nos represente.

Benito: Y así será. Por favor, diga a mis amigos de Loricha que acepto su defensa, y que del dinero ya habrá tiempo de que lo tratemos.

Sofía: Estoy muy contenta, licenciado, y también se alegrarán en Loricha.

Benito: Yo les mandaré decir cuando tenga todo listo para presentarnos ante el Provisor del obispado.

Sofía: Gracias, licenciado, que Dios lo bendiga.

Benito: Que Él nos bendiga a todos.

Sofía: Adiós, y otra vez gracias. (Regresa a su lugar, en evidente complicidad con Miguel)

Benito: Vaya con bien.

Escena 9

Benito: Es curioso lo que ha sucedido hoy: los tres hombres que han sido tan importantes hasta ahora en mi vida han estado de alguna manera conmigo este día: el señor Salanueva, don Antonio Meza y Miguel Méndez. Miguel, no dejaré que te sientas defraudado por mis miedos. Nadie se sentirá defraudado por mis dudas. Se acabaron. Ciertamente tampoco decidiré con precipitación. Qué niña tan linda es Margarita, y tan listilla. Bueno, pues como dicen por allí: tope en lo que tope: me basaré en el Derecho Canónico, que para eso hasta soy maestro en el Instituto, así la justicia será la justicia, conmigo o sin mí. (Animado, regresa a su lugar)

(Transcurso de tiempo)

Escena 10

Salanueva: (Presa de una gran preocupación, camina por el escenario hablando solo y haciendo ademanes medio descompuestos. Se detiene, se decide y camina donde Margarita) Buenas tardes les dé Dios.

Margarita: Buenas tardes, don Antonio. Pase usted.

Sofía: (Camina hacia ellos, apresurada e intranquila)

Salanueva: Busco a tu papá.

Margarita: No está.

Sofía: Buenas tardes. Disculpen que me entrometa así, pero ando buscando al señor Meza o al señor Salanueva, y me dijeron que…

Margarita: No está mi papá…

Salanueva: Yo soy Antonio Salanueva, a sus órdenes.

Sofía: Supimos en Loricha que habían hecho preso también al licenciado Juárez…

Margarita: ¡Dios mío…!

Benito: (Camina hacia ellos)

Salanueva: Me acaban de dar esa noticia, y por eso he venido a buscar al señor Meza, para ver qué podemos hacer.

Sofía: ¿Y usted qué dice?

Margarita: ¡Benito!

Salanueva: ¡Bendito sea Dios!

Sofía: ¡Licenciado!

Benito: De algo me tenía que servir ser Diputado al Congreso de Oaxaca, y aquí estoy.

Salanueva: ¿Qué te han hecho, hijo mío? ¿Por qué te han tratado de esa manera?

Benito: Lo que me preocupa es que siguen presos los amigos de Loricha. ¿Qué sabe usted?

Sofía: Teníamos previsto que esto pudiera suceder, por experiencias de otros pueblos, y nos preparamos para estos sufrimientos; y de nada nos quejaremos si finalmente nos cambien en definitiva ese párroco.

Benito: Creo que en poco de tiempo eso se logrará. Mientras tanto tenemos que seguir luchando porque no avance más esta injusticia. Tienen preso también al licenciado don José Inés Sandoval, y por el mismo delito.

Salanueva: ¿Pues qué delito es ése que merezca tanta persecución?

Benito: Vagancia.

Salanueva: ¿Qué, cómo?

Benito: Ese cura de Loricha mandó al Prefecto de Policía y al Juez de Partido, don Manuel de Feraud, que encarcelaran en Miahuatlán a quienes lo acusaron por los abusos que comete, sin otra prueba que su sola orden. Y que nos prendieran también a mí y al licenciado Sandoval, pero como no tenían ningún motivo válido contra nosotros ¡nos acusaron de vagancia!, por indicación del mismo cura. Dígame, señor Salanueva, padre mío, ¿se puede ser mayor corrupción y complicidad entre los curas y las autoridades civiles?

Salanueva: Todos estamos sujetos a cometer errores…

Benito: ¿Como que me saquen de mi casa por la fuerza, a la media noche, sin otra causa que la voluntad de un sacerdote?

Salanueva: Dios tiene muchas formas de manifestar su voluntad…

Benito: Esto es cosa de leyes, y las leyes las hacemos los hombres y las aplicamos los hombres, pero no ha de ser a nuestro antojo ni conveniencia. Como siempre, nosotros logramos salir, pero los más débiles y desprotegidos siguen en prisión.

Sofía: ¿Qué haremos ahora, don Benito?

Benito: Por resoluciones tan injustas voy a acusar al juez Feraud ante la Corte de Justicia, y renovaré, con nuevos argumentos ante el Tribunal del Provisorato Eclesiástico, mis acusaciones contra ese cura. Mientras llegamos al final de todo esto, dígales a nuestros amigos de Loricha que tengan paciencia, que pronto se arreglará todo. Ya me comunicaré con ustedes.

Sofía: Está bien, señor licenciado: así se hará. Si no disponen ustedes otra cosa, con su permiso, yo me retiro. (Se une a Miguel, sonrientes ambos. Desde ahí serán testigos de lo que sigue)

Benito y Salanueva: que Dios la acompañe.

Salanueva: ¿Te enfrentarás a los representantes de Dios en la tierra?

Benito: No. Me enfrentaré a hombres que se valen del nombre de Dios para ejercer la más funesta de las influencias sobre la sociedad y la justicia. Los sacerdotes probos y dignos no necesitan de la corrupción para ser hombres de Dios.

Salanueva: No creo que te hagan mucho caso… Y son muy poderosos.

Benito: Precisamente. No me harán caso ni el Tribunal ni el Provisorio, porque defenderán hasta morir ese contubernio atroz, pero yo no puedo dejar de cumplir con mis obligaciones.

Salanueva: ¿Y qué será de ti…?

Benito: A mis veintiocho años, y sin tener más familiares que mis hermanas que ya están bien acomodadas, y a usted a quien no tocarán jamás, no me importa lo que será de mí. Ya descubrí también dónde está la otra columna de su funesto poderío: el dinero, con que compran voluntades y armas. Padre mío, rece por mí, rece mucho, yo sé que a usted sí lo escucha nuestro Dios de Amor y de Bondad, y esta inquietud por la justicia y el verdadero amor a mis semejantes, sólo puede venir de Él, y yo sabré cumplir con lo que me toca. Rece por mí.

Salanueva: Así lo haré. Te espero en casa para cenar, antes de que te vayas a la tuya. (Se aleja con paso cansino a su lugar, queda de espaldas)

Benito: Allá lo alcanzo. (Camina distraído hacia el proscenio)

Escena 11

Margarita: ¡Benito!

Benito: Ah, perdón, niña Margarita: me distraje.

Margarita: Benito…

Benito: Sí, dime…

Margarita: ¿Me dejas que yo también te ayude y rece por ti?

Benito: ¡Uh! ¡Claro que sí! ¡Margarita, claro que sí!

Margarita: Vamos…

(Caminan uno junto al otro hacia el proscenio. Como si continuaran caminando quedan sonrientes frente al público, mirándolo de frente sin perder la sonrisa)

FIN DE LA OBRA

Morelia, Michoacán de Ocampo, Febrero de 2006.

Año del Bicentenario del Natalicio del «Benemérito de las Américas»

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