MUERTE INFAME «Agustín Iturbide»

MUERTE INFAME «Agustín Iturbide»


MUERTE INFAME, OBRA EN DOS TIEMPOS de Fernando López Alanís

Personajes

 

Primer Tiempo

 General José Antonio Echávarri

 General Pedro Celestino Negrete

 Canónigo Matías Monteagudo

General Guadalupe Victoria

La Conciencia

Segundo Tiempo

 Doña Ana María Huarte

 Coronel Agustín Iturbide

 Charles Beneski

 General Felipe de la Garza

 Presbítero Agustín Gutiérrez de Lara

 (SUGERENCIA: Si fuera música, el Primer Tiempo podríamos considerarlo con tres ritmos: del principio a la aparición de Conciencia como Allegro con Brío; durante la presencia de Conciencia como Allegro; y la parte final como Allegro Molto. En cambio el Segundo Tiempo podría prestarse a un Allegro Vivace. En otras palabras: cualquier ritmo lento descompondrá la obra. Gracias)

 

PRIMERA TIEMPO

El Plan de Casamata

(Sala de estar de una casa de la ciudad de Puebla. Muebles, mesitas de dentro, cuadros, licoreras, copas; una mesa y cuatro sillas. Una sola entrada)

ECHÁVARRI: (Entra, mira con altivez la habitación, suspira profundamente, y camina un poco.)

NEGRETE: (Entrando) General Echávarri.

ECHÁVARRI: General Negrete. (Se toman de los brazos con fuerza y gusto) ¿Nos sentamos?

NEGRETE: Prefiero estar de pie…

ECHÁVARRI: ¿Cansado del camino?

NEGRETE: Más de lo acostumbrado, por las prisas, los pasos de la montaña en mal estado, y las preocupaciones.

ECHÁVARRI: ¿Algo para sed?

NEGRETE: Eso sí. Gracias. ¿Cómo los ha recibido Puebla?

ECHÁVARRI: No esperábamos tanto entusiasmo, y menos siendo el obispo contrario a nosotros.

NEGRETE: Todavía no entiendo a la iglesia, o, mejor, no acabo de entender a sus dirigentes.

ECHÁVARRI: A la verdad, yo tampoco. Todo parecía tan claro hace veinte años, y ahora todo tan revuelto y oscuro, y la más oscura es la iglesia; ya no entiendo sus motivos, ni sus acciones tan contradictorias, ni sus bendiciones o maldiciones…

NEGRETE: ¿Nos entendemos nosotros?

ECHÁVARRI: ¿Nosotros de nosotros  mismos, o usted y yo?

NEGRETE: Estamos ahora en bandos opuestos, cuando siempre estuvimos lado a lado.

ECHÁVARRI: El rey nos unía.

NEGRETE: Hoy debe unirnos don Agustín de Iturbide…

ECHÁVARRI: Pero nos contrapone.

NEGRETE: ¿Realmente?

ECHÁVARRI: Qué bueno que podemos hablar ahora, pues le puedo decir con franqueza que este criollo a quien decimos emperador no tiene ni remotamente la fuerza ni la grandeza de los monarcas europeos, Creo que nos equivocamos. Este reino volará en pedazos si no lo evitamos personas como usted y como yo.

NEGRETE: Para evitarlo estamos aquí. ¿Acaso no tenemos derecho a rectificar? Si es así, primero tuvimos derecho a equivocarnos.

ECHÁVARRI: Dígame, general, con toda sinceridad, ¿no ha sentido usted que pasado el entusiasmo del 27 de septiembre de 1821, el pueblo reaccionó y no acepta una nobleza criolla, y que después de las experiencias de unos nobles españoles que lo esclavizaron, desconfía y no soporta más “nobles”, y que a la corte de Agustín Primero no la ve legítima, y sí en cambio ridícula?

NEGRETE: Me ha parecido así, ciertamente; pero no a los extremos que a usted.

ECHÁVARRI: Esto sólo diré ante usted, y espero que lo reflexione: en un año y poco más Iturbide ha fracasado como emperador, y el pueblo no quiere saber nada de los reyes de España, a los que ha aprendido a mirar como a sus tiranos y causantes de todos sus males en tres siglos… ¿qué queda? La república.

NEGRETE: En Jalapa no pudimos hablar a solas, y ahora no tardan en llegar nuestros acompañantes. Dígame, Echávarri, haber tomado parte usted en la formulación del Plan de Casamata, ¿no lo siente como una traición al imperio?

ECHÁVARRI: No atentamos contra la independencia, que ya es algo irreversible, ni contra don Agustín como emperador. Lo único que queremos es que se haga efectiva la promesa del emperador de fundar una monarquía constitucional. Un soberano como poder ejecutivo, moderado por un congreso del pueblo. Esto no es traición, es ayudar a alguien que ha perdido su fuerza a que la reponga, para bien de todos.

NEGRETE: Estoy preocupado por esto de las traiciones, en verdad. Hay quienes dicen de mí que al apoyar a don Agustín en el Plan de Iguala, traicioné a mi rey…

ECHÁVARRI: Sería mi caso y el de quince mil españoles que peleábamos por España antes de septiembre de 1821. No, pienso que no. ¿A cuál rey? Don Carlos abdicó, don Fernando abdicó, Pepe Botella carecía de toda legitimidad. Vuele Fernando Séptimo para acabar prisionero de los liberales… Así que ¿a cuál rey?

NEGRETE: Finalmente y por principio somos españoles.

ECHÁVARRI: Creo que dejamos de serlo cuando juramos obediencia a don Agustín Primero, emperador de México.

NEGRETE: Volvemos a lo mismo. ¿Qué será entonces la república…?

ECHÁVARRI: La posibilidad siguiente a una constitución…

MONTEAGUDO: (Entrando) Dios guarde a todos en esta casa, amigos muy queridos… (Se saludan con el afecto de viejos conocidos) Espero no ser inoportuno. Como sé que me esperan, entré sin más.

NEGRETE: Estuve meditando en el camino una propuesta para ustedes dos, y el general Victoria. Si la aceptamos los tres, la prudencia de Victoria le dirá cómo acompañarnos.

MONTEAGUDO: Usted dirá.

ECHÁVARRI: A sus órdenes.

NEGRETE: Antes de ponernos las dos delegaciones a la mesa y discutir, hablar nosotros como cabeza que somos de los  principales interesados en este asunto: la iglesia, el emperador, el Plan de Casamata, los viejos insurgentes que se han propuesto apoyarlo… Creo que es más fácil ponernos de acuerdo cuatro, aunque después necesitemos la aprobación de los demás.

VICTORIA: (Entrando) Si ellos aceptan, yo acepto. Señores, a sus órdenes. (Se saludan) Les ruego una disculpa, pues pareciera que escuchaba tras la puerta; pero no: los años que pasé en las selvas afinaron mis sentidos y aprendí a quedarme quieto, más sintiendo por todos mis poros que viendo u oyendo. Eso sucedió al venir aquí, al escuchar en el corredor la voz del general Negrete, aunque dudo que otro cualquiera pudiera entender como yo. Pues bien, ustedes dirán: yo acepto.

MONTEAGUDO: De acuerdo: hablemos nosotros primero.

VICTORIA: Vengo sediento.

ECHÁVARRI: Adelante.

NEGRETE; ¿Desde cuándo llegó a Puebla?

MONTEAGUDO: Hace dos días.

ECHÁVARRI: ¿Y que le dice nuestro señor obispo?

MONTEAGUDO: Encontré que seguimos con muchas coincidencias: la verdad es sólo una, y lo bueno sólo es bueno cuando es para todos.

ECHÁVARRI: ¿De veras? Qué interesante, y creo que poco realista.

NEGRETE: Pues como cada quien anda con lo suyo por bueno, o deseando lo ajeno por ser algo bueno que no tiene…

MONTEAGUDO: Ninguna de esas posiciones es moral ni justa.

VICTORIA: ¿Nos sentamos?

(En los extremos quedan Monteagudo y Negrete, los otros dos frente al público)

NEGRETE: Como saben ustedes, la Junta Instituyente está elaborando la convocatoria para reunir un nuevo congreso constituyente, mediante fórmulas más precisas, de modo que efectivamente estén representados todos los súbditos del imperio. El emperador manifiesta a ustedes que la Junta tiene el conocimiento, la sabiduría y la legalidad para emitir la convocatoria.

ECHÁVARRI: En cambio nosotros pensamos que no. La Junta no tiene legalidad alguna.

VICTORIA: Tampoco la tendría un nuevo congreso.

NEGRETE: El emperador propone a ustedes que esperemos todos a que se reúna el nuevo congreso, y de acuerdo a los resultados tendrá vigencia o no el Plan de Casamata.

ECHÁVARRI: ¿Por qué no aceptamos un nuevo congreso? Este es el punto.

