Ángeles y Humanos

Para Adriel. LOS ÁNGELES. Fernando López Alanís. 

Fue una muestra de confianza, de confianza extrema y espontánea, que yo acepté con una sonrisa y sin ningún interés; pero la sonrisa fue suficiente para que mi amigo Andrés se soltara contándome sus experiencias con los ángeles. ¡Con los ángeles! Seguí sonriendo, ahora con aparente interés, pero preguntándome hasta dónde estaría dispuesto a soportar semejante plática de un Andrés vendedor de zapatos.

“Estaba yo recostado boca arriba esa noche, relataba Andrés, con mi esposa roncando suavemente al lado. Durante la velada la plática con mis amigos y familiares había caído en el tema de lo sobrenatural y de los ángeles. Yo estaba muy despierto, repasando las palabras sobre los ángeles y recordando las miradas y los gestos de quienes allí estábamos. Pensaba en lo maravilloso que sería ver a un ángel, comunicarse de alguna manera con él, sentir sus presencia. Y me caía poco a poco en el ensueño cuando sentí en mi mejilla una caricia suave de arriba abajo, como cuando te pasan delicadamente una pluma por la  piel”.

“¡Andrés, pensé abriendo desmesuradamente los ojos, ¿qué te pasa? ¿Acaso piensas que te creeré semejante patraña?” Pero Andrés sólo vio mis ojos desmesuradamente abiertos, e interpretó que mi admiración era por el hecho de haber sido él acarciado por la pluma de un ángel. “Andrés, le dije sin abrir los boca, los ángeles no tienen plumas”. Y entonces sonreí burlándome de mí mismo: ¡estaba aceptando la existencia de los ángeles, aunque implumes, contrario totalmente a las enseñanzas de mi madre y de los curas sobre los ángeles con alas y vestidos como mujeres, según los cuadros piadosos en mi casa y en los templos. “Rézale al ángel de tu guarda”. “Dulce compañía, no me dejes ni de noche ni de día…”

Caí entonces en la cuenta de que este asunto de los ángeles era tan viejo como de dos milenios y medio y un poco más, desde los tiempos en que los judíos se enteraron durante la deportación a Babilonia de que había seres alados creados por los dioses, y de que había ángeles buenos y ángeles malos, siguiendo la doctrina del Mazdeísmo. Y recordé las famosas cuestiones medievales: ¿Tienen los ángeles sexo? ¿Cuántos ángeles caben de pie en la punta de un alfiler? Pero lo único que dije echándome para atrás fue “¡oye, Andrés, qué cosa más interesante!”, frase que podría interpretarse de cualquier forma, y que a mi amigo le dio la oportunidad de seguir con su tema, y entonces me contó su experiencia en el desierto.

Según eso fue a Hermosillo, Sonora, una semana a mediados de junio, para visitar a unos parientes de su esposa que tenían años invitándolos. Habiendo arreglado todo para no dejar pendientes, les cayeron por avión con sus dos hijos, y todo fue risas, abrazos y gritos en el aeropuerto, los hijos de unos y de otros se entienderon de maravilla inmediatamente y nada parecía ensombrecer los ocho días que estarían de visita.