VICTORIA: ¿O por qué no es posible hacernos cómplices de un engaño? Esto es de honor, y ustedes, hombres de un ejército profesional, usted, monseñor, saben lo que significa el honor.

NEGRETE: No le entiendo, general; usted dispense.

VICTORIA: Los insurgentes apoyamos el Plan de Iguala porque daba por terminada la dependencia de la Nueva España de la Vieja España, para que naciera esto que llamamos México, o imperio mexicano. Jamás lo hicimos para quitar un mal gobierno para caer en otro peor. El haber disuelto Iturbide el congreso es un acto aberrante, propio de un tirano, y nosotros no peleamos para que nos gobierne ningún dictador, local o fuereño; no, jamás.

NEGRETE: El congreso no hizo nada en ocho meses, excepto trabajar contra el emperador.

VICTORIA: Trabajar para no dejarse imponer los caprichos de un tirano, y usted lo sabe, general Negrete: ¿O quiere que le enliste los caprichos y los intereses que Iturbide trató de imponer al congreso?

(Pausa)

ECHÁVARRI: General Negrete, no puede haber nuevo congreso solamente porque al emperador no le acomodó el primero. La Junta Instituyente no representa nada ni a nadie; es otro capricho del emperador. Y si forma un nuevo congreso no lo reconoceremos nosotros, ni nadie. El que tomó posesión fue electo por el pueblo, bien o mal, pero electo de acuerdo al Plan de iguala que todos, todos aceptamos y juramos cumplir, Iturbide el primero.

NEGRETE: No vaya a resultar entonces que el emperador es el traidor.

(Pausa tensa)

ECHÁVARRI: No resultará nada malo o equivocado para nadie si el emperador restituye el congreso original. Todo volverá a la normalidad y entonces se tomarán las medidas pertinentes para todos.

MONTEAGUDO: ¿Por qué tuvieron miedo de llamar al coronel Iturbide traidor? ¿O de considerarse traidores ustedes, y quizás incluido yo? Yo digo que ciertamente lo es. No digo que los hombres y mujeres que le dimos nuestra confianza en La Profesa, y lo recomendamos ante el virrey Apodaca, nos haya traicionado, no; pero sí afirmo que nos engañó y resultó de todo algo que no esperábamos. Por favor, señores, ¿de dónde puede resultar un emperador? No del engaño. ¿De dónde puede surgir una nueva dinastía? No del adulterio. (Se levanta) Esto es el resultado de la pérdida de los valores que hicieron grande a España: el amor, el respeto, la obediencia al rey y a la Santa Sede Apostólica.

ECHÁVARRI: Nadie ha levantado una sola voz contra el Santo Padre

MONTEAGUDO: La santa religión manda obedecer al rey, pues su autoridad viene de Dios, y aquí no he oído nada con respecto al rey, nuestro natural señor. Oigo hablar de un emperador que nos inventamos todos por mientras viniera don Fernando o cualquiera de la casa reinante de España. ¿Agustín “de” Iturbide? ¿De dónde le sale a este criollo el “de”? No digo que sea un villano, pero ciertamente la nobleza no se la veo por ningún lado.

ECHÁVARRI: ¿Entonces por qué concederle una corona? Todos sabemos cómo usted y sus amigos de La Profesa le dieron cuanto apoyó necesitó ante el virrey Apodaca y ante los obispos de todo el imperio. Además, con usted se confesó no en uno sino en cientos de ejercicios espirituales, y se le escuchaba rezar el rosario a grandes voces, ¿no es así? ¿Por eso le confió usted algo tan enorme como un imperio?

VICTORIA: (Levantándose) ¿Es eso cierto, lo de los rezos a gritos…? ¿Es cierto también que la primera persona que lo propuso para Comandante General del Sur fue la señora Ignacia Rodríguez…? ¡Pero si todos sabían de sus desmanes en El Bajío, y de sus ligerezas con la señora Rodríguez, ¿cómo se atrevieron? ¿O eso querían, persecuciones sin piedad en el sur como en El Bajío, sin hacer diferencias entre hombres armados y mujeres inocentes, ancianos o niños?

NEGRETE: Le ruego no exaltarse, general, porque su prudencia podría faltar a una entrevista tan importante como ésta.

VICTORIA: Le ruego ser prudente, general Negrete, porque bien podría también recordar sus acciones protegiendo los desmanes de Iturbide en El Bajó, y los propios de usted en Michoacán, enviando al paredón a mujeres independentistas.

ECHÁVARRI: (Levantándose) Ha sido un acuerdo para entendernos los viejos soldados del rey y los viejos insurgentes el no hacernos reclamaciones por acciones de guerra, penosas ciertamente, pero que las circunstancias nos hicieron vivir en uno y otro bando… Les ruego que mantengamos este acuerdo no escrito… Tenemos que construir el futuro de un imperio, no destruirnos entre nosotros ni ese futuro.

VICTORIA: Gracias por recordarlo, sobre todo porque viene de usted, mi antiguo enemigo y hoy mi aliado muy respetado. Por favor, haga de cuenta que no he dicho nada, general Negrete…

NEGRETE: Creo no habrá quien esté exento de culpas después de más de diez años de una guerra que para todos fue cruel; me parece que debemos evitar que suceda de nuevo. Y unirnos alrededor del emperador, como estábamos en septiembre de 1821, será lo mejor para nosotros y el bien del imperio.

MONTEAGUDO: He tomado el parecer de muchos de quienes mantuvimos la presencia de los intereses del rey en la Nueva España durante los años difíciles de la insurgencia. No es un reclamo para usted, general Victoria, por favor. Es que nunca pensamos que todo eso desembocaría en un emperador con pies de barro, que ha comprometido todos nuestros esfuerzos.

NEGRETE: Sin embargo, usted lo acompañó con júbilo el 27 de septiembre.

MONTEAGUDO: Lo mismo que ustedes.

NEGRETE: Lo mismo.

MONTEAGUDO: E igualmente engañados. ¿Qué decía ese maldito Plan de Iguala, que no era nuestro plan, sino uno modificado por el licenciado Monteros…?

VICTORIA: ¿Qué dice usted? ¿Quién redactó el Plan de Iguala?

MONTEAGUDO: Se entiende que no esté usted enterado de este lío, alejado como anduvo en aquellas selvas. Para su información y mejor comprensión, le comento rápidamente que en La Profesa le encomendamos la redacción del plan a uno de nuestros amigos, el licenciado Zozaya, quien no supo o no pudo cumplir, y entonces la señora Rodríguez se lo encargó al licenciado Juan José de los Monteros. Ese plan lo conocimos todos después de que el coronel Iturbide lo aprobó y publicó en Iguala. Pero ¿realmente importa quién lo redactó? Fue el que aprobamos y muchos de nosotros juramos, es lo que importa.

ECHÁVARRI: Y sus principios y la vigencia de sus ofrecimientos es lo que nos tiene aquí reunidos.

MONTEAGUDO: ¿Qué decía ese plan? Que estas provincias no reconocían en España ninguna autoridad que no fuera la del rey, puesto por Dios para gobernarnos, y que si su majestad Fernando VII no podía regirnos desde España por la impiedad de los malos españoles, que este reino se guardaría para él o para su Casa de Borbón. ¿Dónde se habla de emperadores criollos?

NEGRETE: En los Tratados de Córdoba: “en caso de que el rey Fernando VII o algún miembro de su familia no aceptasen venir a México, las Cortes del Imperio Mexicano quedarán en libertad para designar un sustituto.” España desconoció el Tratado de Córdoba y…

MONTEAGUDO: Y entonces seguimos con la obediencia a España.

ECHÁVARRI: Y entonces elegimos a un sustituto. Pero antes debimos elegir diputados a las cortes, o diputados a un congreso que nos diera una constitución, no para que el sustituto convertido en emperador se enemistara con él, encarcelara diputados, y acabara disolviéndolo.

MONTEAGUDO: Desconocido el tratado por una de las partes, no hay tratado, dígase lo que diga. Señores, todo esto no es más que una farsa.

VICTORIA: No lo es, monseñor, afortunadamente no lo es: toda dependencia de España ha quedado rota por siempre jamás.

MONTEAGUDO: El Santo Padre no bendice esa ruptura, sino el demonio, que ha puesto a todos ustedes en el caso de no obedecer a la santa religión, y de caer en la violencia de unos contra otros, signo evidente de Satanás.

VICTORIA: ¿Qué realmente nos quiere decir, monseñor? Ya entiendo que nos desaprueba, nos han desaprobado desde el principio los obispos; pero dígame francamente, ¿aprueba o desaprueba a Iturbide, a quien llamó coronel y no emperador?

MONTEAGUDO: Lo desapruebo totalmente; pero si yo no recibo aquí pruebas ciertas de que la religión no será atacada, de que sus ministros serán respetados, de que los bienes de la iglesia y de los conventos no serán tocados…

VICTORIA: ¿Ésta petición tan violenta significa que el emperador le ha dado ya esas garantías?

MONTEAGUDO: Absoluta y muy ampliamente.

ECHÁVARRI: ¿Qué le hace suponer que nosotros se las negaremos?

MONTEAGUDO: Sólo estoy planteando el asunto…

ECHÁVARRI:  Tengo que reconocer que desde el licenciado Rayón en Zitácuaro, y el jefe insurgente Morelos en Chilpancingo y Apatzingán, se ha planteado que la religión Católica tiene todas las garantías de ser la única, sin tolerancia de otra cualquiera, y esto no ha variado ni variará con el Plan de Casamata.

MONTEAGUDO: Ya he visto que no hay punto de acuerdo en cuanto al congreso disuelto, ni a la posibilidad de uno nuevo, por eso tampoco puedo esperar que…

VICTORIA: Disculpe, pero creo que no me gustará lo que va a decir. Por eso, y esperando equivocarme, permítame decirle que cuando me pidieron opinión sobre su presencia aquí, respondí que no tendría inconveniente, si nos ayudara a tener simpatías del clero para nuestra causa. ¿Las tenemos…?

MONTEAGUDO: Hasta ahora es mi parecer que sí.

ECHÁVARRI: Hasta ahora…

VICTORIA: ¿Podemos esperar que el terminar esta plática, usted buscará hablar en nuestro favor con el obispo de Puebla?

MONTEAGUDO: No veo inconveniente en presentarlos como bien intencionados…

ECHÁVARRI: Monseñor, permítame decirle que la experiencia de diez años de guerra ha aguzado nuestros sentidos, y que vemos que viene preparado para seguir su viaje a España.

MONTEAGUDO: Enviaré mis cartas al coronel Iturbide después de hablar con su eminencia el señor obispo de Puebla. Sin embargo, veo que ahora se desconfía de mi… ¿Usted no dice nada, general Negrete?

NEGRETE: (Levantándose) Nos está diciendo con demasiada claridad que no tendremos ningún entendimiento con usted, ni los representantes del emperador con los generales del Plan de Casamata, ni…

MONTEAGUDO: Estamos enfrentando muchas dificultades…

NEGRETE: Y que yo fracasaré en mi empeño.

MONTEAGUDO: ¿Cómo es posible que dos amigos estén en bandos opuestos? ¿Cómo que dos españoles se confronten en una colonia por asuntos que corresponde resolver a la corona española? ¿Cómo comprender que ustedes sean amigos de los insurgentes, o siquiera negocien con ellos? ¿Y que todos estemos aquí por un coronel de milicias, que un día amaneció emperador sin que nadie supiera por qué?

VICTORIA: ¿Se despidió usted de don Agustín?

MONTEAGUDO: Sí, desde luego.

VICTORIA: Después de todos los favores que usted le hizo para que un día amaneciera emperador, ¿ni siquiera le pidió que se quedara con él, para ayudarle?

MONTEAGUDO: Ciertamente lo hizo…

NEGRETE: Déjeme adivinar sus palabras: “talentos como el suyo son necesarios para el imperio que nace”.

MONTEAGUDO: Más o menos. Les diré algo, y tómenlo por favor con toda seriedad. Si esto resulta como está creciendo, don Agustín no tendrá buen fin. Él me dijo que necesitaba “cabezas” como la mía, y yo le respondí que tuviera cuidado, no fuera su cabeza la primera en caer en esta mascarada, Y, por lo visto, no ha tenido cuidado.

NEGRETE: Mal presagio.

VICTORIA: Buen presagio.

ECHÁVARRI: Tenga usted  muy claro que hemos dado todas las garantías para la persona del emperador, y de su familia.

VICTORIA: Garantía que validamos todos los viejos insurgentes.

 MONTEAGUDO: Para cortarle a alguien la cabeza no sólo se necesita el hacha, o ese instrumento de horror y asesinato inventado por los franceses últimamente: la guillotina.

NEGRETE: De sus palabras hay algo que me preocupa. Necesito conocer algunos datos que quizás ignore por los ajetreos de la ciudad de México y por dos días de camino. Generales Echávarri y Victoria, ¿cuáles son las posiciones de su tropas?

ECHÁVARRI: Podemos asaltar la ciudad de México desde oriente, occidente y el sur, es cuanto puedo decirle.

VICTORIA: Más le importará saber que excepto Chiapas y la antigua Capitanía de Guatemala, todas las demás provincias apoyan nuestro Plan. Y algo muy importante: Michoacán, con don Mariano Michelena a la cabeza, nos apoya totalmente. Téngalo en cuenta.

NEGRETE: Monseñor, nosotros tres somos españoles y nuestra actitud puede ser interpretada de muy diferentes maneras. El que usted se aleje del emperador en estas circunstancias, después de haber hecho mucho más que cualquiera para entronizarlo, es una actitud a interpretar…

MONTEAGUDO: No me importa cómo me juzguen hoy ni nunca, ni ustedes ni dentro de mil años: obro conforme a las circunstancias y mi conciencia.

VICTORIA: Yo también.

NEGRETE: ¿Acaso nosotros no?

ECHÁVARRI: ¿Conciencia? ¿De qué conciencia estamos hablando?

CONCIENCIA: (Entrando) Dígame, monseñor, en estos días de confusión, ¿cuál puede ser la conciencia de un soldado español? Echávarri y Negrete fueron primero soldados del rey, y mataron insurgentes con la  aprobación de la Santa Iglesia, ¡de la santa iglesia que bendecía sus armas para que mataran con mayor precisión!, ¿no es así monseñor?

MONTEAGUDO: No, no es así, sino para defensa de la paz y del más benéfico de los reyes, prisionero de extranjeros y de poderes malignos.

CONCIENCIA: ¿Y si se lo preguntamos a las viudas y huérfanos que dejaron en el Bajío y en la Tierra Caliente, y en el norte y en todas partes…? Soldados españoles que mataron para recibir honores de sus superiores españoles; pero que de un día para otro las circunstancias les han llevado a jurar lealtad al emperador Agustín Primero y a ser compañeros de los insurgentes, como aquí lo estamos viendo.

NEGRETE: Fuimos arrastrados por las circunstancias

CONCIENCIA: Y ahora resulta que son nuevas circunstancias las traiciones y actos de tiranía de este Agustín Primero, circunstancias que hacen que soldados españoles que fueron del rey y juraron lealtad al emperador, avancen ahora hombro con hombro con los insurgentes contra la ciudad de México, pero ahora sin la aprobación de la Santa Iglesia

ECHÁVARRI: Para exigir al emperador el cumplimiento de un promesa, de una palabra que supusimos de honor, y lo hacemos por nuestro propio honor.

CONCIENCIA: ¿Cuál conciencia?

MONTEAGUDO: Si saliendo del fuego hemos caído en las brazas, ¿alguien piensa que yo debería unirme al Plan de Casamata?

ECHÁVARRI: Hay quien piensa que sí, desde luego.

VICTORIA: Hay quien piensa que no. Las interpretaciones de no son sólo de quienes observan desde afuera, también de quienes actuamos desde adentro.

CONCIENCIA: Ustedes combatieron con las armas y con la religión contra los insurgentes que no peleaban contra la religión, pero al mismo tiempo comprendieron la justicia de la causa insurgente, por eso no se fueron con los españoles que se repatriaron ni están en San Juan de Ulúa amenazando Veracruz. Para ustedes como para muchos otros fue un alivio el Plan de Iguala. Salvar a la Nueva España para el monarca español, y así se confirma con el Tratado de Córdoba. Pero España desconoce el tratado de Córdoba, y ustedes, y todos los españoles pierden la esperanza de que se guarde este reino para la casa reinante en España, y comprenden que sólo podrán hacerlo con un hombre fuerte, apoyado por el clero y por los ricos comerciantes y terratenientes, y aceptado por la plebe.

ECHÁVARRI: Gracias a usted, monseñor Monteagudo, al Inquisidor Casiano de Chavarri, y al Auditor de Guerra, señor Bataller…

VICTORIA: Los mismos que condenaron al Gran Morelos…

ECHÁVARRI: Gracias a ellos y a usted contamos con Iturbide. Ninguno le confiábamos, pero ya nos era necesario a todos, y el fin de guardar a la Nueva España para la vieja España se hubiera cumplido, hasta que hicimos a Iturbide emperador… Yo, el general Negrete, usted, monseñor, Cortázar, Lobato, Vivanco, y algunos viejos insurgentes, ¿no fue así? Pero elegimos un Congreso, y al “emperador” le salen todas las malas mañas y la soberbia y se enfrenta al congreso, electo para tener un gobierno moderado por un congreso y una Constitución, como se nos ofreció a todos en Iguala y en Córdoba.

CONCIENCIA: ¿De cuál conciencia estamos hablando, en esta feria de traiciones y de esperanzas por fidelidades que no llegan? Pero su educación les impide ser de otro modo, y al inclinarse por salvar la corona, se colocan al lado y bajo las órdenes de un emperador que ustedes inventaron.