Al quinto día, jueves por cierto, Andrés emprendió de madrugada el camino a un paseo para una probadita de desierto. La noche anterior, ya dormidos los niños, la plática cayó en esos “fenómenos paranormales” de espantos, aparecidos, dinero enterrado señalado por lenguas de fuego azul, y ángeles que habían establecido contacto con los humanos. La señora de la casa, una católica de la vieja escuela aunque usaba anticonceptivos de todo tipo, se declaró fanática de los ángeles, dio una pequeña cátedra de las categorías angélicales, y contó, para ejemplificar sus creencias, que el hijo de una amiga suya se había desprendido de la mano de su mamá y atravesó una avenida de mucho tráfico de carros sin que le pasara nada, incluso, para librarlo de todo daño, bruscamente frenaron los carros y hubo tres o cuatro choques, y agregó llena de admiración: “¡vean qué angelote de la guarda el de ese niño!”. Yo me quedé petrificado ante ese cuento, e indignado pregunté a mi amigo si él no había hecho ningún comentario ante aquella incongruencia, y él, extrañado, me repondió que no, y a su vez me preguntó por qué le llamaba incongruencia al hecho de que el ángel de la guarda de un niño lo hubiera librado de morir atropellado. “Porque, le contesté, haces aparecer como idiotas a los ángeles de la guarda de los que chocaron”. Ahora los ojos de plato fueron los de él, y sentí que estaba dudando en proseguir contándome su aventura en el desierto de Hermosillo, por lo que dije dos o tres frases para animarlo, pues ahora en verdad estaba interesado en escucharlo.

Salió por el rumbo del norte de Hermosillo en un carro de sus amigos siguiendo sus indicaciones, pues le aconsejaron que, para no correr riesgos, anduviera por las rutas de motocross que había por todo aquel rumbo. Dejó el carro encargado en un rancho que ya tenía hasta un corral habilitado como estacionamiento, y se metió entre los breñales armado de un sombrero nuevo, de una cantimplora y de una navaja suiza prestada. Caminaba recordando todo lo que sabía sobre las manifestaciones de Dios en el desierto, repasando narraciones bíblicas sobre las apariciones angelicales, y alabando a Dios por su creación en la tierra, tan variada y hermosa, desde los desiertos con temperaturas sobre los cuarenta grados, hasta las selvas tropicales con temperaturas sobre los cuarenta grados. Llevaría unas dos horas caminando bajo el sol que ya calentaba sin piedad cuando descubrió unas rocas aisladas, sin vegatación alrededor. Obedeciendo a un impulso se desnudó y recostó cara al cielo sobre las ardientes rocas; sin embargo no aguantó mucho, pues aunque admiraba en su interior la creación del universo velado por el azul celeste limpio y oscuro, el sol era más que candente, así que se vistió, y se regaló dos o tres tragos de agua pues había sentido la saliva espesa. Decidió volver. Un gusto general lo poseía, y caminaba admirando su nuevo descubrimiento: los pájaros. Qué variedad tan grande de plumas, de colores, de picos, de modos de volar. Hermosos. De pronto en una rama se posó un pajarillo gris, con las plumas como desarregladas y maltratadas, y se dijo “qué pájaro tan feo”, y en seguida “¡es un ángel!”. E inmediatamente sucedió lo admirable: vio un resplandor que lo cegó, escuchó un tronido, y sintió una fuerza extraordinaria que lo lanzaba hacia atrás sin abatirlo. Mientras caminaba en reversa sin control reía a carcajadas, gozoso, manoteaba locamente como si quisiera volar, como si realmente no pisara. Cuando se detuvo todavía sin dejar de reír, estaba admirado de no haber quedado ciego por aquel intenso resplandor, de no haber sufrido quebranto alguno por el impacto del trueno. Dejó de reír y buscó al pájaro feo, pero no estaba ni el pájaro feo ni ningún otro pájaro y todo alrededor era silencio, tampoco había viento, y sólo el sol estaba presente con toda su fuerza de media mañana.

En ese momento mi amigo interrumpió su relato para prguntarme qué me parecía todo aquello y yo, “sin saber ni cómo sí ni como no”, contesté: “da gracias al cielo de que no te fundió”. “¡Ah, exclamó, luego entonces sí que crees en los ángeles!” “No, le aclaré, no creo en los ángeles, porque sé que existen, que son reales, que se pueden comunicar con nosotros. Lo que me parece extraordinario es lo que me cuentas, porque, ¿sabes por qué? Ahora está aquí conmigo un ángel diciéndome que es cierto esto que me has contado que te pasó en el desierto, que te encontraste con un ángel…”

 

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