VICTORIA: Ahora entiendo un poco más al general Luis de Cortázar… Recibe como un honor la orden de disolver el congreso que se “ha opuesto” al emperador; pero no queda a gusto, no se siente bien. Su conciencia le dice que algo no está bien. ¿Fue él, o quién fue el desafortunado que encarceló a los diputados opositores a los caprichos de Iturbide?

CONCIENCIA: La disolución del Congreso es un acto que atenta contra toda honradez y congruencia, y contra toda esperanza anterior: ya no vendrá ni Fernando ni nadie de la casa española de Borbón, tampoco se cumplirá el Plan de iguala, y los viejos insurgentes se vuelven a su montañas y selvas, y el pueblo se espanta ante la prohibición de reuniones en la calle, por la persecución de las gacetas, y por la moneda que no vale nada. En medio de todo este desorden ¿dónde queda la conciencia?

MONTEAGUDO: Es curioso que se hable así de la conciencia…

ECHÁVARRI: ¿Por qué? ¿Acaso sólo usted puede hacerlo? Los militares también somos seres humanos y algo sabemos de los hechos de los hombres y de sus motivaciones, según eso que usted ha llamado circunstancias.

NEGRETE: ¿Por qué no termina lo que quiere decirnos del general Cortázar?

VICTORIA: Me encontré con Santa Anna huyendo después de que lo derrotaron los generales Cortázar y Lobato, lo devolví y fuimos contra ellos que estaban en Veracruz, fuera del alcance de los cañones de que bombardean Veracruz desde San Juan de Ulúa. Después supe que tanto a Cortázar como Santa Anna, recibieron un mensaje de Francisco Lemaur proponiéndoles “unir nuestras fuerzas y utilizar Veracruz como cabeza de playa para reconquistar la Nueva España”. Santa Anna se confió e inició una revuelta estúpida, hasta que le dimos forma en el Plan de Casamata… Lo que quisiera saber, general Echávarri, ¿no recibió ninguna invitación parecida después de derrotar al anterior comandante, José Dávila?

ECHÁVARRI: No; ni sé si lo intentaron.

CONCIENCIA; Pero sí se ha visto en una situación muy ambigua, o sin sentido. Dígales, general, lo que sintió cuando el emperador le ordenó negociar la rendición de San Juan de Ulúa bajo la amenaza de cerrar los puertos mexicanos al comercio español. Usted, un español de sangre, representando a un país que se desprendió de España, amenazando los intereses de España por órdenes imperiales.

ECHÁVARRI: Yo creo que los representares de España, señores Osés y Santiago Irisarri, todavía me estarán esperando.

CONCIENCIA: Porque usted se unió con los generales Santa Anna y Victoria en el Plan de Casamata. ¿Cómo puede negociar nada a nombre de un emperador a quien ahora combate? Díganos, monseñor, ¿la conciencia es tan acomodaticia como variantes las circunstancias? Cuide su respuesta, pues en este sucio juego de deslealtades y de infidelidades usted parece estar igualmente atrapado.

MONTEAGUDO: Todo esto se hubiera evitado si todos ustedes, todos ustedes hubieran permanecido fieles al rey.

NEGRETE: (Levantándose) Ah, no, monseñor. Usted desencadenó todo esto cuando los liberales españoles con el general Riego a la cabeza le impusieron a su majestad Fernando VII la constitución liberal de Cádiz, quien tuvo que jurarla. Usted y sus obispos y sus abades, todos españoles como nosotros, le presentaron al virrey Apodaca el Plan de La Profesa para hacer de la Nueva España un reino independiente, y salvar así a la Santa Religión y a la Santa Inquisición. Iturbide es hechura de ustedes, ¿por qué no le responde al general Echávarri? ¿Por qué abandona ahora a Su Majestad Agustín Primero, su hechura? Nosotros estamos en estas situaciones encontradas porque usted, y Bataller y sus conjurados de La Profesa empezaron todo.

MONTEAGUDO: Nuestras intenciones eran buenas para la causa de Dios y del rey.

ECHÁVARRI: ¿Luego entonces las nuestras son malas y perversas, a pesar de cuanto hemos tratado de hacerle ver?

CONCIENCIA: Me está pareciendo que no quiere enfrentar su propia conciencia.

MONTEAGUDO: De ningún modo es eso. Nosotros quisimos salvar la Nueva España para el rey Católico Fernando, no para un criollo ambicioso.

VICTORIA: ¿Por qué no lo reconoce así públicamente, monseñor?

MONTEAGUDO: Porque es mi parecer, no el de la iglesia que está representada por los obispos, como el de aquí, de Puebla, que es contrario a cuanto se ha hablado en esta casa, y podrían malinterpretarse mis palabras.

VICTORIA: ¿Entonces usted no apoya a Iturbide ni como emperador ni como tirano, pero la Iglesia sí?

MONTEAGUDO: ¿Ve lo que digo? Usted tergiversa mis palabras.

VICTORIA: Vamos a evitarlo. ¿Por qué no reconoce que a usted, personalmente a Matías Monteagudo, Iturbide lo traicionó; no a la iglesia ni al virrey Apodaca, ni a estos señores, sino a usted?

MONTEAGUDO: Aunque su tono es calmado se adivina su enojo, y siento que me insulta.

CONCIENCIA: Responda conforme a su conciencia, no conforme a sus simpatías.

MONTEAGUDO: Ciertamente esta conversación no tiene los mejores argumentos para que yo deje cartas de recomendación a favor de ustedes ante los obispos y el emperador.

VICTORIA: Yo hablo por mí y por los insurgentes que hemos dado nuestras vidas y nuestros bienes por la felicidad de este México que nace: ya puede usted irse sin dejar ningún documento, ninguno.

CONCIENCIA: ¿Qué opinan ustedes?

ECHÁVARRI: Nosotros lamentamos que así se presenten las cosas.

NEGRETE: Si usted ya se ha despedido del emperador y lo ha amenazado con que será su cabeza la primera en caer, ¿qué puedo agregar yo….?

VICTORIA: Por si no lo sabe el coronel Iturbide, en su informe agregue que los generales Vicente Guerrero y Nicolás Bravo se han unido al Plan de Casamata, y no se detendrán hasta que el congreso sea repuesto. ¿Estará enterado de por qué ambos se aprestan a la guerra? Dígale que el comandante que envió para apresarlos los alcanzó y detuvo, pero Guerrero le preguntó: “¿en pago a cuál de nuestros servicios por la libertad de la patria nos fusilará usted?”, entonces los dejó libres. Dígaselo.

MONTEAGUDO: Otros dos que escaparon al juicio de los hombres.

CONCIENCIA: Pero no al de la iglesia: otros dos excomulgados: no lo calle, monseñor.

VICTORIA: Hemos visto morir a los grandes héroes, ignorados por Iturbide, quien los persigue aún después de muertos. A Hidalgo y Morelos, a los sin par Allende, Jiménez, Abasolo, Aldama, a don Nicolás Bravo y a los hermanos Galeana. Moriremos nosotros excomulgados por las conveniencias humanas, pero el Dios de la Naciones ha hecho nacer de esa sangre a México, y lo sostendrá porque no necesita de los intereses de los hombres para bendecirnos. Por mi parte puede irse, monseñor,  y ya no califique a Iturbide de traidor en privado, si no se atreve a sostenerlo en público.

CONCIENCIA: Falta usted, general Echávarri.

ECHÁVARRI: Le agradeceré que antes de salir para Veracruz de alguna manera le haga ver al obispo de esta Puebla de los Ángeles, excelentísimo señor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, que al ejército que sostiene el Plan de Casamata no le gustaría faltar al respeto que su investidura merece, y que tampoco responde por los 25 mil pesos que le dio a don Agustín para su aventura imperial.

CONCIENCIA: General Negrete…

NEGRETE: Dios le acompañe hasta su destino, monseñor.

CONCIENCIA: Me voy, pero ante la dureza de su corazón y el dolor de sus intereses, le dejo una última oportunidad, señor canónigo. (Sale mientras habla)

MONTEAGUDO: Don Celestino, usted es considerado el hombre más fuerte del imperio, después de Iturbide. Usted es el confidente del emperador, su hombre de confianza, por favor, no permita que se desintegre el imperio, que es la única esperanza que nos queda a todos, aquí y en ultramar… Señores, con su permiso (Sale muy digno)

VICTORIA: Volvamos a lo nuestro si les parece, ¿nos sentamos?

(Toman sus lugares anteriores)

VICTORIA: General Negrete, a nombre de los insurgentes que peleamos desde 1810 le quiero dejar en claro que no aceptaremos un nuevo congreso, al gusto del coronel Iturbide; se repone el electo por los electores de las provincias, y que fue instalado el 24 de febrero de 1822, o no hay arreglo posible…

ECHÁVARRI: Ofrecemos todas las garantías para la persona del emperador y de su familia, y si restituye el congreso continuaremos los arreglos hasta donde sea necesario para la felicidad del Imperio Mexicano.

NEGRETE: ¿De plano rechazan todo arreglo sobre la base de convocar un nuevo congreso?

VICTORIA: Totalmente.

ECHÁVARRI: Absolutamente. Y quede bien claro que consideramos ilegal en todo sentido a la Junta Instituyente, de la que usted forma parte. Y como ilegal no puede convocar a elecciones.

VICTORIA: Sólo para su conocimiento, general Negrete, en unos días más el ejército de sur aparecerá en campaña, y los nombres solos de Guerrero y de Nicolás Bravo harán que el sur arda.

ECHÁVARRI: (Levantándose) Daremos un tiempo prudente para que informe al emperador (se levantan todos) y según el sentido de la respuesta, o si no la hay, avanzaremos o no sobre México.

NEGRETE: Muy claro todo, y confío en que igualmente clara sea nuestra postura.

VICTORIA: Es muy clara.

ECHÁVARRI: Ninguna duda de nuestra parte.

NEGRETE: Pues vayamos con nuestras delegaciones, expongamos lo que hemos tratado aquí y, si les parece, nos reuniremos después todos para formalizar nuestras decisiones.

CONCIENCIA: (Entra y permanece alejada)

ECHÁVARRI: Esta bien. No nos despedimos entonces.

VICTORIA: ¿Se queda usted aquí?

NEGRETE: Sí. He de revisar un documento reservado.

(Victoria y Echávarri hacen una reverencia militar a Negrete y salen. Negrete saca un documento de bolsillo interior, lo examina y después lee en voz alta. Mientras Conciencia se acerca poco a poco a él, hasta quedar casi a su lado)

NEGRETE: “Ciudadanos del Imperio: habiendo terminado la comisión que el emperador me encargó en la ciudad de Puebla, y después de informarle puntualmente, he presentado mi renuncia a todos mis deberes oficiales para convertirme en un ciudadano privado. Hago pública mi simpatía por el Plan de Casamata, pues aún como ciudadano no puedo permanecer neutral sin cometer traición a la sociedad de la que formo parte. Apoyo sin reservas la libertad civil, la cual sin embargo no puede existir sin un congreso que la establezca y garantice. Siempre he sido un paladín de los derechos de esta nación, y prefiero morir a dejarla encadenada y abandonar a mis hijos a la esclavitud. General Pedro Celestino Negrete”.

 Fin del Primer Tiempo

 

 SEGUNDO TIEMPO

La Villa de Padilla

Cuadro 1

(Cubierta del Spring. Ana Huarte, embarazada, contempla tierra firme. Entra Iturbide:)

ITURBIDE: Esa tierra, Ana, es nuestra esperanza, y nuestra gloria.

ANA: Se cumplirá la voluntad de Dios.

ITURBIDE: No puede ser otra que ésta que digo; si no, ¿por qué este impulso tan grande de volver?

ANA: Así lo veo yo también, y confío en la bendición de Dios y de su Santísima Madre.

ITURBIDE: Sin embargo, siento un dejo de duda en tus palabras. No, no tengas dudas. En todo el viaje no has dicho nada, pero siento ahora que no apruebas el regreso a nuestra patria.

ANA: Los recuerdos me hacen daño.

ITURBIDE: No recuerdes lo malo. Ya lo hemos hablado muchas veces. Olvida. Hay cosas buenas que recordar con agrado. Además, estamos juntos, es lo que vale.

ANA: Siento un angustia muy grande por volver a la ciudad de México: sus calles, sus casas, sus templos, donde cada piedra, cada sombra levanta malos recuerdos. Y la gente, que con sus miradas y sus gestos dicen más que con sus palabras. Malos recuerdos, peores presagios.

ITURBIDE: ¿Qué presagios?

ANA: Los que he soñado y se anidan en mi corazón. Te veo ensangrentado, aunque no muerto; escucho truenos de fusilería, pero no son de una batalla. No mueres, Agustín, pero es tu agonía larga, muy larga y penosa. Me da miedo.

ITURBIDE: Sólo hay una forma de borrar todo eso: regresar y limpiar todo el pasado. Echar sobre eso malo mucho bueno, corregir los errores, y lo vamos a hacer, sí, lo vamos a hacer… Responde algo…

ANA: Perdí hace mucho tiempo la cuenta de tus promesas como ésta.

ITURBIDE: hasta la Santa Iglesia perdona nuestros peores pecados.

ANA: Hemos concebido a ocho de nuestros hijos después de tus muestras de arrepentimiento y pedir perdones… sin propósito de enmienda.

ITURBIDE: ¿Para qué volver sobre eso? Es el pasado, ahora nos espera el futuro.

ANA: ¿Cuál futuro? Si de tan mala manera salimos de México, ¿cómo esperar…?

ITURBIDE: ¿Un futuro glorioso? ¡Claro que sí! Los mexicanos no encuentran el rumbo, yo les daré un horizonte para conquistar; no tienen un dirigente fuerte, yo soy ése y me esperan. No recuperaremos el imperio, porque es odioso para algunos, pero fundaremos un reino más grande y glorioso; un reino sin corona es lo que quieren, y eso les daré.

ANA: Agustín…

ITURBIDE: Y tú serás coronada por tu virtud y tu nobleza, aunque no lleves metales ni rubíes en la cabeza. ¿No te gusta ese futuro?

ANA: ¿Cuánto habrá que pasar para que eso suceda? (Y agrega apenas audible, pero Iturbide la ignora) Si sucede…

ITURBIDE: Dos cosas. Primera, que se levante conmigo un gran ejército, que habrá de formarse en cuanto comience a caminar desde Tamaulipas; segunda, que ataque la Santa Alianza para recuperar para España las excolonias americanas… Pero les venceremos en México, y entonces iremos hasta la cima de la gloria, y no confiaré más en los que se digan mis amigos, sino en las manos francas de los mexicanos que me levantarán y me sostendrán agradecidos y contentos.

ANA: Me da miedo lo que dices. ¿Crees en verdad que Franceses, Austríacos y Españoles se unan para reconquistar México?

ITURBIDE: Todo apunta para que así sea, y lo deseo con todo el corazón. Los venceré y entonces no habrá quien me niegue el titulo de “libertador”.

ANA: Agustín…

ITURBIDE: Ardo en deseos de bajar a tierra y encontrarme con los primeros soldados… Ana, tú los has visto levantar sus armas gritando glorias a mí, su emperador; lo harán nuevamente, ahora que más me necesitan.

ANA: Tanta confianza no sé si es buena, y no me da tranquilidad.

ITURBIDE: No cometeré los mismos ni otros errores. Tú sabes cuanto he pensado en todo eso durante nuestra estancia en Europa y durante los largos viajes; no, Ana, no cometeré más errores.

ANA: Don Agustín, desde jóvenes allá, en el Jardín de las Rosas de nuestra amada Valladolid de Michoacán, yo supe que mi destino estaba ligado al tuyo, y que eso sería mi condena o mi salvación; por eso he sobrellevado todo, y si alguna vez fui demasiado impulsiva y me dejé llevar por la vanidad cuando la corte en México, lo he pagado ya, y a muy buen precio.

 ITURBIDE: ¿Lo ves? Los dos estamos preparados para destinos mejores y superiores. Vamos por ellos. El regalo para este hijo con que nos ha bendecido Dios será nuestra reconquista del Imperio Mexicano, que el mismo Dios nos ha dado.

ANA: Yo quisiera…

ITURBIDE: Prepara todo para bajar a tierra en dos o tres días.

ANA: Así lo haré.

ITURBIDE: Y pediré al Padre Marchena que me de su bendición, y después también a ti, antes de que desembarques.

ANA: Miraré que el oratorio esté dispuesto.

ITURBIDE: Gracias. Mientras tanto veré si el señor Beneski tiene ya todo listo para que desembarque como mi adelantado. (Sale)

ANA: Aquí espero. Aquí espero, ¿qué ha sido toda mi vida sino estar esperando siempre por ti, Agustín. Por lejos que te fueras, por muchas que fueran tus infidelidades yo sabía que en algún momento volverías a mí. No es tu destino un imperio, ni la gloria, ni la derrota, ni el destierro, sino yo, Ana Huarte, por eso te esperé siempre. Pero ahora no siento la esperanza, ahora no confío en el destino finalmente venturoso, no; siento que el trecho de mar entre este barco y la tierra firme cuando bajes se convertirá  en un océano de eternidad. Esta sensación no la tuve ni cuando inventaste que yo, Ana Huarte, tenía un amante, y me encerraste en el Convento de San Juan de la Penitencia para esperar que la iglesia nos divorciara y así tú, ya libre de mí, pudieras irte con esa mujer de todos, “doña” Ignacia Rodríguez de Velasco. No era así como deberían funcionar las cosas, por eso con dolor y llanto esperé, y mi espera resultó: yo fui la emperatriz, ante quien se inclinaron, aunque a muchos les duela el alma y el orgullo. Pero me dolió saber lo que pensaban, lo que decían de nosotros. Tras las columnas, las cortinas y puertas escuché decir: “¿emperatriz esa provinciana de Valladolid, si ni el español habla con corrección?” Y de ti se preguntaban tus propios cortesanos españoles y criollos “cómo un crápula puede ser emperador.” Así es, Agustín, “un crápula” es lo que eres, a pesar de la púrpura, de los armiños y de la corona. Jugador, bebedor, pendenciero, adúltero y, lo peor, el haberme insultado a mí, exponiéndome como adúltera para legitimar tus adulterios. Pero volviste a mí, y no sé si te perdoné o no, aunque llevo otro hijo nuestro dentro de mí… Pero no, ahora no siento la esperanza, y no sé que haré, pues de todos los futuros inciertos que me has hecho vivir, éste es el mas oscuro…

BENESKII: (Entrando. Hablará siempre con acento extranjero) Señora…

ANA: Ah, perdón: estaba distraída.

BENESKI: Estoy buscando a su Alteza…

ANA: Buen amigo Charles, usted lo conoce tanto como yo; quédese quieto y él aparecerá.

BENESKI: La noto pálida, ¿puedo servirla en algo?

ANA: Si todos conocieran la amistad como usted, la lealtad nacería por sí misma. No gracias, buen amigo, cosas del embarazo.

BENESKI: Estoy a sus órdenes.

ANA: Sí, lo sé. No es una orden sino un favor: cuando bajen a tierra firme no descuide a mi esposo, ni le permita cometer locuras.

BENESKI: Así lo haré, señora.

ANA: Tendré que preparar algunas cosas…

BENESKI: A sus órdenes.

(Sale Ana. Beneski se vuelve a contemplar tierra firme. Entra Iturbide)

ITURBIDE: ¡Señor Beneski!

BENESKI: ¡Alteza! (Le hace reverencia)

ITURBIDE: ¿Todo listo para que baje a tierra?

BENESKI: Todo, Alteza. Sólo espero sus instrucciones.

ITURBIDE: A quien deberá usted entrevistar es al General Felipe de la Garza. No sé qué cargo ocupe ahora, pero seguramente seguirá siendo el hombre fuerte de la vieja provincia de Santander, hoy Tamaulipas.

BENESKI: General Felipe de la Garza…

ITURBIDE: Cuando fui proclamado emperador no estuvo de acuerdo éste De la Garza, entonces comandante militar de la provincia. Fue sencillo reducirlo, apresarlo y llevarlo a México. Sin embargo, aquello de hacer amigos perdonando deudas, y viendo que no representaba ningún peligro, ordené que lo liberaran cuando iba en camino: un gesto benevolente del emperador.

BENENSKI: Muy adecuado, por cierto. La grandeza del monarca se manifiesta en el perdón.

ITURBIDE: Espero de su parte una adecuada correspondencia.

BENESKI: ¿Usted lo considera hombre de honor?

ITURBIDE: Algo más que eso, señor Beneski: lo considero un buen mexicano, de los buenos mexicanos que nacieron a partir de 1821.

BENESKI: Para manejar los asuntos conforme a los deseos de Su Alteza, ¿Qué espera exactamente de él?

ITURBIDE: Que se una a mí con su ejército… o al menos que no se oponga a mi paso ni estorbe que me sigan quienes deseen ayudarme en la reunificación del imperio y en su posterior defensa.

BENESKI: Comprendo, Su alteza. Algo más, con su venía, alteza. ¿Qué actitud debo tomar cuando se den cuenta de que es usted, y no un súbdito inglés?

ITURBIDE: Creo que no habrá ningún problema por eso, De la Garza y todos comprenderán que es una estratagema  para bajar a tierra y nada más. Una vez tierra adentro, y con los primeros hombres siguiéndome, nos reiremos todos de esta pequeñez… Bien, pues mañana comienza realmente mi retorno. Confío plenamente en usted.

BENESKI: Dios guarde a Su Alteza, (hace reverencia)

        (Iturbide permanece mirando a tierra firme)

 Cuadro 2

(Una calle de Soto la Marina)

BENESKI: Buenos días, señor oficial.

GARZA: Buenos días. Diga Usted.

BENESKI: Mi nombres es Charles Beneski, soy ciudadano polaco, y solcito permiso para desembarcar con un ciudadano inglés y nuestras familias.

GARZA: ¿Trae usted alguna acreditación?

BENESKI: Sí, señor. (Entrega dos documentos)

GARZA: No es para mí un nombre desconocido el de este sacerdote, José María Marchena, nada desconocido… Y las cartas de la compañía inglesa parecen buenas. Últimamente hemos oído hablar mucho de los ingleses por aquí; Antes ni los conocíamos. ¿Conoce usted al representante de Inglaterra? ¿Cómo se llama?

BENESKI: Míster Ward. No lo conozco, le ruego me disculpe; pero estamos en comunicación muy cercana con la oficina de asuntos exteriores, desde luego.

GARZA: Por cierto, señor Beneski, ¿no es usted aquel polaco que estuvo a las órdenes de Agustín Iturbide cuando éste fue emperador?

BENESKI: Sí, oficial, soy yo.

GARZA: Tenemos noticias de que Iturbide está en Inglaterra; quizás usted me pueda dar noticias de él…

BENESKI: No, discúlpeme, después de haber salido de este país no hemos coincidido.

GARZA: Mi grado es de general. Mi nombre Felipe de la Garza.

BENESKI: No, general de la Garza, me disculpo; pero ciertamente he oído hablar de que el señor Iturbide está en la Inglaterra.

GARZA: En fin, esperemos que permanezca en Europa.

 BENESKI: ¿Usted le guarda alguna simpatía?

GARZA: ¿Simpatía? ¿Por qué me lo pregunta?

BENESKI: Yo ciertamente guardo simpatía por el emperador Iturbide, pero yo no pertenezco a este país.

GARZA: Sí, claro. Hablemos del presente.  ¿Cuál es su interés en venir aquí?

BENESKI: Es ésta una tierra de grandes oportunidades: los españoles sólo se llevaron el oro y la plata, pero dejaron enormes riquezas sin explotar, y nosotros…

GARZA: Queremos sustituir a los españoles.

BENESKI: No, general, por favor. Tenemos capitales para invertir, y buscamos lo más conveniente en México y en las costas de África.

GARZA: ¿Cuál es su interés específico?

BENESKI: Nuestro ramo es ciertamente la minería, pero el hierro y el carbón son nuestro negocio. Podríamos explorar también en búsqueda de piedras preciosas.

GARZA: No tengo noticias de minerales en estas tierras, así que será interesante que encuentren algo.

BENESKI: Con su permiso, lo intentaremos.

GARZA: ¿Por qué Tamaulipas?

BENESKI: Mar, puerto, inexplorado casi todo, muchas posibilidades, poco o ninguna competencia, y generaremos impuestos y trabajo, mucho trabajo, muy bien pagado.

GARZA: Eso ya lo veremos. ¿Y su compañero?

BENESKI: Espera en el Spring.

GARZA: Bien. Déjeme estos papeles, por favor, y regrese mañana por ellos, contando con que ya tendrá autorización para desembarcar y explorar.

BENESKI: Le estamos muy agradecidos.

GARZA: Les daré un salvoconducto para que lo presenten a donde quiera que lleguen, y no sean molestados. Lo demás será por su cuenta.

BENESKI: Entiendo. Aunque no fuera así, nosotros informaremos a usted de todos nuestros pasos, y de lo que encontremos.

GARZA: Agradeceré mucho que tengan esas atenciones.

BENESKI:¿Puedo retirarme?

GARZA: Con toda confianza. Aquí lo espero mañana.

        (Cambio. Garza permanece. Transcurso de tiempo. Entran Beneski e Iturbide, quien se queda lejos, embozado)

BENESKI: Buenos días, general.

GARZA: Buenos días. ¿Cómo amaneció?

BENESKI: Muy bien, gracias. Disculpe, ¿y mis documentos?

GARZA: No están aún; pero ya me los tendrán para firmar y sellar. Le ruego esperar un poco.

BENESKI: Con gusto. Mientras ¿dónde puedo alquilar caballos y mulas para el viaje?

GARZA: ¿Y su compañero?

BENESKI: Allá, esperándome.

GARZA: Qué amigo tan curioso el suyo: embozado con este calor…

BENESKI: parece que le ha dado fiebre.

GARZA: ¿Fiebre? ¿Y piensa quitársela con una capa alrededor de la cara?

BENESKI: Ya sabe usted como son raros los ingleses

GARZA: Curioso… que sean tan raros. Vaya usted a la calle siguiente. Hay allí un puesto de comidas y enfrente un mesón, donde encontrará las bestias que necesita, alquiladas o compradas.

BENESKI: Gracias. Con su permiso.

GARZA: Que tenga buen día.

 (Beneski va donde Iturbide. Conversan un poco; adivinamos que Beneski da cuenta de lo sucedido. Iturbide  se quita la capa)

GARZA: (Desde lejos) ¡Vaya, pues, don Agustín! Sabía que se trataba de usted… (Se acercan mutuamente. A partir de este momento Beneski se queda atrás, al fondo, como testigo de todo lo que ocurrirá) ¿Qué le ha hecho venir tan lejos?

ITURBIDE. La confianza en que usted comprenderá mis intenciones.

GARZA: ¿Mi confianza? ¿Está usted seguro?

ITURBIDE: ¿Por qué no habría de estarlo? El agradecimiento es una virtud de almas nobles.

GARZA: Hizo usted mal en apelar a ese sentimiento, don Agustín, muy mal: el que usted haya ordenado soltarme cuando me apresaron por oponerme a su golpe de estado para hacerse emperador, no me mueve a agradecimiento sino a pena por usted. Usted mandó que me dejaran libre por un acto de justicia, no de bondad, y pensaba entonces como pienso ahora: es usted un peligro para la patria.

ITURBIDE: Pues no me arrepiento por haberlo dejado libre.

GARZA: Mal haría en arrepentirse por haber cometido un acto de justicia.

ITURBIDE: Entonces dígame, ¿a dónde nos lleva esta plática?

GARZA: Me gusta más así, don Agustín, directo y franco…

ITURBIDE: Tengo un grado militar, si lo re…

GARZA: Usted no tiene, ni ha tenido un grado militar dentro del ejército al que pertenezco. Usted fue un miliciano al que le compró sus primeros grados su papá. Ahora es usted un traidor, don Agustín, y es mi prisionero.

ITURBIDE: No es traidor quien viene con el corazón abierto a ponerse a las órdenes de la patria.

GARZA: No soy quien lo ha juzgado, sino el congreso.

ITRUBIDE: Una venganza más de esos diputados…

GARZA: Parece no estar enterado: el congreso que usted disolvió, cuyos diputados mandó encarcelar, y que retomó sus trabajos en cuanto usted fue enviado al destierro, terminó sus responsabilidades en octubre del año pasado; éste es un nuevo congreso, instalado como constituyente en noviembre, y que lo condenó a usted en abril anterior.

ITURBIDE: De esto nadie me informó… Pero ya estoy aquí, y vengo dispuesto a luchar por mi patria.

GARZA: Eso lo decidirán otros. Yo sólo soy un soldado de línea, y obedezco.

ITURBIDE: Cumpla entonces con su deber.

 Cuadro 3

(Prisión de la Villa de  Padilla. Iturbide prisionero. Entra Gutiérrez de Lara)

GUTÉRREZ: Gracias por su comprensión. He terminado y vuelvo para continuar nuestra plática.

ITURBIDE: Gracias a mi vez. Estoy realmente confundido. Los soldados del general De la Garza no sé si no me escucharon, o no me entendieron, o…

GUTIÉRREZ: ¿Por qué ha venido? Debió quedarse en Europa.

ITURBIDE: Ésta es mi patria.

GUTIÉRREZ: Precisamente por ella debió quedarse allá.

ITURBIDE: No entiendo, y no entiendo porque por amor a ella vengo para ponerme a su servicio.

GUTIÉRREZ: Don Agustín, Dios no lo quiera, pero si de amor por la patria habla usted, temo que se ha equivocado de actitud.

ITURBIDE: Me ofende que no me crea sincero…

GUTIÉRREZ: ¿Deberé creerle, cuando sinceridad es lo que ha faltado a usted?

ITURBIDE: Es en verdad poco agradable oírle decir eso.

GUTIÉRREZ: Sí, seguramente lo será.

 ITURBIDE: ¿Qué sabe de mi vida, si nunca antes nos habíamos visto siquiera?

GUTIÉRREZ: Usted nos dio una ilusión a todos, e hizo brillar la luz de la felicidad más que de la esperanza; hizo latir nuestro corazón de mil sueños de libertad, ¿cómo no conocerlo? ¿Cómo no saber de su vida? No podemos ignorar mucho de quien nos dio una ilusión para robárnosla en seguida.

ITURBIDE: Me duele esta acusación, y la niego. No fui yo, sino amigos que traicionaron mi confianza, desconocidas manos que me llevaron a alturas que nunca imaginé, y después me abandonaron…

GUTIÉRREZ: Dejándolo caer hasta donde esta ahora…

ITURBIDE: Pobre, y sin más deseo que servir a mi patria.

GUTIÉRREZ: Sin amor…

ITURBIDE: Me quedan mi familia y México.

GUTIÉRREZ: Por su bien espero que sí, pues nada bueno se puede esperar de quien trató a su esposa de manera tan infame, y que mando fusilar a las mujeres del Bajío.

ITURBIDE: Se levanta la sangre de aquellas mujeres que fueron traidoras, cierto, pero expié ya cualquier culpa.

GUTIÉRREZ: ¿Se arrepiente usted?

ITURBIDE: No. Cumplí con mi deber.

GUTIÉRREZ: Ya veo. No lo hizo como emperador, pero dígame ¿tampoco ahora les concederá mérito alguno a los iniciadores de la insurgencia?

ITURBIDE: Tampoco. Ellos fueron sólo unos revoltosos sin más plan que el saqueo y la codicia. No les concedo ningún mérito, y si volvieran a nacer, nuevamente lo combatiría hasta su derrota o el cadalso.

GUTIÉRREZ; Comprendo… Y la señora Ana Huarte, ¿dónde está ella, si se puede saber?

ITURBIDE: En el Spring, esperando mis noticias.

GUTIÉRREZ: En todo caso, no se comunique usted todavía con su señora esposa, hasta que tengamos declaraciones del Congreso de Tamaulipas.

ITURBIDE: Me informó el general De la Garza que fue el congreso nacional quien me juzgó. ¿Que es acaso Tamaulipas una provincia autónoma? Tengo derecho a la defensa de mi persona, pido hablar con los diputados de Tamaulipas.

GUTIÉRREZ: No sabemos lo que somos o lo que no, hasta que tengamos la Constitución. En todo caso el Congreso de Tamaulipas se reunirá para deliberar sobre la presencia de usted en esta provincia, y muy probablemente tomar decisiones sobre su presencia, considerando el decreto que lo declara a usted traidor y manda su fusilamiento donde quiera que usted se presente.

GARZA: (Entra)

ITURBIDE: Tengo la impresión de que no sé dónde estoy… ¿Quién gobierna ahora en México?

GUTIÉRREZ: Tenemos dos poderes funcionado muy bien por cierto: un ejecutivo y el Congreso.

ITURBIDE: Pero todavía sin una constitución…

GUTIÉRREZ: No.

ITURBIDE: ¿Y quién ocupa el ejecutivo?

GUTIÉRREZ: Un triunvirato provisional: los generales Victoria y Guerrero, y…

GARZA: Y el general Celestino Negrete, don Agustín…

ITURBIDE: ¡Por Dios, ¿de eso se trataba?!

GARZA: No sé si se trataba de eso o no; lo que sí sé es que fueron electos por el nuevo Congreso Constituyente.

ITURBIDE: ¿Fueron ellos quienes me declararon traidor?

GUTIÉRREZ: No, sino el congreso.

ITURBIDE: Seguramente influido por mis enemigos.

GARZA: ¿Enemigos? Recuerdo algunos nombres de personajes distinguidos, los mencionaré para que usted vea si son sus enemigos: Juan de Dios Cañedo, Valentín Gómez Farías, quien fue su incondicional, Crecencio Herrejón, José Joaquín de Herrera, José María Izazaga, y sus grandes amigos: los generales Anastasio Bustamante y don Luis Cortázar.

ITURBIDE: ¡¿Cortázar diputado constituyente?! ¡¿Y votó contra mí, por mi fusilamiento?! ¡¿Hizo lo mismo Bustamante?! Me niego a creerlo.

GARZA: Pues lo hicieron, y no es ningún secreto.

GUTIÉRREZ: Le informo además que el voto aprobatorio fue por unanimidad, y no creo que haya mala voluntad en personas como José María Becerra, Juan Cayetano Gómez de Portugal, excelente teólogo por cierto, José María Covarrubias, Miguel Ramos Arizpe, José de Jesús Huerta, José de San Martín, Miguel Guridi y Alcocer, Félix Osorio: todos ellos sacerdotes muy dignos, de grandes luces, y que la Santa Iglesia se honra con ellos.

ITURBIDE: Dios mío, no entiendo. Amigos míos, no entiendo. Recibí cartas de personas de mi confianza urgiéndome a venir para recomponer todo, para reunir a los mexicanos, y guiar al impero hacia la felicidad… ¿Me mintieron…?

GUTIÉRREZ: Quiero informar a usted  que todo el país está en calma, esperando los resultados del Congreso. Los únicos que han estado causando desórdenes menores son sus pocos partidarios, pero han sido sometidos.

ITURBIDE: ¿Tienen ustedes noticia de quiénes son mis partidarios, que han sido sometidos?

GARZA: Vicente Gómez en Puebla, un tal Reguera en Tehuacan, ambos se dice que pagados por el obispo de Puebla. Otro tal Hernández por el rumbo de Cuernavaca, hasta un Rosemberg por allá por Tepic. Todos sin importancia. Los que más ruido hicieron fueron otros amigos suyos, allá por Guadalajara: los generales Anastasio Bustamante y Luis Quintanar.

ITURBIDE: ¿Y qué fue de ellos? Porque una de las cartas urgiéndome a venir fue precisamente del general Bustamante.

GARZA: Nada, fue nada de ellos. Los generales Nicolás Bravo y Celestino Negrete los desbarataron.

ITURBIDE: Celestino Negrete… Sometidos todos… Con demasiada facilidad, creo… No han tenido apoyo popular… Me mintieron.

GARZA: Precisamente esos movimientos armados, aunque sin importancia pero ciertamente indebidos, decidieron al congreso a declararlo traidor, “si usted se presentare en cualquier punto de la república mexicana”.

GUTIÉRREZ: Y por eso también, con le fin de preservar la paz que finalmente gozamos, el congreso decretó que fuera usted fusilado de inmediato. Esta decisión se tomó habiendo consultado al Ministro de Relaciones, quien la apoyo sin reservas, más bien como urgiéndola.

ITURBIDE: ¿Cómo puede ser? ¿Por qué él? ¿Quién es ese ministro?

GUTIÉRREZ: Don Lucas Alamán,

ITURBIDE: ¿Lucas Alamán? Sí, lo recuerdo, pero ¿cómo podría saber tanto sobre mis pensamientos y planes de volver a mi patria?

GUTIÉRREZ: El gobernador de Tamaulipas es un pariente mío, muy cercano. Él estuvo en la ciudad de México por ese tiempo, y fue al congreso. Todo mundo se hacía esa misma pregunta, ¿cómo sabía tanto de usted el ministro Alamán? Se manejaban dos nombres, y usted dirá: el padre Marchena y don Francisco de Borja Migoni.

ITURBIDE: ¡No! ¡El padre Marchena aún está conmigo en el Spring, y nadie fue tan solicito conmigo en Londres como don Francisco de Borja… ¡

GUTIÉRREZ: En fin. General De la Garza, ¿se ha reunido el Congreso de Tamaulipas?

GARZA: Esperan por usted, señor.

ITURBIDE: ¿Por usted? ¿Señor?

GARZA: El señor presbítero don Agustín Gutiérrez de Lara es el presidente del Congreso de Tamaulipas.

ITURBIDE: ¿Me juzgará este congreso, presidido por usted? ¿Qué garantías tengo?

GARZA: No es ni será juzgado aquí. Lo juzgó la nación, representada por el Congreso Constituyente, ¿Acaso ya piensa desconocer y disolver también a este congreso?

GUTIÉRREZ: Todas, tendrá todas las garantías. Como no lo esperábamos, quiero informarle que el Congreso de Tamaulipas se ha reunido urgentemente con nueve de sus once miembros, pues están ausentes los otros y tampoco encontramos a sus suplentes. Entre ellos contamos a sacerdotes, que tienen simpatías por usted, incluyéndome a mí, y abogados y otras personas ilustradas que sabrán aconsejarnos en este asunto. Tiene usted todas las garantías de que lo que decidiremos será conforme a la ley y mirando por el bien de la nación. Con su permiso.

        (Salen Gutiérrez y Garza. Iturbide aparenta rezar el rosario y lo hace a gritos, para que lo oigan afuera, pero evidentemente se da cuanta de que ahora no le servirá y se calla, enojado. No quiere dejarse abatir, y recurre a su orgullo. Transcurre el tiempo y regresan Garza y Gutiérrez, éste viste sotana)

GARZA: Señor Agustín Iturbide Aramburu, el Congreso de Tamaulipas, por siete votos a favor y dos abstenciones, ha decidido cumplir con el mandato del Congreso Constituyente, por lo que ha ordenado que sea usted pasado por las armas a las cinco de la tarde de este mismo día.

ITURBIDE: (Abatido, desilusionado, pero refugiado en su orgullo) ¿Por cuál de los servicios a mi patria me han condenado?

GUTIÉRREZ: No sé si ha hecho usted algún beneficio a la Patria, pero en todo caso no es por ése o ésos beneficios, sino por los males que ciertamente le ha causado.

GARZA: Quizás usted conozca esos beneficios, y entonces muera contento por ellos.

GUTIÉRREZ: Sepa usted que no es el Congreso de Tamaulipas quien ordena su fusilamiento; sino que dispone que se cumpla esa orden del Congreso Constituyente.

ITURBIDE: ¿Para nada han considerado mis intenciones por salvar a México de los europeos, como se las expuse a ustedes en nuestras conversaciones?

GARZA: Soy el comisionado para su ejecución, y cumplo con mi deber no porque usted tenga buenas intenciones. Es todo.

ITURBIDE: Y así se cumplirá. Solicito papel y tinta para escribir.

        (Se apartan Gutiérrez y Garza. Iturbide pareciera escribir con rabia y con desesperación al principio, después se calma y se entrega a una especie de melancolía. Se acercan nuevamente Gutiérrez y Garza. Beneski se les une)

ITURBIDE: Entrego a usted una carta para el Congreso de México; a usted una proclama para los mexicanos, y a usted, buen y fiel amigo, una carta para esa santa mujer, que he tenido en suerte sea mi esposa. Estoy dispuesto. (Se arrodilla)

GUTIÉRREZ: (Le da la absolución)  “Nuestro Señor Jesucristo te absuelva, y yo, con la autoridad del mismo, te absuelvo de toda atadura de excomunión y de entredicho, en cuanto puedo hacerlo y tú lo has menester. Por lo tanto, yo te absuelvo de tus pecados (hace una cruz con la mano en el aire, sobre la cabeza de Iturbide) en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Que la pasión de nuestro señor Jesucristo, los méritos de la Santísima Virgen María y de todos los santos, y todo el bien que hicieres y los males que padecieres, te sirvan para la remisión de tus pecados, para aumento de gracia y para tu galardón en la vida eterna. Así sea.

ITURBIDE: (Se levanta. Queda frente a Garza) “Mexicanos, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros. Muero gustoso porque muero entre vosotros: muero con honor, no como traidor.”

        (Salen todos a paso de marcha, excepto Beneski, quien camina lentamente hacia el centro del escenario; se muestra pesaroso.)

 Cuadro 4

(Cubierta del Spring)

ANA: (Entrando) ¿Señor Beneski? ¿Y Agustín? ¡Oh, Dios mío!

BENESKI: Señora, lamento mucho esta noticia…

ANA: ¿Nadie lo recibió? ¿Alguien lo insultó y mi esposo reaccionó con enojo? ¿Qué ha pasado, por Dios?

BENESKI: Su Alteza le envía esta carta.

ANA: Entonces está bien, ¿no es así? ¿Pero por qué esa cara, por qué ese porte? ¿Qué me quiere decir con esa extraña mirada, con ese estiramiento?

BENESKI: Señora, quizás la carta explique a usted todo lo que no me atrevo a decir, lo que no soy capaz de decir a usted.

ANA: ¿La leeré? ¿Por qué temo hacerlo? Mi corazón late con estruendo, y mi hijo ha dado vueltas en mi vientre. No, no lo puedo hacer. Dígame, Beneski, ¿ha muerto mi esposo?

BENESKI: Fusilado ayer en la población de Padilla.

ANA: ¡Fusilado! ¡Qué horror! ¿Y mis hijos? ¡Dios mío! ¿Y su cuerpo? ¿Qué fue de su cuerpo? No lo profanaron, ¿verdad que no?

BENESKI: Fue enterrado en una vieja iglesia de esa población, después de una Misa de Réquiem. Lo amortajaron con le hábito de los frailes franciscanos.

ANA: ¿Agustín de franciscano? ¿Se burla usted de mí?

BENESKI: No, señora.

ANA: (Repentinamente calmada, dobla la carta y la guarda en su seno. Desafiante) Finalmente ha terminado la primera parte de mi destino. Ahora solo queda el mío, abandonado pero libre, y sin otra preocupación que mis hijos. Adiós, Valladolid de mi juventud. Adiós, horrible ciudad de México. Adiós, Nueva España, México que ya no conozco. Adiós, Agustín Iturbide Aramburu, esposo mío, que la paz finalmente te alcance. Señor Beneski, por favor diga usted al capitán que ya podemos partir. Ahora que los presagios de mi corazón se han cumplido, podemos partir, y que sean otros lo que continúen esta historia.

 

Fin de la Obra

Mazatlán – Morelia, a 5 de febrero del 2005

 

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